MIAMI: Entre crepúsculos

Violeta Balián

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Es sábado por la tarde en Miami, metrópoli intensa, hecha de mar, piedra gris y viejo coral. Propensa a huir de los afanes. Se anuncia lluvia. Minutos antes de las seis, camino tres calles hasta la casa donde días antes mis anfitriones encontraron a “Plumitas” su pavo real y mascota extraviada en misteriosas circunstancias hace exactamente un año atrás. Temíamos, a la sazón que “Plumitas” hubiese terminado, accidentalmente o no, como el celebrado pavo de Navidad en la mesa de algún vecino de la zona. Pero nuestro pavo real no se fue muy lejos. Con algún cometido en mente, se instaló entre los jardines de cuatro casas vecinas. Ahora, todos lo conocen como “Sam”. Y cuentan que se lo ha visto, muy orondo paseando a sus polluelos por los jardines públicos al frente a su nuevo domicilio. Sea cual fuere su situación, quería verlo. ¿Me reconocería como cuando por las mañanas miraba por la puerta de vidrio para ver si bajaba las escaleras y le aseguraba la ración matutina?

15683563_10211703917819270_1912324526_nHe llegado a la hora exacta cuando la tarde se acaba. “Plumitas” está listo, y encaramado sobre la verja lateral de una de sus ´casas tomadas´. De pronto, se ubica a prudente distancia del techo. La cola, esplendorosa y replegada, le cuelga sin pretensiones. El ave espera. Tomará sólo unos instantes. Ya está programado. ¿Desde hace millones de años? Puede ser. Lo cierto es que saltará sobre el tejado y cauteloso, intentará volar un trecho más largo y alcanzar el refugio más alto. Al igual que en otros tiempos y en otro jardín, lo llamo suavemente. La cabeza coronada da un cuarto de vuelta, me observa, vuelve a su centro y emite un corto grito antes de elevarse y desaparecer por las alturas. Hay pocos momentos que se asemejan, en intensidad y belleza al vuelo del pavo real a la hora del crepúsculo. Hoy como ayer y, seguramente mañana, se cumplirá el rito ancestral. De esta manera “Plumitas” decidirá donde ha de pasar cada noche. A instantes de su partida, tanto mi entorno como mi ánimo se impregnan de silencio y emoción. Y, tomando conciencia de que me rodea la omnipresente vegetación urbana, a la que ya siento opresiva y apresurada por crear sombras, emprendo mi retirada.

Esa noche llovió pero no tanto como se esperaba. Me alegré. Si bien “Plumitas” ya no pertenece a la casa donde vivió unos años, conservo recuerdos de cómo y en más de una ocasión le “sacó el pecho azul” a las tormentas. Aun así, me molestaba la idea de que estuviera acurrucado en lo alto de una rama, soportando torrentes de agua o peor, forzado a bajarse y encontrar otro lugar.

15696677_10211703939339808_1238450486_oUn domingo de mañana, diáfano y acompañado por una brisa más que dispuesta a atenuar los calores de mayo. Confirmamos nuestro plan dominical: una visita al Fairchild Tropical Garden en Coral Gables, un arboreto y jardín botánico de 33 hectáreas con las más variadas y extensas colecciones de plantas tropicales raras, palmas, árboles de flores y parras. Además, un lugar al que siempre quiero volver. Cámara en mano, anteojos de sol, sombreros panamá y pañuelos multicolores, nos internamos en sus amplias  avenidas, recorremos senderos en los que no se ve un solo lugar sino muchos como los jardines de Madagascar o el centenario árbol Bodhi. Un poco más adelante y, contrastando con el verde oscuro de las ramas vivas de los filodendros, encontramos, caídas al azar, sus hojas secas, color hueso y enrolladas cual puños cerrados. Bellas y caprichosas esculturas, transmisoras de lo inevitable a las que conectamos, por qué no, con Les Feuilles Mortes, la vieja canción de Juliette Greco de aquellos tiempos adolescentes.

15682770_10211703925419460_1246521625_nCortos descansos y más caminatas hasta llegar a la meca del abandono total, las poltronas talladas en maderas amazónicas por el artista brasileño Hugo França, e instaladas en estratégicos claros del bosque tropical. Son elegantes puntos de mira  hacia todo lo que nos rodea, que es verde, apacible y mágico incluyendo los pequeños lagos, el canto de las aves y el follaje lujurioso.

15645339_10211703920219330_1544809104_nEl Jardín de las Mariposas. Un espacio nuevo, vidriado con techos bien altos. Alberga a las aladas criaturas de diversos tamaños y color. Y éstas, atrevidas, lo invaden todo posándose sobre cabezas, hombros o la punta de alguna nariz. Entra un grupo de niños portando algarabía pura, deleite silencioso y carcajadas. Decía W. Somerset Maugham que “La risa es la máxima realidad”. Seguramente que es así, y mucho más como cuando ocurre dentro de un recinto capaz de derrochar sortilegios, a plena luz del día.

Por la noche, en casa, nos aprontamos para ir a cenar a la casa de amigos en el pintoresco distrito de Coconut Grove, reminiscente de la vieja Florida. La casa de nuestros anfitriones se presta a todas las contemplaciones. Enormes ventanales, inferiores y superiores que dan al jardín, la piscina y un bosque de palmeras de troncos pelados. Los invitados charlan, escuchan música y beben camparis mientras el sol cae entre las cenizas de la tarde. Pienso en “Plumitas” y la tarde de ayer. Pero oigo un tumulto, ruidos. Alguien me llama a la ventana, a presenciar un vuelo en picada, transparente y seguido de estelas doradas. 15644805_10211703913619165_1095392800_nEs el paso fugaz de una pareja de pavos reales que ha descendido de la copa más alta de una palmera y sorteado un conglomerado de troncos grisáceos. Con aparatosidad y cortos, fuertes gritos que remedan los bocinazos de autos antiguos, arriban al árbol más cercano, que es también el más frondoso y sobre el que intentan pernoctar. La dueña de casa, visiblemente molesta comenta que el espectáculo no tiene nada de especial, que es cosa de todos los días y que en realidad les molesta, y la culpa de todo la tiene la municipalidad de Coconut Grove con su ordenanza de proteger a los pavos reales, y éstos ya se han convertido en una verdadera plaga. Ni hablar de los gritos. Hay un vecino que amenaza con cazarlos, agrega. ¿Quién tuvo la gran idea de traerlos al sur de la Florida?

¿Plaga? La palabra me entristece. ¿Qué tal si hablamos de magia? De las últimas veinticuatro horas, del sinfín de encantos que se manifestaron en los excesos de lluvia, en el mítico vuelo de los pavos reales, en las mariposas, en los niños descosiéndose de risa, en el arte, en la belleza de la naturaleza circundante y mucho más. Sí, hablemos por favor de la magia, que por más increíble que parezca ha tenido la gentileza de acompañarnos aquí, en Miami.

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