Parábola de Perez

William Goyen

 

Perez andaba por el pueblo con una gorra sucia. Sonreía con su boca torcida y no decía ni una palabra porque era sordomudo. Una palabra en su boca era algo tan difícil de imaginar como la propia muerte.

Vivía haciendo señas, como una especie de bestia simpática. Podía emitir un sonido o un grito de chacal o lechuza por miedo o sorpresa. Perez era un desposeído. No le pertenecía a nadie y era el único sano de todo el pueblo. Lo despreciaban y creían que carecía de valor porque no podía hablar ni oír. Parecía una bestia sobada por lo lustroso y brillante. Su cara limpia y su cabeza redonda brillaban como cera pulida.

Era la palabra hecha carne.

Veía signos en todos lados: las púas plateadas de hielo en las cercas de alambre, los delicados caminos y huellas de los reptiles, el caparazón curvo y frágil de los caracoles, una pluma amarilla de pájaro perdida en el suelo. Humo, fruta, hoja, nube, un perro huérfano y salvaje, la cara sufrida de una casa vieja y arrugada, con el pelo encrespándose sobre las piedras del río. Todo eso carecía, como él, de palabras, no tenía orejas ni lengua, estaba colmado de una prodigiosidad incomunicable, marcado por el estigma, el sello de lo prodigioso. Pero ¿cómo contarlo? Iba con frecuencia a ver a Manuela, una mujer del pueblo, para contarle, hablándole con los ojos. En primavera, volvía de los campos para hablarle del tiempo nuevo, para decirle que la traición había pasado, como la crucifixión, y que llegaba el renacimiento. Volvía del río —con las manos goteando, hacia abajo—, como si se hubiera purificado, y le decía que el río estaba libre, que el hielo se había quebrado. O le llevaba la rama de un árbol hasta su porche para que viera el brote de los capullos o el primer narciso, recién nacido. Le hablaba con trozos de paño claro y fragmentos de mica o cuarzo de la montaña. Llevaba fruta y efímeras flores silvestres al porche de Manuela, y las dejaba como símbolos. Pero Manuela no oía lo que decían.

Perez no tenía comunión con los que hablaban, que creen que sus gargantas son un tesoro extraordinario de piedras preciosas (se abre el lazo que sella sus labios y salen monedas de oro, gemas y joyas). En realidad, ¿qué podía decirse la gente que no pudiera pronunciarse con la cara, con los ojos y las líneas de la boca; que no pudiera transmitirse por medio del cerrar y abrir de los labios, por la sincera declaración de la frente?

Para Perez, la oratoria del cuerpo era la expresión suprema. Saltar, bailar, pavonearse, quedarse en cuclillas al lado de una cuna. Había que mirar a una mujer al barrer, inclinada, con sus saltitos, trancos, vuelos; o a alguien que se aplastaba, asustado, contra una pared.

Relacionaba al hombre con la bestia: hombre equino, felino, canino, pájaro, gato, hombre rata.

¿Qué era lo que, al oírse, podía superar el grito y el canto eternos del silencio? ¿Podían nombrarse la alegría y el prodigio? ¿Quién podía enunciarlas mejor que una lechuza, un coyote, un río?

Su vocabulario estaba vacío como el bolsillo de un mendigo, estaba intacto como una página en blanco, que aún no ha sido lacerada por las palabras. No conocía la lucha agonizante contra los conceptos que hostigan para que los nombren, contra las impresiones de los sentidos que insisten para expresarse. Sentía. No iba más allá de lo que sentía porque más allá de eso no hay camino. El enigma seguía siendo enigma, y no lo rebajaba ni corrompía el ansia insaciable de explicarlo todo. Sus imágenes se conservaban vírgenes. El ultraje desmedido de la retórica no podía violarlas. En Perez, la palabra seguía siendo una imagen, tan fresca y pura como al presentarse, igual que un susto. Él no peleaba contra la enunciación. Prescindía de la exégesis y la dialéctica, la vanidad y la casuística, la sofística, la equivocación, la lucha, el choque de Sistemas y la crucifixión de la Prueba, que a su vez exigía que clavaran a la Conclusión hasta su muerte.

Tampoco había sufrido la mutilación que producen las opiniones y juicios de los hombres. No los había escuchado. Seguía sano, no juzgaba, dejaba el mundo como era, lo usaba como un traje sin remiendos. Era receptivo como el eco de un grito en el pozo y no desconfiaba de la dualidad, como un hijo que se alimenta de una glándula que excita y sirve apetitos extraños.

Sin lenguaje, inexpresado, Perez vivía ese mundo de prodigios en una gran alegría metafórica, en una eufonía de silencio. Era un recipiente de mudez, limpio, vacío. Sus hechos, en el pueblo, eran parábolas de lo prodigioso. A su paso, dejaba símbolos de ese misterio inescrutable del que él mismo era signo y advertencia.

No sabía de dónde había salido. Debía de provenir de un mundo bestial, sin lenguajes. Tampoco sabía quién lo había gestado y llevado en su seno. Algo salvaje y maravilloso lo había llamado, lo reclamaba. No le pertenecía a nadie más. Gozaba de esa libertad inviolable de las bestias, que hace que finalmente nadie pueda reclamarlas. En algún lado, un día que pudo haber sido ayer, el gran mundo salvaje y silencioso se quedó con él, lo retuvo como a una bestia.

De vez en cuando algún holgazán lo arrinconaba en la calle, como a un perro perdido. Lo rodeaban, maliciosos, y escribían insultos en la tierra para pervertir la pureza de su mundo sin palabras. Pero nunca aprendió la perfidia de ninguna palabra. Un roce podía decirle algo, podía hacer que el entendimiento lo traspasara como si alguien le hubiera dado un sermón y él pudiera escuchar y responder como Demóstenes.

Manuela esperaba con la misma desesperación de todos en ese pueblo expectante, como esperan las mujeres. Se sentaba a esperar en su porche, con una mano encima de la otra, sobre la falda, embrujada por el deseo. Sus sentidos nadaban en las aguas muertas de la desesperación en suspenso. Esperaba, quería algo maravilloso, que podía llegar en cualquier momento. Cuando apareciera, tenía que estar a la espera, como un cazador paciente en la emboscada. Era como si dijese: «¿Cuándo? He esperado tanto tiempo…». A lo mejor se decía: «Las cosas llegan si una sabe esperar. Casi nadie sabe esperar. Los que saben esperar, y saben esperar bien, son pocos. Espera, Manuela. Espera sin dudar, con paciencia, y verás».

Si algo llegaba mientras ella esperaba sentada, pasaba de largo, como si fuera una falsa alarma o una ilusión. En todo caso, no era lo bastante especial.

Perez se sentaba en el porche de Manuela, en el sueño crepuscular de su silencio, y trataba de decirle algo. Se sentaba en los escalones de la casa de Manuela a la hora del atardecer, oscuro y denso. Hacía todo lo posible para que ella se acercara a lo que él sabía. La llamaba con sus ojos encendidos, con las líneas, las curvas y las máscaras elocuentes de su cara. Manuela se sentaba en su porche, un poco alejada de Perez, altiva, con una mano encima de la otra, sobre la falda, embrujada por el deseo, inmóvil. Sus sentidos nadaban en las aguas muertas de la desesperación en suspenso. El sordomudo que se sentaba en su escalera no podía hablar y no podía consolarla. Era otro regalo del dolor. Se repetía: «Un día, lo que espero vendrá a mí. Va a llegar, dócil como un niño, tierno; vendrá a mí lentamente como una flor que gira hacia el sol, y en mí se dará un despliegue, una apertura. Vendrá a mí despacio, grande, y me recibirá, grande, despacio y firme». (¿Qué era lo que esperaba, sentada en el porche, con las manos cruzadas sobre la falda, con Perez sentado un escalón debajo de ella, en el sueño crepuscular de su silencio?).

Un día llegó caminando un hombre grandote. Se llamaba Mike Cormada. Venía de un mundo pendenciero, de gritos e insultos, promesas y protestas. Tenía sangre oscura y barba rojo avispa. Los huesos de sus mejillas morenas eran gruesos y se curvaban alrededor de las profundas cavidades donde se asentaban, en la hondura, dos grandes ojos negros, como ónices engarzados. Le habló con su bocaza sucia y procaz. Ella murmuró: «Tranquilo, tranquilo, Cormada, no hables, no hables. No hay nada que decir».

Esto pasó en un pueblo lleno de gente desanimada. Esa gente, esos vagos, esos haraganes, querían que algo los impactara o sorprendiera, querían tomar partido por algo. Parecía que todo era feo y estaba roto. Creer en algo, tenerle fe, eran cosas anticuadas, del pasado. Las esquinas de las casas se venían abajo y como no llovía los cultivos perdían fuerza, no crecían. Las manzanas se quedaban enanas y se marchitaban buscando vitalidad en la tierra. Esto pasó en un pueblo conversador que conozco, donde las calles se extendían, rotas, sin que las reparasen, y la gente esperaba la llegada de algo. Podía ser algo especial y maravilloso —como un desfile o una procesión—, algo feroz —como un león salvaje—, o algo maligno como Satán, que podría ir y venir entre ellos. Esperaban que algo mágico llamara a las puertas de sus casas y que la cara de un alma en pena golpeara las ventanas y se asomara para decirles «he llegado» y les devolviera el asombro.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s