Entrevista a Jordi Casanovas

(Publicado originalmente en sigueleyendo.es)

Con Jordi Casanovas (Vilafranca del Penedés, 1978), iniciamos una serie de entrevistas con las que trataremos de esbozar el mapa de la nueva escena barcelonesa. Grupos como Colectivo 96˚, directores como Oriol Broggi y Llàtzer GarcíaHelena Tornero o Felipe Cabezas son otros de los talentos jóvenes que ya marcan la cartelera con huella propia, y los iremos citando a estas conversaciones con Sigueleyendo.
Jordi Casanovas es autor (Premio de la Crítica de Barcelona como revelación de la temporada 2006/07), y director (su último y controvertido montaje, Pàtria fue saludado con entusiasmo por la crítica), pero además ha apostado por la salaFlyhard, un proyecto que se plantea como laboratorio accesible a la joven y nueva escena barcelonesa. Aquí habla de su obra, de sus compañeros de generación y de sus intuiciones en este momento histórico de realidad especular y pronóstico incierto.

Texto: NOEMÍ PEIDRO/ SANTIAGO GARCÍA TIRADO

Jordi Casanovas

Sigueleyendo: Eres un autor joven que ya ha alcanzado reconocimiento, con muchos proyectos futuros y un recorrido considerable a tus espaldas, pero antes me interesa ese momento en el que abandonas una ingeniería por los estudios de Bellas Artes, ¿qué ocurre en un joven post-adolescente para llegar a este cambio?

Jordi Casanovas: De joven me ilusionaba ser inventor y pensaba que, para eso, había que estudiar una ingeniería, todo el mundo me lo había dicho. Pensé que la carrera me satisfaría pero después me di cuenta de que estaba metido en un proceso más técnico y teórico que de invención y creación. Por eso, tuve una pequeña crisis y decidí embarcarme en el teatro. Ya me lo habían sugerido a veces en casa, que podía dedicarme a la interpretación. Me apunté a un curso y a partir de ahí empecé a descubrir el mundo del teatro, su lado visible y su lado oculto, luego me interesó más la escritura y la dirección. Finalmente decidí cambiar de carrera a Bellas Artes y entre las opciones de cine, teatro o Bellas Artes, me decanté por la más asequible para mí.

S.: En tu doble faceta de dramaturgo y director, ¿qué es lo primero que te fascina, de dónde parte tu acción creadora: de un autor, de unos textos, de la palabra… o de la atracción por un tipo de montajes, por un concepto de puesta en escena?

J.C.: Bueno es diferente mi trabajo de dramaturgo y de director. Lo que hago habitualmente es escribir y dirigir al mismo tiempo, pero eso es algo que me gustaría empezar a dejar de lado, porque realmente sufres dos veces. Es normal ese trabajo doble cuando comienzas, porque al principio cuesta mucho que los directores se interesen por tus propios textos y si no tiras adelante por ti mismo es imposible que se interesen nunca. Fue una manera de comenzar, y también de desarrollar un tipo de proceso con el que poder investigar más en la dramaturgia. Ahora preferiría seleccionar textos y dirigirlos, y que mis obras las dirigiera otro.

En cuanto a los textos, lo que me gusta es que proporcionen mucho juego teatral, que haya siempre una situación dramática importante, es decir, que haya personajes que me miren con toda una historia a su espalda, y que exista también cierta mezcla entre drama y humor. Siempre me gusta moverme en el límite y esto es lo que busco tanto en los textos como en mis montajes.

S.: Sin embargo, en una obra como Pàtria el humor no parece tan evidente.

J.C.: En esa obra a veces es una simple “salpicadura” que aporta información, para en un momento dado destensar un poco, aunque Pàtria se trataba más bien de un drama, casi con tintes de tragedia.

S.: En tu presentación de la temporada en la sala Flyhard propones “històries que dibuixen el nostre moment. És allà on ens agrada xerrar i reflexionar sobre els temps que vivim”. Puede parecer que uno de tus intereses sea radiografiar la actualidad, con preferencia a los grandes temas: el amor, la libertad, la humanidad…?

J.C.: No exactamente. Los temas siempre están presentes, y siempre tienen que estarlo, pero cuando un dramaturgo está vivo, no tiene más remedio que situar su obra en el contexto en el que se encuentra. Por ejemplo, los espectadores de William Shakespeare no se quedaban impactados con las cosas que a nosotros nos impactan. En su momento sus espectadores se quedaban más sorprendidos de cómo hablaba de las personalidades que existían en aquel momento, y no tanto de las grandes historias de amor o de tragedia. Lo que pasa es que las historias de amor o tragedia son las que se mantienen en el tiempo y son las que hacen que las obras todavía se puedan seguir representando en la actualidad. Aunque creo que no es verdad que sea un autor vigente; es cierto que se trata de un clásico, que sus temas son universales, pero el teatro tiene la obligación de tratar lo que te está rodeando y lo que te está pasando en este momento, aunque sean cosas tan obvias como la crisis, el independentismo, o cuestiones sobre cómo nos relacionamos las personas, o cómo se crea una historia de amor ahora en estos momentos de internet (porque una historia de amor actual no tiene nada que ver con el Romeo y Julieta, aunque en el fondo el amor sea el mismo).

S.: ¿Quieres decir que el teatro debe tener una intención, ser algo más que un entretenimiento?

J.C.: Solo con que sea la piedra que rompe el espejo que refleja la realidad, con que de alguna manera reinvente la realidad que vivimos (los que salimos de la sala), ya vale la pena. Ahora bien, el teatro ha de inventar mundos nuevos, nuevas situaciones, y creo que eso es lo importante, no tanto que quiera cambiar al espectador, porque no lo cambiará. La obligación es que lo emocione, que lo tenga atrapado en la butaca durante el rato que ha durado la función. Si el dramaturgo está hablando de su momento, de lo que está pasando a su alrededor, y es sincero, necesariamente aquella obra será una obra política, porque todo teatro es político. Pero si solo te preocupa una cuestión arqueológica, o te basta que sea un teatro para ti y que importe poco lo que pueda pasar con el público, me parece que incidirá muy poco en el público, no llegará a emocionarlo.

S.: Hablemos de autores actuales: sintonizas con…

J.C.: En primer lugar Jordi Galcerán del que dirigí una obra el año pasado, y que ya antes era un autor de referencia para mí. También David Plana, pese a que no está muy activo ahora; sus obras de hace 10 años siguen siendo una referencia muy potente. Y Javier Daulte, que aunque no es de aquí, trabajó un tiempo en Barcelona.

S.: La creación de la sala Flyhard es otra de tus intervenciones en el panorama teatral del momento. ¿Cómo surgió la idea?

J.C.: Para empezar, ya teníamos la compañía con su propia sala de ensayos, y además propuse que, para mantener una compañía ocupada y viva, era necesario contar con un espacio propio. Entonces decidimos crear este espacio, que con el tiempo lo hemos ido abriendo a producciones de otras compañías, lo que ha resultado muy satisfactorio. Te da muchas alegrías. Así hay una circulación de ideas y de difusión artística que es vital.

S.: Aunque es una práctica frecuente en la historia del teatro, montar una sala propia siempre tiene algo de innovador, de provocador. ¿Qué apoyos has recibido? ¿Has encontrado oposición?

J.C.: No, no, no  empezamos sin querer hacer demasiado ruido y a los compañeros de profesión les pareció fantástico. Poco a poco fuimos creciendo y difundiendo nuestro proyecto, y desde diversas instituciones se ha celebrado que lo hiciéramos. Ahora ya hay interés en que sigamos así. En este sentido, ningún problema. Lo que reivindico a menudo no es tanto una cuestión de ayudas cuanto de que no haya obstáculos. Es en parte la idea de que todo el mundo pueda salir adelante, que pueda emprender proyectos de estas características y que no haya más obstáculos en el camino de los que intrínsecamente ya implica mantener una sala de teatro, lo que es una locura en sí misma. Si de alguna manera los barrios y los ayuntamientos eliminaran obstáculos, ya estaríamos ante un cambio radical.

S.: Una sala propia es un cauce de expresión no problemático, ¿puede ser peligroso para un creador eludir la tutela de un empresario que sancione tus obras?

J.C.: De hecho creo que somos la sala que menos producciones artísticas propias presenta, en otras salas pequeñas los directores dirigen 3 o 4 obras propias al año. Yo, este año, no dirigiré ninguna, y la que se ha hecho, se hizo de manera imprevista. La compañía prácticamente no habrá hecho nada hasta el final de la temporada, o sea que todo lo contrario, creo que nos falta hacer algunas cosas más.

El año pasado, por ejemplo, la compañía no estuvo ni un mes y medio en total, y por eso hemos sacado adelante proyectos que no eran nuestros artísticamente pero que hemos hecho nuestros a nivel de producción.

S.: Salas alternativas frente a los grandes teatros, un panorama vivo, cambiante: ¿Goza de buena salud el teatro en Barcelona?

J.C.: Creo que ahora es el gran momento de la dramaturgia catalana y más bien tengo miedo de que alguien albergue la tentación de detenerla. Espero que los teatros públicos, que son los que tienen la posibilidad de dar espacio, lo sigan haciendo como la han hecho hasta ahora. Su apoyo ha sido brutal en cuanto a las posibilidades que hemos tenido algunos autores y las obras que han terminado saliendo de estas salas.

En segundo lugar, creo que aquellos a los que les va bien tienen la obligación moral de volver a dar espacio y pie a otra gente, de ser solidarios con su propio gremio y sector.

En general las compañías históricas teatrales son y han sido muy egoístas, en cuanto no han querido ni hacer pedagogía ni dar más espacio a los nuevos dramaturgos. Más bien todo lo contrario, se han vulcanizado y eso es preocupante porque no permite crecer. Esta es (la tendencia a cerrarse, a endurecerse) en cierto modo la tendencia general de este sociedad moderna, y me gustaría que hubiera un cambio de signo, no solo en el teatro sino en toda la sociedad. Estoy convencido de que si te va bien debes revertir en tu sociedad, no dando limosnas sino transmitiendo lo que te ha funcionado, ya sea por compartir conocimientos u ofrecer espacios, ayudando a otras personas a que les funcione también, en lugar de esperar a que se hundan.

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