KEY WEST o el espíritu de un lugar…

Violeta Balián

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Durante mucho tiempo y en mi imaginario, Key West fue un lugar remoto, de encanto. También, el último cayo (islote raso y arenoso típico de las Antillas) de una cadena de ellos que comienza en cuanto termina la zona metropolitana de Miami. La comunidad cubana lo llama “Cayo Hueso” conforme a la leyenda que sostiene que los exploradores españoles encontraron allí yacimientos de huesos humanos, una suerte de osario que habría pertenecido a los Colusa, una cultura pre-colombina.

16144547_10211974962635221_172836847_nLlegó el día, a principios de los años 90 cuando me instalé en Miami e inicié una serie de peregrinajes a Key West. Fueron tantos que he perdido la cuenta aunque mantengo vivo el recuerdo de cuán dispuesta estaba a escaparme por unas horas o hasta un par de días al cayo, a emprender un viaje que llevaba, como mínimo, cuatro horas. Una vez llegada a destino, costeaba el islote hasta que no me quedaba más por ver y descansaba de los ajetreos de Miami o de lo que yo consideraba su mediocridad, en algún exótico ´bed&breakfast´ de los muchos que había en el lugar. Un cambio de ambiente, era eso lo que yo necesitaba. En más de una ocasión, aproveché la escala obligatoria que hacían los cruceros con destino a México o el Caribe. Además, recibía en casa a amigos que llegaban de muchos y diversos sitios al sur de la Florida. Invariablemente, se decepcionaban con las atracciones de rigor: Orlando, Miami, etc. Sin vacilaciones, yo sacaba de mi manga la carta mágica e infalible: ¿qué tal si nos vamos de paseo a Key West?

La razón detrás de mi obsesión era muy simple. En aquellos tiempos, la atmósfera del Cayo Hueso iba cargada de “duende” o así lo creía yo. Derrochaba exoticidad, buena gastronomía, aires sureños, caribeños, el encanto de otros tiempos, de los famosos residentes como Tennessee Williams cuya La Rosa Tatuada interpretada por Anna Magnani se filmó, en su totalidad, en Key West.

En auto, a una velocidad normal, siguiendo el trayecto natural que trazó la misma geografía de cayos/islotes encadenados cual cuentas de un collar pero en semicírculo, mis amigos y yo emprendíamos el viaje a Key West pasando por Key Largo, de eterna cadencia cinematográfica pero no mucho más, y continuábamos hasta Islamorada (sic) de esplendorosa fama durante las presidencias Bush. Por esa única ruta, la U.S. 1, proseguíamos hacia otros cayos, algunos muy exclusivos con mansiones de lujo y muelles privados. Unas millas más adelante, sobre el mar y a la mano izquierda divisábamos una isla pequeña, deshabitada y con playa propia. La isla soñada. Afortunado su dueño, pensábamos todos. Más adelante entrábamos al “puente de las 7  millas”, la carretera increíble y bellísima que nos internaba de lleno en el Caribe, al que cruzábamos literalmente suspendidos sobre el mar. En algunos segmentos, el camino corre paralelo a las ruinas de las vías del ferrocarril del millonario Flagler, destruidas por completo durante el trágico huracán de 1935.

Finalmente, Key West. Manzana por manzana y a pie, recorríamos apacibles, arboladas calles admirando la variada arquitectura de mansiones victorianas junto a casas de madera con cercos pintados de blanco, reminiscentes de la Nueva Inglaterra. 16128671_10211975029316888_1137863358_nEncontramos a estas casitas, alternativamente llamadas ¨bungalows” transformadas y embellecidas con fuertes matices caribeños y abundante follaje tropical. Entre nosotros y un tanto sorprendidos, comentábamos y también coincidíamos en que sin tener en cuenta la hora del día, cada vez que pasábamos por delante de una de estas viviendas, nos llevábamos la impresión de hacerlo en otro momento, detenido en el tiempo, digamos, a la hora de la siesta. Pura magia, decretábamos.

El siguiente punto de interés es Duval, la calle principal de bares legendarios, albergues obligados de los fantasmas de todas las personalidades ilustres, mediocres y vulgares que desfilaron por sus salones a lo largo de más de 100 años. Recuerdo el espectáculo distinto pero no por ello menos auténtico que presencié durante una escala de crucero, muy temprano en la mañana, recorriendo las calles céntricas y solitarias de Key West. Sobre las aceras, desparramadas y despidiendo el olor acre del alcohol centenares de botellas vacías rebosaban de las bolsas plásticas y tachos de basura. Más los borrachos durmiendo en las veredas y, todavía de pie, alguno que otro sobreviviente de las parrandas nocturnas sentado en las verandas, desayunándose con ´gin and tonic´ o libando dentro de los mismos, traspirados bares.

Hoy se entiende que por razones económicas, allá por los años 20 y a lo largo de los 30, el gobierno de los Estados Unidos envió a Key West a artistas y gente que quisiera trabajar las playas y construir. Ante semejante llamado, no tardó en llegar un afamado grupo de escritores norteamericanos. Entre muchos otros, John Dos Passos, Elizabeth Bishop y John Hersey. La Gran Guerra, las aventuras en París y el resto de Europa habían quedado atrás. De vuelta “en casa” se abocaron a buscar inspiración y nuevo material. Nada mejor que en su propio país, en un sitio como Key West, al que favorecían un clima ideal y un ambiente relajado, pseudo-intelectual. Ni hablar de su proximidad a Cuba, que distaba a sólo 204 kilómetros y le daba a sus nuevos hogares el sesgo foráneo y exótico que aun añoraban.

Porque fueron las crónicas anteriores a la Segunda Guerra Mundial las que aseguraban que Key West, a la sazón en su apogeo, representaba para todos los artistas tanto la oportunidad como la inspiración. Y ¡qué mejor evidencia que las fotos del ya famoso escritor, Ernest “Papa” Hemingway trabajando en su estudio de la calle Whitehead (la casa es hoy un museo) con un gato en el regazo y fumando su eterna pipa!

16176251_10211974979675647_1664501283_nDe hecho, la población de Key West iba en aumento. Los periódicos ya se referían al  intangible “espíritu del lugar” que emparentaron con la estirpe del genius loci de los romanos. En tanto, otros informados insistían con que durante su residencia allí, Hemingway había escrito Adiós a las Armas (1929), Verdes Colinas de África  (1935) y Tener o no Tener (1937). Cabe destacar que Tener o no Tener fue la única novela que Hemingway ambientó en los Estados Unidos. Es más, se publicó cuando él ya no vivía en Key West. Aun así, persistían los rumores de que el escritor había basado los bocetos de sus personajes en prominentes miembros de la comunidad. Y, naturalmente, había ofendido a muchos. Se decía también que no había sido muy feliz en este lugar, a pesar de escribir bien, ser reconocido y mimado por todos. En una carta a un amigo y fechada en 1933, un lacónico Hemingway aseguraba que “aquí tenemos una buena casa y los niños están bien”. Pero, en verdad, se aburría. Y se irritaba, a diario, por la cantidad de turistas que se acercaban a su residencia para curiosear y verlo trabajar. Ni corto ni perezoso Hemingway remedió la situación construyendo una valla alrededor de la propiedad y ésta se mantiene hasta el día de hoy. Al margen de sus entusiasmos por la pesca de alta mar y el boxeo, Hemingway pasaba el resto de su tiempo bebiendo a mares, en el bar de Sloppy Joe´s, un lugar violento y hasta peligroso donde los tragos eran baratos y las peleas, cosa de todos los días. El bar se ubicaba en Greene Street, el sitio que hoy ocupa Captain Tony´s. De todos modos, la mayoría de sus biógrafos parecerían estar de acuerdo en que durante ese período de su vida, Hemingway comenzaba a dar serias señales de impaciencia o tal vez, de una imperiosa necesidad de explorar otros horizontes, tanto en su escritura como en su vida personal. Buen ejemplo de esto último es que en 1935, a punto de dejar Key West para siempre y, justamente en Sloppy Joe´s, Hemingway conoce a la periodista Martha Gellhorn quien llegaría a ser su tercera esposa. En 1940 se radican en Finca Vigía (Cuba) y se divorcian en 1945.

Este año, tras una larga ausencia, visité Key West en abril y nuevamente, a fines de agosto. En ambas ocasiones, la impresión fue la misma. Key West se ha transformado en una ciudad comercializada. Peor, ha desperdiciado el ímpetu de energías y estilos que recibiera unos años atrás de la comunidad gay en residencia. El Key West de 2015 es otro lugar; un punto turístico más de los Estados Unidos, carente del laissez faire o espíritu del lugar que lo caracterizaba. Mallory Square, otrora un tradicional y bullicioso lugar de encuentro está irreconocible y respira silencios. Porque fue modificado estructuralmente para acomodar a las grandes cadenas de hoteles y otras atracciones temáticas de pésimo gusto que lo circundan. Al comercio de la calle Duval, que hasta no hace mucho se lo consideraba interesante y con algún aire elegante, lo han invadido tienditas de “t-shirts” y baratijas. Se nota también la escasez de esos pequeños restaurantes al estilo Key West original o “funky” con gallinitas entrando y saliendo de sus predios. 16128677_10211974985435791_869085379_nNi hablar de los simpáticos gráficos de los años 40 que desaparecieron de los comercios y avisos publicitarios. Pues sí, señores, se acabó la fiesta y los músicos se han marchado a otra parte. Los únicos que no se dan por enterados e insisten con seguirla son los turistas y, a cualquier precio. Impactada por la desilusión me admito a mí misma que estas últimas dos visitas marcan, inexorablemente, mis propios pasos en el tiempo. Y poco más podría decir de este sitio que no sean las cosas que sus propios vecinos comentan todo el tiempo.

Llego así a mi último día, a una tarde de domingo, temprana y encendida por el sol de agosto. Hago un poco de tiempo y camino los senderos pavimentados y reciclados del malecón buscando un sitio con sombra y un banco donde sentarme. A unos cincuenta metros vislumbro una plazoleta con un árbol. Un oasis en el desierto.  Me voy acercando pero, oh sorpresa, la visión del banco se desvanece. ¿Un espejismo? Sí, al igual que todos mis otros recuerdos del lugar.

Un perro suelto cruza  hacia el agua. Me viene el recuerdo de Noel Coward y la letra de esa famosa canción:

“Mad dogs and Englishmen go out in the midday sun”

/sólo ingleses y perros enloquecidos salen a caminar a la hora de la siesta/.

Inglesa no soy. Loca, bueno, quisiera creer que no. Eso sí, me enseñaron que no debe decirse “de esta agua no beberé” pero estoy segura de que este triste y desierto malecón es un testigo silencioso y fidedigno de mi última visita a Key West.

Key West, 2015

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