Siete paraguas al sol: “El bosque de los arrayanes”

Manuel Cortés Blanco

BsAs

-Amparo. Buenos Aires, 1988-

Mi Buenos Aires querido, en aquel mes de diciembre. No hay piezas de antigüedades como en San Telmo, cementerio más galante que el de Recoleta, pasión por el fútbol mayor que en Boca. No hay música del alma sin un tango, bandoneones que suenan en cualquier esquina, un balón rodando por todas sus barriadas. Alguien grita sin tapujos que Las Malvinas son nuestras, bajo los acordes de una pieza de Gardel. Otros ríen, muchos lloran, uno sueña… Que por algo sus canciones fueron ideadas para eso. Y en medio, los argentinos. No existe ciudad que tenga más en el mundo. ¡Qué bueno que viniste!

De entre ellos, cito a aquel escritor novato que desayuna expresos con espuma en una mesa del Café Tortoni. Manchado de azúcar y borrones, encuentra inspiración en el ambiente. Tal vez allí –en ese mismo sitio- se sentaron antes los más grandes de la Literatura: Jorge Luis Borges, Alfonsina Storni, Federico García Lorca. Tal vez allí –dentro de algunos años- se siente otro iluso poeta, imaginando eso mismo respecto a su persona.

Cito a ese niño de alma limpia y botas sucias que de mayor quiere ser Maradona. Un malabarista del balón, un dios reencarnado en futbolista. Una pasión imposible de explicar que sueña a diario con ser campeones.

Cito a esa madre que cada jueves, a la misma hora, se manifiesta junto a otras madres en la Plaza de Mayo para reclamar información sobre sus hijos. Son miles los desaparecidos, millones las preguntas sin respuesta.

Y cito a este, a ese, a aquel, a todos los que aguardaron con esperanza que el final de una dictadura y la entrada del nuevo gobierno llevase ineludiblemente a otro futuro mejor. El diario Clarín, de formato tabloide y tirada infinita, desmenuza los detalles. Un tal Raúl Alfonsín, quien fuera concejal, diputado y senador, va a ser nuestro presidente. Por encima de los cargos, la Historia continúa.

Buenos Aires, europea en sus orígenes pero de rostro mestizo, derrocha encanto por los cuatro costados. Miles de rincones, millares de artistas, mil y una leyendas que acaban formando parte de la identidad de cada barrio. Entre ellas la del Palacio Noel –sede del actual museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco-, muy cerca de Retiro, por el que vagan los espíritus perdidos de cientos de esclavos que allí fueron explotados. La de las calles de Once –en la zona del barrio de Balvanera-, patrulladas por un gigante bonachón que salva a sus residentes de cualquier desaguisado. La del hombre sin párpados, que deambula por los vagones de la línea Mitre… Y por supuesto, la de esa iglesia en Isabel la Católica –entre Pinzón y Brandsen- donde las muchachas cuelgan cintas de su reja desde la convicción de que, si la agarran con firmeza, conseguirán el amor de su vida. Son verdades generadas espontáneamente con un trasfondo real, que acabará transmitiendo la magia de la palabra. Y que siguen creciendo en el día a día, pues cada vez que se narran añadimos a ella nuevos elementos imaginarios.

A pie de puerto –allá donde las olas agonizan- asoma la silueta del Hotel de Inmigrantes, demostrando que América siempre ha sido generosa. Pabellones antes llenos y ahora abandonados que daban cobijo al recién llegado hasta que lograse encontrar trabajo. Con frecuencia recomendamos a un compatriota, que por algo es uno de los nuestros. Aunque lo cierto es que los nuestros están por todas partes.

La legislación prohibía expresamente el ingreso de sexagenarios, enfermos contagiosos, inválidos y dementes… Mas para embarcarse en tal odisea, ¿no había que tener cierta dosis de locura? Sea como fuere, que nunca falten los buenos deseos:

-Ojalá encuentres lo que buscas.

-Ojalá busques lo que encuentres.

Suerte es esa puerta que se abre con la llave del destino.

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