EN LA SALA AMARILLA

Lucas Berruezo

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Grave situación (1946)-Roberto Matta Echaurren

 

(Sala de profesores. Una mesa negra rectangular en el centro. Sillas de plástico del mismo color distribuidas alrededor. Una joven con delantal  a cuadrillé es la única persona que está sentada. Otra mujer, mayor que ella y usando un delantal idéntico, está parada a su lado. Le acaricia la espalda y, por lo que se puede ver, la consuela. Sobre la mesa, una única taza con un hilito de té saliendo de su interior humea abandonada.)

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JOVEN: ¿Qué querrán?

MUJER: Vos no te preocupes, Marce. No pasa nada. Simplemente deben querer que les digas lo que viste. Nada más.

JOVEN: ¿Segura? Mirá si me culpan a mí.

MUJER: ¿Culpar de qué, si vos no hiciste nada? Lo que pasa es que fuiste la primera en entrar, y ellos tienen que saber lo que viste.

JOVEN: De sólo pensar en lo que vi se me pone la piel de gallina. Ojalá no hubiese visto nada. Ojalá nunca hubiese entrado a la sala…

MUJER: Te entiendo, pero pensá que…

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(La mujer es interrumpida por la puerta, que se abre y permite ver a dos hombres. Son policías. Uno está de civil, con un saco gris y una corbata negra. El otro lleva puesto el uniforme azul oscuro de la policía bonaerense. Entran saludando con un gesto. El hombre de traje se sienta ante la joven y saca una libreta cuadrada y una birome Bic azul, mientras que el uniformado se queda de pie en un ángulo de la sala, a un lado de la puerta.)

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OFICIAL: Ante todo, buen día.

JOVEN: Buen día.

MUJER: Buen día.

OFICIAL: Primero quiero que quede bien en claro que esto no es un interrogatorio y que nadie piensa que usted esté implicada en lo que pasó. Simplemente la llamamos en calidad de testigo de lo ocurrido. ¿Entiende lo que le digo?

JOVEN: Sí.

OFICIAL: Bien. ¿Nombre?

JOVEN: Marcela.

OFICIAL: ¿Apellido?

JOVEN: Merola. Marcela Anahí Merola.

OFICIAL: ¿Edad?

JOVEN: Treinta y cuatro años.

OFICIAL: ¿DNI?

JOVEN: Veintiocho millones, ochocientos ***, *** noventa y ***.

OFICIAL: ¿Cargo en la institución?

JOVEN: Maestra auxiliar… Bah, en realidad preceptora.

OFICIAL: No entiendo, ¿maestra auxiliar o preceptora?

JOVEN: Es lo mismo. Nosotras llamamos a ese cargo «maestra auxiliar», pero el verdadero nombre es el de «preceptora».

OFICIAL: Bien. Entonces, tengo entendido que usted fue la primera persona en entrar a la sala después de que la maestra… Bueno, después de que hiciera lo que hizo. ¿Es así?

JOVEN: Sí, señor, es así.

OFICIAL: Bien, entonces podría relatarnos qué fue lo que vio.

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***

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Un montón de muñecos. Sé que en realidad no eran muñecos, que se trataba de los nenes de sala amarilla, pero juro ante Dios y la Virgen que parecían muñequitos. Ahora que lo pienso, debe ser porque estaban muy pálidos. Blancos… Blanquitos… Incluso Lara, que es más bien morenita, estaba gris, como si su piel fuera de ceniza… Y todos ahí, sentados en ronda, como si no hicieran más que escuchar a la seño… Y ella… Daiana… Sentada, cantando como si no pasara nada…

Lo único que daba a pensar que algo no andaba bien (además de la palidez de las caritas, claro), era el hecho de que ningún chico mantenía la cabeza erguida. O les caía sobre el pecho o la tenían colgada hacia atrás. Todos.

Y Daiana cantaba la canción con su voz tan suave. Siempre le dijimos que tenía una voz hermosa… Y ella siempre se reía cuando le decíamos eso. También tenía una sonrisa hermosa. Rubia como era, con esos ojos claros tan particulares (ni celestes, ni verdes, ni azules… raros), parecía un ángel. ¿Quién hubiera dicho que podía ser capaz de semejante atrocidad?

Saco una manito,

la hago bailar,

la cierro,

la abro,

la vuelvo a guardar.

Ya sé que es una tontería, pero antes que la palidez de los nenes, o que sus cabecitas colgantes, me llamó la atención que Daiana no hiciera el gesto con las manos mientras cantaba la canción. Es que todas nosotras, siempre que la cantábamos, hacíamos la mímica. Pero Daiana no la estaba haciendo, y eso me descolocó. Cantaba con Emmanuel en brazos, como si lo estuviera haciendo dormir. Pobrecito. Pensar que para ese momento ya debería estar muerto.

«Dai, ¿qué pasó?», me acuerdo que pregunté. Para ese entonces ya ni me acordaba por qué había ido a la sala. Ella me miró y vi que lloraba. No con toda la cara, sino con los ojos, con esos ojos tan lindos. Le caían muchas lágrimas, muchas, pero por otra parte sonreía. Era muy confuso.

«Son míos, ¿sabés?», me dijo con una expresión que, tengo que admitirlo, me pareció angelical. «Son míos y ya nadie me los va a quitar. Ya no se van a ir y me van a olvidar. Ya no van a vivir una vida como si no me hubieran conocido. No. No no no no». Empezó a negar con la cabeza y vi cómo varias lágrimas salían despedidas y brillaban por un instante en su recorrido antes de perderse. «No no no no. Van a ser míos para siempre. Y yo voy a ser de ellos».

Entonces apretó a Emmanuel contra su pecho y pude ver que su bracito le colgaba, como si se tratara de un muñequito de trapo o de tela… Como los brazos de Woody, el muñeco de la película Toy Story. Emmanuel parecía Woody…

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***

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OFICIAL: ¿Y entonces?

JOVEN: Entonces salí corriendo de la sala y fui a dirección. Al principio no podía ni hablar. Estaba muy nerviosa y me costaba asimilar lo que había visto. Creo que incluso tardé mucho en entenderlo. Pero cuando pude decir algo (no sé cuánto tiempo pasó, de seguro las chicas podrán calcularlo mejor que yo, debería hablar con ellas), pedí que llamaran al 911. Y eso hicieron.

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(Ante la mirada fría del policía uniformado, el hombre de traje toma apuntes en su libreta cuadrada. La mujer, aún de pie al lado de la joven, se enjuga una y otra vez los ojos con un pañuelo de papel que ya está hecho un bollo de tanto usarlo.)

 .

OFICIAL: Bueno, eso va a ser todo por ahora. Le voy a pedir que por favor nos deje un número de teléfono en donde podamos encontrarla. Me temo que va a tener que repetir esto, y todo lo que pueda llegar a recordar, ante el juez y el fiscal. Puede conseguir un abogado que la oriente. Una vez más, le repito que no tiene nada de qué preocuparse. Se lo digo de nuevo porque las personas se suelen poner nerviosas cuando nombro a jueces, fiscales y abogados. Pero quédese tranquila, usted no es más que una testigo. Muy importante, pero testigo, por lo que todos nosotros estamos a su más absoluta disposición.

JOVEN: Muchas gracias.

OFICIAL: No, gracias a usted.

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(El hombre de traje se pone de pie, pero la joven lo detiene con un gesto de su mano.)

 .

JOVEN: ¿Se sabe lo que usó? Ya sabe, ¿para hacer lo que hizo con los nenes?

OFICIAL: No. Suponemos que les dio de tomar algo, pero hasta que no se envíen las muestras al laboratorio, y este nos devuelva los resultados de los estudios, la verdad es que no sabemos nada. Sólo podemos suponer.

JOVEN: ¿Y creen que ella…? ¿Que Dai…?

OFICIAL: ¿Si tomó lo mismo?

JOVEN: Sí.

OFICIAL: La verdad es que no lo sabemos. Puede ser que sí, o que haya tomado algo más fuerte. Para asegurarse. Hasta que no lleguen los resultados… Bueno, eso ya se lo dije. Quédese tranquila, la verdad va a salir a la luz. Tenemos todos los elementos para que así sea.

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(El hombre de traje espera unos segundos para cerciorarse de que no haya más preguntas. Luego, sale de la habitación, seguido por el policía uniformado. Dentro, la joven mira la taza de té, mientras la mujer le acaricia con ternura el hombro. Ninguna habla.)

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***

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LA VOZ, sábado 30 de mayo de 2015

HORROR Y MUERTE EN UN JARDÍN DE CASTELAR

Ocurrió en el jardín Domingo Faustino Sarmiento, en la Zona Oeste del Conurbano. Una maestra del nivel inicial envenenó a toda su sala y después se suicidó. Una tragedia que sacude a todo el país.

 LORENA VUELO, PSICÓLOGA (PARA LA VOZ).

La mañana del viernes 29 de mayo tiñó de sangre las salas del jardín de infantes Domingo Faustino Sarmiento que, junto con el nivel primario y el secundario, abre sus puertas sobre la calle Leandro N. Alem al 2500 en la localidad bonaerense de Castelar. Daiana Samorano, de 25 años de edad, llevó una torta envenenada al colegio con la que dio de comer a sus alumnos de Sala Amarilla, todos chicos de entre dos y tres años, y de la que, después, ella también comió. El resultado, 18 personas fallecidas, 17 de ellos niños.

Daiana Samorano era una maestra dulce y atenta. Todos la querían, sus alumnos, los padres de sus alumnos y sus compañeras. Nadie puede explicarse cómo fue que una muchacha simpática, que nunca había tenido ningún problema, se convirtiera en una de las peores asesinas de la historia de Argentina. Inevitablemente, cosas como éstas ponen en tela de juicio el sistema que elige a los docentes en el país. ¿Con quién dejamos a nuestros hijos?, podríamos, con todo derecho, preguntar.

Hoy, no sólo un barrio, sino un país entero llora la muerte de estos 17 chiquitos inocentes. Hoy, la Argentina tiene muchas preguntas para hacerse y pocas respuestas que dar. Es necesario que los docentes que tienen la excelsa tarea de ponerse al frente de un aula o de una sala sean cuidadosamente seleccionados por especialistas capacitados para hacerlo. No podemos seguir dejando a nuestros hijos con personas emocional y mentalmente desequilibradas. Después de estos amargos hechos, nos enteramos de que la maestra Daiana Samorano había sufrido dos abortos espontáneos y no podía quedar embarazada. ¿Una persona que atraviesa por esos episodios traumáticos está preparada psicológicamente para hacerse cargo de 24 chiquitos (afortunadamente, 7 alumnos faltaron a clases el día de ayer, de lo contrario la historia hubiese sido, si es posible considerarlo, más oscura y lamentable)? Tal vez sí, tal vez no. Lo único cierto es que sólo un profesional podría haber dado una respuesta a esa pregunta, y ningún profesional lo hizo porque ningún profesional fue convocado para hablar con la maestra.

Como dije antes, muchas preguntas, pocas respuestas. Es tiempo que en Argentina se empiecen a hacer las cosas bien, con gabinetes psicológicos en los colegios no sólo para los alumnos, sino también para los docentes. Cuando esta cuenta pendiente se salde, tragedias como la ocurrida ayer en el jardín de infantes Domingo Faustino Sarmiento podrán evitarse.

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***

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Diario.

5 de junio: Ya hace una semana de lo del jardín. Por lo que se dice en los pasillos, el caso está prácticamente cerrado. Por suerte, el policía de traje que me interrogó la semana pasada en la sala de profesores no volvió a llamarme. No sé si podría volver a contar lo mismo que conté en ese momento. Ya ni siquiera estoy seguro de lo que conté. Si me llegan a interrogar de nuevo, estoy en el horno.

8 de junio: Hoy en el jardín todo estuvo tranquilo. Según me contó Claudia, todos están conformes con la idea de que Daiana estaba loca por no poder tener hijos. Tuve suerte de haberle dicho lo que le dije al oficial. No voy a decir que lo tenía todo planeado, porque estaría mintiendo. Lo único que quería era que esa mal cogida no se la llevara de arriba. Tampoco quería matarla, solamente buscaba que se sintiera mal, que se descompusiera y se sintiera para el orto. Nada  más. Nunca me imaginé que eso la podía matar. Mucho menos que le iba a dar de comer a los nenes. La muy pelotuda. Por suerte, nadie me vio entregarle la torta, por lo que no hay ningún hecho que me vincule con ella. En eso sí tuve suerte. La única capaz de acusarme, está muerta. Lástima los nenes. Yo nunca los tuve, pero los iba a tener en dos años, cuando llegaran a Sala Verde. Espero que la hija de puta esté pagando por lo que hizo en el peor de los infiernos.

24 de junio: Tuve una nueva reunión con el oficial, pero esta vez él sólo fue un simple observador. Repetí mi historia delante del fiscal, asesorada por mi abogado. No hubo ningún inconveniente. Todos quieren creer la historia de una Daiana loca. Ahora, encima, salió a la luz que ella le fue infiel a su pareja con un compañero de su gimnasio. Ya sé que no tiene nada que ver, pero hace que la gente la odie más y, con eso, apuesten a la historia de una hija de puta que envenena a las personas. Yo, por mi parte, estoy tranquila. No hay manera de que descubran que ese compañero del gimnasio salió un par de veces conmigo, y mucho menos que me pegó una patada en el culo a mí por ella. Ni siquiera ella lo sabía, como tampoco sabía él que yo sabía que me rechazaba por ella. En fin, no hay manera que lleguen hasta mí. «Caso cerrado», así me dijo mi abogado, que sabe tanto como cualquiera.

8 de julio: Se acercan las vacaciones de invierno. Voy a ir a conocer Disney. Siempre quise ir, desde chiquita, así que me voy a dar el gusto. Plata no me falta, mi papá ya me dijo que me va a dar todo lo suficiente. Haber dicho que fui testigo del «horror» (como todo el mundo lo dice) hace que las personas me quieran dar cosas para hacerme sentir mejor. Mi papá, obviamente, no es la excepción. Soy algo así como «Marcela Anahí Merola, la heroína por haber visto el infierno». Además, fue un acierto decir que Daiana estaba cantando la canción de la manito, eso le dio un toque macabro. Ahora ya nadie canta esa canción en los jardines, por lo menos en los jardines de Morón, Castelar e Ituzaingó. Si hubiese dicho la verdad, que cuando entré estaban ya todos muertos, la historia no hubiese sido tan bien recibida. Además, las palabras que le inventé a Daiana vinieron de diez. Creo que fue lo que más convenció a todos.

12 de julio: Me voy el 20. Ya les prometí a mis chiquitos que les iba a traer regalos de Disney. Todos (bueno, casi todos) quieren a Mickey. Voy a tratar de traerles algunos muñequitos o algún que otro adorno. ¡Cómo los quiero!

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