La profecía

Violeta Balián

15592116_10211671124839466_1524577878_n

Miriam Ascúa (Córdoba, 2016 )

 

A resguardo de las inclemencias terrenales y bajo la estricta tutela del abate Armagh, vivimos por años en un elevado y recóndito monasterio del país. Nuestro sabio maestro insistía con que el universo no era más que las piedras y las estrellas. Que los hechos y hasta los milagros podían explicarse con la Biblia, la herramienta divina. Nunca le contradijimos. Sólo tomábamos especial cuidado en conservar y, de tanto en tanto consultar los papiros prohibidos que revelaban la otra historia de nuestro pueblo milenario.  Inclusive la terrible profecía augurando que en el año 500 de nuestro Señor, se abrirían los cielos y de ellos  descenderían los antiguos Vishap con sus ejércitos de dragones alados.

Un cierto día del año citado, rápidas y densas nubes se amontonaron en el firmamento. Horas más tarde, llegaron a cubrir el brillante disco de la luna y se secaron las aguas en los canales surtidores de aldeas y campos. Cundió el temor.  Fieles a nuestro compromiso monasterial, registramos el inoportuno arribo de los dragones y la naturaleza de Shekar, su líder y Gran Vishap.  Habían llegado con el propósito de recordarnos que nuestros verdaderos progenitores eran ellos y no quienes decían habernos hecho a su imagen y semejanza.  Pero también reconocimos que la mirada del altivo, ambicioso y cruel Vishap profundizaba los valles por los que veía correr los ríos, delgados y brillantes cual hebras de seda.

La población protestó.  Entonces Shekar admitió que, en efecto, por nuestras venas corría sangre de dragones. Así lo decían los antiguos que sentaron las procedencias divinas.

‒‒Pero no os engañéis.  No sois puros.  Los orígenes humanos y  su esencia han sido, son y serán, temas de discusiones interminables, tantas que ya llevan siglos ‒‒agregó,  irónico.

No obstante, juzgaba él que era tiempo de ejecutar las órdenes del Más Alto.  Nuestra ignorancia, nuestro reciente cambio de religión exigían un castigo ejemplar,  comenzando con la eliminación de nuestro rey, su familia y ministros.  Urdía, además, un proyecto que proponía modificar nuestras naturalezas y acomodarnos un lugar en el futuro. Y para ello, debían producir hombres-dragones. De hecho, muy superiores a sus aliados del momento, los híbridos deformes que emergían de las profundidades de la tierra para asentarse en torno de la montaña sagrada, quemar los cultivos y robar nuestros animales, mujeres y niños.

De la noche a la mañana cerraron las puertas de la gran ciudad.  El pueblo se resistió aunque más le hubiera valido acatar. Mientras la oscuridad se apoderaba del valle y los campos se llenaban de serpientes, el sol iluminaba únicamente la cumbre de la montaña en donde los dragones habían fijado sus moradas.  Y era pasmoso ver cómo a la vista de todos, sacrificaban a las vírgenes y mancebos que extraían de manos de la población aterrorizada.

Muerto el rey, Armagh devino en líder espiritual y político. Profundamente afectado por  la situación que sufría el pueblo pero aún más por la abominación que ya se oía en boca de muchos pretendiendo la protección de dos dioses y de diferentes especies, el maestro organizó una embajada de ancianos con la esperanza de entablar un diálogo y pactar con el temible Shekar.  Días enteros caminó la comitiva para alcanzar el palacio del Vishap.  Pero, tal fue su infortunio que a la hora de presentar sus razones, el dragón descargó toda su furia en la persona del abate y, arrancándole los ojos, tomó posesión de él para revelar el destino de nuestra raza.

Cubierto de sangre, Armagh cayó de rodillas.  A su lado, apenas le oímos balbucear el vaticinio del dragón:

«Al cabo de mil quinientos años o un poco más, vuestros hombres, convertidos en draconianos oscuros, sincopados y embozados, marcharán espada en mano por los desiertos, sembrando destrucción y muerte en nombre de otro dios

En agonía, Armagh suplicó:

‒‒Señor, ten piedad de nosotros y de tu humilde servidor.  Perdona todas mis transgresiones, desvanece el horror que ha visto mi corazón y ¡permíteme morir!

¡Querido abate Armagh!  Él, que tanto sabía, ya no sabe nada.

.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s