Los viejos de la vereda

Marcos Tabossi

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Como todas las tardes de verano, después de una siesta prolongada, el viejo saca las dos sillas de plástico a la vereda mientras su mujer prepara el mate, a eso de las siete. El asfalto todavía está caliente pero el sol, en ese horario, se esconde tras la copa del paraíso y ellos pueden matear a la sombra. Ahora la gorda llega con el mate y se sienta en la silla vacía. Gorda, así le dice él desde que los veintipico. En aquel entonces era sólo un sobrenombre cariñoso, pero ahora, además, se transformó en una descripción real de su cuerpo dejado, abandonado por el paso del tiempo.

El mate en una mano y la pava en la otra, agarrada con un repasador. Nada de termos. Aunque Julio les ha regalado millones de termos en distintos cumpleaños, ellos eligen la pava porque son clásicos, conservadores.

“Tomá, capaz que está fresco porque es el primero”, le dice ella. Don Angel chupa el mate hasta que hace ruido y se lo devuelve en silencio. Ella, que puso el repasador sobre su falda, se estira la remera que se le mete en cada pliegue de su panza y mueve un poco la bombilla antes de cebar el segundo. Después le alcanza el tercero y se toma el cuarto. Pueden estar toda la tarde en silencio, mirando los autos que pasan o los vecinos que van y vienen. Como si todo lo que pudieran decirse ya hubiera sido dicho en esos sesenta y dos años que llevan juntos, como si ya no hicieran falta las palabras. Además, para él, hablar no es ni un entretenimiento ni un ejercicio que podría resultar placentero, sino que es un instrumento útil, que se usa cuando hay necesidad. Para ella no, a ella le encanta hablar, pero tiene que esperar que venga su hermana o Mónica, su vecina, porque con su marido no hay caso.

Sin embargo, es él quien rompe el silencio cuando ve venir a Daniela con nachito. “Mirá que grande se puso el nachito, ya camina solo y al ritmo de la madre”, dijo. Volvían del supermercado, ella llevaba unas bolsas en una mano y al nene en la otra. Cuatro o cinco mates más y el portón de la casa de Heredia se abre y el pibe, de quien ahora no recuerdan el nombre, sale con el auto del padre. “¿Este muchachito ya maneja?”, preguntó ella. “Qué bárbaro, si lo veo en otro lado no lo conozco”, dijo él. Hace un tiempo que lo habían perdido de vista porque el chico se había ido a estudiar a Buenos Aires. A nachito, en cambio, lo veían más seguido, pero como a esa edad los chicos aprenden algo nuevo todos los días, terminaban hablando del paso del tiempo.

Cómo crecen los chicos, piensa el viejo, pero no lo dice, ¿para qué decirlo si al fin de cuentas es una verdad de perogrullo? Ellos también crecían, pero en la sombra, casi sin que se dieran cuenta. Cuando todos los días se replican calcados, todos los días son el mismo día: mates por la mañana, leer el diario local, ver el informativo en la televisión, preparar el almuerzo, el almuerzo, la siesta, los mates por la tarde, el informativo vespertino, preparar la cena, la cena, algún partido de fútbol y a dormir.

Julita pasa en bici con las amigas y levanta la mano. Ellos saludan. Las chicas llegan a la esquina y van entrando las bicis de a una. Seguramente irán a tomar la leche después de haber pasado la tarde en alguna pileta. Es probable que en un rato se acerque Monica a tomar algún mate,que les pregunte por Julio y por Noemí -la hermana de Violeta- porque hace rato que no aparecen, y que piense que así da gusto llegar; autosuficientes, sin necesidad de mendigar visitas, sin reclamos a nadie, teniéndose uno al otro. A veces viene Graciela a decirles que irá al supermercado y que si necesitan algún mandadito.

Para los vecinos, ellos son parte de la postal. Si Don Ángel y Violeta están mateando en la vereda, el mundo está en su lugar. Para el resto de la gente esa cuadra es la de la casa roja, la de la carnicería “el Beto” y la de los viejos de la vereda. Ellos, para los vecinos, son la garantía de que el amor existe, y que al final del camino es lo único que queda, que son la expresión más genuina de la sabiduría, de la paz interior, de la tranquilidad del deber hecho, y de que se puede llegar a viejo sin dolor ni enfermedad.

Los días de lluvia, cuando los mates los toman en la cocina, el viejo piensa en qué andarán los vecinos y se detiene en los más chicos. En Julita, en nachito y en el hijo de Heredia, por ejemplo. A ellos les está reservado un mundo de posibilidades. Son jóvenes y pueden elegir una y otra vez, y equivocarse, y volver a elegir. ¿Cuánto daría Don Angel por esos beneficios?

Quizás el hijo de Heredia se ponga de novio, se case, y algún día, tal vez, deje de amar a su mujer y pueda decidir irse, creyendo que lo mejor es terminar en buenos términos. Tal vez no sea tan cobarde de quedarse por miedo o por costumbre, porque de ser así estará cavando su propia fosa, y los intentos desesperados por salir serán las marcas que ella, su mujer, llevará en la piel. Tal vez nachito, algún día, sepa resistir la tentación de tener sexo sin preservativos y evitar, así, tener un hijo indeseado con una mujer que apenas conoce. ¿Y Julita? ¿qué será de ella? Algún día dejará de ser Julita para ser Julia, piensa Don Ángel. Y se va a enamorar como todas las mujeres, se casará y será una de esas madres que dan la vida por sus hijos. Pero, quizás, la relación con su marido se desgaste con el tiempo hasta llegar a los golpes y ella sepa reaccionar a tiempo, y pensando justamente en lo mejor para su hijo, decida irse, porque siempre hay opción, porque acostumbrarse a encubrir la violencia con mentiras es solo una de las posibilidades.

Es probable, piensa Don Ángel cuando llueve, que hagan del tiempo un aliado, y no una condena.

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