Carmen Matutes
A menudo su hija lo encontraba frente al televisor, la vista fija quizá en una esquina del techo, el oído apagado, el pensamiento en ningún lugar. Ella le tomaba la mano y la acariciaba sin que el hombre reaccionara mostrando alegría o repulsa, tampoco secando la piel fina de sus palmas gastadas, húmedas por las lágrimas de aquella mujer a quien no reconocía, gotas finas de lluvia en un mundo seco. Cuando el viejo se fue, despacio, sin prisa aparente, hacía ya tiempo que no recordaba haber sido.
