José Pastor González

Sunrise (1916)-Gerorgia O’Keeffe
todo va a ir bien. y nos aferrábamos con uñas y dientes a todo ese “todo va a ir bien”. si todo tiene un final. todo tiene un principio. todo empezó cuando se quedó sin trabajo. y aquella noche que lo hablamos con la preocupación y la incertidumbre en la voz y en los gestos, y su “todo va a ir bien” para quitarle hierro al asunto. y «todo va a ir bien» se convirtió en nuestra coletilla, en nuestro salvavidas. y a ese “todo va a ir bien” nos agarrábamos cuando pasaron los meses y ninguno encontrábamos un trabajo. cuando se nos acabó el dinero del paro. cuando dejamos de fumar para quitarnos de un gasto “inútil”. cuando dejamos de comprar aceite de oliva para quitarnos de otro gasto “inútil”. cuando los pocos ahorros que teníamos se fueron en un abrir y cerrar de ojos. cuando los amigos dejaron de llamarnos para salir los sábados por la noche. cuando el banco no nos concedió un préstamo. cuando vendimos el coche. cuando acostábamos a los niños sin cenar.
cuando no podía más y se me escapaban las lágrimas. cuando discutíamos por cualquier tontería por la que no habíamos discutido nunca (por comprarme unas braguitas de 6 euros, por ducharme con agua caliente, por mandarle una carta a mi madre, por los 45 céntimos del sello, por encender la calefacción antes de las seis de la tarde para no morirnos de frío…).
él hizo todo lo posible y lo imposible para que la realidad no nos hundiera, para que no nos rompiera, para que no nos desgastara, para que no nos rindiéramos. luchó lo que no está escrito para que todo fuera bien. pero nada iba bien.
él no quería darse por vencido pero se iba hundiendo poco a poco, a escondidas, sin que nadie le viera. ni yo ni los niños. y yo no podía o no sabía ayudarle. y le cambió el humor y dejó de comer y se enfadaba por cualquier cosa y le atacaba de los nervios cualquier ruido y no dormía más de tres horas seguidas y se encerraba en su silencio, se encerraba en su mundo y de allí solo salía para decirme a los ojos “todo va a ir bien” y abrazarme con fuerza e imitar a Charlot vagabundo para sacarme una sonrisa y el miedo de los ojos. pero le miraba a los ojos y veía su cansancio, su tristeza, su desesperación y el miedo que compartíamos.
y lo intentamos juntos pero no servía, o no sabíamos, o no podíamos. y lo intentábamos una y otra vez para que todo fuera bien. pero nada iba bien. nada, ni un trocito.
y aquella noche que no vino a dormir, aquella interminable noche, supe que todo había acabado. que el hijo puta se había rendido. que el hijo puta me había dejado sola.
y a los dos días cuando la policía nacional vino a comunicarme que habían encontrado el cuerpo de un hombre ahogado en el embalse de Cubillas que coincidía con la descripción de mi marido, ya nada me importaba. porque ya nada importaba. y ya nunca nada iría bien.
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