Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “Los Toros y la Plaza de Acho”

Ítalo Costa Gómez





«No me importa si un animal es capaz de razonar. Solo sé que es capaz de sufrir, y por ello lo considero mi prójimo».
(Albert Schweitzer)

Mis abuelos siempre iban a la Plaza de Acho (dónde se realizan las faenas en Lima, Perú). Recuerdo claramente cómo elegían los vinos y la forma en la que se vestían. Eran aficionados a las corridas de toros. Creo que mi abuela más por verse con sus amigas y reunirse todos a comer que por los toros en sí. Había un problema conmigo cada vez que se tocaba el tema. No soportaba hablar del asunto y no tenía la autoridad de callarlos. Solo podía irme.

Alguna vez les conté que mi mamá no permitía animales en casa. Me decía que era injusto que el perro o el gato viviera solito todo el día porque ella y mi padre trabajaban desde las siete de la mañana hasta las seis de la tarde mientras que yo llegaba del colegio a las cuatro a comer y hacer tareas. Me enseñó que si vas a tener una mascota tienes que darle amor y una buena vida; nunca condenarlo a estar solo en un patio o metido en un departamento para que sufra; que eso no era sano para el animalito. Me enseñó a tener conciencia sobre sus sentimientos y la calidad de su tiempo en el mundo. Entonces si condenar a un animal a la soledad era cruel como podían gastarse un dineral para ver cómo mataban a uno haciendo palmas y pidiendo sangre a gritos con sus amigos. Encima decían honrar al toro. Que era tema de honor.

Desde pequeño consideré una barbarie lo que pasaba en las corridas de toros. Escuché mil veces los argumentos a favor como los de mi querido Fernando Roca Rey (torero y modelo peruano), estudié sobre los famosos toros que eran criados y cuidados durante toda su vida preparándolos para la faena. Que sin éstas corridas no existirían. Ninguno me pareció válido tras ver con mis propios ojos una de esas faenas. El dolor del animal, sus ojos apagándose ante las palmas del público. Estocada tras estocada. Ver cómo exhibían la oreja y rabo del toro. Era algo espantoso y aterrador. A muchos amigos míos les encanta el espectáculo al que llaman «cultural» y me han relatado los inicios, la historia de la Plaza de Acho, la elegancia del toreo y los trajes de luces y nunca pudieron cambiar mi opinión. Como tampoco pudo hacerlo mi abuelo.

Sentía orgullo al escuchar a la bailarina y maestra Morella Petrozi – vegana y defensora de la vida animal – que consideraba las corridas como un espectáculo terrible e inhumano. Igual con Daniela Sarfati y tantos amigos que siempre estuvieron en contra de que este encuentro siguiera vigente en estos tiempos.

El Consejo Municipal de Lima aprobó el proyecto que prohíbe totalmente el arrendamiento de la Plaza de Acho para eventos involucrados con la crueldad animal según lo informó el regidor metropolitano Carlo Angeles. La noticia me llenó de alegría y sé que dejará buen mensaje en los más jóvenes.

Los tiempos han cambiado. El hecho de que el mundo haya pasado una pandemia y que nosotros seamos los protagonistas de esta historia nos ha hecho despertar al hecho de que todos somos iguales. Blancos, negros, indios, chinos. Todos somos humanos e igual de vulnerables. Estamos tomando más en serio el cambio climático y estamos tomando medidas serias al respecto. Estamos reciclando y cuidando más el planeta y a eso debemos sumarle el firme propósito de erradicar todo maltrato animal y todo acto violento que atente contra la vida en general. También va para los gallos, caballos y todo ser vivo.

«El arte de torear consiste en convertir en veinte minutos a un bello animal en una albóndiga sangrante ante un público alborozado».

Mejoremos el mundo para tus hijos. Que nos den parte del crédito del cambio.

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