Origen de las guerras floridas

Juan Alberto Campoy 

Guerra Florida

Fue por el tiempo en que una epidemia causó miles de muertos, por el tiempo en que las heladas arruinaron los sembrados y las cosechas, por el tiempo en que la hambruna se extendió por todo el imperio. La desolación era tanta que, en lugar de pagar impuestos, los súbditos fueron regalados con provisiones procedentes de los graneros reales. Se cuenta que hubo quienes intercambiaron a sus hijos por cuatro sacos de maíz. Ante tanta calamidad, los reyes de la Triple Alianza se reunieron con los más altos sacerdotes para tratar la situación. También acudió a la reunión uno de los cuatro señores de la vecina república de Tlaxcala: Xicotencatl. Al poco rato, uno de los sacerdotes dijo:

– No sabemos cuáles son las causas de los males que nos afligen en la hora presente, pero es indudable que los dioses están muy enojados. Y, que sepamos, sólo hay una manera de apaciguar a los dioses. Ya sabéis a qué me refiero. Me diréis que ya realizamos bastantes ofrendas, pero está claro que no son suficientes.

La respuesta de Nezahualcoyotzin, rey de Tezcoco, no tardó en llegar:

-Una primera idea que se me ocurre, así, a bote pronto, es que nuestros guerreros, los guerreros del imperio, en lugar de matar a sus enemigos, los traigan vivos para que sean sacrificados. Quizá no sea una idea genial, pero a mí me parece una idea bastante buena. ¿Qué pensáis vosotros?

El mismo sacerdote que antes había hablado tomó de nuevo la palabra:

-Sin lugar a dudas, es una buena idea, no digo que no. El único problema que veo es que nuestras guerras se libran en lugares remotos, muy lejos de donde se encuentran los templos principales y, tras el fatigoso camino de vuelta, los prisioneros llegarían muy debilitados. El banquete ofrecido a los dioses no se encontraría en el mejor de los estados y quizá los dioses consideraran este hecho una muestra de impiedad y se encolerizarían todavía más.

En ese momento, Xicotencatl se dirigió a la audiencia:

– Es ésta, desde luego, una sabia objeción, una objeción digna de ser tenida en cuenta, pero creo contar con la solución. Mi sugerencia sería que concertáramos unas guerras regulares entre nosotros mismos: entre Tlaxcala y la Triple Alianza. Una vez al mes, por ejemplo estaría fenomenal. Lógicamente, nuestros aliados de Cholula y Huexotzinco lucharían a nuestro lado para que la contienda fuera más justa. Al ser todos vecinos, los dioses tendrían pronto lista su comida, que encontrarían siempre fresca y sabrosa.

Entonces habló Motecuhzomatzin, rey de Tenochtitlan:

– No has podido pronunciar palabras más acertadas, Xicotencatl. Nos complace en grado extremo esta oferta que acabamos de escuchar (en ese momento miró a Nezahualcoyotzin y a Totoquihuatzin, rey de Tacuba, quienes asintieron con la cabeza). Mediante estas guerras, nunca antes vistas ni oídas, no sólo nuestros dioses dispondrán de su alimento de forma periódica, sino que además los hijos de los señores podrán hacer méritos y convertirse en poco tiempo en capitanes famosos. Antes de concluir, quería, no obstante, proponer una pequeña salvedad. Pienso que sería bueno que, en caso de que ocurriera alguna catástrofe natural, qué sé yo, un terremoto o unas inundaciones, estas guerras se paralizaran temporalmente y entre todos ayudáramos a la nación afectada.

Todos estuvieron conformes con esta cláusula y quedaron aprobadas  las llamadas “guerras floridas”. Sólo faltaba la aceptación de los gobernantes de  Cholula y de Huexotzinco, que se produjo en breve espacio de tiempo.

 

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