Fernando Morote, la antítesis de un patrón (II)

Estefanía Farias Martínez

Fernando Morote

¨La cocina del infierno¨, publicada en el 2015, es un libro conformado por tres relatos: ¨Los ingobernables¨, ¨La cocina del infierno¨ y ¨Comando meón¨. Empezó a gestarse poco después de que el autor publicara ¨Brindis, bromas y bramidos¨, y fue concebido en principio como un conjunto de cinco relatos independientes, sin embargo, dos de ellos desaparecieron de la selección antes de nacer, cuando empezaba a escribir el que seria el tercero de los cuentos. Aquellas tres historias inconexas se transformaron en una sola: distintas perspectivas, épocas y situaciones para los mismos personajes.

 ***

 No éramos una banda de delincuentes. Ni siquiera éramos una pandilla de malandrines. Éramos simplemente nosotros; los ingobernables…

¨Los ingobernables¨, el relato que abre el libro, se escribe en el 2013, y así como otras veces los cuentos de Fernando Morote tienen título incluso mucho antes de ser escritos, en este caso fue exactamente al revés, con el texto ya terminado, después de barajar otras posibilidades, el que sería el definitivo le asaltó de golpe, dándose el relato por concluido. Es la historia de su barrio y sus amigos, la que siempre quiso contar, al más puro estilo de la novela ¨Los geniecillos dominicales¨ de Ribeyro, de 1965.

 El relato se estructura en 14 capítulos de extensión irregular. Entre ellos encontramos dos hiperbreves, el primero, una declaración de quienes eran,  y el último, una reflexión profunda, que pretenden llegar al lector como un zarpazo, apenas dos frases que dicen lo necesario, no más, y permanecen como único punto de atención en la página del libro, lo que les otorga mayor fuerza; y dos muy breves, el segundo y el tercero, que nos cuentan como se conocieron y nos sitúan en Pompeya, su territorio, un barrio de clase media. El ritmo de la narración es muy ágil y las escenas son de una expresividad absoluta, llenas de detalles y con una ambientación cuidada que nos hace presenciar los hechos como si estuviéramos allí, reírnos desde las gradas viendo las andanzas de estos tipos durante el partido de fútbol contra otro grupo como ellos:

Entonces el Doctor sorprendió con un pase largo de carácter magistral. Desprendiéndose de su marca, al otro extremo de la cancha, Camote aulló:

-¡Mía!

Arqueó la espalda con encomiable afán por matar el balón de pechito, pero dadas sus evidentes descoordinaciones psico-motoras, al mismo tiempo alzó ambos brazos y estiró una pierna a la altura de la cintura. Resultado: innovador paso de prima ballerina. Consecuencia: saque de meta para la escuadra rival.

O compartiendo su angustia durante su incursión en territorio desconocido:

Los minutos empezaron a correr y el viento a ponerse helado. Una densa bruma deslizándose de los cerros se instaló en las azoteas. El paisaje detrás de nosotros adquirió un sesgo fantasmal. En el perímetro, autos contrahechos y camiones en deplorable condición pernoctaban frente a las fachadas de las casas. No se divisaban siquiera perros callejeros en busca de comida o resguardo.

-Nos están mirando –dijo de pronto Camote.

-Quién –preguntó Barreta.

-En esa casa.

Camote señaló con los labios unidos una rústica estructura de calaminas.

-No te pongas paranoico antes de tiempo –dijo el Doctor.

Entonces escuchamos un ruido frío, como cuando alguien le da un puntapié a una lata vacía.

-Este huevón se está demorando mucho –apuntó el Narizón.

Guiados por el instinto de conservación, abandonamos nuestra posición casual y nos reubicamos de forma estratégica, colocándonos en círculo, de tal modo que cada uno podía monitorear el área por encima de los hombros del otro.

-Qué es esa luz allá al fondo –preguntó el Champero.

-Dónde –inquirió el Doctor.

-Voltea con cuidado –indicó el Champero, mordiendo las palabras.

Incapaz de obedecer, el Narizón reconoció en el horizonte una compacta barra en movimiento.

A diferencia de otras de sus historias, en ésta el tiempo no aparece, es el día a día de estos chicos, no hay saltos, no avanza ni retrocede. Morote hace que sus personajes se expresen con su vocabulario de esquina, marcando la diferencia con el narrador y dando mayor realismo a los diálogos. El uso de la primera persona del plural acrecienta la sensación de que es la historia de un colectivo, no de individuos aislados, actúan como un enjambre, sin líderes definidos. Los personajes se van describiendo poco a poco, a veces a través de un simple gesto o una actitud, en otros casos utiliza los diálogos y para algunos de ellos incluso descripciones físicas, pero al final del relato los conoces en cierta manera, sabes lo que tienes que  saber de cada uno, lo esencial. La historia fluye de forma natural, sin justificaciones, sin juicios de valor. Son individuos de carne y hueso en los veinte que sobreviven a sus angustias como pueden, alejándose y evadiéndose de la situación que vive un país que se está desmoronando ante sus ojos.

“¿En qué momento se jodió el Perú?”. Trillada cuestión, que nunca nos interesó averiguar. A nosotros, los ingobernables, nos tocó vivirlo.

Así termina el relato, con una frase de ¨Conversación en la catedral¨ de Vargas llosa y una crítica a la intelectualidad peruana que desde su pedestal analizan la cuestión como si hablaran de otro pueblo.

¨Los ingobernables¨ es la historia de un grupo de chicos que viven la convulsión que azota al Perú en los 80´ y principios de los noventa: la furia salvaje de Sendero luminoso, una inflación igual de aterradora, gobiernos inestables, la sensación de que el futuro no existe y una profunda decepción por su país y sus instituciones. Ellos huyen a su manera, se anestesian para no mirar. Reaccionan ante esta situación del mismo modo que lo hicieron otros antes o después en otras latitudes, porque las causas pueden ser diferentes o similares pero la manera de enfrentar esas angustias, a esas edades, es la huida, una actitud universal, por eso esta historia lo es, puede ser la de cualquier otro grupo de chicos en cualquier otro país y época.

***

No has llegado a la gran manzana.

Ni siquiera has tenido oportunidad de ver los rascacielos.

Bienvenido a casa, hermano.

Eres el flamante habitante de la cocina del infierno.

¨La cocina del infierno¨ es un relato que nace en la primavera del 2014. Tras meses planeando qué otros cuentos acompañarían a ¨Los ingobernables¨ en el libro, decide que por fin es el momento de contar su experiencia en Nueva York: el impacto de la llegada y el doloroso proceso de adaptación. A través de este relato quería mostrar la verdadera dimensión de las sensaciones: el aturdimiento, el pánico, la frustración, las transformaciones internas y externas que se experimentan en esos momentos. La carga emocional implícita fue determinando el formato. No podía tener una estructura convencional, los párrafos, los diálogos, fueron rápidamente descartados, tenía que encontrar una manera de hacer del texto una descarga de adrenalina, furibunda, rápida y violenta, una serie de bombas de racimo que fuera estallando en la cara del lector a cada paso. Optó por una secuencia de frases alternas, largas y cortas, incluso palabras sueltas, y una puntuación agresiva para producir el efecto deseado. Y dando muestras una vez más de originalidad dio al relato una estructura vertical, imprimiéndole un ritmo endiablado. Para incrementar la intensidad lo escribió en segunda persona transformándolo de esta manera en un texto que brotara de las entrañas y despertara conciencias.

 Una vez definido el formato y la manera de dirigirse al lector la técnica que empleó para hacerlo es la de uno de sus monstruos, Pollock, siguiendo las pautas del chorreo/goteo va dejando caer las palabras como gotas, como pintura que fluye haciendo curvas, rectas  o círculos, como chorros fuertes que destacan por encima del resto.

5 horas de espera en una oficina poblada de sudores se reducen a una consulta de 2 minutos.

Tu apellido suena a cualquier cosa en los labios de ellos. 

Cuando te llaman ni siquiera volteas.

El hombre deja la puerta abierta.

-Negro conchetumadre.

El vapor se escapa incontenible.

-Chino maricón.

Sudar no sirve de nada.

-Hispano hijo de puta.

Nadie te obligó a venir.

-Blanco maldito.

Con un lenguaje sencillo y directo y una sinceridad demoledora nos sumerge en su pesadilla: una suerte de monólogo documental a base de imágenes que se suceden de forma ininterrumpida ante nuestros ojos. Nos habla cara a cara, nos obliga a meternos en su pellejo. Nos bajamos del avión con él, contemplamos una ciudad que nos resulta ajena (ni siquiera menciona que se trata de Nueva York) y le acompañamos en su descenso al infierno: poco importa quién eras antes de llegar aquí, ahora no eres nadie. Sin embargo, la memoria, la educación, la cultura igual que es su asidero emocional en los momentos críticos, cuando recurre a los Stones y a Queen, al cine clásico utilizando el argumento de un corto protagonizado por Spencer Tracy, por citas algunos ejemplos, también genera otro tipo de crisis: la del intelectual que se mueve entre la ignorancia más absoluta, sin derecho a replica.  Y aunque descubrimos con él virtudes de la nueva sociedad en la que tiene que desenvolverse, bocanadas de aire puro que ayudan a que no nos asfixiemos del todo, la presión se va intensificando, el descenso se completa y se da inicio a la transformación, la necesidad perentoria de adaptarse a como de lugar. El sueño americano salta por los aires desde las primeras palabras de este periplo. Morote es un boxeador escondido entre las líneas del texto que en un combate de trece asaltos nos hipnotiza con suaves golpes de su mano izquierda mientras nos lanza ganchos de derecha a la mandíbula, el estómago, el hígado, dejándonos noqueados pero aún en pie, sin entender muy bien a qué se debe nuestro desconcierto: nos ha arrastrado a un pozo y nos estamos ahogando.

Cuando te acuerdas cómo eras antes de venir -sensiblón, simpático y amable-, te llegas al pincho tú mismo.

Esta ciudad, esta vida, te ha convertido en el tipo de persona que siempre quisiste ser.

Un cínico hijo de puta al que no le importa nada ni nadie.

Lo cual, para los tiempos que corren, no está lejos de ser una virtud.

  ***

 ¨Comando meón¨, escrito también en el 2014, es el que cierra el libro. Tomando a cuatro de aquellos ingobernables del primer relato, construye una historia de reencuentro en su viejo barrio, Pompeya, 20 años después. Dos de ellos vienen de Estados Unidos, el Narizón, que fue el primero en irse del país y entró por el hueco, y el Doctor, que llegó más tarde con familia y al aeropuerto de Los Ángeles; el tercero, el Champero, estuvo dando vueltas por varios países durante unos años, pero luego volvió y se convirtió en pastor de una iglesia evangélica y el cuarto, el Conde, nunca salió del Perú por falta de medios y de valor para hacerlo. Vuelven a su barrio y ven como ha cambiado todo, las infraestructuras mejoradas, el nivel económico ha subido, pero las malas costumbres siguen ahí: la gente sigue meando en la calle. Como una forma de enmendar sus errores del pasado, deciden hacer algo por la misma comunidad a la que agraviaron en tantas ocasiones: emprender una labor educativa con sus vecinos. Así nace el Comando meón.

 El título del relato y las actividades del comando provienen de un recuerdo: una de las secciones de un programa femenino de la televisión peruana que se emitía en los 90´.  Fernando Morote desafía una vez más al lector proponiéndole una historia en apariencia banal, pero nada más lejos de la realidad. Narrada en tercera persona, está estructurada en tres partes con 12, 6 y 15 capítulos respectivamente. La primera tiene por objetivo presentarnos a los protagonistas, de los doce capítulos dedica tres a cada uno, distribuidos en rondas. Se trata de una serie de relatos breves en los que va narrando acontecimientos de la historia reciente del Perú que marcaron la existencia de estos hombres, intercalándolos con experiencias de su niñez, juventud y madurez, porque lo que realmente pretende es mostrarnos como se forja el carácter de cada uno.

Sus años en Nueva York fueron terribles. Los peores de su vida.

Los parques de diversiones, con sus insoportables montañas rusas, fueron el mayor castigo que pudo haber recibido.

-No tiene ninguna gracia –sostenía-. Subirse a un monstruo de esos para asustarte como un perro y gritar de pánico. ¿Dónde está lo divertido?

Su hija de 8 años no pensaba lo mismo. Secretamente tenía la sensación de que su padre era un cobarde; no sólo un aburrido. Cuando el Narizón vio esa fila de gente descendiendo a gatas por los rieles de una de las curvas más radicales y elevadas de la estructura, después de haber quedado atrapada en la cima, sintió que se le revolvieron las tripas.

Nunca antes ninguna noticia sobre desastre alguno le había causado tanto pavor; ni siquiera el ataque a las torres gemelas mientras trabajaba de mesero en un bar de mala muerte en el Alto Manhattan.

 

El Doctor era el tipo que no hablaba, el hombre del silencio visceral. Voluble, mejor amigo de cualquiera sólo por temporadas, veneraba cada época de su vida.

A los 17 años, acompañado por el Narizón, se presentó a la circunscripción territorial del ejército en San Juan de Miraflores, para registrarse en el servicio militar obligatorio. Concluido el examen médico, el soldado estampó un sello sobre su libreta: SELECCIONADO.

Buscar una influencia familiar era su salvación.

-Hijo, ahí te vas a hacer hombre…

-Pero mamá….

Los múltiples collares de aluminio, intercalados con cruces de madera, que brillaban sobre su pecho, inspiraban seria desconfianza en los ámbitos formales de su entorno. Vestir el uniforme no resolvería el problema. Su conflicto con las convenciones trascendía los signos visibles.

En su concepto, la obligatoriedad de la norma debía aplicarse a los pandilleros y otra clase de delincuentes.

Ponerlos a trabajar en obras públicas que contribuyeran al desarrollo del país constituiría un castigo cívico de alto provecho.

Que no viniera el gobierno a joder a los creativos, sobre cuyos hombros descansaba el progreso de la nación.

 

El Conde temblequeaba, esperando oír su nombre. En cambio escuchó algo que lo sorprendió.

-¿A quién le dije el viernes que iba a darle un castigo?

Reconoció que ésta era su oportunidad de escapar. El silencio largo y pesado volvió a reinar en el salón. Las cabezas de los otros estudiantes se hallaban hundidas en los escritorios. Un vaho rezumante lo inclinó a mirar para adentro. Cerró los ojos y se paró.

-A mí, señorita.

Eudocia alzó sus ojos por encima de los lentes. Escrutó al Conde con frialdad nórdica.

-Muy bien, señor Chuquipiondo –dijo  secamente- Tome asiento.

No sucedió nada más. El Conde no podía creer que al final de la clase Eudocia se despidiera sin dirigirse a él ni mencionar una palabra del asunto.

Ese día aprendió que un ataque de honestidad no era lo mismo que un acto de conciencia.

Años más tarde lo traduciría de este modo a sus amigos de Pompeya:

-Cuando estás dispuesto a pasar por algo difícil, aunque no quieras hacerlo, el universo te exime de la prueba, te libera del dolor.

 

Desde la cima, Arica lucía como una urbe desarrollada en comparación con Tacna. Eso le hervía la sangre. Para consolarse, aferrado a la baranda del mirador, contempló con nostalgia la inmensidad del Océano Pacífico y susurró:

-Es sólo un acantilado…

Su mujer, conociendo lo apasionado que era, se retiró a admirar el Cristo de piedra que recibía con los brazos abiertos a los visitantes. Sabía que en ese momento el Champero –palpando la tierra, acariciando las piedras que sus antepasados habían defendido hasta quemar el último cartucho- no era un turista cualquiera, sino un soldado en el campo de batalla rindiendo homenaje a los caídos.

-¡Abrid paso, cobardes! –murmuró él, emulando a Alfonso Ugarte, montado sobre su inquieto corcel, el acero al desnudo, sembrando la muerte en derredor del enemigo – ¡Y aprended a morir por la patria amada!

La señora, confiando que el instante de soledad hubiera ayudado a reponerle el ánimo, abrazó a su esposo por la espalda.

-¿Nos vamos, corazón?

-Claro, mi amor –respondió el Champero.

Pero al girar, sin que ella pudiera escucharlo, mordió una exclamación que le salió del fondo de las entrañas:

-¡Chilenos, concha de su madre!

En algunos de estos relatos de la primera parte la técnica que emplea es inusual en su estilo: cuando se enfrenta a hechos como los atentados de Sendero luminoso de los años 80 y principios de los 90, la tragedia del estadio nacional del 64, la huelga de la policía del 75, entre otros, toma datos o incluso frases o párrafos de artículos periodísticos de la época, que adapta de tal manera que no alteran la fluidez de la narración, integrándolos completamente.

El Champero había nacido para vivir expuesto a situaciones límite.

El 23 de Mayo de 1991, mientras cumplía sus labores como recolector de desechos industriales, para un programa ecológico conducido por la Municipalidad de Pachacámac, a 25 kilómetros al sur de Lima, fue testigo de un suceso atroz.

El alcalde de la localidad, un joven político que apenas superaba los 30 años de edad, fue despedazado por un paquete de explosivos que ataron a su cuerpo cuatro activistas de Sendero Luminoso.

El atentado ocurrió cerca de la comisaría del sector, cuando el burgomaestre se dirigía de su casa al palacio municipal manejando su auto, en compañía de su esposa. El vehículo fue interceptado violentamente y el hombre amarrado en su interior. La explosión destrozó el automóvil e hizo volar a la víctima.

El Champero no pudo contener una náusea arrolladora cuando vio, colgadas en un árbol aledaño, las extremidades partidas  y ensangrentadas de su jefe.

La segunda parte, radicalmente diferente, vertiginosa e hilarante, donde la ironía, en forma de pedradas, y la nostalgia son una constante en las conversaciones, se construye a base de diálogos y descripciones muy breves, de ahí su agilidad pero también lo vivas que están las escenas. Desde el primer instante el lector  se integra en el grupo, observa y escucha como elaboran su plan, la distribución de tareas, los principios que les van a sustentar y como se diseña el logo y el emblema y se desecha la idea del antifaz y la capa como uniforme del comando. En eso consiste esta parte de la historia, creada como bisagra para lanzarnos a la siguiente.

El Conde removió unos trastos arrumados en uno de los rincones y extrajo una tabla plegable de plástico.

Una vez sentados, más de uno asoció el momento con los tiempos del dominó, las chelas, los tabacos y los tiros. Pero ahora los congregaba una misión cívica. El propósito era plasmar en su país lo que habían visto, admirado y aprendido en otras latitudes.

-Necesitamos organizarnos como un comité –planteó el Doctor.

-¿Qué es un comité? –preguntó el Champero.

El Narizón se precipitó a ilustrar el concepto:

-Un grupo de personas que discuten horas y lo único en lo que pueden ponerse de acuerdo es en que nunca se pondrán de acuerdo.

La carcajada les permitió comprender que, debido a la trascendencia de la empresa, era preciso no tomarla demasiado en serio.

-No me convence un comité-cuestionó el Champero.

-¿Por qué no? –objetó el Conde.

-No sé. Me parece muy formal. Suena medio huevón.

El Narizón intervino:

-Es cierto. Debe ser algo divertido. Algo que haga pensar que hay unos hijos de puta detrás.

-¿Algo como qué? –dijo el Doctor.

-¿Qué tal un comando? –sugirió el Champero.

-¿Comando? –replicó el Doctor- ¿Crees que todavía estamos en guerra?

-No está mal –dijo el Narizón-. Eso tiene gancho.

El Conde pensaba, mirando fijamente la puerta del garaje.

-Ya que vamos a joder a los meones –dijo, al cabo de unos minutos-, ¿por qué no nos llamamos el Comando Meón?

-¿Comando Meón? –repitió el Doctor.

-Es perfecto –afirmó el Narizón-. ¿Todos de acuerdo?

-El Conde es un genio –sentenció el Champero.

El Doctor se rindió.

La tercera parte está centrada en el desarrollo de su misión, es una serie de escenas cerradas como si se tratara de cortometrajes, a través de las cuales podemos comprobar que los ingobernables siguen siendo los mismos, sobre todo cuando están juntos.

El chico, ahora con los pantalones mojados, no lograba escapar de su asombro. Sus amigos se habían esfumado apenas descubrieron el alboroto. El Narizón volvió a él antes de abandonar el lugar.

-Otra cosa…

-Sí, señor.

-Aprende a armar bien esos tabacos.

-Si quieres que te pateen bien –apuntó el Champero-, tienes que cargarlos mejor. Así no te van a hacer nada.

-Te lo dije, Conde –indicó el Doctor, mientras caminaban de regreso a la camioneta-. Éste no es más que un problema de educación.

 

Debido a su experiencia en el magisterio, el Conde fue designado por el Comando para ser el orador principal. Su discurso de quince minutos, describiendo la filosofía y el método del grupo, cautivó a la directora e impresionó a las profesoras. Acentuó su sensibilidad al expresar sus esperanzas de que la semilla sembrada diera fruto, especialmente entre los  jóvenes; en este caso, chicas de 15 y 16 años, estudiantes del cuarto y quinto de secundaria.

-¡Qué piernas! –susurró el Narizón.

-Mira ésa de allá, al final de la primera fila –dijo el Doctor-. Te está enseñando todo, huevón.

-La buscaré a la salida –aseguró el Narizón.

Algunas de estas escenas están centradas en la intervención a los infractores, con distintas modalidades de abordaje, y otras en la difusión del proyecto. Visitamos con ellos las calles de Pompeya, en un recorrido por personajes tipo de todos los estratos sociales, algunos de relevancia en la comunidad como el cura o el comandante militar, otros gente común como la verdulera, el panadero, el maestro, incluso el niño bien; entramos en una cárcel, un centro psiquiátrico, un hospital militar, un colegio de chicas, una iglesia, un estudio de televisión y el centro comunitario donde se les brinda un homenaje por la labor desempeñada, ante el desconcierto de los premiados: los primeros personajes de Morote que ganan una.

No. Él no era Jack Nicholson. El hombre que hablaba tampoco se parecía mucho a Milos Forman. Ninguno de sus compañeros tenía la talla de Danny De Vito. Y las doscientas personas que componían el auditorio no llegaban a igualar del todo a la pandilla de orates representada en “Alguien voló sobre el nido del cuco”.

Aunque en esta parte del relato, al igual que en la anterior, el sentido del humor está muy presente, también lo están  las criticas constantes a la falta de educación cívica, a la burocracia, al hacinamiento en las cárceles, a las pésimas condiciones en que se encuentran determinados centros de asistencia y por supuesto la inevitable referencia a las victimas de la guerra interna contra Sendero luminoso y el narcotráfico.

 *********

 Fernando Morote es un escritor descarado, un exhibicionista que se pasea sin bajar la voz por los conventos disfrutando de la confusión que provoca, usando el humor para hablar en serio, recurriendo al absurdo para partirle la cabeza a sus lectores y hacer ver que nada es tan importante como parece: hay que reírse de la realidad para sobrevivir.

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