El olvido

Sergio Albarrán

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Tal vez tuve aspiraciones de ser alguien: un famoso abogado, vivir en una gran ciudad, tener un imponente coche. Me gusta el calor del vapor al salir de la ducha, espera un momento, ¿me he enjabonado?, a veces me evado tanto en pensamientos que se me olvida lo que acabo de hacer. Es extraño mirarse al espejo y sentirse ajeno a la persona reflejada. Hay cierta belleza en ese rostro, tal vez aspiré a ser un guaperas del cine. Tocan a la puerta, me sobresalto, incluso me tapo con pudor como si ya hubieran abierto.

—¿Quién es?

—¿Todo bien?

Es la voz de una mujer que habla con confianza. Supongo que debería reconocerla, me avergüenza admitir que no sé quien es, así que simplemente respondo que sí, todo está bien. ¿Por qué no iba a estarlo? Sentirme confuso es ya demasiado habitual, es mi realidad. Uno, al final, siempre se acostumbra a estar bien, hasta en la peor de las adversidades, si esta persiste.

Me meto en la bañera, tengo que ser rápido o llegaré tarde a trabajar. El agua sale directamente caliente; Marta ha debido de irse hace poco tiempo. Antes, nos duchábamos juntos, con el tiempo empezó a  despertarme con un beso cuando se iba a trabajar. Ahora simplemente se va y sólo me queda el agua caliente de su ducha.

Entonces alguien entra al baño como un asalto. La señora que vive en la casa descorre la cortina y yo, sobresaltado, intento taparme. Ella no se inmuta, como si me hubiera visto otras tantas veces. Agarra la toalla y me la lanza.

—Vamos Jonás, ya te has duchado una vez, estás suficientemente limpio.

Carmen es una mujer de carácter, impulsiva, a veces violenta. Sale del baño y esta vez deja la puerta abierta. Jonás; abogado; Jonás famoso actor; Jonás el gran pintor; Jonás… qué pena sentirse nadie. Me gusta este dormitorio, la pureza de las paredes blancas que brillan con el sol, la escasez de muebles perfectamente repartidos por la estancia; el equilibrio frente a una mente caótica y desajustada por la confusión.

El reloj digital de la mesilla marca las ocho cuarenta y cinco, ya no hay tiempo para ducharme. El traje azul klein, camisa blanca, corbata verde. El maletín; mis documentos, el escritorio está vacío, ¿dónde los dejé? Llego tarde y empiezo a ponerme nervioso. Alguien se acerca, espero que sea Marta con los documentos.

—Cariño, ¿qué haces? Hoy no tienes que ir a trabajar… ya no vas.

Jonás, famoso actor, tengo un buen porte vestido de traje.

—Además qué, ¿ahora eres un moderno? Cada calcetín de su padre y de su madre… anda ven…

¿Quién es esta mujer que me increpa? No sé por qué sigo preguntándome cosas si hace meses que dejé de tener respuestas.

Hay cierto día que se repite con asiduidad, la mujer que habita en la casa me acompaña a un centro donde unos señores de blanco me hacen preguntas. Jonás reconocido escritor; adinerado hombre de negocios. Allí hablan de cosas que debería recordar, me piden que me esfuerce y me siento mal, no sé qué decir. El ayer, un espacio ajeno, deshabitado. La incertidumbre de un futuro aún no vivido, un supuesto pasado que no reconozco y un presente que me desorienta.

La señora de bata blanca me enseña imágenes y sigue preguntando, todos me tratan con mucho cariño. Jonás, santo altruista. El Caso Fango estuvo mal gestionado, Rodrigo tenía que haber presionado más a la familia, les teníamos arrinconados, si la fiscalía no se hubiera metido en medio ahora ese cerdo estaría en una miserable cárcel. La doctora me pide que identifique el color rojo en un panel, ¡maldita sea!, ¡qué se yo!, ¡qué importa! Estoy cansado, empujo la silla cabreado, necesito aire. Jonás, violento tiburón de Wall Street. Aún así las personas allí concentradas son comprensibles y deciden terminar por ese día, me felicitan por no haber hecho nada. ¿Es mi mente la que no funciona?

—Lo siento.

—Tranquilo Jonás, la semana que viene será mejor.

Semanas, días, el tiempo que pasa de puntillas por mi mente y sólo deja sus huellas en mi cuerpo.

Esta mañana hay mucho revuelo en la casa. Desde que me he despertado mucha gente ha venido a verme, todos muy felices y atentos, con regalos. Jonás, estrella del rock. “Este es…” , “te acuerdas de…”.  Carmen, mi madre, que en paz descanse, siempre me instó a ser muy educado; yo sonrío y agradezco su visita. Caras, cuando no las reconoces, te das cuenta de cuán parecidos somos todos, lo básico del ser humano: todos arqueamos las cejas con sorpresa, o fruncimos el ceño con condescendencia. Sonreímos con la boca abierta si hay alegría y cerrada si hay lástima. Si lo que nos diferencia es el alma, la experiencia vital de cada uno; qué clase de rostro inanimado debe ser el mío. Jonás, muñeco de trapo.

La mujer que vive en la casa me ha ayudado a vestirme, muy elegante aunque no estoy seguro de cual es la ocasión. Bajamos las escaleras, el salón está a oscuras. Un grupo de personas sale de la cocina con una gran tarta iluminada con velas. Una escasa luz que va descubriendo a un gran número de personas que cantan felices. Mi boca sonríe muy abierta. Me coloco frente a la tarta, coronada por un “30” de cera roja derritiéndose. La multitud corea que sople y yo obedezco. Nos quedamos a oscuras.

—Gracias mamá, te quiero—. La beso.

Al encender las luces, a la mujer que vive en mi casa le caen unos gordos lagrimones que intenta ocultar; espero no haberla ofendido, tal vez era ella la que tenía que soplar…

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