Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “La cuenta y un policía”

Ítalo Costa Gómez







Como en las historietas de Condorito, mis amigos y yo siempre hemos bromeado con el tema de quién va a pagar la cuenta cuando salimos a almorzar o a tomar algo. Cuando éramos más jovencitos era más gracioso aún porque la poca vergüenza hacía que incluyéramos al mozo en la broma: “Vaya trayendo la cuenta mientras yo llamo al 105 por usted” o le poníamos el celular o el DNI dentro del sobre donde estaba la boleta y nos quedaban mirando atónitos. Siempre la payasada en su pico más alto. El resultado de la joda era positivo, la pasábamos bomba. Nos hemos divertido hasta cuando, en realidad, no tuvimos con qué pagar.

[No tengo dinero, ni nada qué dar. Lo único que tengo es amor para amar. Si así tú me quieres, te puedo querer… pero si no puedes, ni modo ¿qué hacer?]

Cuenta la historia que mi amigo Gerardo y yo solíamos visitar con regularidad el bar del Regatas. El bueno de “Rardo” siempre ha sido mi compañero de chilingui, el perfecto guardián y pata de juerga. Encima de ser buenos amigos también éramos vecinos. Ambos vivíamos en la misma cuadra. Nos acompañábamos. El cuidaba de que yo llegara a casa sano, ebrio y salvo; mientras que yo lo protegía de que ninguna “pepera” se lo lleve. Se lo podían chapar ahí mismo, pero no me lo llevan a ninguna parte, pequeñas calzones flojos.

Una de esas tantas noches yo me había emocionado un poquito más de lo normal al ver aparecer un grupito de amigos al que no veía hace muchas primaveras.

– ¡Esa gente linda!, ¿No estaban difuntos todos ustedes?, ¡Qué paja verlos! Pidan lo que quieran… ¡Yo invito!

[Mírame a mí, bien seguro de mí mismo]

Las personas decentes siempre toman esa última parte en debate y viene la cotidiana pequeña competencia: “no, por favor… yo invito”, “¿estás loco? Todo corre por mi cuenta” y bla bla bla… todo acaba cuando el más platudo de la noche se para, paga y se acabó. Esos amigos no calzaban perfectamente en la categoría de “gente decente” por lo tanto festejaron como cristiano ante el humo blanco del nuevo Papa.

Gerardo estaba pálido. Me quería matar.

– ¿Yo invito?, ¡¡¿¿Yo invito??!! Qué carajo te pasa, Italo. Tú sabes cuánto están los tragos acá. Estos huevones no se van a pedir chelas. Ya la cagaste.

Conmigo no era, yo estaba feliz. Eran cuatro personas además de mi celador y yo. Todos se pidieron el trago más exótico que pudieron. “Veneno de víbora”, “Rompe catre”, “Concentrado de toro” y demás variedades. Al momento de pararnos para irnos a mí se me iba el cuerpo para la izquierda. Estaba sampadazo y muerto de risa. Se acercó la niña que atendía las mesas.

– Aquí está la cuenta. Son 207 soles.

DOS-CIEN-TOS-SIE-TE-SO-LES eran una fucking fortuna para muchachos de nuestra edad que comúnmente se gastaban treinta soles en chelas. No me iba a alcanzar de ninguna manera. Ni siquiera juntando mi capital con el de Gerardo llegábamos a la mitad de esa cifra.

– Pucha, Rardo… no me alcanza… ¿Cómo haríamos?

– Eso pues huevón, ¡¿cómo haríamos con tu boca de mierda?! Vamos a hablar con la administradora. Trata de hablar bien, vocaliza, borracho generoso. Eres un loco de mierda.

Como siempre íbamos al mismo local, la administradora tomó con humor la historia y le dejamos los dos documentos de identidad empeñados. Creo que ni almorzamos esa semana (el bueno de mi chochera había tomado mi deuda como propia también. ¿Qué les he dicho yo sobre mis amigos?) y al siguiente viernes llegamos con la plata y recuperamos nuestros papeles.

A partir de esa fecha los siguientes fines de semana el pobre de Gerardo me advertía de plano:

– No te la des de magnate, porque te juro que esta vez te dejo lavando platos solo. Esta vez si dejo que te lleve la batida por tarado.

Lección aprendida, archivada y compartida. Vámonos de parranda, pequeños borrachosos. Ustedes invitan.

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