Postales de España (VII). 1º de Mayo en Barcelona. Frágiles conquistas y frágiles memorias

Alberto Ernesto Feldman

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Llegué a España, entrando por Barcelona, el 1° de mayo de 2001. Sentí que un golpe de fortuna había hecho coincidir un paseo turístico con una fecha memorable.

Desde siempre, la Plaza de Cataluña, el ombligo de la ciudad, había sido el punto de cita de los trabajadores que buscaban la salida de una explotación casi feudal, que se prolongaba por centenares de años.

Representaba la caja de resonancia de una sociedad en crisis, en una ciudad cosmopolita  que por su situación geográfica en el Mediterráneo, se constituía en obligado paso marítimo entre el sur de Europa y América y estaba en mejores condiciones de absorber los vientos de cambio que soplaban desde mediados del siglo XIX, con anticipación sobre otras regiones más aisladas y por lo tanto más atrasadas de la Península.

Multitudes obreras embanderadas con el rojo por un lado, y con el rojo y el negro por el otro, llenaban la Plaza en el Día del Trabajo, hasta la derrota de la República en 1939, con una concurrencia similar en número y entusiasmo a la que muchos argentinos viejos podemos recordar, si somos objetivos, en los actos de Perón en la Plaza de Mayo de nuestra niñez o adolescencia.

El 1° de Mayo, al contrario de otras fechas históricas y políticas, tiene un significado muy preciso en cuanto a la dignidad laboral. Fue el día de 1886 en que cientos de miles de obreros pararon en Estados Unidos, principalmente en la mayor ciudad  industrial, Chicago, para conseguir la jornada de ocho horas.

1mayoLa represión no se hizo esperar y la prensa, al servicio de intereses comprometidos, fogoneó una campaña a favor del mantenimiento del “estilo de vida norteamericano” y la condena de los dirigentes gremiales de la huelga. Tres de ellos fueron condenados a prisión, uno se suicidó en la cárcel y cuatro de ellos fueron ahorcados un año más tarde después de un juicio escandaloso.

Leamos las palabras escritas por el poeta y patriota cubano José Martí, en esa época corresponsal del diario “La Nación” de Buenos Aires en E.E.U.U., presenciando la ejecución:

“…salen de sus celdas. Se dan la mano, sonríen. Les leen la sentencia, les sujetan las manos con esposas, les ciñen los brazos al cuerpo con una faja de cuero.

Abajo está la concurrencia sentada en hilera de sillas como en el teatro. Firmeza en el rostro de Fischer, plegaria en el de Spies, orgullo en el de Parsons. Engel hace un chiste a propósito de su capucha. Spies grita:

la voz que vais a sofocar será más poderosa en el futuro que cuantas palabras pueda yo decir ahora…

Luego una seña, un ruido, la trampa cede, los cuatro cuerpos caen y se balancean.”

Más tarde, Martí escribió con lujo de detalles los entretelones de un juicio amañado. ¡Todo por las ocho horas!.

En la actualidad, esta conquista se va diluyendo, pero es importante recordar que en algún momento se pudo cambiar algo, y yo vería su conmemoración en un lugar  que tenía historia propia. Las transformaciones económicas y sociales del neoliberalismo, desarrollado y difundido por la Escuela de Chicago (¡otra vez Chicago!, ¿será casualidad?), que tanto daño hicieron en el Tercer mundo, entre otras cosas convirtiendo a la jornada de ocho horas en una quimera, no podrían haber influido de la misma forma en esta combativa y vanguardista Barcelona posterior al destape español.

A las cuatro de la tarde emprendí el camino hacia la Plaza de Cataluña. Al llegar, vi algunas banderas rojinegras, algunas rojas y oí a alguien pronunciando un discurso con un megáfono. Me quedé un largo rato. No había muchos más participantes de los que el Ejército de Salvación podía convocar en Plaza Once en una hermosa tarde de domingo de mi niñez.

Me vino a la memoria un libro que en mi ignorante tozudez, desde el título me resultó antipático y parcial: “El fin de las Ideologías” ¿Y si esto es verdad? Bueno, después de todo, hoy estoy aquí de paso, soy un turista más, hay mucho que ver, mejor me voy a caminar. Respiro hondo y emito un largo suspiro. Voy a empezar por las obras de Gaudí y luego ir a pasear por las Ramblas hasta el monumento a Colón.

Necesito llenarme de imágenes que pueda recordar sin melancolía, aunque será difícil que pueda borrar estas imágenes agridulces del 1º de Mayo de 2001 en Barcelona.

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