Adeste Fideles

Helga Martínez Pallarés

Intento encontrarle solución al enigma de tu alborozo, mientras corres como una gacela en miniatura en busca del autobús nevado. Hace frío esta noche, y tú te ríes, pero no me ha dado tiempo a averiguar de qué. Te miro como embobado, corro yo también detrás de tu aliento, sin aclararme bien adónde vamos, si a tu casa o a la mía, o a perdernos en esta ciudad navideña donde, de tanto perderse, no se encuentra uno a sí mismo. Te miro, y no se me ocurre nada que decirte, porque “te quiero” está tan manido que no tiene mucha gracia, prefiero mirarte despacio y dejar que te lo imagines, si quieres…

El autobús escupe oleadas de viajeros hervidos en vapor de trapo. Huele a humedad y a pisadas con prisa, mientras con un extraño giro de contorsionista guateada te transportas, casi de milagro, directamente a la barra grasienta, almibarada de sudor desconocido. Miras risueña alrededor, atrapando luciérnagas y renos de bombillas exaltadas. Y yo estoy esforzándome por sonreír contigo, pero bonita, lo que tú no sabes… es que a mí la Navidad no me hace ni puñetera gracia.

La verdad es que no me gustó nunca la sucesión extenuante de polvorones atragantados en mi memoria, el frío mortal en la plaza Mayor, el trasiego de abetos calvos con cepellón (que siempre me atemorizaron porque los suponía repletos de bichos asquerosos, agazapados detrás de la bolsa de basura. Luego el abeto acababa vestido de fulana en pleno salón de casa, con los contornos ceñidos de espumillón verde o rojo chillón…).

Hasta aquel año fatal en que el arbolito se cansó de hacer guardia junto al piano, expuesto a la chiquillería y a las visitas, y simplemente se quemó a lo bonzo abrazado a una bombilla cualquiera -de esas que lucir lucen poco, pero calientan una barbaridad-. Así que ardió el salón, se abrasó la casa entera, y con ella la abuela sorda, que nunca entendió por qué corríamos desesperados con la jarra del agua, sin haber ni siquiera empezado a cenar… (No, esto último es broma, producto de mi imaginación exasperada. Pero sí es cierto que ardió el arbolillo, y con él las cortinas de seda trucada, que aparecen en mis pesadillas desde que descubrí que, efectivamente, no soy daltónico).

Desde entonces asumí un desarraigo profundo, la perversa soledad que me agobia mientras el resto de los mortales se lanzan a la barbarie de todos los años. Andan desenfrenados, todos a la vez. Incluida mi novia.

La verdad, no la creí capaz de atormentarme cantando Noche de Paz con voz de barítono castrado, y para cuando lo asumí, ya era demasiado tarde. Uno no abandona al amor de su vida por una molestia sin importancia, bueno, siempre que la molestia sea breve y no le dé por deleitarme en pleno agosto. Por suerte, su repertorio infantil está bastante más olvidado cada año, ya sólo le quedan las coplillas del cole, y cómo no, el dichoso “tamborilero”, que nunca jamás a este paso va a llegar a Belén el pobre hombre…

Aburrido, más por hacer algo que por auténtico deseo, te invito a castañas asadas al pie de la cuesta. El fogón despide una nube ingrata de humo y hollín, pero las castañas estarán ardiendo, y la verdad es que estoy a punto de morir de frío, como los dichosos Reyes Magos de papel Albal de la puerta de los grandes almacenes. Pero no. Mi chica no quiere castañas. Las castañas engordan, y bastante tendremos ya con la ristra de pavos que nos espera a la vuelta de la semana. Lo que quiere son villancicos, toneladas de Christmas suficientes para empapelar medio universo, y ver hordas de niños gritones de los que piden juguetes y esperan que les pongas cara feliz, de payaso del Mc Donalds.

Me apabullas con tus planes embarullados, sin fecha ni motivo razonable: “tendremos que escribir miles de postales deseando lo mejor de lo mejor a todo el mundo conocido, no habrá más remedio que dedicarnos al bricolaje para ponerle por fin un reguerillo al río de tu belén, que a ver donde vas a poner si no tu nueva colección de lavanderas, todas apertrechadas con sus cestos de escayola blanca. Y claro, tendremos que ir a la misa del gallo, para que puedas cantar a tus anchas y”…

―Oye, lo de la misa sí que no lo entiendo. Porque ya me dirás lo que hay que celebrar dando una serenata de esas, con semejante frío y a las tantas de la madrugada…

―Pues… ¡que ha nacido el Niño Jesús, bobo!

―Que ha nacido el Niño… Cariño, siento decepcionarte, pero me temo que está ya por hacer la mili a estas alturas.

Ahí está. Tu risa de cascabel, los ojos que sonríen contigo. Y qué bien huelen tus labios, y qué guapa que estás esta tarde, a pesar de todo.

Y qué… Dios, no me lo puedo creer, no me lo voy a perdonar nunca: estoy tarareando el Adeste Fideles.

2 Respuestas a “Adeste Fideles

Replica a caperucitasdeasfalto Cancelar la respuesta

Este sitio utiliza Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.