La estrategia del tiburón

El doctor y Witchy woman

Estafador

La ciudad dormía en calma. Por la cortina entreabierta penetraba la luz del alba iluminando el dormitorio. Las sábanas revueltas evidenciaban la intensidad del ajetreo. Oso sostenía su brazo derecho, Gancho de hierro el izquierdo. Ella, de rodillas sobre la cama, medio desnuda, parecía un pollo muerto con el pescuezo roto. Su larga cabellera rubia caía como un estropajo sucio cubriéndole la cara. Sus dos fornidos acompañantes buscaban la manera de ocultar su cuerpo. Escucharon voces en el pasillo y la soltaron a la vez. La chica cayó desmadejada sobre el colchón en una postura grotesca. La observaban divertidos. La muy perra se lo había buscado. Gritaba tanto. Oso intentó que se callara y se le fue la mano. Gancho de hierro convulsionaba a carcajadas viendo a su amigo apretar aquel cuello híper delgado. A la flaca se le saltaban los ojos de las órbitas y las lágrimas le corrían el rimel. Sin embargo, cuando se percató de que se ponía azul dejó de reír. El contrato no incluía violarla ni mucho menos matarla. Sólo vapulearla un poco. Pero ella se mostró tan provocativa. De cualquier modo, a un cliente de su envergadura no se le podía devolver la presa malograda. Tuvieron que quebrarle las extremidades para que cupiera dentro de un par de sacos de basura. Al carajo con los métodos. Lo principal, en esas circunstancias, era salvar el pellejo.

-Cobramos –dijo Oso-. Y que el infeliz se vuelva loco buscando a su mujer.

El proceso no resultó demasiado complicado. Oso, oscuro boxeador retirado, sabía bien cómo fracturar los huesos. Gancho de hierro, carnicero en ejercicio, dominaba la técnica de la disección.

Maximiliano pasó en vela toda la noche esperándola, dando vueltas por aquella gigantesca casa. Subía y bajaba las escaleras ansioso y con una fuerte opresión en el pecho. Ya tenía que haber vuelto. Llorosa, aterrada. Si no hubiera sido tan curiosa. Si no se hubiera empeñado en cotejar las facturas de la empresa. Cuando responsabilizó del burdo desfalco a su asistente, un pobre tipo con alma de contable, cobarde y servil, ella se volvió obsesiva. No lo podía tolerar. Tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para conseguir convencerla de las terribles conexiones que semejante espécimen tenía con la mafia y lo peligroso que era ahondar en el tema. Pero su preciosa mujercita, la cuarta, era tan terca…Se resistía a perderlo todo por su estupidez. Contrató a aquellos tipos por consejo de su abogado, quien  le aseguró que eran unos profesionales, efectivos y cuidadosos. Todo se resolvería muy rápido. Algo debió haber salido mal. Estaba amaneciendo y no aparecía. Cogió el teléfono para llamarlo.

-Parece que funcionó a la perfección.

-¿Estás seguro? Mira la hora que es. No ha llegado todavía.

-Tú sabes lo que a ella le gusta.

-No es tan idiota como para volver de día a casa.

-Muy bien. Démoslo por hecho. Dos pájaros de un tiro. Bueno, tres.

-Eres un genio, Zacarías.

El abogado colgó el auricular y sacó su libreta roja del cajón del escritorio. Anotó el nombre del cliente y sin dejar de sonreír garabateó algunas líneas indescifrables para ojos inexpertos. La chica no iba a ser un problema. Estaba seguro de que aquellos animales se habían extralimitado con el encargo. Mejor así. Ella no iba a ser capaz de tener la boca cerrada. Aquel imbécil sería una rentable fuente de ingresos durante unos meses. Después seguiría el protocolo habitual.

Zacarías Fleytas gozaba de un prestigio ganado a base de talento y perseverancia. Sus estudios en la Universidad Complutense fueron completados luego con un postgrado en Columbia. De pronto tuvo la sensación de que podía conseguirlo. Era atrevido, encantador y paciente. Medía bien a sus adversarios. Los encandilaba. Y terminaba dominándolos, obteniendo de ellos literalmente lo que se proponía. Había urdido un plan magnífico. Aquella mañana se presentó ante su nuevo cliente –uno de los más importantes magnates en el campo de la moda, Maximiliano Trazegnies- vistiendo un impecable terno rayado de color azul, a lo Frank Nitti. Camisa celeste, corbata roja. Los lujosos zapatos negros de cuero contrastaban elegantemente con el pañuelo de seda en el bolsillo del saco. El clavel blanco en el ojal, después de todo, le pareció una exageración. Su estampa impresionante, realzada por una complexión estupenda y el fresco y varonil olor de su perfume, doblegó de entrada al millonario. En especial a su joven esposa. Cuando firmó el acuerdo para prestarles sus servicios legales, supo que estaba estrujando a una pareja de tórtolos. Aquella rubia de piernas largas, formas perfectas y monumentales debilidades, algunas conocidas por el marido y otras apenas por un restringido grupo de individuos de mala calaña, sería una cómplice ideal. Como todas las chicas de su estilo, uno de sus mayores encantos era la ingenuidad o la estupidez, dependiendo del punto de vista-. Un par de encuentros casuales y embarazosos, de los que ella intentó zafarse con la mejor de las sonrisas, y una sarta de excusas dignas de su intelecto, fueron determinantes. Luego todo fluyó de forma natural. La convenció para dejar de frecuentar aquellos lugares, se ofreció a proveerla de lo que necesitara de una manera más discreta y empezaron las citas clandestinas en moteles de carretera. Ella pensaba que se estaba comiendo al tiburón. Nunca sospechó que -para él- sería sólo su merienda. Una vez que tuvo a la chica controlada, se ocupó del ego y la avaricia de aquel millonario de rancio abolengo. Las reuniones a puerta cerrada con los responsables contables le permitieron conocer a la perfección el funcionamiento de la empresa. Al descubrir el monto total de los beneficios que se repartían entre los accionistas, encontró el modo de embaucar al magnate. Sólo hicieron falta veladas alusiones a su excesiva generosidad con quienes tenían una ínfima participación en la empresa. El efecto de sus comentarios fue inmediato. Sudoroso, ansioso y revolviéndose en su sofá de cuero abrió mucho los ojos buscando el asesoramiento que él estaba dispuesto a darle.

Eliminada la rubia, puestos a fuga los dos matones a sueldo y sometido el millonario, lo demás era cuestión de papeles. Trámite que para Zacarías, experto en el arte de la prestidigitación, no constituía embarazo alguno. Una soleada mañana de enero citó a Maximiliano  para firmar la escritura.

-¿Te apetece una copa?

-¿No es muy temprano para un trago? –dudó Maximiliano.

-Nunca es demasiado temprano para celebrar el triunfo –acotó Zacarías-. Sobre todo si sabes positivamente que lo has conseguido.

Zacarías podría haber sido un discípulo del que Houdini se hubiera sentido orgulloso. Era consciente de que su cliente ignoraba la ruta por la que lo estaba llevando. Al extender el documento ante los ojos de Maximiliano, después de que su secretaria les sirviera dos whiskies en las rocas, ésta habló por el intercomunicador.

-Dos hombres lo buscan, señor.

-¿Quiénes son?

-Dicen ser acreedores importantes, señor.

Zacarías y Maximiliano intercambiaron miradas confundidas. Tras un breve intervalo, buscando motivos para esa inopinada visita, Zacarías dijo:

-Hágalos pasar.

La puerta del despacho se abrió y dos tipos fornidos con aire marcial y gesto calmado entraron cerrándola a su paso. Uno de ellos se quedó junto a la puerta asegurándose de no ser interrumpidos. El otro avanzó con paso firme hacia el abogado que se mantenía a la expectativa detrás su imponente mesa de caoba. Maximiliano observaba a los visitantes con recelo, pero ellos ni siquiera le prestaron atención. Zacarías sintió que un calor insospechado se aferraba a su garganta. ¿Como podía haber sido tan descuidado? Oso desenfundó la navaja. El abogado intentó escabullirse saltando a la ventana para volar. Gancho de hierro corrió a detenerlo, reduciéndolo con un certero golpe en las rodillas. Zacarías cayó de bruces, como un paquete, al piso. A Oso no le tomó ni un segundo rebanarle la yugular.

Maximiliano Trazegnies contemplaba la escena, sonriendo satisfecho mientras se llevaba el vaso de whisky a los labios. Sus muchachos habían hecho un gran trabajo.

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