Postales de España (VI). Un matrimonio mixto, dos impresiones subjetivas

Alberto Ernesto Feldman

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Un mediodía de primavera, Toledo se nos presentó a los ojos como una luminosa ciudad montada sobre una colina que avanzaba como la proa de un navío sobre el campo circundante.

La muralla, que desde el punto del cual la observábamos parecía rodearla completamente y el río Tajo, a sus pies, que también parecía completar el círculo, contribuía a acrecentar esa imagen marina.

Llegábamos para una estancia de sólo dos días. Teníamos cada uno un objetivo concreto a cumplir y un montón de cosas a absorber sin ningún orden ni concierto. En la parte difusa de nuestras expectativas estaba el conocer las marcas de una ciudad que había tenido una época de oro en la cual habían convivido en armonía  árabes, católicos y judíos: disfrutar con los restos arquitectónicos de la que fuera asiento de varias civilizaciones, incluso anteriores a la romana y apreciar una industria comenzada hace muchos siglos a nivel artesanal y que es mundialmente reconocida: la fabricación de armas blancas y el damasquinado, con sus típicas y hermosas incrustaciones.

A medida que nos acercábamos se hacían más notorias, imponiéndose desde su altura, las siluetas del Alcázar con sus cuatro torres y la catedral, los dos  edificios más altos del casco antiguo.

fotos-toledo-iglesia-jesuitas-019Mi interés por Toledo estaba también basado en la visita al Alcázar, desde muchos años atrás convertido en museo militar, y en los sucesos heroicos y sangrientos que allí ocurrieron hace apenas setenta y tres años y que independientemente de la toma de posición a favor de uno u otro bando, fueron un muestrario del valor, la decisión y la fe de todos los españoles, aunque en el fondo, podemos reducir los motivos de esta guerra a los deseos de muchos de cambiar un estado de cosas y a los de otros, el de conservarlo.

Mi esposa, por su parte, quería confirmar la veracidad de un relato oído en su niñez de labios de su abuelo, un gran aficionado a la lectura y a los cuentos, que usaba como soporífero para dormir a sus nietos. Vagamente recordaba que la historia transcurría en Toledo, en una ermita, frente a una Crucifixión muy particular.

Para orientarnos mejor, subimos a un ómnibus de turismo que circunvalaba la ciudad y desde el cual gracias a las palabras de la guía, conocimos la ubicación de algunos puntos de interés y comprobamos que un gran meandro del río abrazaba a la ciudad sólo por la mitad de su perímetro, la que vimos al llegar.

La guía señaló con su índice la ubicación de la ermita del Cristo de la Vega y comenzó a contar una leyenda forjada allí. cristovegaMi mujer pegó un respingo: eran las palabras y el lugar donde transcurría la acción principal del cuento narrado por su abuelo; allí se había resuelto el pleito iniciado por la denuncia de una muchacha a la cual un joven soldado había deshonrado y hecho promesa de casamiento para cuando regresara de la guerra. Ella lo espera ansiosa más de dos años, y cuando regresa, él la ignora, pues ha sido ascendido a capitán, pasa a servir en la corte del Rey, y se le han subido los humos.

Inés de Vargas, que así se llama la joven, ante la iniquidad del falsario lo demanda ante el Gobernador pero es inútil, no puede probar sus dichos.

De pronto, recuerda que la promesa fue hecha al pié del Cristo de la Vega y a Él  pone por testigo. El tribunal en pleno se dirige allí y requerido por el juez, Jesucristo desclava su mano derecha con la que jura en apoyo de la joven. Tanto ella como Diego Martínez, el amante perjuro, ante tamaño gesto divino toman los hábitos, y se venera desde entonces el Cristo de la Ermita con el brazo derecho desclavado.

Esta leyenda, de la que se tiene mención desde principios del siglo XVII y que José Zorrilla convirtió en poesía, era conocida, como comprobamos, por el abuelo de mi esposa, quien  volvió a conectarse con su nieta en Toledo y desde el más allá le hizo llegar otra vez su voz.

Yo no tuve tanta suerte como ella. Quise pasear en la noche de primavera por las tortuosas callejuelas de piedra y empaparme de los nuevos aromas y los antiguos olores y sentirme cubierto y protegido por el mismo cielo estrellado que cubrió a los antiguos moradores, entre ellos mis ancestros, y en cambio, una nube de angustia me asfixió al pasar en la noche frente al Zocodover, la plaza donde se torturaba, se quemaba y se exhibían los cuerpos de quienes así disponía la Inquisición,  cuando terminó la convivencia y algunos ya no fueron dueños de su destino. Mañana no iré al Alcázar. Todo esto es muy hermoso, tal vez algún día vuelva aquí, pero hoy quiero irme. Ya he incorporado demasiado dolor.

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