Pan comido

Roal Dahl

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No recuerdo muchas cosas; al menos no de antemano; no hasta que sucedió.

Hubo el aterrizaje en Fouka, donde los muchachos de los Blenheim nos ayudaron y nos dieron té mientras nos reaprovisionaban de combustible. Me acuerdo de lo silenciosos que eran los muchachos de los Blenheim, de cómo entraron en la tienda-comedor en busca de un poco de té y se sentaron a beberlo sin decir nada; de cómo se levantaron y salieron cuando terminaron de beber y todo ello todavía sin decir nada. Y sabía que cada uno de ellos se esforzaba por mantener la serenidad porque las cosas no iban muy bien en aquellos momentos. Tenían que salir con demasiada frecuencia y no se esperaban refuerzos.

Les dimos las gracias por el té y salimos a ver si ya habían reaprovisionado de combustible nuestros Gladiator. Recuerdo que soplaba el viento y que la manga de viento estaba completamente horizontal, como un poste indicador, y que la arena volaba alrededor de nuestras piernas y emitía una especie de crujido al chocar contra las tiendas y que éstas aleteaban a causa del viento de manera que parecían hombres de lona batiendo palmas.

—Los chicos de los bombarderos se sienten desgraciados —dijo Peter.

—Desgraciados no —contesté.

—Bueno, pues hartos.

—No. Es sólo que están agotados. Pero seguirán. Puedes ver que tratan de seguir.

Nuestros dos viejos Gladiator se encontraban aparcados el uno al lado del otro sobre la arena, y los soldados de aviación, vestidos con sus camisas y sus pantalones cortos de color caqui, parecían ocupados aún en reaprovisionarlos de combustible. Yo llevaba un traje de aviador de algodón blanco y ligero y Peter llevaba uno azul. No era necesario volar vistiendo ropa de más abrigo.

—¿Queda muy lejos? —dijo Peter.

—A unos treinta y tres kilómetros de Charing Cross —contesté—. En el lado derecho de la carretera.

Charing Cross era el punto de la carretera del desierto donde ésta se desviaba hacia el norte hasta llegar a Marsa Matruh. El ejército italiano se encontraba en Mersah y las cosas le iban bastante bien. Que yo sepa, fue prácticamente la única vez que a los italianos les ha ido bastante bien. Su moral sube y baja como un altímetro sensible y justo en aquel momento señalaba doce mil porque el Eje se encontraba sentado en la cúspide del mundo. Nos quedamos por allí esperando que terminase el reaprovisionamiento.

—Es pan comido —dijo Peter.

—Sí. Debería resultarnos fácil.

Nos separamos y yo subí a la cabina de mi aparato. Siempre he recordado la cara del soldado de aviación que me ayudó a sujetarme el cinturón de seguridad y demás. Era algo mayor, alrededor de los cuarenta años, y completamente calvo a excepción de un poco de pelo rubio en la parte posterior de la cabeza. Su cara estaba llena de arrugas, sus ojos eran iguales que los de mi abuela y parecía como si se hubiese pasado la vida entera ayudando a pilotos que jamás regresarían. Mientras me ayudaba a instalarme, subido a una de las alas del aeroplano, me dijo:

—Tenga cuidado. Es una insensatez no tener cuidado.

—Es pan comido —dije.

—Ni hablar.

—De veras. No es nada de nada. Es pan comido.

No recuerdo muy bien lo que ocurrió a continuación; sólo me acuerdo de lo que sucedió más tarde. Supongo que despegamos de Fouka y volamos hacia el oeste, en dirección a Mersah, y supongo que volábamos a unos ochocientos pies. Supongo que veíamos el mar a estribor y supongo, mejor dicho, estoy seguro de que era azul y resultaba hermoso, especialmente cuando rompía sobre la arena y formaba una línea ancha y blanca que se extendía por el este y el oeste hasta donde llegaba la vista. Supongo que sobrevolamos Charing Cross y que seguimos volando veintiuna millas más allá, hacia donde decían que estaba, pero no lo sé seguro. Sólo sé que hubo problemas, montones de problemas, y sé que ya habíamos dado la vuelta y nos encontrábamos de regreso cuando los problemas empeoraron. El mayor de todos los problemas era que volaba demasiado bajo para lanzarme en paracaídas y es a partir de ese punto donde mi memoria vuelve a mí. Recuerdo que el morro del aeroplano se inclinó hacia abajo y que yo lo seguí con la vista hacia el suelo y vi unos arbustos que crecían aislados de cualquier otra clase de vegetación. Recuerdo que vi algunas rocas en la arena al lado de los arbustos, y los arbustos y la arena y las rocas saltaron del suelo hacia mí. Eso lo recuerdo muy claramente.

Luego la memoria me falló durante unos momentos. Puede que fuese un segundo o puede que fueran treinta; no lo sé. Tengo idea de que fue muy breve, tal vez un segundo, y que seguidamente oí un ruido a mi derecha al incendiarse el depósito del ala de estribor, luego otro ruido a la izquierda cuando el depósito de babor imitó a su compañero. No le di importancia y durante un rato seguí sentado tan cómodamente, aunque sintiéndome algo soñoliento. No podía ver con los ojos, pero tampoco a eso le di importancia. No había motivo para preocuparse. Nada en absoluto. No hasta que sentí calor en torno a mis piernas. Al principio fue sólo un poco de calor y no me pareció importante tampoco, pero de pronto el calor se hizo más intenso, se convirtió en un calor abrasador que subía y bajaba por los costados de las dos piernas.

Sabía que el calor resultaba desagradable, pero eso era lo único que sabía. No me gustaba, de modo que encogí las piernas bajo el asiento y esperé. Me parece que algo funcionaba mal en el sistema de telégrafo entre el cuerpo y el cerebro. No parecía funcionar muy bien. Por alguna razón se retrasaba un poco en informar al cerebro de lo que ocurría y pedirle instrucciones. Pero creo que al final un mensaje consiguió llegar a su destino y decir: «Aquí abajo se nota mucho calor. ¿Qué debemos hacer? (Firmado) Pierna Izquierda y Pierna Derecha». Durante un largo rato no hubo contestación. El cerebro intentaba explicarse el asunto.

Luego, lentamente, palabra por palabra, la respuesta fue transmitida por los hilos. «El — avión — está — ardiendo. Saltad — repito — saltad — saltad». La orden fue retransmitida a todo el sistema, a todos los músculos de las piernas, brazos y cuerpo, y los músculos se pusieron a trabajar. Hicieron cuanto pudieron; empujaron y tiraron un poquito y se esforzaron en gran medida, pero no sirvió de nada. Otro telegrama partió hacia arriba: «No — podemos — saltar. Algo — nos — retiene». La respuesta a esto tardó aún más en llegar, así que me quedé sentado, esperando que llegase mientras el calor crecía a cada momento. Algo me tenía aprisionado y del cerebro dependía averiguar de qué se trataba. ¿Eran manos de gigante que me apretaban los hombros, o peñascos enormes o casas o apisonadoras o archivadores o la gravedad o eran sogas? Aguarda un minuto. Sogas — sogas. El mensaje empezaba a llegar. Llegaba muy despacio. «Las — correas. Desatad — las — correas». Mis brazos recibieron el mensaje y se pusieron a trabajar. Tiraron de las correas, pero éstas no querían aflojarse. Tiraron una vez y otra, un poco débilmente, pero con toda la fuerza de que eran capaces. Y no consiguieron nada. De nuevo salió un mensaje: «¿Cómo — aflojamos — las — correas?».

Esta vez, creo, esperé la contestación durante tres o cuatro minutos. De nada servía darse prisa o impacientarse. Ésa era la única cosa de la que estaba seguro. Pero cuánto tiempo tardaba todo. En voz alta dije: «Mierda. Voy a abrasarme. Voy a…», pero fui interrumpido. La respuesta empezaba a recibirse…, no, no empezaba…, sí, sí empezaba, poco a poco iba recibiéndose. «Quita — el — pasador — de — seguridad — so — imbécil — y — date — prisa».

Quité el pasador y las correas se aflojaron. Ahora, saltemos. Saltemos, saltemos. Pero no podía saltar. Sencillamente no podía levantarme y salir de la cabina. Los brazos y las piernas hicieron todo lo posible, pero fue inútil. Un último y desesperado mensaje salió corriendo hacia arriba, esta vez con la señal de «Urgente».

«Algo — más — nos — tiene — retenidas —decía—. Algo — más — algo — más — algo — pesado».

Y, con todo, los brazos y las piernas no luchaban. Parecían saber instintivamente que era inútil consumir sus energías. Se quedaron quietos, esperando la respuesta y, caramba, cuánto tardó. Veinte, treinta, cuarenta segundos de calor. Todavía no estaba al rojo vivo ni se advertía olor a carne quemada, pero empezaría a notarse en cualquier momento, ya que aquellos viejos Gladiator no estaban construidos de acero reforzado como un Hurricane o un Spit. Tienen alas de lona muy tensa, cubierta con un barniz magníficamente inflamable, y en la parte inferior hay centenares de palitos, como los que colocas debajo de los leños para encender la chimenea, sólo que los del Gladiator son más secos y más delgados. Si algún hombre listo dijera «Voy a construir una cosa grande que arda mejor y más deprisa que cualquier otra cosa del mundo», y si se aplicase diligentemente a la tarea, lo más probable es que acabara construyendo algo muy parecido a un Gladiator. Seguí esperando.

De pronto, la respuesta, hermosa en su brevedad, pero al mismo tiempo explicándolo todo: «Tu — paracaídas — desabrocha — la — hebilla».

Desabroché la hebilla, solté el arnés del paracaídas y con cierto esfuerzo me levanté y salté por un costado de la cabina. Algo parecía estar ardiendo, de modo que me revolqué sobre la arena, luego me alejé a gatas del fuego y me eché cuan largo era.

Oí que parte de las municiones de mi ametralladora estallaba entre las llamas y que algunas balas se enterraban en la arena cerca de mí. No me preocuparon; solamente las oí.

Las cosas empezaban a doler. La cara era lo que más me dolía. Algo no andaba bien en mi cara. Algo le había pasado. Lentamente levanté una mano para palpármela. Estaba pegajosa. Mi nariz no parecía estar allí. Intenté tocarme los dientes, pero no recuerdo si llegué a alguna conclusión sobre ellos. Creo que me quedé dormido.

De repente apareció Peter. Oí su voz y le oí bailar a mi alrededor y gritar como un loco y estrecharme la mano y decir:

—¡Jesús! Creí que te habías quedado ahí dentro. He aterrizado a cosa de medio kilómetro de aquí y he venido corriendo a más no poder. ¿Estás bien?

—Peter —dije—, ¿qué le ha pasado a mi nariz?

Oí que encendía una cerilla en la oscuridad. La noche llega rápidamente en el desierto. Hubo una pausa.

—La verdad es que no parece estar en su sitio —dijo—. ¿Te duele?

—No seas idiota: ¡claro que me duele!

Dijo que iría a su avión a coger un poco de morfina del botiquín, pero volvió al cabo de unos instantes diciendo que no podía localizar su aparato en la oscuridad.

—Peter —dije—, no puedo ver nada.

—Es de noche —contestó—.Tampoco yo puedo ver.

Hacía frío. Hacía mucho frío y Meter se tendió muy cerca de mí para darnos un poco de calor mutuamente.

—Nunca he visto a un hombre sin nariz —decía de vez en cuando.

Yo seguía echando mucha sangre y cada vez que lo hacía, Peter encendía una cerilla. Una vez me dio un cigarrillo, pero se me mojó y, de todos modos, no lo quería.

No sé cuánto tiempo estuvimos allí y solamente recuerdo unas cuantas cosas más, muy pocas. Recuerdo que una y otra vez le dije a Peter que en mi bolsillo había una cajita de pastillas para la garganta irritada y que debía tomar una, ya que, de no hacerlo, se le contagiaría mi irritación de garganta. Recuerdo que le pregunté dónde estábamos y que él dijo:

—Estamos entre los dos ejércitos.

Y luego recuerdo voces inglesas de una patrulla inglesa preguntándonos si éramos italianos. Peter les dijo algo; no recuerdo qué les dijo.

Más tarde recuerdo una sopa espesa y caliente y que una cucharada me hizo vomitar. Y durante todo el rato la agradable sensación de que Peter estaba allí, mostrándose maravilloso, haciendo cosas maravillosas y sin alejarse un solo momento. Eso es todo lo que puedo recordar.

Los hombres estaban de pie junto al aeroplano, pintando y hablando del calor.

—Pintando dibujos en el aparato — dije.

—Sí —confirmó Peter—. Es una gran idea. Es sutil.

—¿Por qué? —pregunté—. A ver, dime por qué.

—Son dibujos graciosos —dijo—. Los pilotos alemanes se reirán al verlos; les dará tal ataque de risa que no podrán hacer blanco.

—Oh, tonterías, tonterías, tonterías.

—No, es una gran idea. Es magnífica. Ven a echar un vistazo.

Corrimos hacia la línea de aviones.

—Triple salto, uno, dos y tres —dijo Peter—. Uno, dos y tres. No pierdas el compás.

—Uno, dos y tres —dije—. Uno, dos y tres.

Y seguimos bailando hacia los aeroplanos.

El hombre que pintaba el primer aparato se cubría con un sombrero de paja y tenía la cara triste. Copiaba el dibujo de una revista y, al verlo, Peter dijo:

—Muchacho, mira ese dibujo, muchacho.

Y se echó a reír. Su risa empezaba como un rumor sordo e iba en aumento hasta convertirse en una sonora carcajada mientras él se golpeaba ambos muslos con las manos y seguía riendo con el cuerpo doblado hacia delante y la boca muy abierta y los ojos cerrados. Su chistera de seda se le cayó de la cabeza y fue a parar a la arena.

—No tiene gracia —dije.

—¡Que no tiene gracia! —exclamó—. ¿Qué quieres decir con eso de «no tiene gracia»? Mírame. Mira cómo me río. Riéndome así no haría blanco en nada. No acertaría a un carro de paja ni a una casa ni a un piojo.

Y siguió haciendo cabriolas en la arena, emitiendo ruidos guturales y partiéndose de risa. Luego me cogió del brazo y nos acercamos bailando al siguiente aeroplano.

—Uno, dos y tres —dijo—. Uno, dos y tres.

Un hombre pequeño, de cara arrugada, escribía una larga historia en el fuselaje utilizando un lápiz rojo. Llevaba el sombrero de paja muy echado hacia atrás y la cara le relucía de sudor. —Buenos días —dijo—. Buenos días, buenos días.

Y se quitó el sombrero de la cabeza con un gesto muy elegante.

—Cierra el pico —dijo Peter agachándose para leer lo que el hombre había escrito. Peter estuvo resoplando y riendo estruendosamente, y, al leer, sus carcajadas se hicieron aún más fuertes.

Se tambaleó de un lado a otro, bailoteando sobre la arena, dándose palmadas en los muslos y doblando el cuerpo—. ¡Madre mía! ¡Qué historia, qué historia, qué historia! Mírame. Mira cómo me río.

Y se puso a bailar de puntillas, sacudiendo la cabeza y riéndose como un loco. De pronto capté la gracia del asunto y empecé a reír con él. Me reí tanto que el estómago empezó a dolerme y caí al suelo y me revolqué en la arena y solté una y otra carcajada porque la cosa era tan graciosa que no podía hacer nada más.

—¡Peter, eres maravilloso! —grité —. Pero ¿todos los pilotos alemanes entienden el inglés?

—¡Diablos! —dijo—. ¡Diablos! ¡Dejadlo! —gritó—. ¡Dejad vuestro trabajo!

Y todos los pintores dejaron de pintar y se volvieron lentamente hacia Peter. Hicieron una leve cabriola y empezaron a cantar al unísono:

—Tonterías… en todas las alas, en todas las alas, en todas las alas — cantaron.

—Cerrad el pico —dijo Peter—. Estamos en un brete. Debemos conservar la calma. ¿Dónde está mi chistera?

—¿Qué? —pregunté.

—Tú hablas alemán —dijo—. Debes traducírnoslo. ¡Él os lo traducirá! —gritó a los pintores—. Él traducirá.

Entonces vi su chistera negra tirada en la arena. Miré hacia otro lado, después volví a mirar y la vi de nuevo. Era una chistera de seda y yacía de costado sobre la arena.

—¡Estás loco! —grité—. ¡Estás como una cabra! ¡No sabes lo que haces! ¡Harás que nos maten a todos! Estás loco de remate, ¿lo sabías? ¡Loco de remate! ¡Dios mío, qué loco está!

—¡Válgame el cielo! ¡Cuánto ruido arma! No debe gritar así; no le hace ningún bien —esta voz era de mujer—. ¡Mire cómo se ha acalorado! —dijo la mujer, y sentí que alguien me secaba la frente con un pañuelo—. No debe alterarse de este modo.

Luego se marchó y sólo vi el cielo, que era azul pálido. No había nubes y por todas partes se veían cazas alemanes. Estaban arriba, abajo, por todos los lados y yo no podía ir a ninguna parte; no podía hacer nada. Se turnaban para atacar y pilotaban sus aviones descuidadamente, ladeándose, dibujando rizos y danzando en el aire. Pero no me sentía asustado, debido a los dibujos graciosos que llevaba en las alas. Me sentía confiado y pensé: «Voy a enfrentarme con un centenar de ellos yo solo y los derribaré a todos. Los derribaré mientras ríen; eso es lo que voy a hacer».

Luego se acercaron más. El cielo entero estaba lleno de ellos. Había tantos, que no sabía a cuáles debía vigilar y a cuáles tenía que atacar. Había tantos, que formaban una cortina negra en el cielo y sólo aquí y allá podía ver un poco de azul asomando entre ellos. Pero había suficiente para remendar los pantalones de un holandés, que era lo único que importaba. Mientras hubiera suficiente para hacer eso, entonces todo iba bien.

Seguían aproximándose. Cada vez llegaban más cerca, hasta delante mismo de mi cara, de modo que veía sólo las cruces negras que resaltaban claramente sobre el color de los Messerschmitt y sobre el azul del cielo; y, al volver la cabeza rápidamente de un lado a otro, vi más aviones y más cruces y luego no vi más que los brazos de las cruces y el azul del cielo. Los brazos tenían manos y se unían unos con otros y describían un círculo y bailaban alrededor de mi Gladiator mientras los motores de los Messerschmitt cantaban gozosamente con voz grave. Jugaban a naranjas y limones y de vez en cuando dos se separaban y se dirigían hacia el centro de la pista y lanzaban un ataque y entonces yo sabía que jugaban a naranjas y limones. Se ladeaban y zigzagueaban y bailaban de puntillas y se inclinaban contra el aire, primero de un lado, luego del otro.

Naranjas y limones, decían las campanas de Saint Clement’s — cantaban los motores.

Pero yo seguía confiando. Podía bailar mejor que ellos y mi pareja era mejor. Era la chica más bella del mundo. Miré hacia abajo y vi la curva de su cuello y la suave inclinación de sus hombros pálidos y vi sus brazos esbeltos, ansiosos y extendidos.

Súbitamente vi unos cuantos agujeros de bala en mi ala de estribor y me enfadé y me asusté al mismo tiempo; pero sobre todo me enfadé. Luego me sentí confiado y dije:

—El alemán que ha hecho eso no tiene sentido del humor. En las fiestas siempre hay un hombre sin sentido del humor. Pero no hay nada de que preocuparse; no hay absolutamente nada de que preocuparse.

Entonces vi más agujeros de bala y me asusté. Eché hacia atrás la capota de la cabina, me levanté y me puse a gritar.

—¡Imbéciles! ¡Mirad los dibujos divertidos! ¡Mirad el que llevo en la cola! ¡Leed la historia que llevo en el fuselaje! ¡Por favor, leed la historia que llevo en el fuselaje!

Pero siguieron viniendo. Tropezaban e iban a parar al centro de la pista de baile, de dos en dos, gritándome al acercarse. Y los motores de los Messerschmitt cantaban a pleno pulmón.

¿Cuándo me pagaréis?, decían las campanas del Old Bailey — cantaban los motores y, mientras cantaban, las cruces negras bailaban y se mecían siguiendo el ritmo de la música.

Había más agujeros en mis alas, en la cubierta del motor y en la cabina.

Luego, de repente, hubo unos cuantos en mi cuerpo.

Pero no sentí dolor, ni siquiera cuando entré en barrena, cuando las alas de mi aeroplano empezaron a sufrir fuertes y ruidosas sacudidas, cada vez más rápidos, cuando el cielo azul y el mar negro se persiguieron mutuamente hasta que al final ya no hubo ni mar ni cielo, sino el resplandor del sol mientras yo daba vueltas. Pero las cruces negras me seguían hacia abajo, sin dejar de bailar, sin soltarse las manos, mientras yo continuaba oyendo el canto de sus motores.

—Ahí viene una vela para guiarte hasta la cama, ahí viene un hacha para cortarte la cabeza —cantaban los motores.

Y las alas seguían sufriendo sacudidas y a mi alrededor no había ni cielo ni mar, únicamente el sol.

Luego hubo solamente el mar. Podía verlo debajo de mí y podía ver los caballos blancos y me dije a mí mismo:

—Aquéllos son caballos blancos cabalgando sobre un mar embravecido.

Supe entonces que mi cerebro funcionaba bien debido a los caballos blancos y debido al mar. Supe que no había mucho tiempo porque el mar y los caballos blancos estaban más cerca, los caballos blancos eran más grandes y el mar era como un mar y como agua, no como un lugar liso. Luego hubo solamente el caballo blanco, avanzando locamente con el bocado entre los dientes, echando espuma por la boca, esparciendo la espuma del mar con sus cascos y arqueando el cuello mientras corría. Siguió galopando locamente sobre el mar, sin jinete e incontrolable, y me di cuenta de que íbamos a estrellarnos.

Después empezó a hacer más calor y desaparecieron las cruces negras y ya no había cielo. Pero el calor era sólo moderado porque no resultaba abrasador ni hacía frío. Me encontraba sentado en una silla grande y roja, hecha de terciopelo, y era de noche. Soplaba el viento desde atrás.

—¿Dónde estoy? —pregunté.

—Has desaparecido. Has desaparecido y se te da por muerto.

—Entonces tengo que decírselo a mi madre.

—No puedes. No puedes utilizar este teléfono.

—¿Por qué no?

—Porque comunica solamente con Dios.

—¿Has dicho desaparecido?

—Desaparecido y dado por muerto.

—Eso no es verdad. Es mentira. Es una mentira asquerosa porque estoy aquí y no he desaparecido. Sólo tratas de asustarme y no lo conseguirás. Te digo que no lo conseguirás, porque sé que es mentira y volveré con mi escuadrón. No puedes impedírmelo porque simplemente me iré. Me voy, ¿lo ves?, me voy.

Me levanté de la silla roja y eché a correr.

—Déjeme ver esas radiografías otra vez, enfermera.

—Aquí las tiene, doctor —era la voz de mujer otra vez y ahora estaba más cerca—. Ha hecho ruido esta noche, ¿no es verdad? Déjeme que le arregle la almohada o la tirará al suelo.

La voz estaba cerca y era muy dulce y agradable.

—¿He desaparecido?

—No, claro que no. Está usted bien.

—Dijeron que había desaparecido.

—No sea tonto; está muy bien.

Oh, todo el mundo es tonto, tonto, tonto, pero era un día precioso y yo no quería correr, pero no podía detenerme. Seguí corriendo por la hierba y no podía detenerme porque mis piernas me llevaban y no podía controlarlas. Era como si no me pertenecieran, aunque cuando miraba hacia abajo veía que eran mías, que los zapatos que cubrían los pies eran míos y que las piernas estaban unidas a mi cuerpo. Pero se negaban a hacer lo que yo quería; simplemente seguían corriendo por el campo y yo tenía que ir con ellas. Corrí y corrí y corrí y, aunque en algunos lugares el campo era abrupto y lleno de baches, nunca tropecé. Pasé corriendo junto a árboles y setos y en un campo había unas cuantas ovejas que dejaron de comer y se dispersaron cuando pasé corriendo junto a ellas. Una vez vi a mi madre con un vestido gris claro, inclinada recogiendo setas y, al pasar corriendo cerca de ella, levantó los ojos y dijo:

—Tengo el cesto casi lleno. ¿Regresamos pronto a casa?

Pero mis piernas no quisieron detenerse y tuve que seguir corriendo.

Entonces vi el acantilado ante mí y vi cuán oscuro estaba más allá del acantilado. Había este gran acantilado y más allá no había nada más que oscuridad, aunque el sol brillaba en el campo por donde yo corría. La luz del sol se detenía en seco al borde del acantilado y más allá sólo había tinieblas.

«Ahí debe de ser donde empieza la noche», pensé.

Y una vez más traté de detenerme pero no pude. Mis piernas empezaron a correr más deprisa hacia el acantilado y empezaron a dar zancadas más grandes y alargué las manos hacia abajo y traté de detenerlas tirando de la tela de mis pantalones, pero no dio resultado; entonces intenté caerme. Pero mis piernas eran ágiles y cada vez que me arrojaba al suelo aterrizaba sobre la punta de los pies y seguía corriendo.

El acantilado y la oscuridad ya estaban mucho más cerca y me daba cuenta de que, a no ser que me detuviera rápidamente, caería al vacío. Una vez más intenté arrojarme al suelo y una vez más aterricé sobre la punta de los pies y continué corriendo.

Corría velozmente cuando llegué al borde y salté hacia delante, hundiéndome en las tinieblas, y empecé a caer.

Al principio no estaba oscuro del todo. Podía ver arbolitos que crecían en la cara del acantilado y traté de asirme a ellos mientras caía. Varias veces conseguí agarrarme a una rama, pero ésta siempre se quebraba enseguida debido a mi peso considerable y a la velocidad a la que caía, y una vez me cogí a una rama gruesa con ambas manos y el árbol se inclinó hacia delante y oí el crujido de las raíces una a una hasta que el árbol se desprendió del acantilado y yo seguí cayendo. Entonces se hizo más oscuro porque el sol y el día estaban en los campos lejanos de la cima del acantilado, y mientras caía mantuve los ojos abiertos y observé cómo las tinieblas pasaban de gris negro a negro, de negro a negro azabache y de negro azabache a pura negrura líquida que yo podía tocar con las manos pero no podía ver. Pero seguía cayendo y estaba tan negro que no había nada en ninguna parte y no servía de nada hacer algo o preocuparse o pensar debido a la negrura y debido a la caída. No servía de nada.

—Está mejor esta mañana. Está mucho mejor —volvía a ser la voz de mujer.

—Hola.

—Hola. Creíamos que no iba a recuperar jamás el conocimiento.

—¿Dónde estoy?

—En Alejandría; en el hospital.

—¿Cuánto tiempo llevo aquí?

—Cuatro días.

—¿Qué hora es?

—Las siete de la mañana.

—¿Por qué no puedo ver?

Oí que se acercaba un poco más.

—Oh, simplemente porque le hemos vendado los ojos por una temporada.

—¿Cuánto tiempo?

—Sólo una temporada. No se preocupe. Está bien. Tuvo mucha suerte, ¿sabe?

Me estaba palpando la cara con los dedos, pero no me la sentía; solamente notaba otra cosa.

—¿Qué le pasa a mi rostro?

Oí que se acercaba al lado de la cama y sentí que apoyaba una mano en mi hombro.

—No debe seguir hablando. No le está permitido hablar. Le perjudica. Estese quieto y no se preocupe. Está usted bien.

Oí el sonido de sus pasos cruzando la habitación; luego oí que abría la puerta y volvía a cerrarla.

—Enfermera —dije—. Enfermera.

Pero se había ido.

.

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