Joven Caballero

Fernando Veglia

Malos tiempos

Bla, ble, bli, blo, blu, ¡Bla! ¡Blablá! Hace mucho, mucho tiempo, conocí una doncella. Desde la almena de la torre en la que estaba prisionera me gritó: “Caballero, los hombres hacen de las palabras que conocen sus inexpugnables castillos”. Sorprendido por aquella declaración, grité: “No se preocupe hermosa doncella, he venido a liberarla”. Desmonté, me quité la pesada armadura y escalé la torre dificultosamente. La doncella no estaba contenta de mi heroica acción, miraba mis ojos con odio de huérfana. Desconcertado pregunté: “¿Qué pasa? En tus ojos sólo veo odio. Arriesgué mi vida escalando esta torre ¿Acaso no deseabas ser rescatada? ¿No eres víctima de un hechizo? ¿Prisionera de un dragón?” Con más odio me miró, dijo enfurecida: “Acaso no has escuchado lo que he dicho. No estoy en esta torre para ser rescatada. La he levantado con mis palabras, desde aquí veo el mundo sin necesidad de viajar en todas direcciones” No respondí; avergonzado, herido en el orgullo, me fui.

Cabalgué largas horas a través de un hermoso valle, los margaritones alegraban mis ojos y el cielo mostraba su mejor rostro. “Buena señal”, me dije. Era un joven caballero, el desaire de una doncella no desanimaría fácilmente mi férrea voluntad. Abandoné el frustrante episodio en el laberinto de la memoria, y juré acudir al primer pedido de socorro sin vacilar.

Un poderoso castillo, clavado en la cima de una colina, invitábame a probar mi valentía. El puente levadizo estaba bajo, las inmensas puertas de madera abiertas de par en par, un enorme foso vacío rodeaba la construcción. Nadie me recibió, ni anunció mi llegada. Deduje que el lugar estaba abandonado a causa de una peste, o de una invasión enemiga.

Desmonté en el patio principal, dispuesto a explorar cada dependencia a pie, pero un grito misterioso me obligó a desenfundar la espada: “¿Quién eres?” “Soy un caballero que ha jurado hacer el bien. ¿Tú quién eres?”, pregunté. Las puertas del establo crujieron al abrirse lentamente. Un hombre, de un metro cincuenta de estatura, pelirrojo, barbudo y vestido con una capa que envolvía todo su cuerpo, me sorprendió, exigiendo: “Inclínate ante el rey de Yolosé”. No cuestioné su pedido, arrodillado ante el pequeño hombre, besé su mano.

―¿Qué ha pasado con tu reino? ― pregunté.

― Este es mi reino ¿No lo ves? Lo he construido con mis propias palabras, desde los cimientos…

― Pero no hay súbditos, juglares, nobles… ¿Y tu reina?

― Mi reina vive en su castillo. No necesito súbditos, nobles, ni juglares. No necesito sus palabras…

― No entiendo ¿Qué valor puede tener tu palabra si no la compartes con nadie? Eres el rey de un reino muerto…

― Joven caballero… mi reina, los nobles, los súbditos y los juglares han construido sus moradas… algunos tienen castillos y otros humildes casas. Todo depende de las palabras ―contestó con impaciencia.

― Comprendo…  pero eso no explica la soledad de este reino…

― ¡Tras los muros de nuestras palabras juzgamos el mundo! ―respondió con fastidio y señaló la puerta, invitándome a salir de su castillo.

Me fui sin saludar, pensando en no regresar jamás. Una doncella que no quería ser rescatada, un rey sin reina, ni reino. Era demasiado. Sentencié porfiadamente que el día no culminaría sin que yo, Pedro Della Cabeza, realizara una buena acción.

El camino de la montaña era estrecho y tortuoso, cuando llegué al llano agradecí la fidelidad de mi caballo, ambos necesitábamos descansar. Caminé entre los inmensos robles de un bosque interminable, hasta que vi las chozas de lo que parecía un mísero poblado. Supuse que era acosado por un recaudador de impuestos. Me presenté ante el primer hombre que crucé, le propuse me diera albergue y alimento a cambio de mis servicios. Todos los habitantes del lugar me rodearon; el jefe, un hombre robusto, de rulos negros como el carbón y mirada bondadosa, me dijo:

― No te necesitamos, caballero.

― ¿Por qué? Están vestidos con harapos, sus chozas son de paja. Este pueblo parece una aldea bárbara…

― Lo que ves es lo que hemos podido construir, el recaudador de impuestos nos quita demasiado oro por pocas…

― Pídeme que haga justicia y le cortaré la cabeza, con el oro que ahorrarán levantarán una ciudad…

― No, joven caballero. Eso sería una locura, el recaudador a cambio del oro nos da las palabras, con las cuales construimos nuestros hogares. Somos ignorantes, si lo matas ¿Quién nos dará palabras? ¿Tú? Otro recaudador vendrá…

― Pídeme que lo castigue para que el pago sea justo…

― Entonces, cuando te vayas, nos dará palabras vulgares, condenándonos a la ignorancia. Vete, caballero; no hay lugar para ti…

Al borde de la ira, caminé hasta un claro del bosque y encendí una fogata. Enterré la pesada armadura al pie de un roble. Quité todas las ataduras a mi fiel caballo y lo liberé dándole un chirlo en las ancas. En el centro del claro, señalé el cielo con la espada y la clavé en el suelo, gritando: “Me has engañado, ¿de qué sirve ser un caballero errante, que por obra debe hacer el bien, si no hay doncellas que rescatar, reinos que salvar o campesinos que ayudar?”. Lloré abrazado a mi espada y una lágrima corrió por su afilada hoja hasta sumergirse en la tierra herida.

De la herida nació una dama blanca como la nieve, de rostro calmo y mirada celeste, desenterró la espada y dijo: “Joven caballero, nadie te ha engañado, toma esta flauta, ve de reino en reino, recitando los versos que tu corazón manda y verás cómo, en poco tiempo, logras hacer el bien sin tu espada”.

Así fue: rescaté bellas doncellas de sus palabras, regalé cuanta palabra pude a los campesinos de todos los feudos, las distancias de un reino a otro se acortaron con mis versos y hasta los prejuicios huyeron.

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