Sergio Coello
El edificio estaba totalmente abandonado y había sido reducido al puro tuétano, con todos los cristales de las ventanas rotos y el interior saqueado, como en las guerras. Aunque no traspasó los cuatro muros que todavía seguían en pie, por poco tiempo, supuso que ya no quedaba dentro ni una máquina, ni una herramienta; ninguna seña de identidad de lo que tiempo atrás fuera un sitio lleno de vida. Para él, había pocos sitios tan vivos como aquellos en los que el hombre permanece junto a otros hombres trabajando. Donde antes hubo trasiego de líquidos blancos ligados al desarrollo y a la propia vida humana, ahora había nidos de roedores, esqueletos de caniches desaparecidos y ese silencio espeso y maloliente de los cementerios clandestinos. Donde antes sonaba el trajín de los furgones, el ruido de poleas y de los motores encendidos, ahora aparecían silenciosas goteras como puños bajo una cubierta que apenas amparaba el vacío sobrecogedor de la ruina: colchones destripados y cientos de jeringuillas brillantes que algunos inocentes habían confundido con brújulas. Se acordó del poema de Pablo Neruda que hablaba del extraño silencio de la fábrica cuando las máquinas se detienen y la cadena de montaje no es más que un planeta inmóvil en el firmamento. La máquina enmudecida nunca es nada sin la mano del hombre y solo ella hace posible el milagro de que el hierro no sea únicamente un metal inerte.
El cáncer del paso del tiempo y la desidia general habían ido carcomiendo los huesos de aquel edificio que nunca tuvo un techo con artesonados mudéjares. Sus columnas habían sido mazacotes de hormigón o hierro forjado, en lugar de pilastras salomónicas de alabrastro retorcido y nunca hubo allí canéforas asirias ni columnas berroqueñas rematadas por capiteles cistercienses llenos de racimos de uva y hojas de laurel en relieve. Por eso algún bulldozer y el fuego descuidado de unos cuantos zombies con los brazos llenos de puntitos negros habían convertido la central lechera en un amasijo de vidrios rotos y paredes desconchadas por las que reptaban lagartijas pardas , piratas de la chatarra y salteadores de caminos.
A él le dio por pensar que algún día vendrían estudiosos de otros mundos para desmenuzar aquellos escombros que en el pasado cobijaron la actividad humana, cuando se producían cosas con la ayuda de las manos y gracias a mecanismos en movimiento. Y que numerarían los tornillos y las tuercas como si fueran mosaicos de los jardines colgantes de Babilonia.
