Distancias de familia

Hugo Dodero

Réunion de famille (c.1867-1868)-Frédéric Bazille





Parada frente al Instituto de Investigaciones Médicas, Adriana apuró el fin de su cigarrillo. Podía sentir cómo se aceleraba su corazón mientras subía los escalones de mármol blanco. La puerta de vidrio enmarcada por columnas de acero inoxidable se abrió. Una alfombra áspera limpiaría la suela de sus borceguíes. Apenas se cerró la primera puerta, se abrió una segunda, también de vidrio, para permitirle el ingreso al salón.

El frío y el ruido del tráfico de la ciudad habían desaparecido. Sólo se escuchaba un suave murmullo de fondo. Una empleada limpiaba el piso reluciente. El aire era cálido, casi asfixiante y olía a desinfectante

Adriana se ubicó detrás de una señora de tapado de piel.

—¿Me permite el documento, por favor? — requirió la Recepcionista —¿Primera vez que viene? Por favor siéntese en las sillas que están pasando la zona de los ascensores y espere que la llamen.

Cuando la mujer se alejó, Adriana entregó su documento. Mirando la pantalla, la recepcionista le indicó:

—¿Ve los asientos que están antes del dispenser de agua? Ahí la van a llamar.

Estaba por sentarse cuando salió de los parlantes una voz inexpresiva diciendo “Di Marco Adriana, ventanilla siete”. La recibió una empleada de impecable saco azul, camisa gris perla y pañuelo de seda con los colores del logo del Instituto. Ingresó el número de documento en una computadora y dijo sorprendida:

—Los resultados están desde hace más de una semana. Ojalá todos manejaran la ansiedad tan bien.

Tipeó algunos datos y mandó a imprimir una hojita. Se reclinó hacia atrás para alcanzar la impresora que compartía con el Box contiguo. La selló, firmó y dobló prolijamente en tres, ocultando lo impreso. La introdujo en un sobre alargado, que cerró.

—Acá está el informe. Que tenga buen día.

Adriana apenas sonrió. Ensayó un “gracias” que no llegó a escucharse. Metió el sobre en la cartera y se marchó. La recibió el frío viento del invierno. Buscó la parada del colectivo que la llevara a su casa. Sus hijos estarían volviendo del colegio. Se puso los auriculares mientras miraba por la ventanilla. Cada tanto verificaba con su mano que el sobre permaneciera en la cartera. Cuando llegó a Parque Patricios se bajó del colectivo y encendió un cigarrillo.

Buscó un banco alejado de la gente. El sol apenas entibiaba el aire y las madres luchaban para abrigar a sus hijos entre toboganes y hamacas, antes del regreso al hogar. Cruzando la calle, una topadora volteaba sin esfuerzo las paredes de una casa, que hasta ayer formaba parte del paisaje del barrio. No era una linda casa, aunque se notaba que había sido bien construida. Tenía dos plantas y en el frente aún quedaban algunos restos de esas molduras tan características de la época. Los balcones parecían sostenidos por cabezas de leones que mostraban sus colmillos. Se notaba el abandono. Si alguien la hubiera cuidado al menos un poco… si alguien le hubiera brindado algo de amor y no hubiera dejado que el paso del tiempo la hubiera castigado… si hubieran reparado sus grietas apenas aparecían, quizás ahora no estaría siendo demolida. Parecía que todos la usaron mientras aguantaba, y cuando empezó a necesitar atención, en lugar de intentar repararla, optaron por deshacerse de ella. Era una construcción fuerte con paredes gruesas que ahora se desplomaba sin ofrecer resistencia, cansada de luchar por mantenerse en pie.

A ella tampoco le quedaban fuerzas. Estaba cansada de ser el sostén de una familia que parecía estallar ante cualquier problema. “Vos sos fuerte” le dicen, y quizás por eso, siempre la dejan sola. Sólo se sentía comprendida por Marcelo, un compañero de trabajo un año mayor que ella, que descubrió que no era hijo de quienes decían ser sus padres. Había nacido en 1978, en pleno Mundial de Fútbol, o al menos eso decía la falsa partida de nacimiento que encontró en su casa. Seguramente sus padres verdaderos estaban entre los desaparecidos en la dictadura. Los dos compartían la misma sensación de “no pertenecer” a la familia con la que vivían.

Adriana arrojó el cigarrillo, aunque apenas había consumido la mitad, y mecánicamente su mano temblorosa buscó otro en el bolsillo del abrigo. Logró prenderlo con dificultad y soltó una gran bocanada de humo. Se quedó un buen rato con el cuerpo inclinado hacia adelante viendo cómo, junto con la casa, se hacían polvo las cenas navideñas, las peleas, los besos a escondidas y todos los recuerdos de los que alguna vez habían vivido ahí, para dar paso a algo nuevo. Tomó el sobre que guardaba en la cartera y lo puso a trasluz para no dañar el informe al abrirlo. Algo tan simple como una hoja de papel, manchada con miles de gotitas de tinta repartidas caprichosamente, era como esa topadora que de un golpe podía derrumbar su vida. ¿Valía la pena saber? ¿Cómo se despertaría mañana si la respuesta es la que su corazón intuye? ¿Quién sería ella después de conocer la verdad? Marcelo tenía un hijo que llevaba el apellido de la madre, porque él sabía que el suyo no era verdadero. Igual que ella, Marcelo odiaba festejar su cumpleaños. Imaginaba a su madre pariendo en una sala de torturas, implorando para ver al menos una vez a su hijo recién nacido al que entregarían a una familia con los adecuados valores morales cristianos y occidentales. No podía festejar esa atrocidad. ¿Estaba ella en condiciones de ver la verdad?

“Los secretos generan distancias” le dijo un día Marcelo. Recién ahora comprendía el sentido de la frase. Guardó el sobre en la cartera y empezó a caminar rumbo a la casa donde estaban sus hijos. Ellos eran su única certeza en la vida y, dependiendo de los resultados del examen, podían quedarse de la noche a la mañana sin abuelos, sin tía y sin primos. Era demasiado. No podía hacerles eso.

Se detuvo frente a un cesto de residuos. El temblor de sus manos casi le impide agarrar el sobre. Un golpe en la pierna derecha casi la hace caer.

—¡Perdón! —grita una voz femenina —¡Mirá por donde andás, mocoso!

Adriana se agachó a la altura del triciclo que la había atropellado. Sobre él, un niño de ojos celestes la miraba asustado.

—No te preocupes. No pasó nada. ¿Cuantos años tenés?

El niño le mostró la mano abierta, con el pulgar doblado hacia adentro.

—¿Cuatro añitos, tenés?

El niño asintió con la cabeza.

—¿Cómo te llamás?
—Joel, se llama —respondió la madre, que llegaba con voz agitada.
—¿Y vos cómo te llamás? —preguntó Joel

Mientras acariciaba el cabello enrulado del niño, con la garganta ahogada en llanto, Adriana alcanzó a musitar.

—¿La verdad? No sé, mi amor… no sé.

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