El atanor de la alegría

Pablo Martínez Burkett

atanor

Lo que llamamos azar no es sino el nombre que se le da a los
efectos conocidos de las causas existentes pero aún
 no reconocidas o percibidas.
Kybalión
 

Cuenta la historia que un cuadrillero de la Santa Hermandad escondió un libro destinado a un auto de fe. El movimiento fue mínimo, pero igual le tembló la mano al imaginar los tormentos que le aguardaban si era sorprendido por el Santo Oficio. Sin embargo, ningún horror de la Inquisición podría desviarlo. En la obra de Jabir Ibn Hayyan al-Báriqui al-Azdi al-Kufi estaba la respuesta a sus plegarias y el fin de sus penas.

Las instrucciones le parecieron harto claras aún para un moro. El tratado actualizaba el magisterio de Arīsṭū, quien enseñaba que todos los elementos de la Naturaleza poseen cuatro cualidades básicas: calor, frío, sequedad y humedad. La receta era simple: si a partir de reordenar las cualidades de un metal era posible obtener otro diferente; reordenando los principios de un cuerpo moribundo se podía acceder a un cuerpo inmortal. En efecto, lo que convertía a la pieza robada en un objeto invaluable era que contenía todos los pasos para alcanzar la takwin, la creación artificial de vida. De día, el aprendiz de brujo se abismaba sobre los folios herméticos y de noche, construía un atanor bien grande. Dos semanas sin dormir y empezó a sentir signos de extenuación, mas era preciso actuar con premura. Aldonza agonizaba de una enfermedad desconocida y las numerosas sangrías y cataplasmas no habían dado ningún resultado. Al fin, el altar donde pensaba burlar a la Parca estaba listo. Eligió una doncella de una hermosura sobrenatural. Era perfecta para recombinar sus cualidades. La raptó una noche de luna y la desnudó codicioso, anticipando los placeres que hallaría en sus carnes trasmutadas. Dispuso las sustancias propicias, embutió a las dos desdichadas y atizó el fuego alquímico. Pero no bastó con replicar la fórmula de la panacea universal. Los aullidos de las mujeres atrajeron a la Guardia del Rey. El hedor era inmundo. El historiador refiere que hasta un soldado viejo de los Tercios vomitó sus tripas. El malogrado alquimista no resistió el arresto pues ya había perdido el seso. El cronista omitió consignar que una criatura monstruosa lo contemplaba desde el fondo del horno con una sonrisa babeante.

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