Como si fuera incapaz de hacer daño

Marcos Tabossi

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Esta vez es diferente, esta vez tengo que hacer algo, pensé. Son muchos días y la cosa empeora. Es difícil hacerse el otario tanto tiempo. Cuando le dije a mi mujer me miró raro y seguro se preguntó qué bicho me habría picado, pero menos mal que no lo dijo porque no hubiese sabido qué responder. En cambio, me dijo que le parecía muy bien.

Llego hasta la esquina. Un policía me hace señas que no puedo pasar, como si no me hubiera dado cuenta. Estaciono, bajo las bolsas del baúl del auto, se las entrego a una chica con pechera amarilla y me quedo parado. Parezco perturbado, ahí, quieto, pero lo que hago es esperar que alguien me dé indicaciones. Algunos me miran extrañados pero no me dicen nada, siguen con lo suyo. Después de un rato estoy a punto de irme, me estoy sintiendo un estorbo. Un muchacho que da órdenes todo el tiempo me mira y me dice que a doscientos metros hay un hombre, y me señala con el mentón (porque tiene las manos ocupadas con bolsas) el bote, o la canoa. No sé lo que es, nunca usé nada parecido.

Me subo e intento avanzar dándome envión con uno solo de los palos que había arriba, remando sobre la izquierda y sobre la derecha alternativamente pero el bote se mueve mucho y avanzo zigzagueando. Entonces el mismo chico que me dio la orden me dice que pruebe con los dos palos a la vez y que reme simultáneamente por ambos costados. El bote se estabiliza y ahora avanzo derecho.

Imagino que el tipo al que voy a buscar estará llorando desconsoladamente, pero no, lo encuentro tranquilo, pensativo, como esperando algo. No sé si aguarda por alguien o simplemente espera la muerte. Está ahí, sentado sobre la chapa mirando el horizonte, tal vez trata de adivinar si se avecina otra tormenta.

Le tiendo la mano y lo ayudo a subir.

—Gracias.

—De nada.

Los dos nos agarramos de los bordes para no caernos y esperamos, por un momento, que el bote se aquiete. Una vez que lo logramos le digo que agarre un palo y que trate de remar para adelante mientras yo, con el otro, remo en sentido inverso para que el bote gire en U y poder salir de ahí. El hombre tiene unos cincuenta y pico, es medio panzón y lleva una gorra roja puesta. A la altura de las patillas se asoman algunos pelos canosos que bailotean con el viento. Tiene una camisa que en algún momento ha sido blanca con cuadros azules. Lleva alpargatas mojadas sin medias. Debe tener frío, pienso. El agua corre mansa, inocente, como si fuera incapaz de hacer daño. De los arboles sólo se ven las copas que parecen islas verdes y frondosas. Los techos son  balsas de chapa ancladas en el agua. El sol asoma tibiamente, el clima está agradable aunque un poco fresco. El paisaje me gusta, me recuerda a los pueblos del litoral, en Entre Ríos, donde íbamos a pescar con mi viejo. El río, el verde, algunos pájaros escondidos que se hacen escuchar, y ese sonido calmo que tiene la naturaleza después del aguacero me traslada a las historias de Horacio Quiroga que mi viejo me leía en esos viajes.

—Que terrible, ¿no? – pregunto sin pensar.

—Ajá.

—…..

—…..

—¿Comió algo?

—Anoche. Me trajeron dos sanguches y me quisieron llevar.

—¿Y por qué se quedó?

—Porque es mi casa.

—Claro….

—…..

—…..

El bote se mueve lentamente. El ruido de los palos se vuelve rítmico y agradable cuando chocan con el agua, parece un arrorró.

—Dicen que va a seguir lloviendo –. Comento sin pensar, otra vez, y me arrepiento.

—Esperemos que no.

—Esperemos.

—….

—….

—¿Perdió muchas cosas? – Ahora sí, prometo cerrar el pico para siempre.

—Todo.

—….

—….

No le veo su gesto. Yo voy adelante y él detrás. Supongo que si le cuento lo angustiado que estoy y lo indignado que me pone todo esto, él tampoco me creería. Aunque si lo pienso mejor ni se molestaría en pensar en mí. El tipo está remando conmigo, en dos minutos estaremos llegando a la orilla donde hay muchas personas asistiendo y seguramente no volveré a verlo.

Ellos tienen todo organizado, le darán la ropa necesaria, lo cobijarán en algún lugar y le darán las cuatro comidas. Todo va a estar bien.

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