Trabajos forzados (III)

David Cano

David Cano in party

Marcos va el sábado a la fiesta de la empresa y se encuentra a Luis. Luis le pregunta por su hermano. Marcos le responde que está bien, que el lunes va a casa a verlo y a estar con él. Miente. Intenta esbozar una cara de perro apaleado y hambriento para que a Luis se le rompa el corazón y no le haga más preguntas. Luis le da un abrazo a Marcos y le dice que disfrute de la fiesta, que merece pasarlo bien. “¿La fiesta o yo?”, piensa Marcos.

Marcos sabe que él, por lo menos, sí que se lo merece. Aunque odia su trabajo, siempre ha sido el más eficaz de su proyecto. Nunca se ha quejado y siempre ha entregado lo que se le ha pedido a tiempo. Marcos decide disfrutar. Mientras pide un gintonic otea la sala de fiestas para ver quién está, quién no, y si están Manuela, o Sonia, o Leire.

Marcos ve a Manuela. Se dirige a Manuela. Habla con Manuela. “¿Qué tal lo estás pasando? ¿Mucha farra?”, pregunta. Manuela no le escucha porque en ese momento la música suena muy alta. Manuela sonríe y asiente. Se acerca a la oreja de Marcos y le dice: “siento mucho lo de tu hermano. Espero que todo vaya bien”. Marcos le da las gracias y le dice si quiere una copa. Al momento, ella dice que no con el dedo, los ojos y la cara. Marcos no sabe qué hacer, así que le da un beso en la mejilla y hace un gesto como dejando claro que va a volver, que sólo va a pedir una copa.

Marcos no vuelve. No vuelve por inseguridad, miedo o vergüenza, pero se queda en la barra hasta que se cerciora de que Manuela ya está hablando con otra persona. Entonces, y sólo entonces, se tranquiliza y vuelve a tener voz para pedir una copa. Bebe gintonic porque las bebidas con cafeína le sientan mal. Así se lo explica a Sonia cuando la encuentra en la cola para ir al único baño del bar en el que se está celebrando la fiesta.

Marcos intenta mostrarse interesante y divertido, pero suena forzado. Sonia ha bebido demasiado y cree ver en Marcos algo que la vuelve loca. No lo sabe bien. Lo pensará mientras mea. Sonia frunce el ceño y le dice a Marcos que tiene unas orejas especiales. “¿Especiales?”, pregunta Marcos. “Sí, ni bonitas, ni feas. Especiales”, le responde Sonia. Marcos se ruboriza y se siente el chico más popular de la clase. Vuelve a los 13 años y hace un corte de mangas general a toda su clase de 1º de BUP. “Jodeos. Especiales”, se dice para sí mismo.

Marcos tarda menos que Sonia, pero este le espera con una copa de ron. “De parte de la casa”, dice Marcos. Sonia ha llegado a la conclusión de que la fealdad divertida y misteriosa de Marcos la pone cachonda. No sabe hasta qué punto, pero le pone cachonda. Sonia apunta mentalmente que tiene que llamar a su compañera de piso para decirle que hoy traerá a alguien a casa.

Marcos espera que Sonia le pida sexo. Lleva como un año y medio sin tener relaciones sexuales y tiene miedo de pronto. Pero no iba a perder esta oportunidad por más que le aterraran sus miedos y sus fobias. Marcos deja la copa, a la que le queda un milímetro de líquido, y coge a Sonia de los antebrazos y la trae hacia sí y la besa y todo vuelve a ser un poco más normal en su vida.

Marcos se queda acostado en la cama, hiperventilando, tras un trote casi mágico de Sonia. Sabe que a ella le ha gustado, que de algún modo le ha engatusado su destreza en un par de lances del coito. Marcos le dice a Sonia que tienen que repetirlo, que ha estado “guay” (y utiliza esa palabra). Sonia sonríe y le dice que claro, pero que “hay que dejar constancia, por escrito y con nuestras firmas” que esto es sólo un rollo pasajero.

Marcos rellena un documento de Word con los pormenores del acuerdo contractual e imprime dos copias. El texto está justificado, en Arial 11 puntos, y con un interlineado de 1’5. El mismo estilo que en los relatos que escribe Marcos. Sonia lee el contrato, se ríe de alguna ironía incluida en el texto y lo firma. Marcos hace lo propio y le tiende la mano a Sonia para finalizar el acuerdo. Sonia, por el contrario, le coge la cara con las dos manos y le besa en los labios durante un minuto. Acuerdo cerrado.

Marcos vuelve a casa a las 10.00 horas. Es domingo. Saca a Brody, que lleva casi doce horas sin salir a la calle y se fuma un porro que le sabe a gloria. Manda un SMS a Sonia recalcándole lo bien que se lo ha pasado. Con una sonrisa triunfal abre el portal de su edificio y hace una búsqueda infructuosa de correo nuevo. Sube el ascensor mientras acaricia a Brody por detrás de las orejas.

Marcos deja de acariciar a Brody y escucha como suena el ding que precede a la apertura de las puertas del ascensor.

Marcos ve a su hermano Ernesto, sin cara de enfermo (es lo primero en lo que se fija), aporreando la puerta de su casa.

 

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