Como un puño en el cielo

Ricardo Vacca-Rodríguez

 

Martín solía mirarlos desde lejos, no se atrevía a acercarse, él se sentía diferente, no pertenecía a aquel grupo de niños, sus risas las escuchaba distintas, húmedas de alegría. Ellos se reían, bromeaban y se divertían con sus padres. Vestían de otra manera, con gorras, pantalones cortos y atractivas zapatillas multicolores. Martin sin embargo, como todos los días, solía lucir su descolorido pantalón jean heredado de su hermano Rodolfo, sus gastados zapatos que usaba para ir a la escuela y su diaria tristeza.

Desde lo alto colgaba el sol como una medalla, el viento soplaba fuerte, los árboles mecían sus ramas había llegado la época de las cometas. Era sábado y esa mañana estaban reunidos esos niños en el parque para volar sus cometas y participar en la competencia de cada fin se semana. Sus madres desde sus autos les alcanzaban sándwiches, bebidas o frutas. Desde lejos Martin envuelto en sus 8 años y acompañado de su soledad los observaba, agazapado en la hondonada del parque. No tenía en ese momento otro juguete que la tierra que cogía entre sus manos como si fuera un puñado de sueños que luego soltaba y se esparcía en el viento como un suspiro. Cuantas veces soñó intensamente tener un padre, al igual que los demás niños del parque, que le construyera una cometa y juntos ir a volarla. Martín nunca lo conoció, tal vez en aquel momento en que pensaba en él, estaría en alguna cantina emborrachándose, conquistando alguna mujer con preciosas mentiras, o rompiendo la cerradura de alguna puerta ajena. Su madre no podía acompañarlo tampoco, no tenía tiempo, lavaba ropa desde muy de mañana y por la tarde vendía anticuchos, y papa con ají en la esquina del barrio, hasta el amanecer y tampoco sabía hacer cometas. Rodolfo, su hermano mayor había fugado de casa a los 15 años y no sabían su paradero, y el otro estaba desde hacía un año en la cárcel de San Germán, a ellos nunca le interesaron las cometas. Su hermana Alicia de 17 años, la que fue reina de primavera del barrio, estaba embarazada sin haber terminado sus estudios en la escuela secundaria. Martín estaba solo, como una carta olvidada en el fondo del buzón, su infancia transcurría como un ingenuo hongo en un rincón de la vida.

Era sábado y allí estaba él nuevamente agazapado, observándolos desde la hondonada del parque. Los niños corrían entusiasmados volando sus cometas. Martín los miraba y se imaginaba corriendo sobre la yerba mientras el aire golpea su cara y despeina sus cabellos, trepando la hondonada del parque, jalando su cordel y elevando su cometa roja, alto muy alto, ganándoles a las cometas de todos esos niños ricos, ellos lo miraban y el orgulloso volaba su cometa y ella subía alto, alto, más alto… De pronto volvía a la realidad y allí estaba él, en cuclillas, con ese dolor agrio en la garganta, mirándolos, solo mirándolos. La impotencia infantil de no tener su cometa besaba su carita como un beso cruel y le hacía bajar los parpados, mientras dos lágrimas marcaban sus mejillas como una cicatriz. Se puso de pie y se dirigió a su casa. Por el camino lo invadió un deseo intenso. Con vehemencia deseó cambiar su realidad, y se propuso hacerlo. El día siguiente era domingo y a la vez su cumpleaños, pero como otras veces nadie lo iba a recordar. Se había levantado temprano, eran las siete y veinte de la mañana y se prometió que desde ese día su vida iba a ser distinta. Dio un puñetazo contra la pared y muy bajito como una oración se dijo, -no sientes dolor Martín, el dolor es de los débiles, no debes sentir dolor nunca más-. Abrió la puerta y salió con dirección al jardín de la escuela, del basurero recogió las hojas más grandes de periódicos, caminó luego hacia la plazuela del barrio y entre las bancas de cemento recogió del piso seis palos de anticucho, se esmeró en identificar los más largos y que no estuvieran quemados, al pasar por la cantina de don Cipriano le pidió permiso e ingresó, hurgó debajo de los tableros de las mesas, y despegó uno, dos, tres y hasta cuatro chicles los cuales envolvió en un pedazo de papel. Presuroso retornó a casa, con su botín de sueños, estiró las hojas de periódico en el piso, buscó en el cajón de la ropa de su mama un carrete de hilo, escogió el de color blanco, que era el más resistente y grueso que ella usaba para coser los costales con la ropa lavada para entregar a sus clientes; amarró los palos en forma de cruz y luego los alargó uniendo cada uno de ellos con otro de manera que ahora tenía una gran cruz. Observó la estructura de palitos, lo que pretendía ser su cometa y sonrió. Notó que las manos le sudaban, estaba entusiasmado; unió cada punta de la cruz con el hilo blanco y la colocó sobre la gran hoja de papel periódico. En voz bajita Martin decía mientras doblaba el papel, -va ser la cometa más grande que han visto y va a subir hasta las nubes, ya verán, ya verán-. Sacó los chicles y los frotó fuertemente entre sus manos uno a uno para ablandarlos y los usó como pegamento, en el papel periódico. Por último, con el hilo, formó los tirantes de su cometa e hizo la cola amarrando un pequeñito trozo de madera en la punta de esta para hacer contrapeso. Allí estaba su cometa lista para alzar vuelo. La veía enorme, casi de su estatura, se sentía orgulloso. Lástima su madre no la vería, había salido muy temprano a recoger ropa para lavar y no se había acordado de su cumpleaños y su hermana desde que estaba embarazada, dormía hasta tarde y ese domingo no iba a ser diferente. Martín dejó su casa y salió rumbo al parque, pasó delante de la entrada de la escuela, el reloj marcaba las once y diez de la mañana. Caminaba orgulloso, por el camino se cruzó con algunos niños que se rieron de su cometa y le gritaron ¡cometa de periódico, cometa de periódico!, pero a Martín no le importó la burla, -yo les voy a enseñar a esos niños, yo les voy a enseñar- se dijo bajito mientras continuaba caminando rumbo al parque. Llevaba su cometa en la espalda, era su escudo contra el mundo. Al llegar al parque ya había algunos niños con sus padres corriendo de un lado al otro intentando elevar sus cometas, había poco viento, ese domingo el sol desde lo alto derretía los pájaros y pintaba de amarillo los árboles. Martín se alejó del grupo de niños, no tenía a nadie que le ayudara a lanzar su cometa al viento para que iniciara su vuelo. La colocó con cuidado sobre la yerba, se alejó unos diez pasos templó el hilo blanco y emprendió veloz carrera, la cometa se elevó brevemente, dio unas cuantas cabriolas en el aire y se desplomó directamente contra la yerba produciendo un gran ruido debido a lo grande que era. Martín corrió a explorar su cometa, uno de sus lados tenía una pequeña rasgadura en el papel. Pensó, que estaba muy pesada, y que tal vez nunca volaría. Algunos niños se habían detenido a mirarlo sorprendidos de su batalla, y uno que otro padre lo observaba con ojos de asombro. -Es mi cometa- pensó, mi primer y único regalo de cumpleaños, mi cometa no me puede fallar, mi cometa ni el viento me han de fallar-. Nuevamente acomodó su cometa sobre la yerba, templó los tirantes, la cola y el hilo y esperó, esperó una ráfaga de aire propicio que elevara su cometa. Se concentró intentando evaluar el mejor soplo de viento. De pronto sintió que sus cabellos se movían con más rapidez y un viento le golpeaba el rostro, esperó aún más. Agazapado, solo le quedaba esperar, de pronto un soplo de viento le dio la señal, su cometa sobre la yerba se movió un poco, era el momento, inició su carrera, y corrió, corrió, su cometa lo seguía como una gran sombra gris, poco a poco iba tomando altura, pero volvía a bajar, Martín seguía corriendo, nuevamente la cometa se elevaba unos metros en el aire, hacia unas cabriolas como un tirabuzón y volvía a caer contra el suelo. A Martín ya le faltaban fuerzas en las piernas, estaba casi al final del parque más allá quedaba el Puente Dean Reed y luego la Residencial Saint John. De pronto una intensa ráfaga de viento sopló y el haciendo acopio de su últimas fuerzas corrió y corrió y la cometa se elevó, y el viento soplaba cada vez más fuerte, parecía que conspiraba a su favor, y la cometa se elevaba más y más y Martín reía a carcajadas, gritaba y saltaba sobre la yerba, es mi cumpleaños, es mi cumpleaños, mi cometa no me podía fallar, no me podía fallar. Y allá se elevaba la cometa de Martín, por encima de todas esas cometas multicolores, subía y subía como un pañuelo gris que saludaba a la vida, subía como un puño rebelde destrozando las nubes con dirección al cielo.

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2 Respuestas a “Como un puño en el cielo

  1. Narrativa breve, que recuerda la niñez propia y la de muchos. La pluma estuvo con tinta del recuerdo.
    Bien.

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