Entrevista a Bettina Bonifatti

Mariana Ruíz

Cinco años a caballo

Bettina Bonifatti nació en Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina, en 1967. Es escritora. Actualmente vive en la ciudad de Buenos Aires. Ella nos contara de qué trata su libro, producto de un viaje realizado entre 1987 y 1992.

M.R.: Bettina, ejerces diferentes profesiones, ¿cómo te gustaría que te presente? ¿Cómo artista, escritora o psicóloga?

B.B.: Como escritora. Porque es lo que me anuda a la vida. Sin embargo creo que hay algo anterior, de la primera infancia: el asombro y la sorpresa por las palabras y su sonido, desde que yo decía “mi abuela es checoslovaca”. Checoslovaquia es la palabra que me hizo escribir ¡palabra con todas las vocales!

Ejerzo la psicología, en salud pública y privada. La pintura fue mi vida por treinta años, pero me retiré, ya solo elijo el dibujo, en función de hacer algún día un diario ilustrado de un viaje corto, o para escribir sobre arte. Pienso que el viaje a caballo fue una excusa para escribir. Yo me sometí a ese desplazamiento y esfuerzo físico enorme por muchas razones, pero sobre todo por probar la libertad y anotarlo. Las aventuras duran tres meses. Cinco años de aventura no existen. A los cien (por no decir diez) días, quieres volver a tu casa.

M.R.: ¿Cómo surgió este proyecto de viajar por todo el país a caballo y cómo conseguiste el sponsor de la Dirección General de Asuntos Culturales de la Cancillería Argentina?

B.B.: En las primeras dos páginas de mi libro, bajo el título “Razón del viaje”, lo digo. Mi única experiencia ecuestre era el carrusel. Yo me uní a una expedición que iba a Alaska y no sabía ensillar cuando partí. Pero de niña había dicho siempre a mi madre que yo iba a hacer un viaje a caballo. Por ello ella no se sorprendió cuando me fui. Todo comenzó en un teléfono público de un bar de Buenos Aires… Pero hay que leer el libro, es una historia con matices y si lo digo rápido pierde el color. Terminé recorriendo 8000 kilómetros. Como digo allí, las razones de un viaje son razones del corazón.

La Cancillería no fue sponsor sino un auspicio y surgió al año del viaje, al llegar a caballo a Buenos Aires desde Tierra del Fuego, previo a la audiencia presidencial. Después del año de frío, del cruce de la Cordillera de los Andes, de atravesar el desierto, llegar con la escolta de la Escuadra Azul de la Policía Montada y ser recibido en la Casa Rosada como un alto más en el camino, fue conmovedor. No hay que perder de vista que era una época sin acceso a las comunicaciones, ni a Internet ni celulares. El auspicio era una carta de presentación por seguridad y para las actividades culturales que realizaba en el camino.

M.R.: ¿En qué situación personal te encontrabas cuando decidiste realizar este viaje?

B.B.: Era muy joven. A fines de 1987. Había estudiado arte. Escribía desde los once años. Me encontraba a los veinte, viviendo sola hacía pocos meses, en mi taller de pintura en San Telmo. Fue repentino. Mi madre siempre me apoyó. La criticaron. Mi padre se opuso, es comprensible, se preocupaba.

Ambos me dieron fuerzas con sus posturas. Estaba en una situación personal propicia porque si bien somos una familia unida con intensidad, tenemos un rasgo en común que es ser independientes.

 M.R.: Teniendo en cuenta los  veinte  años que tenías cuando emprendiste el viaje, sin duda, hablamos de una persona muy joven. A esa edad cualquiera quiere estudiar, trabajar, salir con amigas, conocer gente, etc. ¿Cómo fue dejar esas actividades sociales?

B.B.: No pensé en eso. No lo sé. O sin pensar tanto supe que perdería, pero ganaría más de lo que dejaba. Recuerdo repetirme mentalmente: “Buenos Aires no se va a ir a ninguna parte”. Fue una decisión, con un enorme deseo de anotar, por eso yo pensaba en los cuadernos y lapiceras de más y no en aprender a montar. Fue un arrancarme del mundo conocido y aún así nunca dudé en irme. El tema fue después. Pero ya había partido. Y el nomadismo a caballo es difícil de dejar. Entonces con tal de escribir lo hacía con la linterna en la boca o en la oscuridad que también se puede.

M.R.: Durante los  cinco años que duró el viaje, ¿tuviste la necesidad de dejar todo, decir basta y volver a tu casa, a tus afectos?

B.B.: ¡El primer día! Me dije: esto no es para mí. Y muchas veces, creo que demasiadas… En esos momentos escribí: “nunca te hagas una idea redonda en la cabeza, porque te queda la cabeza adentro y después no puede salir”. De todos modos, cada año dejaba todo e iba unos días a ver a mi madre, le tocaba el timbre de sorpresa. También extrañaba mucho a mis hermanas. La continuidad requiere de muchas cosas. Yo recibía cartas en los “poste restante” de los correos; un sistema que ya no sé si se usa. Cuando extrañaba mucho, escribía. O buscaba un radioaficionado para hablar con mi padre.

M.R.: ¿Por qué a caballo y no en auto o de mochilera?

B.B.: ¡Debe ser hermoso hacer un viaje en auto! Pienso en Kerouac: En el camino. El mundo en una sola palabra y en miles. El lenguaje nuevo o bendecido para usar y las ganas de escribir y de leer. Mochilera fui una vez sola, a los diecisiete años; recorrí Perú y Ecuador. No era ya lo mío, porque yo no buscaba una aventura. Yo quería, desde niña, viajar a caballo como se viajaba antiguamente. Lo más parecido a viajar en el tiempo. Cuando leo mis observaciones en el libro, algunas están más cerca del siglo XIX que del XXI. Porque si bien viajé a finales del siglo XX, en estos años el mundo cambió más. Si usted toma un caballo en 1988 en la Patagonia, y recorre la precordillera, verá caballos baguales (salvajes) en manadas, que roban yeguas, (hechos descriptos por el explorador español Félix de Azara en 1802) y que yo sin saberlo viví y describí en mi libro. Me avisaron por internet de ello este año. Es un mundo que no volveremos a ver.

El caballo es también el medio que usa el campo para trabajar y sobre todo el que usaron sus padres y abuelos. Si usted quiere que se abran las puertas del alma de la gente, un caballo las abre en el campo, en pueblos y en grandes capitales, porque es ancestral. Transporta a todas las conquistas humanas, de trabajo, de independencia y de libertad. Hay que ser cuidadoso con eso, porque es peor que te idealicen, te adjudiquen símbolos y uno no es nada de eso. Tampoco está hastiado de las ciudades, somos sujetos latinoamericanos, criados con mucho horizonte.

M.R.: ¿Qué significa, para vos, el caballo? ¿Qué representa en tu vida este animal?

B.B.: En mi vida representa el primer viaje humano. Aunque uno haya montado en la calesita o en un caballo mecánico con monedas, o en un palo. El caballo es desesperante belleza y fragilidad; fortaleza, contradicción, potencia y entrega. Un buen caballo se arrojaría a un precipicio si el jinete se lo pide. Te lleva a la imaginación. Es Pegaso, heroicidad e indefensión. Es lo que desees. Él además es presa; por lo tanto un ser paranoide, que se asustará de un diario que arroja un turista por la ventanilla del vehículo, y que para él es acaso un águila que lo ataca, con las alas escritas. Yo cazaba esos pájaros letrados de los periódicos para fijarme qué había pasado en el mundo. Y él se calmaba. El caballo siente simultáneamente lo que siente quien lo monta. Es media tonelada de nervios, un alma que olvida su tamaño, porque inicialmente era pequeño. Su susto puede matarte si viene un camión, pero también puede estar bajo tu mente y no verlo venir siquiera. Es una relación única. De todos modos me importaron siempre más las personas. Si bien digo cosas de ellos, no es un libro sobre caballos.

M.R.: ¿Armaste, previamente, una hoja de ruta y marcaste los lugares que querías recorrer, o simplemente, como una hoja al viento, decidiste que el destino guiara tu camino?

B.B.: Yo no decidí rutas. Nunca llevé mapas. Tampoco hay tantas opciones, porque el mundo está alambrado. No se puede “cortar campo” y las veces que se hace es con un baqueano. Para quien no conozca el término le recomiendo leer su descripción en el libro “Facundo” de Domingo Faustino Sarmiento. Aún hay baqueanos. Yo nunca me siento una hoja al viento. ¡Odio el viento! Yo tomé el viaje con seriedad, para hacer la vida de los demás, para tener muchas vidas, todas originales y falsas a la vez. La ruta fue la gente. Si era un tambo, madrugar con ellos a las tres de la mañana e ir a ordeñar. Si era un circo, dormir en los carromatos; si era un casco de estancia, leer en la biblioteca. Y los contextos afectivos: uno cae en un cumpleaños, en una alegría de nacimiento, en un día de duelo familiar, y comparte y escucha el relato. Yo no sé si viajé tanto por la geografía. A mí me conmueve más una puerta que una montaña.

M.R.: ¿Qué experiencia rescatas de este viaje, en general, que podrías compartir con todo el público lector?

B.B.: Las experiencias que rescato son lo escrito. Lo que elegí escribir, con miedo a equivocarme. Hice versiones extensísimas del libro y las deseché. Pienso que un viaje no se puede contar. Mi versión de 200 páginas es este libro, extraído de veinte cuadernos de 200 páginas. Tomé notas durante cinco años. Era como estar sentada sobre una mina de oro y no poder contarlo. Lectura mediante y aprender a perder, decidí escribir poco. Es lo que rescato para compartir con el público lector. Por ejemplo no me gusta relatar accidentes, y poca mención hay a alguno de ellos. Busqué qué decir, cómo decir, qué escribir.

 M.R.: ¿A qué publico te estás dirigiendo contando esta experiencia?

B.B.: Guardo las cartas de los lectores. Pero no me dirijo a nadie. Nunca pienso en un público, no tengo idea. Cuando lo publiqué por primera vez en papel en versión reducida, tuve todo tipo de público lector. Desde quienes sueñan con viajar o han viajado, hasta quienes trabajan en un banco. Desde mujeres docentes que me contaron de su utilidad para la vida de sus hijos, periodistas, hombres de campo que notan el esfuerzo de un ser urbano en su mundo rural, hasta gente de letras que me alentó por la rigurosidad del libro y según me dijo una escritora, por mi “uso suelto del mundo”. Como dijo aquella vez mi primer editor Alberto Tasso en 2006, este es un libro que se aparta con decisión de las convenciones del género.

M.R.: ¿Qué vamos a encontrar en el libro?

B.B.: En el libro van a encontrar un combate contra la sordidez. Un diálogo conmigo misma; visiones no posibles de formular con la imaginación. ¿Cómo va uno a saber que se arrojan las vacas muertas al océano desde los transbordadores de ganado? Información valiosa sobre la vida rural, y también cierta discusión sobre algunos estereotipos de lo que se cree es la vida de “el campo”. ¿Qué me dijeron los demás que encontraron? Textos puros, fuertes, duros, sin imposturas. Obra de vida, renovadora, sin lugares comunes y que sorprende gratamente. También me dijeron que encontraron “palabras-cosas” sin solución de continuidad, que se preguntan, se dejan abiertas, corren. Otros hablan de viaje-sueño. Son distintas las cartas, gente entre 17 y 81 años me han dicho cosas. Tuvo buena respuesta, por eso lo subí a Amazon. Para que pueda llegar lejos y conseguir un día reeditarlo en papel, algo que nunca se hizo, acaso porque seguí escribiendo otros libros y no me ocupé de ello. De lo que encontrarán yo puedo decir otra cosa: que dividí en formas diferentes la escritura: agendas de tareas con estilo telegráfico (tal como uno hace en una casa), propias de mi diario, las cuales tienen un valor literario para mí, como: averiguar cuál es el antecesor del fósforo. Cada tanto en estas agendas cuento un sueño o hago una lista de deseos: vivir sin espinas. También hay microhistorias de los seres que fueron hallazgos, disímiles entre sí. Simples y extraordinarios. Y una nota acerca de quedar a pie, que narra el después, lo que se siente al dejar el viaje. Al final encontrarán un testimonio técnico, que contiene exclusivamente información didáctica de cómo viajar a caballo en el siglo XX y un cuadro de kilómetros con el recorrido a través de Argentina y parte de países limítrofes.

M.R.: ¿Por qué deberíamos tenerlo en la biblioteca de nuestras casas?

B.B.: No sé. Yo tomé la montura como una silla en mi casa. Viajé como si estuviese quieta; y me di aquello con lo que muchos sueñan, que es irse, dejar todo e irse lejos, a la libertad. Dejar todo, despojarse de todo y vivir, es engañoso. Quizás puedan —deber nunca— tenerlo para leer que admiro a quien vive en su casa toda la vida. Pero es verdad que con sacrificio lo hice, que me atreví, acaso porque no sabía que era imposible hacerlo. Para mí fue un viaje hacia el minuto que sorprendía, al no saber, lleno de los saberes hoy inútiles que fueron mi conquista, entre el humor y el dolor de aquellas travesuras sublimes. Quise que predomine la palabra a las imágenes, no quise registrar el viaje, sino leerlo; por ello acaso tenga ese efecto múltiple, o se siente que quien escribe está desprotegido. Un ser desprotegido que fui, no precisamente por la intemperie, la cual al año de viaje es una protección celeste. Lo animal de uno humaniza, y lo que a uno le quieren adjudicar de símbolo, embrutece. Por eso rechazaba a veces las invitaciones y los homenajes. Es el precio que hay que pagar. No es un libro valiente, más bien es un relato de venganza, pero de una venganza pacífica, ciudadana, escrita, para robarle a la vida lo que no te iba a dar.

M.R.: ¿Podrías detallar qué tipo de invitaciones y homenajes rechazaste? ¿Por qué?

B.B.: ¿Por qué? Porque la gente es buena, pero si le das pie, alguno te descuartiza. Las fiestas ya armadas o grandes asados por ejemplo. Hay mucha gente complicada que suele destruir el esfuerzo ajeno y criticar. Es la menos, pero la hay y es el peligro de cualquier viajero, más que los insectos. Peor que cruzarse un puma que huye. En el libro explico esas discusiones que se generaban aún en la solidaridad. Yo no hago un relato edificante de la gente. Hay de todo. Aprendí a reconocer los peligros humanos y los seres más bellos.

M.R.: ¿Tu futuro cómo sigue?

B.B.: Ahora pasaron muchos años, tengo dos hijos varones que alegan –sin suerte– mi viaje cuando los reto o les prohíbo algo. Trabajo y escribo. Escribir otros libros fue darme cuenta de que mi viaje no era físico, pero sin viajar no me hubiese dado cuenta. Y ahora me tomo mi otra venganza que es quedarme en mi casa, tener mesa de luz, o sentarme junto a la biblioteca, con mi esposo, con amigos, y con libros cerca. Todavía me alegro de tener techo cuando llueve. Haberse privado de algo cambia la percepción. Yo acaso quise hacer algo extremo para cansarme, porque me sobraban fuerzas. La palabra futuro me da nostalgia, a veces digo que sufro de futurismo melancólico, nostalgia no para atrás sino para adelante.

M.R.: ¿Qué consejo le darías a las personas que quieran realizar esta misma experiencia de viajar a caballo?

B.B.: Yo no aconsejo viajar a caballo. Pero si me viera obligada ante alguien decidido le diría que se pregunte: ¿Qué es lo mío? Y que elija algo paralelo al viaje, no el viaje en sí mismo, porque si no, es un vacío que los demás llenan con sus ideales. Mi viaje no es mi libro. Mi viaje fue mucho más duro, donde yo escribo para hechizarlo. Porque escribir para mí no es contar nada. Si alguien me cuenta su viaje me duermo, no voy yo a hacerle lo mismo a los demás. Pero si insiste en viajar: tomar las riendas de algo ajeno al animal. Investigación, arte, o lo que desee; porque eso hará otro trato con el mundo de su viaje, distinto a ser la atracción del camino desolado. Y que sepa que también los paisanos son de abrir las puertas y darte todo; que hasta los caballos van engordando al viajar, y que no olvide que existen los seres solidarios que recorren el país: los camioneros. Nunca me sentí muy cerca de la gente que viaja a caballo. Es curioso, pero es así. Debo ser sincera, me gustaron las preguntas de esta nota. Yo estuve cerca de alegrías por cosas como saber de qué habla Manuel Puig cuando dice pampa seca. De escribir de lo que sé y haber pagado el sacrificio de saberlo en carne propia. Ahora ya pienso diferente, uno puede ir mucho más lejos sin sufrir tanto, sólo con la imaginación.

Entrevista publicada originalmente en PISO TRECEMAGAZINE

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Entrevistadora Mariana Ruíz

Autor

Mariana Ruiz nació el 19 de septiembre de 1982, en Buenos Aires. Es estudiante de Ciencias de la Comunicación, en la UBA, lectora, escritora y cinéfila. Colaboró con notas periodísticas y entrevistas, en revistas y periódicos como Piso 13, Periódico Irreverentes, CineramaPlus+ y Flores de Papel. Publicó poemas, cuentos y microrrelatos en antologías: El Diario de los Poetas, Pinceladas de Poesía, Cuestión de cuentos, Amarillo y Una casa para siempre, editado en Perú. Es miembro del “Grupo Literario Ayacucho”, con el que publicaron la obra colectiva Magia. Participó en la Clínica Literaria ROI Cuento 5, y actualmente del taller de Claudia Cortalezzi. Regresar es su primer libro.

Web: www.marianaruiz.com.ar

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3 Respuestas a “Entrevista a Bettina Bonifatti

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