La cocina del infierno: “Comando Meón” (I)

Fernando Morote

Estadio

Sus años en Nueva York fueron terribles. Los peores de su vida.

Los parques de diversiones, con sus insoportables montañas rusas, fueron el mayor castigo que pudo haber recibido.

-No tiene ninguna gracia –sostenía-. Subirse a un monstruo de esos para asustarte como un perro y gritar de pánico. ¿Dónde está lo divertido?

Su hija de 8 años no pensaba lo mismo. Secretamente tenía la sensación de que su padre era un cobarde; no sólo un aburrido. Cuando el Narizón vio esa fila de gente descendiendo a gatas por los rieles de una de las curvas más radicales y elevadas de la estructura, después de haber quedado atrapada en la cima, sintió que se le revolvieron las tripas.

Nunca antes ninguna noticia sobre desastre alguno le había causado tanto pavor; ni siquiera el ataque a las torres gemelas mientras trabajaba de mesero en un bar de mala muerte en el Alto Manhattan. Se esforzaba por aparecer como un tipo duro, pero en el fondo era muy sensible. Había sido así desde chico. Se conmovía más de lo que se atrevía a mostrar en público. Tenía sólo 4 años cuando berreó aterrorizado durante la tragedia del Estadio Nacional el 24 de Mayo de 1964. Perú y Argentina se enfrentaban por obtener un cupo para asistir a las olimpiadas de Tokio. Una multitud de 47,197 aficionados bramaba entusiasmada en las graderías. El seleccionado visitante ganaba uno a cero; faltando dos minutos para el final, la escuadra local marcó el empate. Sin embargo el árbitro uruguayo Ángel Eduardo Pazos, que ya corría a la media cancha para cobrar el gol, se amilanó ante los airados y amenazantes reclamos de Perfumo –el capitán gaucho- y lo anuló.

La decisión provocó un estallido de rabia y varios hinchas perdieron el control. Fue entonces cuando Víctor Vásquez, el macizo ‘Negro Bomba’, encontró el recoveco en la malla de protección y saltó al terreno de juego. No avanzó mucho antes de que la policía lo contuviera, soltándole los perros para que lo mordieran.

Esta imagen desató un ataque de ira colectiva y las barras de ambas nacionalidades, que minutos antes se comportaban como amigos y compartían tranquilamente, empezaron a pelearse a palos y navajazos. Los guardias, desbordados por la batalla campal, intentaron solucionar la situación arrojando gases lacrimógenos, lo que desencadenó la estampida de cientos de personas tratando de huir. Las autoridades, en un afán por calmar a los espectadores y forzarlos a regresar a sus asientos, ordenaron cerrar las puertas del coloso de José Díaz. La hilera de cadáveres -sus rostros cubiertos con periódicos- extendida a lo largo de la explanada evidenció la estupidez de la medida que dejó un saldo de 320 muertos. El encuentro fue suspendido otorgando la victoria a los argentinos 1 por 0. El Narizón, en brazos de su padre, resultó ileso. Pero la experiencia quedó grabada en su memoria para el resto de su vida.

Veintitrés años más tarde –el 8 de Diciembre de 1987-, encerrado en el baño de su casa para evitar incómodas exposiciones, lloró sin consuelo cuando un Fokker F-27 de la Marina de Guerra se estrelló en el mar de Ventanilla al volver procedente de Pucallpa con el plantel completo de Alianza Lima, tras jugar un partido por el Torneo Descentralizado.

Si fue falla técnica o humana constituyó una polémica irrelevante para él, fanático acérrimo de los grones. Lo que se enteró por diversas informaciones periodísticas fue que una abertura en el fuselaje permitió salir a flote a 8 pasajeros. Los demás murieron instantáneamente. El piloto Edilberto Villar, el barrista Rafael Ponce y el futbolista Alfredo Tomasini se abrazaron al resto de un ala. Ponce resolvió separarse y nadar hacia la orilla, pero a los pocos metros desapareció. Tomasini, víctima de las heridas, se hundió al amanecer. Horas después Villar fue rescatado por uno de los helicópteros que formaba parte de las labores de búsqueda. Los cadáveres de los otros fallecidos fueron hallados muy cerca del lugar del accidente.

Al año siguiente el deporte le trajo un fogonazo de orgullo. La selección femenina de vóley inició su campaña olímpica en Seúl ’88 frente a un poderoso equipo brasileño. El segundo rival fue el siempre complicado sexteto de China, a quien venció ajustadamente. Luego de esa hazaña, el Perú esperó a los Estados Unidos con un peligroso exceso de confianza. Las americanas sorprendieron con una solidez que las lideradas por Cecilia Tait habían subestimado. El conjunto peruano despertó en el tercer set y logró voltear el resultado clasificando a la semifinal. El cotejo frente a Japón terminó siendo un mero trámite, ya que la escuadra nipona no puso a las incaicas en mayores aprietos que cualquiera de sus anteriores adversarios. Perú enfrentaría a la Unión Soviética por la medalla de oro.

Asombrosamente unido a todo el país, el Narizón se despertó al alba para ver ese enfrentamiento a muerte entre dos contrincantes de características tan opuestas. Uno de baja estatura, excelente defensa y garra; el otro físicamente avasallador, de cabeza fría y tradición ganadora. Los entrenadores exhibían también una marcada diferencia. Man Bo Park, el técnico peruano, era un coreano calmado y calculador, aunque en ocasiones solía explotar en arranques de ira. Nada comparado con el gritón, exigente y casi inhumano adiestrador soviético, Nikolai Karpol.

Para admiración del público mundial, fueron las europeas quienes comenzaron tiesas y descoordinadas, cometiendo muchos errores. Perú ganó los dos primeros sets. En el transcurso del tercero todo hacía suponer que la presea dorada caería en sus manos. Entonces una solicitud de tiempo por parte del coach ruso resultó fatídica. Sus dirigidas se recuperaron y obligaron a las peruanas a disputar un cuarto y consecuente quinto set para finalmente alzarse con el triunfo superándolas por 2 dramáticos puntos.

La impotencia que experimentó el Narizón a miles de kilómetros de distancia, en la oscura sala de su casa, lo impulsó a patear el televisor familiar, convirtiéndolo en una ruma de fragmentos inservibles.

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