Miguel Delibes: el cazador cazado

Juan Alberto Campoy

Delibes

Poco a poco, según nuestra vida avanza y según vamos ganando en eso que se ha dado en llamar experiencia, y que muchas veces no es sino resignación y conformismo, va disminuyendo la frecuencia de nuestras decepciones, así como la intensidad de las mismas. De pequeño pensaba que mi padre hubiera ganado prácticamente cualquier competición deportiva a la que se hubiese presentado, ya fuera esta natación, automovilismo o tenis de mesa, pero, más pronto que tarde, me di cuenta de que con ser mi padre ya tenía bastante y que tampoco había por qué exigirle mayores heroicidades al hombre. Fue una de mis primeras decepciones, pero ha habido unas cuantas más. De una u otra manera, la tozuda realidad siempre termina imponiéndose, no solo sobre las visiones excesivamente amables que podamos tener de ella, sino incluso sobre nuestras propias esperanzas, y, como resultado de esta constante acumulación de derrotas, no es que terminemos arrojando la toalla, pero sí es verdad que nuestra capacidad de ilusionarnos se resiente, siendo este el precio, el altísimo precio, que hemos de pagar para que las decepciones no nos inflijan un castigo desmesurado. A estas alturas de mi vida, lejos ya los años dorados (bueno, quizá no lo fueron tanto, pero ese no es el tema) de mi primera juventud, mis decepciones suelen ser de una magnitud relativamente manejable. Relataré una pequeña decepción que tuve hace algún tiempo.

Sólo nos pueden decepcionar aquellas personas de las que esperamos algo bueno. A mí, por ejemplo, no me defraudarán nunca Antonio Gamoneda o Juan Gelman. No es el caso de Miguel Delibes, autor dotado de una prosa clara y precisa y que consagró su actividad literaria a la encomiable labor de rescatar de las garras del olvido tanto el lenguaje como los modos de vida de los habitantes del campo castellano. Su novela El hereje es de mención obligatoria en cualquier comentario que se haga sobre su figura, no ya por el enorme mérito de haberla escrito a la avanzada edad de 78 años (hubiera sido igual de buena si la hubiera escrito a los 27 años), sino por su altísima calidad literaria y por la exhaustiva labor de documentación histórica que refleja (esta sí es una novela histórica y no otras que se publican como tales). Además, su escritura deja patente la grandísima talla moral de su autor: a pesar de su conocido catolicismo, esta novela supone una denuncia radical, sin ningún tipo de paliativo, del histórico ensañamiento con el que la Iglesia ha perseguido, a lo largo de los tiempos y de forma crudelísima, cualquier tipo de desviación herética.

Pero pasemos ahora a la crítica. Debido a mi gusto (pasión sería mucho decir) por la literatura, mis padres me regalaron un facsímil del manuscrito de El camino, novela emblemática de Miguel Delibes.  La “gracia” de este libro consiste en que el lector atento puede rastrear, mediante la observación de las correcciones que el propio escritor efectuaba, su forma de ir depurando el lenguaje hasta dotarlo de su característico estilo sencillo y directo. Basta con fijarse en aspectos tales como la preferencia por determinadas palabras en detrimento de otras, la supresión de ciertas frases, los cambios de lugar de algunos párrafos dentro del mismo capítulo etcétera. Pasaron años sin que hiciera mayor caso al libro (que, por otra parte, quedaba de maravilla en mi biblioteca), pero un buen día decidí emprender su lectura minuciosa con la intención de elaborar un pequeño ensayo literario. Entonces empezaron las decepciones. En el inicio del capítulo segundo aparece un “quizá sino hubiera conocido” en lugar de “quizá si no hubiera conocido” (como efectivamente figura en la novela editada por Destino). Un poco más adelante, un “pero a de ser” en lugar de “pero ha de ser” (idem de idem). Y por último, nada más comenzar el capítulo tercero, un “ahujeros” en lugar de “agujeros” (idem de idem). Después de estos tres mazazos, consecutivos e inesperados, decidí interrumpir mi lectura. Los dos primeros errores son muy claros. Respecto al tercero, como me cabía la duda de que el término “ahujero” hubiera existido en el pasado, hice la oportuna consulta en la página web de la Real Academia Española. Como resultado de la misma, me enteré de que dicha palabra nunca ha figurado en las veintidós ediciones del diccionario de la lengua española de la RAE, aunque sí lo ha hecho en el diccionario histórico de la RAE de 1933, en el cual se registra su uso por Fernando del Pulgar en su “Crónica de los Reyes Católicos” y por San Juan de la Cruz en su Cántico espiritual.

 

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