Suicidios presuntamente inducidos

Pedro A. Curto

Lorca and Woolf

 

Fue en Grecia donde supuestamente se produjeron los primeros suicidios como consecuencia de la crisis, lo cual es paradigmático, pues Europa tiene ante todo una base helenística. En las sociedades en crisis los suicidios en general aumentaron considerablemente, así ocurrió en la Alemania de entreguerras o la América de la Gran Depresión. Aunque no existen datos totalmente fiables, pues el suicidio ha sido y aún es un tema tabú, maldito por la religión, escondido por las propias familias, temerosas como si fuese una enfermedad nefanda. Así el mito de que eran las sociedades nórdicas, tan seguras como apáticas, quienes tenían un mayor número de suicidios, parece obedecer a que éstas recogían con mayor rigor el número de muertes por suicidio, frente a otros países donde se les sitúa como accidentes o muertes naturales. En España se reconoce al suicidio como la primera causa de muerte violenta, por encima de los accidentes de tráfico.

El problema de los desahucios ha puesto en primera plana la cuestión de personas que, privadas de un bien esencial como la vivienda, las cuales ven abrirse el suelo bajo sus pies, optan por matarse. Pero no son las únicas personas que mueren por causa de esta llamada crisis. La actual situación de degradación social y económica, ha desahuciado a bastantes más personas, que en silencio, con un gesto mudo y triste, sin titulares de prensa, en muchos casos sin notas para la posteridad, han optado por levantar la mano contra sí mismas como única solución. La economía de las lagrimas suele anteceder a estas muertes. Un levantar la mano es una acción individual, pero algo, mucho, empuja desde afuera esa mano. Albert Camus, que situó la cuestión del suicido como principal problema filosófico, decía: “¿Cuál es, pues, ese incalculable sentimiento que priva al espíritu del sueño necesario para su vida? Un mundo que podemos explicar, aunque sea con malas razones, es un mundo familiar. Pero en cambio en un universo privado de pronto de ilusiones y luces, el hombre se siente extranjero.” Camus señalaba la soberanía de las personas para decidir si la vida merece la pena ser vivida o no. Pero para que esa soberanía se produzca, no debe estar encadenada por unas circunstancias sociales y económicas que son determinantes.

Esa extranjería de la que habla el escritor francés es un virus que recorre las estructuras sociales más debilitadas. En una sociedad donde la valoración como ciudadano consiste en tener unos determinados recursos, cuyo sueño es el progreso socioeconómico, el estar ausente de ellos se convierte en un fracaso vital. Se tiene la sensación de que el tren parte y uno se queda solo, esperando en el andén, donde ya no existen más trenes que vayan a partir. Las vías siguen allí, el horizonte también, pero es una meta tan lejana como inalcanzable. Curiosamente, quienes organizan ese estado de cosas, quienes promueven ese tipo de valores, son los que luego se tapan los oídos ante los gritos. Y esto se produce en un cuerpo social desfondado y sin horizontes. Así confluyen el “fracaso” individual y el fracaso colectivo, en un sistema que lejos de dar aliento a sus ciudadanos, los ahoga, aunque sea en esas cuestiones que están garantizadas, en teoría, por sus propias leyes. La red se rompe y no pasa nada. Decía Antonin Artaud en Van Gogh el suicidado por la sociedad: “Pero en el caso del suicidio, se precisa de un ejército de seres maléficos para que el cuerpo se decida al acto contra natura de privarse de la propia vida”. Y aunque ese ejército pueda ser abstracto e indefinido en muchos casos, revestido de indiferencia, en los que están motivado por causas sociales y económicas tiene unos nombres más definidos.

Algunos dicen que no se puede generalizar, que en quienes optan por la muerte voluntaria hay muchas razones aparte de las sociales o económicas.  Evidentemente, un virus no afecta a todos por igual, pero no deja de ser un virus. O quienes dicen que no se debe hablar del suicidio, informar de él, pues se puede producir el llamado efecto de repetición. Se ignora que muchas de estas muertes son silenciosas, no conocemos sus rostros, ni sus nombres, ni siquiera son un número en una estadística oficial, y por ello no dejan de producirse. No son mártires, son víctimas de la depredación económica y de unas instituciones sin capacidad de dar soluciones. Curiosamente, es la solidaridad ciudadana, el renacimiento de una sociedad civil crítica, quienes se convierten en un tren posible al que subirse.  Lo que sí parece tener un efecto de repetición son las causas que los producen: las injusticias y la corrupción.

 

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