Tocando a rebato: Moros en la costa

Lucía del Mar Pérez

Moros y Cristianos IV

      “Las noches se recogen a unas torres de la marina y tienen sus atajadores y centinelas, en confianza de cuyos ojos cierran ellos los suyos, puesto que tal vez ha sucedido que centinelas y atajadores, pícaros, mayorales, barcos y redes,con toda la torbamolta que allí se ocupa, han anochecido en España, y han amanecido en Tetuán”

La ilustre fregona, Miguel de Cervantes

         En la memoria de cualquier español permanece, aferrada y nítida, la idea de la lucha contra el infiel, el moro, transmitida durante centurias por sucesivas generaciones. Desde el afán de los reyes cristianos de la Edad Media por conquistar los territorios peninsulares en manos de los musulmanes, hasta la culminación del proyecto de la mano de los Reyes Católicos con la toma de Granada, se fueron engendrando siglos de odio y animadversión hacia el mahometano. Sin embargo, cuando la empresa de la denominada Reconquista, se dio por finalizada, Isabel y Fernando prosiguieron la “proyecto misional” en el norte de África, con la colaboración del Cardenal Cisneros y especialmente, durante el reinado de su nieto, Carlos V. Así prosiguió la inquina hacia el musulmán como un elemento congénito de la identidad hispana; el advenimiento de la llamada Edad Moderna supuso una continuidad de la imagen de la confrontación mística con el Islam, como eje de vertebración política de la Monarquía Hispánica.

         Hacia finales del siglo XV, el Mediterráneo podía considerarse como un “lago cristiano” Pero la conquista turca de Siria, Arabia y Egipto entre 1512 y 1520, supuso un giro en el control del mar. La influencia ejercida por la Sublime Puerta en el ámbito  norteafricano supuso el hostigamiento continuo de las costas de la cristiandad. El emperador Carlos V, imbuido por un teórico espíritu de cruzada, combinó la lucha por la supremacía europea con una pugna encarnizada contra los corsarios berberiscos, quienes desde Túnez, Trípoli o Argel actuaron arropados por los sultanes otomanos.

Los corsarios de la Sublime Puerta.

        El año 1516 puede considerarse como la fecha clave en la mutación del control del  Mediterráneo. Es el momento en que Hayreddin Barbarroja, el corsario o raïs  turco más importante de todos los tiempos, toma Argel. Nacido en Lesbos, sus éxitos como almirante de la armada turca se multiplicaron con su llegada a Argel, convirtiéndose en un íncubo para los moradores de las costas mediterráneas cristianas. Había sucedido dignamente a su hermano, Baba Aruj, o Barbarroja, llamado así por el color de su barba, corsario otomano y gobernador de Argel para la Sublime Puerta, superando con creces sus hazañas y transformando su nombre en leyenda.

         Argel era considerada, en la época, como cueva de piratas y nido de ladrones. Escritores del Siglo de Oro como Antonio de Sosa afirman que los mahometanos, hacen gala de vicios generales de los cuales debe estar precavido el cristiano para no ser absorbido por el Islam. De entre todos los pecados destacará la lujuria, pues los turcos eran tenidos por hombres libidinosos por antonomasia.

        La conquista de Argel supuso un punto de inflexión para la cristiandad, especialmente para la Monarquía Hispánica, y a partir de ese momento se sucedieron toda una serie de desastres bélicos que alarmarían a Europa. En 1522 se produce la traumática toma de Rodas, que pasaría a la soberanía del sultán Solimán el Magnífico. En 1529 Barbarroja reconquista del Peñón de Argel. En septiembre de 1538 las flotas de España, Venecia y el papado son derrotadas en la batalla de la Prevesa, en la costa albanesa. En 1541 Carlos V es derrotado personalmente ante Argel, que no puede conquistar. Entre 1553 y 1555 toman la isla de Elba, el peñón de Vélez y Bugía, lo que supone un fuerte golpe para los españoles. Las intervenciones hispánicas carecen de éxito: en 1560 se fracasa estrepitosamente en el intento de atacar la isla de Djerba, los Gelves, morada de otro temible pirata: Dragut.

         La victoria cristiana en la batalla de Lepanto en 1571, fue magnificada, pues no impidió un recrudecimiento del corso berberisco en las costas del levante español en la década de los ochenta del siglo XVI y durante la centuria posterior, viviéndose momentos dramáticos.

Las torres    

         La lucha contra el Gran Turco, se desarrolló a lo largo de varias centurias, caracterizándose por la alternancia de éxitos y fracasos. Todo ello motivó la creación o reforma del sistema defensivo de las costas orientales de la Península Ibérica. Las hostilidades contra el Islam no solo desafiaron la autoridad de los monarcas españoles con las evidentes consecuencias políticas y económicas, sino que se tradujo en un  elevado coste social. La vida del hombre ribereño quedó impregnada de miedo e inseguridad, un rastro de inquietud perpetua que se percibe ante el temor de convertirse en cautivos en tierras de Berbería.

        La imagen de las costas mediterráneas, jalonadas de torres alzándose  impertérritas ante nuestra mirada, es una constante en la memoria colectiva. Estas fortificaciones defensivas constituyen un vestigio material de la lucha contra el moro, levantándose  como testigos mudos del devenir de los acontecimientos. La función de las torres era el avistamiento de naves enemigas cuando aún se encontraban lejos de la costa, para que los vecinos pudieran organizar una defensa más efectiva. Es decir, era una labor puramente preventiva. El personal al cargo de la defensa, se componía principalmente de los Guardas y de los Atajadores. Los primeros, también llamados atalayas o soldados a pie, debían vigilar continuamente desde las torres la llegada de navíos enemigos. Si tal circunstancia se produjese, debían comunicar el aviso a las torres vecinas, bien por medio de la palabra, bien por señales luminosas (fuegos y ahumadas), o por señales acústicas (salvas de cañón, campana -tocar a rebato-, o cuerno). En cuanto a los atajadores, completaban la acción de los guardas a pie, gracias a las inspecciones a caballo que realizaban al amanecer en  las zonas fuera del campo de visión de las torres.

           El objetivo de las torres era que se difundiera con la mayor rapidez posible la noticia de la presencia de tropas enemigas en la costa, hacia levante y hacia poniente, de modo que en un tiempo relativamente corto, se pudieran evacuar aquellas poblaciones en peligro y se activaran todos los recursos defensivos del Reino de Valencia.

La esclavitud: un lucrativo comercio alternativo

          Sin embargo, este sistema defensivo resultaba ineficaz: bien por sus propias deficiencias, bien por la pericia de los corsarios de Berbería. La práctica de razzias, cabalgadas, o el desarrollo del corso sobre las costas mediterráneas, hizo que las poblaciones de la costa vivieran en la mayor de las inseguridades. Se desconoce el número exacto de personas capturadas por los berberiscos en las incursiones terrestres que realizaban, aunque debió ser bastante elevado. ¿Qué destino esperaba a los cientos, miles de cristianos cautivos en esta guerra corsaria? Principalmente Marruecos, Argel y Túnez, debido a la rapidez de sus bergantines y al bajo coste de las expediciones.

        El tráfico de esclavos supuso un comercio alternativo en la Edad Moderna, cuyas raíces se hunden en la Antigüedad; durante el medioevo el cautiverio era un fenómeno habitual que se extendió a la Edad Moderna, especialmente en el ámbito del Mediterráneo Occidental. Las personas que vivían en la costa, prácticamente no tenían descanso, oteaban continuamente el horizonte desde sus torres, temiendo ver el humo negro que avisaba de la llegada de los corsarios, y escuchar el sobrecogedor “moros en la costa”.

        Al cautivo cristiano, a su llegada a África, le esperaba un futuro incierto. Los musulmanes distinguían entre esclavos negros y esclavos europeos: estos últimos si que podían aspirar a ser rescatados; dependía de ciertos aspectos como su condición social y sus posibilidades económicas. Si era un prisionero ilustre, como Miguel de Cervantes, o de cierta valía por su origen o cualidades, podía comprar su libertad. Los esclavos que permanecían en las ciudades tenían más posibilidades de ser rescatados por los redentores de esclavos, en su mayoría miembros de las órdenes religiosas: mercedarios y trinitarios. La redención de los cautivos tras el pago de un rescate, constituía todo un negocio que enriqueció a muchos judíos y moriscos de Tetuán, Orán, Bujía, antiguos españoles descendientes de expulsos, además de a los sucesivos Bajá de Argel. El tráfico de esclavos constituía todo un negocio, un modo de vida para los corsarios de Berbería.

          Una de las formas más rápidas de recuperar la libertad y abandonar las prisiones de Berbería o Constantinopla, era renegar de la fe cristiana y convertirse al Islam. Fueron principalmente las clases marginales y aquellos que veían el poco remedio que de tierra de cristianos les enviaban. Muchos de ellos se acabarían convirtiendo en renegados, no quisieron o no pudieron soportar las duras condiciones impuestas por la esclavitud. Para renegar, únicamente era necesario realizar la shahada o profesión de fe ante un par de testigos. Entre individuos de poco relieve, era habitual renegar y pasarse al enemigo, siendo el número de renegados muy elevado, y adquiriendo un gran poder dentro de la organización corsaria de Berbería.

El corso cristiano

         Pero conviene señalar que también existió el corso cristiano, característico del Mediterráneo occidental desde la baja Edad Media, y  que constituía un pingüe negocio para las arcas reales, que ingresaban el Quinto Real de la presa. No obstante, en innumerables ocasiones se lanzaron al mar pequeñas embarcaciones tripuladas por un puñado de hombres, en un afán de revanchismo contra el moro, o debido a causas económicas, en ocasiones los vecinos también se lanzaban por el estado deficiente de la agricultura y la pesca. También el cristiano esclavizó al musulmán: hubo moros cautivos, apresados tanto en “guerra justa”. Y la guerra contra el musulmán siempre era justa, pues se trataba de luchar contra el infiel.

“Moros en la costa”: la herencia de un relato parcial.

      Nuestro idioma está plagado de huellas del pasado, frases, proverbios o expresiones cuyo origen, en muchas ocasiones, o bien es desconocido, o no le prestamos demasiada atención. Detrás de estas cuatro palabras, moros en la costa, se oculta un pasado convulso de enfrentamientos y temores, un conflicto secular entre religiones, el choque entre grandes reyes, pero ante todo, muestra la lucha por la supervivencia en ambos lados del Mediterráneo, tanto ante la cruz, como al amparo de la media luna.

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