¡PELIGRO! CARTA CERTIFICADA

Manuel Villa-Mabela

Hacienda-Mabela

Hasta ese justo momento era un día doméstico y completamente asumible, pero mi  conserje me esperaba a la entrada de la escalera con sonrisa sardónica mientras se abanicaba con una carta, ¡una carta certificada! Un escalofrío recorrió mi cuerpo y asomó a mi rostro una oleada de odiosas ojeras. El conserje tenía órdenes estrictas para que no aceptara ninguna carta certificada a mi nombre, pero el presidente de la comunidad de vecinos, un beato pagador de  impuestos y un radical sectario contra los morosos sin afán de lucro, revocó mis instrucciones aludiendo a la impoluta fama de nuestra asociación vecinal ante la administración de Hacienda.

No era una carta bancaria, esas las tengo asimiladas. Cuando llegan me tomo la medicación y salgo del paso. Si la certificación procediera de Tráfico, sufro taquicardia y depresión, pero supero sus daños colaterales contra mi zona de confort. La carta certificada venía de Hacienda ¡Hacienda! Era un ataque frontal, una declaración de intenciones que echaba por tierra nuestro pacto de no agresión. Me desplomé llena de pánico. No había duda, mi conserje o el presidente, uno de los dos o tal vez ambos, eran sicarios de la administración y habrían pasado información privilegiada sobre mi pequeña herencia recibida, unas joyas sin demasiado valor, un recuerdo familiar, si crematísticamente bien valorado, mi intención al aceptarlas había sido meramente emotiva.

Hacienda quiere las joyas de mamá, seguro, viene por ellas. Siempre las ha querido. Quiere las joyas de mamá para cubrir los gastos de representación del senado y yo vivo sola en esta casa sin nadie que me proteja. No me sirve de nada que me digan que Hacienda es fuego amigo.

Yo creo que esta carta certificada pertenece a una estrategia de aniquilación de personas mayores. Primero privatizan la seguridad social para dejarnos sin muletas ante la salud y como todavía somos muchas las personas que nos defendemos con vida bombardean nuestra economía para que nos quedemos sin trincheras de autodefensa. La administración tiene un mandamiento nuevo: reducir la población mayor, cueste lo que cueste.

Me voy a mi casa para encerrarme con llave. Pondré rejas en las ventanas y electrificaré mi zona del rellano. Luego llamaré a la policía y a los bomberos, pero a esos bomberos que salen en los almanaques. Bomberos con denominación de origen. Quiero protección global y que venga de inmediato mi abogado para denunciar a Hacienda por provocarme estados de ansiedad. En ocasiones… en ocasiones tengo pesadillas con Hacienda.

No abrí la carta, estaba demasiado asustada para abrirla. El presidente y el conserje me hablaron de la entrañable tradición que mantiene Hacienda con sus contribuyentes enviándoles información administrativa o publicidad de sus productos. Seguramente, remarcaron, será un simple calendario de recordatorio sobre nuestras obligaciones. Seguro que tienen alguna desgravación fiscal por atosigar a la población en edad deprimida.

Si me quedo sin mis joyas me muero. Yo sin mis joyas no soy persona. ¡Un médico de pago, por favor! Abono el servicio en efectivo y sin factura. Estoy cada vez peor. Es el corazón, un ataque cardiaco. Lo presiento. ¡Maldita carta certificada! Y mi gestor personal de romería bancaria en Gibraltar. No puedo respirar, Crisóstomo (el conserje estaba bautizado bajo el nombre de Crisóstomo), dame la mano, no quiero morir sin que alguien me tome de la mano, pero ¡ni se te ocurra tocar mi anillo de oro! Quiero una mortaja  franciscana, pero con un toque mundano que me permita lucir todas mis joyas.  Cierro mi vida por liquidación de negocio vital.

Estoy muy mal. Hacienda debería tener un fichero para no enviar correspondencia a las personas que sufrimos riesgo de infarto. Debería utilizar tele-operadoras como todo el mundo. ¿Dónde habré metido mis pastillas anti-pánico? Me muero, me muero. Hay que manifestarse para abolir el envío de cartas certificadas de Hacienda o crear una “ONG” para los afectados de Hacienda. Si me recupero buscaré un exorcista y crearé una fundación para evitarme disgustos cuando tenga que hacer la próxima declaración de impuestos. Y, desde luego, me cambio de casa. Quiero que el nuevo conserje me haga caso y no acepte ninguna carta certificada.

 

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