Bailando claqué en la Casa Blanca

Juan Alberto Campoy

Cortina de humo

Cuéntala tú, ¿no dices que tiene tanta gracia?, pues cuéntala tú y no seas tan pesado, que eres un pesado, te toca a ti, yo la he contado ya unas doscientas mil veces. Está bien, la contaré yo otra vez, pero porque me has pillado con el día tonto, que si no…, pero que quede claro que es la última vez, eh, la última vez que cuento la jodida anécdota. Pues eso, que estábamos estos dos monstruos aquí presentes, el señor De Niro, ¿qué se puede decir de este titán de la escena, de este coloso de la interpretación, que no se haya dicho todavía, aparte de que es un pesado de marca mayor?, pero eso ya lo he dicho, y este menda, el gran Dustin Hoffman, el inolvidable intérprete de “El graduado” y de “Pequeño gran hombre”, estábamos estos dos monstruos, digo, en la ciudad de Washington, en pleno rodaje de “Cortina de humo”, ya sabéis, aquella película sobre el intento de tapar el escándalo sexual de un presidente de Estados Unidos con el estallido de una guerra ficticia, de una guerra de película, y, de buenas a primeras, van y nos invitan a un encuentro informal con el presidente de los Estados Unidos, eso decía la tarjeta, un encuentro informal, pero no con un presidente de los Estados Unidos ficticio, de película, como el nuestro, sino con el de verdad, el saxofonista, el ex gobernador de Arkansas, el terror de las becarias. Efectivamente, lo habéis adivinado, con el mismísimo Bill Clinton. Al final resultó que aquello de informal tenía bien poco. Se trataba de una fiesta de gala en toda regla. Y en la Casa Blanca. Nada menos que en la Casa Blanca. Bueno, pues al poco de empezar la misma, se formó un corrillo en el que estábamos el presidente de la Nación, el director de la película, Barry Levinson, y nosotros dos. Y de repente, llegó la pregunta fatídica. Bill Clinton mira a Robert de Niro y le espeta: “por cierto, ¿de qué va la película esa que estáis rodando?”. Os recuerdo que era el año 1997 y que los medios no paraban de hablar del caso Paula Jones, un caso de presunto acoso sexual del bueno de Billy. Así que mi amigo Robert, no sabiendo dónde meterse, desvía la mirada hacía Barry, y éste a su vez me mira a mí para que sea yo quien responda, y como yo no tenía nadie a quien pasarle la pelota, la patata caliente más bien, me da un ataque de nervios o de inspiración, o de las dos cosas a la vez, qué sé yo, y me arranco a bailar claqué. Lo que oís: a bailar claqué. Teníais que haberme visto. Ni yo mismo sabía lo que hacía. El presidente debió de creer que me había vuelto loco y cambió abruptamente de tema. Pero el jodido debió de ver la película unos meses después, cuando se estrenó, porque a mediados del el año siguiente, con el escándalo Lewinsky en su punto álgido, no se le ocurrió otra cosa que bombardear Sudán para destruir no sé qué fábrica de armas químicas. El tío, desde luego, sacó sus conclusiones…

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