El filósofo que se suicidó en legítima defensa

Manuel Villa-Mabela

Schopenguay

Era un tipo triste y poco decidido. Cuando se atrevía soñaba con convertirse en antropólogo y explorador pero sus múltiples alergias le hicieron desistir de sus fábulas y se arrinconó en la burbuja de su hogar.  Decidió investigar la causa que desencanta a los sueños. Su aspecto poco afortunado y su escaso atrevimiento le enjaularon entre estanterías de libros. Y su integridad, buen criterio y lealtad  le relegó a la marginación social. Se entregó entonces a rastrear sin descanso el porqué de los sinsabores vitales. Hoy día era uno de los filósofos más acreditados y autor de numerosas publicaciones de éxito entre las que destaca su excelente auto-biografía, cinco semanas en el número uno de ventas,  donde relata la suerte que tuvo al ser ignorado por la sociedad, agradeciendo las circunstancias mundanas que le hundieron en el conocimiento para más tarde triunfar, aunque fuera sin las muletas del afecto y la admiración.

Apenas había gente en su entierro, el cementerio queda muy lejos del centro, sin olvidar que hoy retransmitían la final de la copa.

Su primer intento de suicidio fue a las nueve de la mañana. Barajó la idea de lanzarse desde una décima planta pero consideró que no iba suficientemente bien vestido y, desde luego, en el trayecto corría el riesgo de que se le aflojara el nudo de la corbata. No olvidó que era un personaje público. Así que decidió tomarse un matarratas con sabor a fresa pero solo consiguió una pertinaz diarrea. A las siete de la tarde, ya aliviado del primer intento se entregó al segundo precipitándose al sexo compulsivo. Alquiló cinco prostitutas, todas ellas con el graduado escolar aprobado. La cultura siempre fue una exigencia en su vida. Intentó suicidarse de placer pero dada su penosa pericia y su inexistente instinto sexual se quedó dormido mientras se enfundaba el primer condón con sus iniciales bordadas. No le quedó otra salida que atiborrarse de interrogantes vitales. Se colocó ante el espejo y recitó una a una todas las cosas que desconocía hasta caer desfallecido y sin vida por atragantamiento de tantas preguntas sin solución.

Ha muerto un filósofo. Nadie llorará por su ausencia.

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