Anatole Baptiste
Extracto de la novela La leyenda de las siete máscaras
Hubo una vez, en un pequeño pueblo más allá de las montañas, una mujer embarazada a la que apenas le quedaban unos días para dar a luz a su muy esperado hijo. La madre rezaba para que el niño tardase algunos días en llegar, pues en aquel pueblo en el que el matrimonio vivía, ocurría algo espantoso cada diez años: el terrible gigante Vodja que habitaba en las montañas, bajaba a la aldea para robarles el corazón a los niños recién nacidos, nadie sabía para qué los utilizaba, pero según cuentan, el gigante guardaba los corazones en un cofre, en el lugar más oculto de su morada, utilizando los corazones de los niños para robarles la felicidad y la alegría.
Vodja carecía de corazón, de sentimientos alegres, todo en su vida era oscuro y triste, así que lleno de odio decidió que cada diez años la gente de la aldea sufriese su mismo castigo: carecer de sentimientos alegres. Por eso la aldea era conocida como El pueblo del Decenio de la Tristeza.
Los niños que nacían justo antes de la llegada del gigante, eran sentenciados a perder su corazón, esos niños crecían y se convertían en hombres tristes, siendo muchos los que habitaban el pueblo. Los diez años ya casi habían pasado, sólo faltaban unos días para la llegada del gigante al pueblo, como también quedaban unos días para que llegase al mundo el protagonista de nuestra historia. Su madre pasaba las horas haciendo fuerza, intentando que el niño no apareciese antes de que llegase el monstruo, si conseguía retenerlo, el gigante se iría con las manos vacías, puesto que ese año únicamente ella se había quedado embarazada. No quería que su hijo careciese de corazón, que creciese sin poder disfrutar de la felicidad. Pero a veces, el siniestro destino no acontece al son de nuestros deseos, que un niño nazca hoy o mañana, aquí o allá, es cuestión de azar, y por desgracia, el niño que albergaba su vientre llegó varios días antes de lo esperado a pesar de sus esfuerzos. Apenas quedaba un día para que Vodja bajase al pueblo a llevarse el corazón del recién nacido, imponiendo así su injusta voluntad.
La madre de Hagen, que así se llamaba el pequeño, buscaba apresurada lugares donde poder esconder a su hijo del temido gigante. Mil ardides y tretas se le ocurrían con tal de esquivar el olfato certero de Vodja, pero hasta el momento ninguna madre había conseguido salvar a su hijo de las garras del gigante. A la mañana siguiente, lejos, en lontananza, se divisaba al enorme tirano descendiendo de las montañas, la gente corría despavorida, metía a sus animales en los corrales y cerraban puertas y ventanas. Pues rara era la ocasión en la que Vodja se conformase robando los corazones de sus hijos, siendo común que en cada una de sus visitas matase a cuantos animales y hombres se le antojasen, y destruyese tantas casas como quisiera. La aldea al completo había quedado desierta, casi parecía un pueblo fantasma. Todo el mundo sabía que la madre de Hagen estaba embarazada, pero ella había sido lo suficientemente astuta como para que nadie supiese que su hijo ya había llegado al mundo. Nadie sabía nada, ni siquiera su marido, al que había engañado colocándose un cojín en el vientre. Ocultaba a su hijo en el sótano, a oscuras, encerrado en el interior de una cuna. Con estiércol, agua y paja, había realizado un ungüento de olor sumamente desagradable con el que untó a su hijo para que el gigante no oliese su fresca estrenada piel. Con la mezcla ungía cada rincón de la casa, esperando ocultar cualquier olor que delatase su reciente maternidad. Todos en el pueblo esperaban temerosos la llegada de Vodja, cuyas pisadas ya hacían retumbar la tierra. Cada vez más cercano, hasta que al fin llegó a su destino. Caminó hasta la plaza de la aldea, como venía haciendo cada década, desde allí su voz sería oída por todos los aldeanos, por muy ocultos que estuviesen o por muy lejos que hubiesen huido.
− ¡Vodja ha llegado, Vodja ya está aquí! -exclamó el gigante con su potente voz-. ¡Pueblerinos!, ofrecedme vuestros recién nacidos para apaciguar mi ira, o por el contrario ateneos a mi furia caprichosa.
En el balcón de la casa más grande de la plaza, apareció la figura de un hombre de pequeña estatura, regordete, calvo y con bigote, aquel señor era el alcalde.
− Gran Vodja -dijo el hombrecito con la voz temblorosa, con el miedo recorriendo todo su cuerpo-. Este año, el que hace diez de tu anterior venida, este día, el día elegido para tu llegada, no es buen momento para nosotros, ha habido sequías, el trigo no ha crecido y hemos sufrido el hambre. Este año muy pocas mujeres han quedado embarazadas por culpa de la flaqueza.
− ¡¡¡AAARRGG!!! -gritó el gigante enfurecido, lanzando su puño contra una casa, destrozándola completamente-. ¡Quiero corazones de niños! Es vuestra obligación. ¡Dadme corazones! -y con un puntapié destruyó otra vivienda.
− ¡Espera! -dijo el alcalde levantando la voz tímidamente. El gigante se detuvo dirigiendo su atención al hombrecillo.
− ¿Acaso tienes algo más que decir antes de que destruya media aldea por defraudarme de tan estrepitosa manera? -gritó Vodja.
− Hay una mujer en el pueblo que está embarazada, sólo una, todavía no ha dado a luz, pero apenas le faltan unos días para que traiga al mundo a su criatura, es posible que si esperáis un par de días o volvéis más tarde, el vástago haya nacido y os podáis llevar su corazón -dijo el alcalde.
− ¡No esperaré, ni volveré más tarde! ¡Traedme a la mujer! Parirá a su hijo ahora mismo o arrancaré al niño de su vientre para robarle su corazón.
El alcalde fue a buscar a la madre de Hagen, que habiendo escuchado las palabras del gigante, se embuchó tan bien como pudo el cojín bajo sus ropas, y untó de estiércol hasta el último rincón de su piel. El alcalde llevó hasta la presencia del monstruo a la mujer embarazada, y dejándola sola corrió a ocultarse en su casa.
− Ese hijo que llevas has de parirlo ya para que pueda llevarme su corazón, o por el contrario te lo arrancaré del vientre. ¡Decide ya, mujer! -sentenció el tirano.
− Eso que pedís es imposible, gran Vodja, pues no espero sólo un hijo, pues que yo sepa al menos son tres los que alberga mi vientre. Para hacer tres hijos es mucho tiempo el que se necesita, al menos veintisiete meses, nueve por cada bebé. La gente del pueblo pensaba que únicamente gestaba a un hijo, y si hubiese sido así, ya habría dado a luz a mi pequeño y te lo estaría ofreciendo. Pero desgraciadamente no es un hijo, sino tres, y no hay más que yo pueda hacer por vos, venerado gigante -dijo la mujer.
− Es posible que tengas razón y que necesites tantos meses para dar forma a tus criaturas, pero si ya han pasado nueve meses desde que fuiste preñada, al menos uno debe estar formado y de ése tomaré el corazón. Ahora levanta tus faldas y muéstrame tu vientre para que pueda sacar al primero de tus hijos -asustada, no sabía qué hacer ni qué decir.
− Pero, gran Vodja, ¿no querréis el hijo de una pordiosera que huele a estiércol y pasa la vida entre basura para sobrevivir? -dijo la mujer para eludir la voluntad del gigante.
− No me hagas perder tiempo, mujer, o te aplastaré como a un insecto, lo que yo busco carece de olor, de color, de escala social, de riqueza y pobreza, los corazones de los niños albergan alegría y eso es lo que yo deseo –Vodja, furioso, tomando en su mano a la mujer, la acercó a unos palmos de su nariz, donde levantó las faldas para descubrir el engaño-. ¡Me has mentido, tú no estás embarazada, todos habéis mentido! -gritó el gigante furioso-. ¡Dadme los niños, ¿dónde están los niños?! -la madre de Hagen estaba muerta de miedo, pero al menos el gigante no había descubierto a su hijo gracias al olor del estiércol. Al escuchar los gritos, el alcalde salió corriendo al balcón.
− ¿Qué ocurre, venerado Vodja, acaso la mujer no es de tu agrado?
− ¡¡Me habéis mentido y por ello destruiré la aldea entera, cada una de vuestras casas, huertos y corrales!! -gritó el gigante.
− ¡No, no hagas eso, por favor! Nadie te ha mentido, esa es verdaderamente la única mujer en cinta de todo el pueblo, o al menos lo estuvo hasta hace bien poco. Todo el mundo lo sabe, fíate de mi palabra, jamás quisiera que destruyeses el pueblo y a sus gentes -dijo el alcalde.
El gigante receloso miró a la mujer detenidamente, desconfiaba de su embarazo, su aspecto era sucio y olía muy mal, pero el olor propio del gigante no andaba muy lejano al de la mujer, así que no hacía grandes ascos. Desconfiando de su vista, comenzó a olerla detenidamente, aspiraba una y otra vez, dudando al principio, pero tras varias inhalaciones profundas, su gesto se desfiguró connotando lo que debía ser satisfacción.
− Tienes razón, alcalde, esta mujer ha sido madre hace muy poco, todavía puedo oler la sangre fresca del parto, a pesar de haberla lavado y ocultado tras este olor a estiércol -exclamó el gigante-. Escúchame, mujer, dame a tu hijo para que le arranque el corazón, y me pensaré si perdonaros a ti y a tu pueblo. Niégate, y destruiré todo cuanto existe en este insignificante lugar, incluido tu pequeño y tú.
− ¡Vamos, dale a tu hijo o nos matará a todos! -gritaba el alcalde desde el balcón.
− Está bien, te daré a mi hijo, pero no destruyas la ciudad, por favor -suplicó la madre de Hagen.
− Haces bien, mujer, en darme a tu retoño, ve a por él y no tardes -dijo Vodja.
La madre de Hagen cruzó las calles de la aldea hasta llegar a su casa, donde tomó a su hijo en brazos y lo llevó a los pies del gigante. Vodja, como había hecho décadas atrás con los recién nacidos, arrancó el corazón del pecho del pequeño. En ese mismo instante una sonrisa de felicidad desbordó su rostro, su única manera de conocer la alegría era a través de la desgracia ajena. Con el corazón en sus manos marchó hacia su montaña, de la cual no volvería en una década, a su paso por la aldea, como reprimenda al engaño, destrozaba cuantas casas se le antojaban. La gente del pueblo reprochó severamente el comportamiento de la madre de Hagen. Los años pasaban y la gente no olvidaba, e incluso el propio niño sufría en sus carnes el castigo de sus vecinos por los daños ocasionados con su nacimiento.
Ya hacía más de nueve años, pronto casi diez desde la llegada de Vodja. Hagen estaba hecho un jovencito, que no sólo sufría la tristeza y el dolor de la soledad impuesta por sus conciudadanos, la cicatriz en su pecho era la marca que jamás le permitiría conocer la felicidad, a pesar de los esfuerzos de sus padres y de los suyos propios. Estando cercano el día de la venida del gigante, decidió acabar con su penosa situación, marcharía hacia el castillo de Vodja, acabaría con él y traería de vuelta todos los corazones robados, devolviendo la felicidad al pueblo, levantando así el veto de las gentes, sobre él y su familia. Tan pronto lo pensó, se lo comunicó a sus padres, que a pesar de su voluntad no consiguieron disuadir al jovencito, y sin poder hacer nada por evitarlo, decidieron ofrecer toda su ayuda a la empresa de su hijo. Le proveyeron de ropa de abrigo para soportar el frío de la montaña, un fardo de comida para un mes, un amuleto que le daría suerte, y por último le confiaron un secreto. Al oído le dijeron que existía una leyenda que decía, que el gigante guardaba los corazones en un arcón en lo más recóndito de su morada, y la llave que lo abría estaba depositada en lo más profundo del lago de las montañas. Con estos cuatro regalos y todos los rezos de sus padres, Hagen partió de noche para que nadie supiese de su marcha.
Anduvo durante días siguiendo el camino que cada diez años hacía el gigante. Mañana y noche caminaba sin detenimiento, más de una semana tardó en llegar a las faldas de la montaña en la que vivía Vodja. El viaje, tranquilo hasta ahora, se convertía en una amenaza, el bosque custodiaba la entrada al castillo, siendo muchos los peligros que en él acechaban. Hagen esperó a que se hiciese de día con la voluntad de cruzar el arbolado entero bajo la luz del sol. Con la mañana se introdujo en lo más profundo del boscaje, con la desdicha de perderse entre sus cientos de caminos. La noche había llegado, todo estaba oscuro, Hagen quedaba desprotegido, sin un lugar donde pasar las horas de sueño, a la intemperie. Hizo un fuego con el cual darse calor y protegerse. Se mantuvo en vela, vigilante, escuchando los sonidos entre la espesura, pero al cabo de unas horas quedó dormido, acusado por el cansancio. Pasó largo rato junto al calor de las llamas, cuando un fuerte ruido le despertó sobresaltado, frente a él, un enorme zorro lo miraba hambriento, con las fauces abiertas.
− ¡No me comas! -gritó el mozuelo.
− Tengo mucha hambre -contestó el zorro.
− Hagamos un trato -dijo temblando de miedo-. Te daré cuanta comida tengo, si a cambio no me comes y me dejas continuar el camino.
− Está bien -contestó el zorro-, pero si tu comida no me llena el estómago, te comeré para saciar mi apetito.
Hagen ofreció su comida al zorro, que la engullía voraz mientras escuchaba la historia del muchacho. El zorro atendía sorprendido hasta que Hagen dio fin al relato de su vida.
− Tu comida me ha satisfecho, así que no te comeré. Tu historia me ha conmovido, incluso un animal tan vil y fiero como yo conoce la alegría y la felicidad, por ello, te guiaré en tu camino hasta donde sé, pero más allá de mis conocimientos deberás continuar tú solo.
El zorro y Hagen comenzaron a caminar por el bosque con las primeras luces del alba. Ascendían la extensa inclinación de la montaña, avanzando entre la espesa vegetación.
− Aquí acaba nuestro viaje, amigo mío, allá, en aquel riachuelo vive un cangrejo, puede que sepa cómo llegar al lago oculto de las montañas.
− Adiós y gracias -contestó Hagen, y se dirigió al riachuelo. Allí, sobre una roca, tomaba el sol un cangrejo viejo y enfermizo.
− Buenos días -dijo el chico. “Achus”, estornudó el crustáceo.
− Hace demasiado frío en este lugar, aun pasando todo el día al sol, y soy muy viejo para emprender el viaje hacia otros lugares más cálidos, “Achus” -Hagen se quitó el abrigo que le protegía del frío de las montañas, y lo colocó sobre el lomo del cangrejo-. Gracias, jovencito, tu abrigo es muy cálido, es realmente bueno, si me lo das, jamás volveré a pasar frío. ¿Cómo podré pagarte tan grato favor? -el muchacho le contó toda su historia, y el crustáceo, conmovido, le dijo todo lo que sabía al respecto del lago oculto. El camino estaba incompleto, pues el cangrejo no conocía más allá del nacimiento del riachuelo-. Sigue su cuenca hasta llegar al árbol negro, allí habita una alondra, puede que ella sepa más sobre cómo llegar al lago.
Ambos se dieron las gracias, se despidieron y Hagen continuó su viaje siguiendo el camino que marcaba el río. Anduvo durante largo rato hasta llegar a su comienzo, donde muy cerca crecía un árbol negro en cuya cima cantaba una alondra.
− Buenos días, señora alondra, busco el lago oculto de las montañas, ¿acaso sabría decirme cómo llegar?
− Claro que lo sé -contestó el pájaro secamente.
− ¿Podría indicarme el camino? Lo busco porque mi corazón ha sido robado por Vodja… -el chico narró toda su historia y la alondra escuchó atentamente.
− En verdad que es triste tu vida, pero no puedo ayudarte, no conozco todo el camino, tan sólo te puedo llevar hasta aquel que sí lo sabe. Pero a cambio tendrás que darme ese colgante tan reluciente que llevas, o por el contrario, esperar a que otro te ayude -Hagen dio a la alondra el amuleto de su madre, y el pájaro satisfecho, guió al niño a través de la montaña hasta aquel que sabía el camino al lago oculto-. Aquí se encuentra el que conoce la respuesta, habla con él y que tengas suerte, muchacho. Hagen quedó solo junto a un pozo lleno de agua.
− ¿Hola? ¿Hay alguien ahí? -preguntó asomándose al interior.
− Sí, estoy aquí -contestó una voz entre las aguas.
− Mi nombre es Hagen, busco a aquel que me pueda llevar hasta el lago oculto, ¿conoces el camino?
− Sí, yo te puedo llevar hasta allá, pero para ello deberás sacarme de aquí -exclamó la voz. El mozo tomó un cubo viejo que había junto al pozo y lo lanzó al fondo, izándolo de nuevo para descubrir a un pequeño pez en su interior-. Hola, yo soy quien te hablaba desde lo profundo del pozo -dijo el pececillo-. Antes vivía en el lago oculto, pero el gigante se hizo con él, utilizándolo para arrojar su basura. Ya no se podía vivir allí, era necesario salir del lago y salté tanto como pude para escapar, pretendía caer en el riachuelo, pero la mala fortuna me encerró en el pozo atrapándome para siempre. Si te llevo hasta el lago, ¿me llevarás después al riachuelo soltándome en él?
− Claro, indícame el camino, y a la vuelta te dejaré libre entre las aguas del río -contestó Hagen.
Ambos comenzaron a caminar mientras el chico contaba su historia. El pez, conmovido, quiso ayudar al joven, y al llegar a la orilla del lago le dijo.
− Espera aquí, mi joven amigo, iré a por la llave que yace en el fondo del lago y la traeré -cuando estuvo de vuelta, el pez portaba en su boca el objeto.
− Gracias, muchas gracias. Ahora te devolveré al cubo para que las sucias aguas no te hagan daño, y cuando haya acabado con el gigante, volveré para llevarte al riachuelo, ¿de acuerdo?
− Esperaré tu regreso. Se cuidadoso en tu empresa. Buena suerte -Hagen ya caminaba a unos pasos del pez-. ¡Aguarda! Se me olvidaba algo, a mitad de camino, justo donde crecen los juncos, existe un lodo de color verde que tiene el poder de menguar a todo aquel que lo come. Yo lo tomé para poder vivir en el riachuelo, cuando vivía aquí era más grande que tú, Hagen, utilízalo con el gigante. Espero que vuelvas pronto.
Con la llave en su poder, Hagen se dirigió al castillo que se levantaba al otro lado del lago. Al llegar a la mitad del camino, llenó un pequeño zurrón con tanto lodo como pudo y continuó su marcha. Mientras caminaba urdía un plan con el que vencería al gigante. Al llegar al portón escuchó atentamente, en su interior se escuchaban los pesados pasos de Vodja. El chico se untó todo el cuerpo con el lodo, con especial cuidado de no tragar el más pequeño trozo. “Toc, Toc, Toc”, golpeaban la puerta del castillo. El gigante gruñía enfurecido.
− ¿Quién molesta? -exclamó al abrir la puerta.
− Mi nombre es Hagen, noble gigante. Vengo desde la aldea a ofrecerme en sacrificio, a cambio de que este año no vuelvas al pueblo a arrancar los corazones de los recién nacidos.
− ¡No digas sandeces, jovencito! Jamás dejaré de hacer lo que me plazca, sin embargo, ya que has venido no voy a decir que no a tu sacrificio -Hagen no discutió, eso era justo lo que pretendía.
− Venerado gigante, estaré muy gustoso de que me comas, a pesar de negarte a nuestra petición, lo cual me entristece, aunque para mí es un orgullo que alguien como usted me devore. Pero he de advertirle antes de que me zampe sin cuita, soy un niño que no ha trabajado nunca, y que ha sido alimentado con los mejores manjares, por lo que mi carne es deliciosa, y no sólo eso, mi piel posee un gusto exquisito. Por eso le recomiendo que cuando me coma siga estos pasos, introdúzcame lentamente en su boca y chúpeme como si fuese un dulce, cuando mi piel se quede sin su maravilloso sabor, mastique lentamente y deguste mi carne como si fuese el más sabroso caviar. Hágame caso, pues jamás volverá a probar un humano como yo -el gigante convencido por el muchacho dijo.
− Así lo haré, muchachito, si tan bueno estás, bajaré cada año a comerme a un joven de tu pueblo -Vodja colocó a Hagen sobre un plato y se sentó a la mesa-. ¿Estás preparado para morir?
− Sí, pero antes me gustaría que me concediese un último deseo. Dicen que usted es el gigante que más corazones guarda en el mundo y que están guardados en el lugar más oculto que existe, ¿verdad?
− Ja, ja, ja, sí, es cierto. Tengo tantos corazones que apenas caben ya en el cofre que guardo bajo mi cama, pronto tendré que construir otro para albergar mis nuevas adquisiciones.
− Gracias, noble gigante por conceder mi última voluntad, ahora cómame como le he dicho para degustarme en mi completa totalidad -el gigante cogió al niño, se lo metió en la boca y comenzó a chupar.
− ¡¡Muchacho, estás asqueroso!! -gritó el gigante.
− ¡No, no! -exclamó Hagen asustado-. Siga degustándome, noble gigante, mi piel es como un buen vino, algo amargo al principio, pero cuando el paladar se acostumbra es delicioso -Vodja convencido siguió saboreando, esperando ese sabor tan delicioso. Tanto chupaba que dejó al joven sin color en la piel.
− El sabor no cambia y apenas sabes ya. ¿No me habrás engañado? -preguntó enfadado el gigante.
− No, no. Espere un poco más, verá como pronto me convierto en una explosión de increíble sabor -respondió Hagen acongojado-. Hay que saber esperar para tenerse por buen comensal.
Tan pronto dijo esto último, el gigante comenzó a agitarse de un lado a otro, su cuerpo se movía sin control. Rápidamente Hagen salió de su boca alejándose de Vodja. El gigante cambiaba de color, sus ojos desorbitados y su cuerpo empequeñecido, todo al son de sus gritos.
− ¡¿Qué me has hecho, mentiroso?! ¿Qué me está pasando? -gritaba el gigante con la voz cada vez más aguda.
Menguaba y menguaba hasta quedar del tamaño del dedo meñique del chico. Hagen lo atrapó dentro de un frasco de cristal y lo dejó sobre la mesa. Sacó el arcón de debajo de la cama, y con la llave sacó todos los corazones que contenía, guardándolos en un saco. Cuando estuvo vacío, cogió al gigante que gritaba en su cárcel de cristal.
− ¡¡Sácame, maldito crío!!
El muchacho lo encerró en el cofre cerrándolo con llave, dejándolo nuevamente bajo la cama. Con los corazones y la llave salió victorioso del castillo, su plan había funcionado. Corría para llegar al otro lado del lago, donde descubrió una enorme isla de basura mal oliente flotando en el agua, contenida por una presa. Hagen activó los mecanismos de contención, y la basura se precipitó al vacío desapareciendo en la nada. El lago quedaba libre de tanta basura y libre del malévolo gigante. Hagen volvió junto al cubo donde el pececillo debía esperar, pero no estaba en su interior. Miró en rededor buscándolo, pero no lograba encontrarlo, pajarracos sobrevolaban el cielo y el chico se temió lo peor.
− ¡Qué tonto fui al dejarlo aquí a la vista de esos pájaros! Se lo han comido por mi culpa -se lamentaba el mozo.
− No, Hagen, no me llores, estoy vivo, salté de nuevo al lago al ver que la basura desaparecía del agua. -dijo una fuerte voz. El niño se giró y en la orilla un pez del tamaño de un hombre lo miraba-. El lodo de la orilla derecha del lago hace pequeño a quien lo come, pero el de la orilla izquierda te devuelve al tamaño original. Éste es un secreto que jamás debe llegar a oídos del gigante.
− Gracias por todo, he conseguido vencer a Vodja y recuperar los corazones de mi gente.
− No, Hagen, gracias a ti. Has acabado con el gigante, has limpiado el lago y me has devuelto a mi casa. Cuando recuperes tu corazón, espero seas el hombre más feliz del mundo. Por cierto, dame la llave del cofre, la enterraré en el lugar más profundo del lago, donde nadie la encuentre nunca.
Hagen le dio la llave al pez y se despidieron. El muchacho volvió a su pueblo, donde devolvió a niños, adultos y ancianos sus corazones, llenando de júbilo y alegría toda la aldea, que por fin se veía librada de la maldición del gigante. Las gentes trataron a partir de ese día a Hagen como a un héroe y a sus padres como a reyes. Y así acabó el cuento del niño sin corazón, con todos felices -dijo Cheng Su bajo la atenta mirada de los pequeños que escuchaban su relato-. Cada uno de vosotros ha de ser como Hagen, debéis vencer al gigante y buscar la felicidad hasta encontrarla, estando muy orgullosos si además, hacéis felices a más gente en vuestra vida -“Toc, toc”, la cabeza de Liu Tang asomaba por la puerta”.
