Tallon, las torres y yo

Beatriz Chiabrera de Marchisone

Torres Nuremberg

Tendría unos diez años cuando encontré el libro de poemas en la biblioteca de mi escuela. El título decía en grandes letras góticas: “Las torres de Nuremberg”. No sé por qué me atrapó de inmediato. No dudé en llevármelo a casa. Y allí comenzó la magia. Y allí comenzó todo.

La señora Pili, como le decíamos a nuestra maestra de grado, nos había indicado que buscáramos algún libro para la clase de lengua y no sabía qué elegir. No era una lectora asidua y creo que su intención era inculcar en nosotros, sus alumnos, que llegáramos a serlo. Y así me dirigí, en un recreo, a la biblioteca que estaba ubicada en una gran sala del tamaño de las aulas. Las estanterías, donde se encontraban las obras para niños, estaban repletas de cuentos, historias y novelas, pero a mí me gustaba la poesía. Eso de escribir con rima me atraía demasiado; no entendía cómo hacía el autor para decir lo que quería y a su vez expresarlo de una manera melódica, como si fuera una canción. Entraba a mis oídos como una música que quedaba grabada en el pentagrama de mi mente para siempre.

Yo ya hacía mis humildes intentos de versos sueltos con temas cotidianos y concretos, repletos de imágenes visuales, necesarias para esa edad. Lo abstracto y metafórico llegaría mucho más tarde, cuando realmente entendiera el verdadero sentido de la poesía. Buscaba la rima descaradamente, como si una poesía no llegara a obtener ese rótulo sin ese sonido de asonancia o concordancia. Y así aparecieron mis primeras estrofas para luego transformarse en poemas completos de los cuales me sentía orgullosa. Recuerdo que uno de los primeros que escribí se titulaba “La mudanza”, y justamente describía una mudanza que hacíamos en casa. Por supuesto, todo era producto de mi imaginación que empezaba a volar, buscando mis propias torres de Nuremberg. Otro más osado se llamaba “El sol negro”, donde todo se oscurecía de pronto porque el astro se había tornado de ese color sin una causa aparente, con sus lógicas y trágicas consecuencias, típicas de una mala película de cine catástrofe de Hollywood, delatando también mi pasión por el cine. Muchas de esas primeras poesías que escribí se han perdido o traspapelado lamentablemente.

Y así fue cómo, siguiendo mi instinto soñador, elegí este ejemplar grande, con dibujos de castillos. Ya su prólogo me impactó, que también es una poesía del autor y aparece entre paréntesis al comienzo del mismo:

 (Esta que llamo Nuremberg, no es

la ciudad fabulosa de Alemania,

sino la otra Nuremberg que tiene,

para sus torres, la primera infancia.

.

Es la que vino en labios de los cuentos.

Es la ciudad iluminada

que mi alma niña descubrió en las nubes

y en el cristal del botellón del agua.

 .

Y todo ocurre en Nuremberg. Aquella

que hasta la gota de rocío alzaba

 .

su torrecilla luminosa. Quise

renovar mi niñez; y fui a buscarla

en una gota en la que un día triste

se me fue al suelo la ciudad enana.)

Solo leerlo me arrancaba un suspiro (aún ahora me lo arranca), me despertaba emociones que no conocía y me empujaba a seguir leyendo. Sí, me empujaba. Necesitaba más de esos versos, de esas palabras. ¿Por qué me identificaba tanto? ¿Cómo podía el poeta exponer tanta belleza con tanta simplicidad? Al poco tiempo me sabía algunas de esas poesías de memoria y me encontraba recitándolas en los pasillos de mi casa, cuando andaba en bicicleta por las calles de Clucellas, mi pueblo, o cuando iba por la vereda caminando sola, mirando cada tanto a los costados para que nadie me descubriera hablando como una loca. Me gustaba sobre todo “La ciudad de Nuremberg”, una poesía larga, con estrofas de cuatro versos que relata la historia de esta ciudad pintada de rojo, verde y azul, “escondida entre bosques y montañas, a la orilla de un río”, que tiene “mil años y quinientas torres y en cada torre suena una campana”. Cada vez que la leía, ya estaba caminando por esas calles, que imaginaba estrechas y caprichosas, andando entre las torres de colores, oyendo las campanas que “se agitan” cuando giran alrededor de una suave torre de lana, donde, según relata el poeta, nacen todos los niños. Yo era capaz de ver y escuchar lo que el autor me contaba a través de sus palabras, de sus imágenes visuales y auditivas, sin ningún tipo de contacto visual o sonido directo que entrara por mis ojos o mis oídos. La interpretación que hacía de la lectura de esos versos era la causante de ese estado casi sobrenatural. ¿Cómo podía tener tan claramente ante mí esa ciudad ficticia? Comencé a darme cuenta que leer era mágico, que escribir como el autor sería mágico, que su creatividad e imaginación me inyectaban un veneno que quedaría para siempre corriendo por mis venas, produciéndome cosquillas, exigiéndome cada vez un poco más de esa droga. Decidí que quería hacer eso. Escribir como él, entrar por los ojos del lector y tocar su alma.

Copié los versos en un cuadernillo y los ilustré, pero sin anotar cuál era su autor, como si eso no fuera importante. Esos primeros poemas me llevaron a buscar otros, de otros libros y de otros autores, que seguí copiando, en prolija letra cursiva y con sus respectivos dibujos hechos por mí.

Pasaron los años y con el tiempo, cuando ya escribía mis propias poesías y cuentos, y había editado algunos de mis textos, volví a la escuela a preguntar por el libro que había influido tanto en mi vocación. Tenía que encontrarme otra vez con ese ejemplar y conocer de una vez por todas quién era su autor. Entré a la biblioteca, que había sido trasladada a otra aula, pero aunque revolvimos en las estanterías y buscamos por secciones, no pudimos encontrarlo porque además, yo no tenía referencias de quién lo había escrito y aunque repetía los versos, nadie los conocía: “Esta ciudad, amigos, es la más linda y más lejana…”. Mi necesidad se volvió una obsesión y seguí recitando esas rimas donde iba: “Es más azul que verde, más que verde y azul es colorada, y como siempre la refleja el río, roja, verde y azul parece el agua.”. Sin el nombre del autor no podemos ayudarla- me decían en librerías y bibliotecas.

Mi frustración desapareció con los avances de la informática. Gracias a Internet y sus fieles buscadores pude descubrir que el poeta era José Sebastián Tallon (he encontrado su apellido con acento en algunas fuentes, pero en el libro aparece sin acento), autor argentino nacido en 1904 en Barracas, provincia de Buenos Aires. María Elena Walsh dijo de él que fue el precursor de la literatura infantil, también fue dibujante caricaturista, pintor y músico. Su ternura era un elemento nuevo en la poesía argentina, reflejaba la belleza de las cosas simples y se basaba en la fuerza que tiene la capacidad de asombro. Sus poemas representan la permanente niñez del hombre.

Había llegado, por fin, a la raíz de mi historia literaria, a esa semilla silenciosa que germinó sin que me diera cuenta, ramificándose y mostrándome horizontes interminables y maravillosos. Decidí comprar el libro que conseguí en una edición pequeña y que guardo como un tesoro entre mis obras publicadas, y cerca del viejo cuadernillo de hojas amarillentas, donde están copiadas e ilustradas las obras de Tallon, entre otras.

Esas torres me acompañarán toda la vida. Vuelvo a ellas, y a Nuremberg, cada tanto. Cuando me encuentro perdida en medio de la vorágine de la vida cotidiana, cuando las señales confusas entorpecen mi ruta mostrándome carreteras absurdas, cuando aparecen cercos, muros o vallas que me desvían del camino, o vuelvo, simplemente para andar sus callecitas, cruzar sus puentes de colores y visitar a la suave torre de lana que “se mece en el prado, sí se mece, como si el viento la acunara”. Y siento ese viento en mi rostro como una caricia fresca. Siempre vuelvo, a ver si el gigantesco caracol de nácar todavía empuja con sus cuernos al bote de oro que trae a los niños, o a escuchar las campanas de las quinientas torres que danzan en torno de la pradera giratoria. O a mojar mis pies en las aguas de su río, lleno de peces de marfil y plata. Y entonces, mis pasos mojados en esas aguas dejarán las marcas por los senderos donde yo ande, y esas marcas guiarán a otros hacia Nuremberg. A esa Nuremberg que, sin saber precisamente dónde queda, sé que está “más allá de los mares”. No tiene una ubicación geográfica que podamos encontrar en un mapa. Pero existe. En cada uno de nosotros. Dentro de cada adulto que vuelve, siempre vuelve, a buscar un poco de su infancia.

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