El cuervo

Francisco José Segovia Ramos

 

Me encontraba en mi habitación leyendo a la luz de una lámpara de amarilla pátina un poema de Poe, el maestro. El fresco de la noche penetraba a través de la abierta ventana, y el silencio, omnipresente, solo era roto por el sonido del deslizar de las hojas del libro que tenía entre mis manos.

De pronto, oí un inesperado aleteo a mis espaldas. Me giré y contemplé a un cuervo posado en el alféizar de la ventana. Era negro como la noche y silencioso como la muerte. Él, taciturno misterio tras la repentina aparición, inmóvil estatua de mármol en negativo, también me estaba escrutando con sus ojillos rojizos. Mi sobresalto inicial dio paso a la curiosidad, y me giré totalmente sobre mi silla, para contemplar mejor a aquel animal.

¿Qué hacía un cuervo en mi ventana, en la cuarta planta de un edificio en pleno centro de una ciudad moderna? Recordé el poema de Poe y un estremecimiento recorrió mi cuerpo sin poder evitarlo. El cuervo, como si respondiera a mis pensamientos, revoloteó y se posó en uno de los estantes de mi habitación derribando, al situarse en él, al amoral “Anticristo” de Nietzsche, que cayó al suelo. ¿Qué demonios ocurre? mascullé, pero el cuervo, en su pedestal de madera, no respondió.

Todo aquello formaba una extraña combinación; la noche, el sepulcro nocturno en el que paso tantas horas, el triángulo de luz donde me refugiaba para leer… y el cuervo. Y las respuestas no llegaban: tan solo las preguntas, las inquietudes. ¿Qué somos?, me pregunté y, en el mismo instante, quedé sorprendido por mi propia pregunta. Miré al cuervo con desconfianza, e intenté buscar en su anatomía algún defecto, una clave o un detalle que me indicaran que sufría un mal sueño, pero no descubrí nada fuera de lo normal. Si hubiera recordado alguna oración habría rezado, quizá con la idea opresiva en mi mente de que aquella ave era un mal augurio del infierno o un enviado del demonio, pero sólo fui capaz de preguntarle -todavía me asusta mi reacción- ¿quién eres? Pero el cuervo, como sospechaba y temía, no respondió.

¿Por qué me hice la pregunta? ¿Acaso el cuervo había despertado en mí algo más que sorpresa y miedo? Pensé, en mi desvelo, que el cuervo era una metáfora y al momento me acusé de que estaba loco por pensar semejante estupidez. ¡Si solo era un maldito cuervo! Mientras meditaba, mordía mis uñas y permanecía pegado a la silla, sin poder moverme, el cuervo no se inmutaba y me miraba con sus rojizos ojos y mantenía cerrado su anacarado pico. Sentí que penetraba en mi alma, y la sensación, por nueva, era inusual y aterradora.

“Nunca más”. Me quedé sobrecogido. ¿Había sido el cuervo quien había susurrado esas palabras? ¿O era mi imaginación, ya desbocada al igual que mi corazón? Dejé caer el libro de Poe, que fue a hacer compañía al del anticristo, levanté los pies del suelo y los recogí sobre la silla, en un gesto fetal. Estaba al borde del pánico y, al mismo tiempo, sentía una curiosidad creciente que rayaba en lo morboso. ¿Quién eres?, pregunté, tras lograr alcanzar un resquicio de valor. Pero el cuervo, enigmático, no respondió.

¿Qué podría hacer o decir a continuación? Nada, me dije. ¿Hablar con un ave que, por otra parte, rayaba en la locura que pudiera estar dentro de mi habitación? Decidí que tenía que expulsarla a la calle de una vez, y recuperar la tranquilidad; que todo era producto de mis nervios, de la falta de descanso, del exceso de estudios… pero no pude actuar. Me sentí impotente, inútil, y paralizado en vida. “Nunca más”, volví a oír -o, tal vez, imaginé-. ¿Nunca más el qué? ¿La vida, la muerte, el amor? En el poema de Poe el cuervo era un vaticinio, una metáfora, un aviso… pero no hablaba. Eso al menos era lo que recordaba. Claro que tampoco estaba seguro de que el ave que tenía en mi habitación hubiese formulado de nuevo la frase, y no fuesen mi imaginación y mi cerebro turbio o mi corazón acelerado los responsables de todo.

El cuervo, otra vez sin previo aviso, volvió a levantar el vuelo, y se posó con rapidez sobre un busto de Beethoven, que tenía sobre una solitaria estantería. ¿Qué pretendes?, le grité, ya sin control alguno, pero sin moverme un ápice de mi sitio. El ave -de más está decirlo- no respondió y Beethoven, enigmático sonriente en su sordera de granito, siguió con su gesto adusto, tal vez dirigiendo su Heroica. ¡Qué absurda me parecía la composición que formaban el cuervo y el busto! ¡Y que absurdo me parecía yo mismo, allí inmóvil e incapaz de hacer nada! “Nunca más”.

Sí, nunca más. Y faltaban las respuestas, todas las respuestas, hasta las más esenciales. La noche, testigo mudo del encuentro mamífero-ave, se desvanecía en el recuerdo como todo lo demás; libros, lámpara, mesa, bustos, paredes, casa, mundo… Y el cuervo era la noche, y yo me convertía en el cuervo. ¿Dormir, morir, soñar tal vez?

“Nunca más”, oí de nuevo, o quise oír, y el maldito animal levantó el vuelo y salió por la ventana. Aleteó un breve instante antes de perderse en las sombras y el silencio de la noche de la que había nacido. Me quedé pensativo unos instantes, sin atreverme a salir de mi refugio de luz. Después me incorporé con lentitud, y me acerqué hasta la ventana. Miré fuera, pero solo pude ver mi propia ceguera… nada más. Unos minutos más tarde, tras recoger los libros caídos, el cansancio me inundó y quedé dormido.

No sé todavía si aquello fue un sueño o sucedió en realidad, pero no tiene ninguna importancia y, de todas formas, nunca sabré la respuesta. Lo que nunca olvidaré es ese “Nunca más” que clavó una aguja en mi espíritu o, tal vez, despertó algo dormido en mi interior, que pretendo acallar escribiendo párrafos y más párrafos en un loco intento por silenciarme.

 

 

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