Cuando la literatura se aleja del ruido

Pedro A. Curto

Menchu Gutiérrez

Una ciudad, un pueblo, una aldea, un lugar, el mundo animal en su interrelación con lo humano, un conjunto de microcosmos que contemplándolos con una visión que vaya más allá de la simple mirada, guarda tras los párpados esas percepciones a menudo dormidas. Contemplar unas periferias de la realidad, que quizás por eso, suelen ser invisibles, pero existen en otros planos. Y sobre esas realidades, se puede construir una narrativa poética. Eso es lo que hace la escritora Menchu Gutiérrez en su último libro, “araña, cisne, caballo”, (publicado recientemente por Ediciones Siruela), rastrear la presencia del mundo animal en los establos, las jaulas, las madrigueras, el circo… Todos los lugares en que tienen presencia y conviven con los seres humanos, llegando a ser difícil situar a unos y otros, pues la telaralaña envuelve de una forma mágica, lo animal es profundamente humano y lo humano se animaliza. Como cuando la autora lanza la pregunta: “¿Realmente el mundo exterior a la jaula construye el reino de la libertad y el encierro es necesariamente su ausencia?” Una pregunta que recuerda aquel aforismo de Kafka: “Una jaula salió en busca de un pájaro.

La prosa poética de Menchu Gutiérrez nos conduce a la gran telaraña del mundo animal y humano, nos envuelve en ella para adentrarnos en que las acciones del lobo, del ciervo, de la cebra, del cocodrilo, de los pájaros, de los insectos, son algo más que meros instintos, si estos se contemplan con una visión transcendente . Que hasta la crueldad de la caza, del diente sobre su presa, representan la vida y la muerte, son una violencia “serenísima”. Que un animal coma a otro no modifica en nada una situación fundamental: todo animal está en el mundo como el agua dentro del agua.

En la narración la ciudad es más jaula que las propias jaulas, la selva tal y como la sienten los animales del circo (del que nos entrega unas bellas páginas), así describe: “Mi padre mira por la ventanilla las luces de la ciudad, cada vez más anónimas, como él mismo. La familiar rutina no impide que se sienta desdibujado, que el coche resulte cada vez más fantasmal y parezca deslizarse hacia ninguna parte.” ¿Es la ciudad un territorio abismal, otro tipo de jaula sibilina? Y al final del libro, la muerte mirada desde la muerte, como una parte de la vida, porque sin ella, la literatura, el arte, no tendría sentido.

Introducirse en la escritura de Menchu Gutiérrez es adentrarse en un lugar donde se puede contemplar el silencio, el viaje al interior de una narración que huye del ruido reinante. Una narración que a través de lo en apariencia fragmentario, busca a través de sensaciones y percepciones, profundizar en los códigos internos, dotarse de una cosmovisión propia. Es interesante en particular esa literatura que huye de los géneros específicos, que es difícil de definir, porque poesía, ensayo, novela y relato, se encuentran en un particular espacio creativo, donde lo sensorial es más importante que otras etiquetas. Donde la experiencia se asoma de una forma vivencial, que se trasmite a través de la piel, como se hace en otros campos artísticos y que muy pocos autores logran hacer a través de la literatura. Porque al igual que hizo con sus novelas Detrás de la boca, o El faro por dentro, o el ensayo Decir la nieve, la obra de Menchu Gutiérrez, parece estar hecha para entre otras cosas, derribar los convencionalismos.

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