Trabajos forzados (II)

David Cano

Trabajos forzados 2

Marcos habló con su madre por teléfono y le llamó “puta desagradecida”. No entiende cómo no le permite volver a casa, aunque sea un fin de semana, después de todo lo que tuvo que sufrir por la enfermedad de su hermano pequeño, Carlos. “¿Quién estuvo ahí? ¿Estuviste tú? ¿O te quedaste en el gimnasio y la clínica de estética? ¿A lo mejor me he dado un puto golpe en la cabeza y estoy tergiversando la historia verdadera de la muerte de Carlitos? ¿Eh?”, le dijo a gritos a su madre.

Marcos odia a su madre por encima de todas las cosas. Ni la cree cuando llama y llora apesadumbrada tras un mal día, ni se le cae la cara de vergüenza cuando responde que no a una petición de dinero. Marcos escupe en la foto de su madre cuando la encuentra, sin querer, en el cajón donde guarda los calzoncillos.

Marcos detesta a su familia porque desde la comunión comenzaron a reírse de él. En esa importante fecha, abrió una hoja de papel milimétricamente doblada justo cuando traían los postres de la comida de celebración de su segundo paso en el cristianismo. La llevaba resguardada en el bolsillo derecho de su traje de marinero. Nunca entendió, ni quiso saber, por qué había que vestirse de payaso.

Marcos leyó una redacción pueril de lo que significaba para él hacer la comunión. Cinco párrafos infantiles llenos de clichés y repeticiones. Marcos esperaba un aplauso, la sonrisa maliciosa de la tía Puri, o por lo menos una palmada en la espalda. Sin embargo, recibió risas y algún que otro dedo señalándolo. Marcos se prometió a si mismo venganza. Se prometió soltar una carcajada por cada miembro de su familia que fuera muriendo mientras él viviera. Se prometió constancia en su sueño de ser escritor.

Marcos abre el portátil en su trabajo y ve que la bandeja del correo interno está atestada de gilipolleces diligentemente escritas. “Haz esto”, “haz lo otro”, “cambia esto”. Le entran unas ganas tremendas de vomitar delante de todo el mundo e irse a casa con una baja médica. Marcos ve cómo Ana aparece con su escote y se le alegra un poco la mañana.

Marcos entra a hablar con Luis, su jefe, con el que no se lleva del todo mal y le pregunta por la fiesta fin-de-proyecto de mañana. “Va a estar bien. No te quedes en casa, anda, que necesitas tomar un poco el aire”, le dice Luis con tono afectivo. Marcos irá e intentará ligar con Manuela, Sonia y Leire. En ese orden. Ayer limpió la casa y cree que es un buen momento para llevar a una chica. También ha cambiado las sábanas.

Marcos recibe una segunda llamada de su madre. “Marcos, tu hermano…Ernesto…tiene cáncer”. Marcos no responde. Cuelga. Se queda mirando la pantalla de su ordenador hasta que los caracteres se difuminan en una nube que le tapa la vista. Se levanta tan rápido que tira la silla. Sale corriendo hacia los baños de la empresa y vomita con fuerza en el primer retrete que encuentra.

Marcos odia a Ernesto pero quiere a Maite, su sobrina. Piensa en ella mientras tira de la cadena. Se levanta y se lava la cara con abundante agua. Vuelve a la oficina y se dirige a hablar con Luis. Le explica la llamada de su madre. Luis le dice que se coja un par de días libres, que ya se encargará él de hablar con los jefazos. Marcos sonríe por primera vez en semanas. “Gracias”, le dice sincero.

Marcos vuelve a casa y se encuentra todo el suelo inundado. El calentador se ha roto. Joder. Mierda. Coño, piensa mientras ve cómo el cuero de sus zapatos se empieza a reblandecer por el pequeño lago que se ha formado en el salón.

Marcos se pone de rodillas. Luego se sienta. Luego se acomoda en posición fetal con la parte derecha de la cara en la pared y llora. Llora porque mañana no irá a la fiesta ni encontrará a Manuela, o Sonia, o Leire, en su cama después de levantarse. Se acuerda de Ernesto y deja de llorar durante unos minutos.

Marcos abre su ordenador y escribe en un soneto desarraigado sobre la muerte. Marcos se fuma un porro de maría y se bebe una cerveza mientras recoge el agua estancada en su piso. Marcos llama a Ernesto. Marcos cuelga al segundo tono. Decide que no irá a casa a ver a su hermano.

Marcos termina de arreglar la casa inundada y se prueba el traje que mañana llevará a la fiesta.

 

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