La camisola

Dylan Thomas

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Tocó el timbre. No hubo respuesta. Ella había salido. Metió la llave en el cerrojo.

A la última luz de la tarde, el vestíbulo estaba lleno de sombras. Casi conformaban un mismo cuerpo sólido. Se quitó el sombrero y el abrigo mirando de soslayo, para no tener que ver el cuerpo sólido, atento a la luz que llegaba del cuarto de estar.

—¿Hay alguien en casa?

Las sombras lo desconcertaban. Ella tendría que haberse deshecho de las sombras tal como barría el polvo cuando invadía la casa.

En el cuarto de estar ardía un fuego escaso. Se acercó a la chimenea y tomó asiento. Tenía frías las manos. Necesitaba las llamas de la chimenea para iluminar los rincones de la estancia. Por el camino de casa había visto un perro atropellado por un automóvil. La visión de la sangre lo había desconcertado. Quiso acuclillarse, arrodillarse incluso, tocar con el dedo la sangre que había formado un charco circular en medio de la carretera. Alguien le tiró de la manga y le preguntó si estaba enfermo. Recordó el sonido y la potencia de la voz, que apagó de golpe su deseo inicial. Se alejó caminando de la sangre y vio las roderas sucias del automóvil y la negrura que se empapaba bajo el capó, y vio que todo daba vueltas. Necesitaba ese calor. Fuera, el viento le había abierto cortes entre el pulgar y el resto de los dedos de ambas manos.

Ella había dejado la labor sobre la alfombra, cerca de la plancha de hierro que la defendía de las ascuas que pudieran saltar. Estaba haciendo unas enaguas, tal vez una combinación. Él tomó la labor, la tocó, palpó la zona en que se acomodarían sus senos bajo el algodón amarillo. Esa misma mañana la había visto con la cabeza oculta por el vestido que se estaba poniendo. La vio en toda su desnudez como si fuera un saco de piel y de alheña que se alejaba de la luz. Dejó caer las enaguas al suelo.

¿Por qué persistía en su memoria, se dijo, la imagen del perro enrojecido y destrozado? Fue la primera vez en que vio los sesos de un ser vivo desparramados fuera del cráneo. Se puso malo al oír el último y débil aullido del animal, al ver cómo se hundió de golpe el pecho del perro. Podría haber soltado un alarido, podría haber matado como el niño que revienta un escarabajo entre las yemas de los dedos.

Un millar de noches antes ella estuvo tendida a su lado. Cuando estuvo entre sus brazos, él pensó en los huesos de los brazos que lo estrechaban. Yació en paz junto al esqueleto de ella. En cambio, a la mañana siguiente ella despertó de nuevo en su carne corrompida.

Cuando él le hacía daño, era tan solo para ocultar su propio dolor. Cuando le abofeteó la mejilla hasta que la piel se le puso roja como la grana, fue para poner final a la agonía que le desgarraba la cabeza por dentro. Ella le relató cómo había muerto su madre. Su madre llevó una máscara para ocultar la enfermedad que le desfiguraba la cara. Él percibió la langosta de esa misma enfermedad en su propia cara, en la boca, en el párpado que le temblaba.

Empezaba a reinar la oscuridad en la estancia. Estaba demasiado cansado como para atizar el fuego, y vio cómo se apagaba la última llama. Entró como un soplido, con las primeras tinieblas, una nueva frialdad. Probó la enfermedad de la llama recién muerta en cuanto le ascendió hasta la punta de la lengua y se la tragó sin pensar. Revoloteó en torno al latido de su corazón y latieron los dos hasta conformar un único sonido. Y todo el dolor de los condenados. El dolor de un hombre al que se le parte una botella en la cara, el dolor de una vaca cuyo ternero nace bailoteando, el dolor del perro, se desplazaron a través de él, desde sus cabellos doloridos hasta las plantas azotadas de sus pies.

Regresó su fuerza. Junto al ternero goteante, el hombre del rostro destrozado y el perro sobre las patas que ya no lo sostienen, se levantó como un único ser, juntos todos ellos en un cerebro rojo y un cuerpo rojo, dispuestos a retar a la bestia que había en el aire. Escuchó el reto al chasquear los dedos justo cuando llegó ella.

Vio que llevaba el sombrero y el vestido amarillos.

—¿Por qué estás sentado a oscuras? —le preguntó.

Se fue a la cocina a encender el fogón. Él se puso en pie. Con las manos extendidas por delante, como si fuera ciego, la siguió. Ella sostenía una caja de fósforos en la mano. Cuando sacaba un fósforo ya usado para frotarlo contra la raspa, él cerró la puerta a sus espaldas.

—Quítate el vestido —le dijo.

Ella no le oyó, y le dedicó una sonrisa.

—Quítate el vestido —le dijo él.

Ella dejó de sonreír, sacó un fósforo sin usar y lo encendió.

—Quítate el vestido —dijo él.

Dio un paso hacia ella, con las manos de ciego. Ella se inclinó sobre el fogón. Él apagó el fósforo de un soplido.

—¿Qué sucede? —preguntó ella.

Él movió los labios, pero no dijo nada.

—¿Por qué? —preguntó ella.

Él le abofeteó en la mejilla, con bastante blandura, con la palma de la mano.

—Que te quites el vestido —dijo.

Oyó el susurro de la tela al pasarse ella el vestido por la cabeza, y oyó el sollozo de temor en cuanto la tocó. Metódicamente, con sus manos de ciego, la desnudó.

Salió de la cocina y cerró la puerta.

En el vestíbulo, la sombra casada se había quebrado. No se pudo ver la cara en el espejo cuando se anudó la bufanda y se acarició el ala del sombrero. Había demasiadas caras. Cada una de ellas tenía una parte de sus rasgos, cada una llevaba uno de los rizos de su cabello. Se subió el cuello del abrigo. Era una húmeda noche de invierno. A medida que caminaba iba contando las farolas. Abrió una puerta y pasó al interior, al calorcillo. La sala estaba desierta. La mujer que esperaba tras la barra sonrió a la vez que frotaba dos monedas, una contra otra.

—Hace frío esta noche —dijo.

Él se bebió el whisky y se marchó.

Caminó bajo una lluvia que arreciaba a cada paso. Volvió a contar las farolas, pero no llegó a ningún número en concreto.

El bar de la esquina estaba desierto. Se llevó la copa a la sala, pero tampoco había nadie.

El Sol Naciente estaba desierto.

Fuera no se oían los ruidos del tráfico. Recordó que no había visto a nadie en la calle. Chifló a voz en cuello, presa del pánico por estar solo.

—¿Dónde estáis, dónde estáis?

De pronto, el tráfico y las ventanas se encendieron. Oyó una canción que llegaba desde la casa de la esquina.

El bar estaba atestado de gente. Las mujeres reían y gritaban. Se derramaban las copas por encima de los vestidos y se levantaban las faldas. Las muchachas bailaban en el suelo cubierto de serrín. Una mujer le tomó del brazo, y él se frotó la cara contra la manga de ella, y la tomó de la mano y le puso la otra en el cuello. No oyó más que las voces de las mujeres que reían, el griterío de las muchachas que bailaban sin cesar. Las mujeres menos favorecidas, las que estaban sentadas en los rincones, se balancearon hacia donde estaba él. Vio que la sala estaba repleta de mujeres. Lentamente, sin dejar de reírse, se apiñaron a su alrededor.

Masculló una palabra para el cuello de su camisa y notó que la vieja enfermedad se le agriaba en la boca del estómago. Había sangre delante de sus ojos.

Y fue entonces cuando también él se echó a reír. Se metió las manos hasta el fondo de los bolsillos del abrigo y se les rio a la cara.

Tocó algo suave, con una mano, en el bolsillo. Sacó la mano, aquella suavidad que había palpado.

Cesaron las risas. Se hizo el silencio en la sala. En absoluta quietud, en silencio, las mujeres lo observaban.

Alzó la mano hasta la altura de los ojos. Sostenía en ella un trozo de tela.

—¿Quién de ustedes desea comprar una camisola? —dijo—. Vamos, vamos, señoras. ¿Quién desea comprar esta bonita camisola de mujer?

Las mujeres mansas y corrientes del bar se quedaron quietas, con los vasos en alto, mientras él se apoyaba de espaldas contra la barra y se reía a carcajadas, agitando el trozo de tela ensangrentada delante de todas ellas.

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