La ciudad vampiro (FINAL)

Paul Feval






Al principio se sintió un poco perplejo e incluso contrariado por el salvaje asalto de los vampiros, a quienes creía todavía lejos. Uno puede cometer este tipo de errores cuando pelea contra seres sobrenaturales. Por lo general, su agilidad y destreza es muy superior a la de cualquier humano.

Sin embargo, el asombro del criado no le impidió arremeter de un cabezazo contra la barriga del vampiro que le abrasaba con su aliento, aunque el golpe, amortiguado por el pelo, le produjo una impresión tan desagradable de frío que se propuso no volver a tocar a esos animales más que con el pie; y eso que él no era nada remilgado. A pesar de su bella apariencia de jaspe, el pecho de ese vampiro era fofo y frío como la panza de un pescado.

Aun así, el cabezazo había sido bueno, y la maldita bestia se vio lanzada contra la turba apretada, y después fue tirando, al retroceder tambaleando antes de caer, a media docena de vampiros. Aquello abrió un hueco suficiente como para que Merry lograse mirar hacia atrás. Al ver que se encontraba separado de sus compañeros por una muralla espectral y movediza, se sintió completamente derrotado, cercado y abandonado.

—¡Eso es lo que puede esperarse de los ingleses! —se quejó lastimero.

Su desgracia le hacía ser injusto con la más civilizada de las naciones. ¡Aunque puede que tuvieran el suficiente juicio como para comprender que un irlandés siempre logra salir adelante de cualquier situación!

Entonces comenzó a lanzar coces a su alrededor, de forma tan violenta que le hizo ver las estrellas a todos los vampiros que le rodeaban. No había un solo testigo que pudiese gozar de tan maravilloso espectáculo: un simple criado manteniendo a raya a todos los vampiros de la tierra, rebeldes y en el paroxismo de la furia. Se trata de algo increíble, no puedo negarlo, pero completamente cierto. Y Merry Bones, al derribarlos, les cantaba además descabelladas canciones de su tierra, y les gastaba bromas pesadas que sólo se le pueden perdonar atendiendo a su mala educación.

Pero debemos ser justos. ¡Eran demasiados! ¡Y seguían viniendo cada vez más! Los perros, por su parte, se mostraban especialmente furiosos. Los pájaros también se encarnizaban de forma insoportable, y cuando a ellos se les sumaron las arañas y los murciélagos malolientes, Merry Bones perdió por completo la paciencia. No se trata de que los maestros-vampiros sean muy numerosos. Por fortuna no lo son, o de lo contrario el mundo se extinguiría exangüe. Lo que pasa es que cada uno tiene su réplica, y además arrastra con él a esas bestias accesorias, que también tienen la capacidad de multiplicarse. Un vampiro banquero, de esos que ha mantenido altas finanzas o ha pertenecido a la nobleza, es capaz de mantener a cientos de estos esbirros, y los aristócratas nunca han tenido menos de cincuenta. Eso le confiere a la Ciudad de los Vampiros una población flexible, que puede replegarse dentro de sí misma como las diferentes secciones de un catalejo, o los diferentes tramos de una caña de pescar. Resulta agotador, porque por más que se pode este prado vivo y movedizo, absolutamente abominable, nunca se logra nada.

Hubo un momento en que el desgraciado Merry Bones se encontró en verdaderas dificultades. Tenía dos perros agarrados a cada una de sus piernas, tres arañas colgándole de la espalda, un murciélago en cada axila y varias docenas de sanguijuelas extendidas por todo el cuerpo. Cuatro buitres gigantescos se peleaban por sus ojos mientras los hombres, lanzando verdes resplandores, le atacaban violentamente con toda clase de armas. Era como para poner en dificultades al guerrero más audaz.

De repente se dio una palmada en la frente: acababa de tener una idea. Había dejado el cucharón en el suelo, entre sus piernas, para poder tener libres las dos manos. Ustedes no habrán olvidado, sin duda, que el cucharón contenía las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi. Merry Bones recordó en aquel trance que Polly había insistido vehementemente en las propiedades de esas cenizas. Para ver si era verdad, se apoyó sobre sus manos con la intención de quitarse de encima a esa chusma que lo cercaba, y lanzó tantos y tan salvajes puntapiés a su alrededor que logró hacer retroceder unos pasos a sus atacantes.

Al lograr de ese modo un pequeño espacio, levantó el cucharón y lo colocó bajo las narices del primer vampiro que se le vino encima. El efecto fue fulminante. El hombre verde explotó repentinamente, ya que ésa es la expresión que me parece más apropiada para el estornudo que destruyó a la bestia, haciendo jirones sus vestidos y provocando daños también a su alrededor. El resultado le dio a Merry una de las alegrías mayores de su vida. Inmediatamente lanzó un rosario de todas las imprecaciones conocidas al oeste de Irlanda, mientras enterraba el mango del cucharón en la mata de su pelo, donde se mantuvo tan firme como si se lo hubiese clavado en la cabeza. Acto seguido ejecutó entusiasmado las piruetas del Lilliburo, su baile nacional. Entonces le hizo señas a la chusma, indicando que quería hablar:

—¡Hatajo de serpientes! —gritó—, ¿entendéis el irlandés? Si me dejáis en paz no acabaré con vosotros, exterminando hasta el último. Pero si seguís impacientándome…

Le interrumpió inmediatamente un agudo estruendo, formado por voces de hombres, berridos de mujeres, aullidos de perros, silbidos de pájaros y murciélagos, y chillidos de reptiles. El clamor decía:

—¡Eres nuestro prisionero! Hemos cerrado la puerta, bajado los barrotes e izado el puente. Si no podemos acabar contigo por la fuerza, entonces te mataremos de hambre y le daremos de beber tu sangre a nuestros cerdos.

El pobre criado comenzaba precisamente a sentir hambre, por lo que la idea de morir de ese modo le hizo explotar en justificada cólera.

—¡Eso ya lo veremos, por cien mil diablos! —exclamó mientras se remangaba.

Y enarbolando el cucharón como si fuese una mágica bandera, se dirigió con paso firme hacia la puerta de salida.

Nadie le cerró el paso. La muchedumbre de espectros se mantenía a distancia, sonriendo burlona.

Efectivamente, al llegar a la puerta el criado se encontró con que estaba cerrada y atrancada. Intentó derribarla, pero le habría sido más fácil arremeter contra las torres de la abadía de Westminster. Contrariado, permaneció un momento titubeante, y la canalla empezó a lanzar carcajadas al ver su estupor.

—¡Quien ríe el último ríe mejor! —gruñó el irlandés, que se rascaba ambas orejas hasta hacerse sangre, en busca de una idea.

La chusma le replicó, a distancia:

—¡Morirás de hambre, miserable pordiosero! ¡Morirás de hambre!… ¡De hambre!
—¡Morirás de hambre, morirás de hambre! —les imitó Merry Bones.

Y al tratar de burlarse de ellos con un gesto vulgar, ejecutó un movimiento tan torpe que el cucharón se viró, yendo a desparramarse en el suelo las cenizas del corazón del vampiro Goëtzi.

La turba enloquecida profirió entonces un aullido de triunfo, como celebración de aquel accidente de imprevisibles consecuencias, e inmediatamente comenzaron a moverse con renovada furia. Al principio el criado irlandés quedó aturdido, pero inmediatamente se dio tres palmadas en la frente y guiñó el ojo como suelen hacer los irlandeses:

—¡Se me acaba de ocurrir una idea! ¡Esperad un segundo, vamos a reírnos!

La ceniza había caído al ras de la puerta, que estaba forjada en acero fundido. Mientras la turba se le acercaba ruidosamente, Merry Bones comenzó a rascar el suelo, recuperando toda la ceniza que pudo y colocándola de vuelta en el cucharón. Con el resto hizo un pequeño montoncito. Entonces se giró. Aquél era el momento. Toda la jauría de cuadrúpedos, bípedos, aves y reptiles se abalanzó al unísono sobre él. Escogió de entre todos a una hermosa vampiro de cabellos rubios que apestaba a perfume, agarrándola por el cuello. Actuó de forma tan rápida que nadie logró impedírselo, y casi no hubo tiempo para que de los abrasadores labios de la bestia saliese una maldición.

A pesar de todas las mordeduras, picaduras, mazazos y aletazos que le habían dado, el criado irlandés utilizó su poderoso brazo, y obligó a la vampiro a inclinarse hasta que sus labios tocaron el montoncito de cenizas. Ya conocen ustedes la violencia de aquel producto, cuyo simple olor había hecho saltar por los aires a un vampiro. En cuanto los labios ardientes de la cortesana tocaron la ceniza, no se produjo una explosión, sino la erupción de un volcán semejante a la del Vesubio o el Etna. La puerta de acero fue arrancada de cuajo y lanzada a una distancia increíble; la reja saltó hecha añicos, también; y la muralla quedó reducida a fragmentos que podrían haber servido como pavimento. Por algún sorprendente efecto, el puente levadizo permaneció sin embargo intacto; únicamente se rompieron sus cadenas, lo que hizo que cayera de plano en su sitio de costumbre, sobre el foso, y lo justo como para permitir el paso del pobre Merry Bones.

¿Es necesario que les cuente los destrozos que se produjeron entre la marabunta de vampiros? No. Seguramente se los pueden imaginar fácilmente. Bastará con que les cuente que Merry Bones salió únicamente con algunos rasguños superficiales, unos pocos moratones, y dos tercios de su cabellera chamuscada. Pero como pensaba cortarse el pelo al día siguiente, esta circunstancia incluso le ahorró trabajo.

—¡Eh, muchachos! —gritó hacia el picadillo de vampiros que había esparcido a su alrededor—, ¿os ha gustado la broma? ¡Que lo paséis bien!

Y cruzó el puente, retorciéndose de risa.

A pesar de su brillante proeza, el desdichado Merry Bones no había llegado todavía al final de sus problemas. Una vez atravesado el puente levadizo penetró en la oscuridad, densa y opaca. Al principio intentó alejarse tan rápido como se lo permitieron sus piernas, aunque después de unos pocos pasos, sorprendido al no oír ningún ruido a su espalda, se giró y no vio nada.

¡Estaba en medio de la más impenetrable oscuridad, y del más completo silencio. El mero hecho de darse la vuelta fue suficiente para que se desorientara, y comenzó a caminar erráticamente, presa de un miedo visceral hacia lo desconocido. Lógicamente, debería haber seguido andando hacia delante, en línea recta, pero la gente de su país tiene una veleta dentro de la cabeza. Sin ningún motivo, giraba repentinamente hacia la derecha, obedeciendo a un capricho pasajero; un momento después le daba la impresión de que estaba regresando hacia Selene, y giraba nuevamente hacia la izquierda. No podía avanzar demasiado siguiendo aquel sistema.

De esta forma caminó, aunque sin avanzar apenas, nuestro pobre Merry Bones. Después de media hora, cuando cambiaba por enésima vez de dirección, chocó violentamente contra un hombre que caminaba en dirección opuesta.

—¡Idiota!
—¡Animal!
—¡Increíble! ¡Es Grey-Jack!
—¡Señorita! ¡Señorita Ann! ¡El inútil de Merry Bones no ha muerto!

Ése fue el peculiar diálogo en medio de la oscuridad. Justo en ese momento se produjo un resplandor entre las tinieblas, y nuestra querida Ann apareció sujetando una vela que iluminó a Ned, Jack y el cajón de hierro. Ya no viajaban con el doctor Magnus ni con el joven pintor esclavonio, personajes de poca importancia que se habían despistado y cuyo destino es fácil de imaginar si les digo que aquella oscuridad estaba infestada de vampiros sedientos de venganza y ansiosos por devorar a alguien.

Nuestra querida joven y su grupo estaban tan perdidos como el pobre criado irlandés. Se preguntarán ustedes cómo era posible que pasara esto, ya que viajaba con ellos Polly Bird, antigua réplica del señor Goëtzi, y que debía estar ya acostumbrada a aquellos trucos del diablo. Les contestaré que la desgraciada había sufrido una terrible conmoción al serle cortado el hilo espiritual que la unía a su amo y señor. No es posible soportar una operación como ésa sin que la salud se resienta gravemente. Los acontecimientos que siguieron, terribles y dramáticos, acabaron por agotar sus escasas energías, especialmente al tener que respirar el aire viciado del interior del ataúd. Todos aquellos motivos hicieron que la antigua Polly se adormeciera dentro de su féretro, y fueron en vano todos los intentos que se hicieron a partir de entonces para conseguir que despertase.

Se pararon un instante para meditar sobre su situación. Merry Bones aprovechó el momento para sacudirse el escaso pelo que le quedaba y para quitarse de encima los jirones de ropa de los vampiros que habían explotado a su lado. Nuestra querida Ann examinó atentamente aquellos restos, con una curiosidad propia de su interés por la Historia Natural. Entre otras cosas, la joven observó lo siguiente: la carne de vampiro es de muy poca consistencia, blanda, e incluso un poco viscosa. En medio de la oscuridad, Ella se dio cuenta de que irradiaba un pálido resplandor verde fosforescente. Al darle la luz, sin embargo, aquellos restos mostraban un color verde oscuro, moteado de rojo negruzco. Todos los detalles son pocos para la ciencia, y por eso les transmito todas estas cosas exactamente igual a como me las contaron.

El grupo decidió unánimemente que tenían que atravesar a cualquier precio aquella densa oscuridad.

Atendiendo a su instinto, debían de ser en ese momento las dos de la tarde aproximadamente; si conseguían alcanzar el borde de aquella noche artificial se tropezarían, muy probablemente, con el pleno día. Merry Bones se puso nuevamente al frente de la columna de expedicionarios y ordenó reemprender el camino.

Después de una pesada y tediosa marcha, un grito brotó al mismo tiempo de todos los corazones:

—¡Luz!

Era sólo un débil resplandor. ¡Pero qué alegría les dio ver, aunque fuese confusamente, algo parecido a la claridad! Nuestros amigos iban a acelerar la marcha, cuando inesperadamente se detuvieron, paralizados de espanto. Nubes verdosas cruzaban el cielo al tiempo que se oía un sordo clamor, semejante al estruendo de una cabalgata, mientras largas filas de pálidas sombras aparecían por sus flancos. —¡Los vampiros!

Por desgracia era cierto. Todo lo que había quedado vivo en la Ciudad de los Vampiros había montado a lomos de un dogo, de un león o de un tigre, y la salvaje caballería rodeaba ya a los fugitivos, mientras otros asesinos, subidos sobre murciélagos de diferentes especies, surgían de la oscuridad y llegaban por los aires haciendo chasquear las membranosas alas de sus monturas. ¡No les quedaban esperanzas! Merry Bones había perdido en el camino su célebre cucharón. Era el final de la aventura.

Pero justo en ese agónico momento, en el instante en que las huestes sedientas de sangre se abalanzaban desde todos sitios sobre nuestros amigos, pudo escucharse en la distancia una melodía celestial. No es necesario decir que la oscuridad comenzó a desaparecer ante aquella maravillosa música que parecía traer consigo a la venerada luz del sol. La horda de vampiros, durante un segundo asustada y titubeante, huyó en estampida dando alaridos, como cien diablos derrotados por la aparición de un único ángel.

Porque era realmente un ángel el que llegaba. Existen seres adorables que, al igual que los ángeles, sólo necesitan aparecer para producir milagros.

No es necesario que lo proyecten o que se lo propongan: basta solamente con que aparezcan.

El muy venerable Arthur (al que en otras tierras bautizamos acertadamente como «el desconocido de apariencia divina») no había llegado hasta las llanuras de Serbia para proteger a nuestra querida Ann y sus amigos. Al igual que en Holanda, se dedicaba aquí a estudiar el arte de la guerra bajo la tutela del respetable clérigo, miembro de la comunidad anglicana, que lo acompañaba como mentor. En aquel momento visitaba los campos de batalla donde se habían instruido en el pasado Solimán II, el príncipe de Baviera, el príncipe Eugenio y muchos otros.

En efecto, era el honorable Arthur, rubio, sonrosado y barbilampiño, montado en su silla de viaje admirablemente confortable. Mientras el venerable religioso dormía la siesta después de una copiosa comida, el joven noble olvidaba por un instante sus incipientes estudios y cantaba el God save the king con la ayuda de una guitarra.

Y pasó de largo, sin dirigir una mirada a los expedicionarios a los que acababa de regalar la existencia.

Ella se negó a volver a Semlin. Abandonaron el torrencial Danubio y se dirigieron hacia el oeste para correr, por fin, a salvar a la pobre Cornelia. Como ya no tenían nada que temer del señor Goëtzi, el viaje resultó placentero por las llanuras de Bosnia, un país desconocido y muy fértil, donde los habitantes visten trajes convenientes. El desfiladero de Tina les permitió un paso en medio de las montañas. Tras alcanzar el otro lado, se encontraron con las abruptas cimas de los Alpes Dináricos, en medio de los cuales se erguía orgulloso el castillo de Montefalcone.

Desde hacía varios días el ataúd de hierro estaba vacío. Polly Bird se había portado tan bien en la Ciudad de los Vampiros que no provocaba ya ninguna desconfianza. La pusieron en libertad, sin que ella abusara en absoluto de ese privilegio. Tampoco les sorprendió el uso inmoderado de bebidas alcohólicas por parte de esta doncella, puesto que es frecuente en las jóvenes campesinas inglesas, que comparten esta afición con damas de alta cuna.

Como todavía llevaba además ropas del otro sexo, sus muchos pecados de embriaguez resultaban menos impropios. No habrán olvidado ustedes que la antigua Polly todavía representaba el papel de réplica del señor Goëtzi. Ésta era la única forma de poder introducir a Ned Barton dentro de las murallas de la inexpugnable fortaleza. Homero empleó una estratagema parecida en su inmortal epopeya, y lo cierto es que el ataúd de hierro podría perfectamente pasar por una versión moderna, y reducida, del caballo de Troya.

En lo físico, Polly había cambiado ligeramente desde la muerte de su seductor. Había menguado, ofreciendo el aspecto de un señor Goëtzi empequeñecido por el cansancio o la enfermedad. Al mismo tiempo, no obstante, había adquirido un aire de importancia que no agradaba a nuestra querida Ann. El único que lograba hacerle que obedeciera era Merry Bones. No es ningún misterio cómo lo lograba: le atizaba un cabezazo en la barriga o un puntapié algo más abajo, en el lado contrario, siempre que ella no se comportaba como él quería.

En la noche del sexto día entraron en los desfiladeros y enseguida los rayos de la luna iluminaron la enorme masa del castillo condal, que Ella inmortalizara con el nombre de Castillo de Udolfo.

No se veía ninguna luz sobre los muros ni a través de las ventanas góticas de las diversas alas del edificio. Todo parecería estar muerto en la antigua fortificación, de no ser porque una forma humana hizo su aparición en la parte más alta de una elevada torre. Era una joven (o al menos su sombra) vestida con largos velos blancos.

—¡Ya la veo! ¡Es ella! —exclamó Ann. Y Edward, uniendo sus manos con delicada sensibilidad, exclamó:
—¡Oh, Cornelia! ¡Mi amada! ¿Es a ti a quien veo, o es sólo tu fantasma bienamado?

Para conseguir su objetivo, nuestros amigos tenían que separarse allí en dos grupos. El señor Goëtzi, como volveremos a llamar en lo sucesivo a la desdichada Polly Bird, debía entrar solo en el castillo con el cajón de hierro, que transportarían dos hombres del pueblo contratados en la ciudad de Bihac, que tiene la peculiaridad de encontrarse ubicada en medio de las aguas del río Una. Nuestra querida Ann, Merry Bones y el viejo Grey-Jack habían acordado vigilar desde el exterior.

La hora en que tuvieron que separarse les resultó muy triste. Los viajes crean cierta intimidad; los peligros compartidos producen inevitablemente un cierto acercamiento, y no he ocultado que en los primeros trastornos de su corazón Ella le había dedicado a Edward S. Barton sus preferencias. Por eso, cuando tuvo que separarse de él, tal vez para siempre, no pudo evitar derramar algunas lágrimas, aunque enseguida se impuso su excepcional fuerza de carácter y dijo con tono enérgico:

—Marchaos, Edward Barton, mi amigo y hermano. Id hacia donde el deber os llama. Sed tan prudente como valiente en medio de los peligros desconocidos que os envuelven. Recordad que viajan con vos mis oraciones, y que día y noche estaré preparada para correr en vuestro auxilio.

Ella se volvió y los demás abrieron el ataúd.

Edward se introdujo entonces en él, y los dos hombres de Bihac lo cargaron sobre unas parihuelas.

El señor Goëtzi conocía, naturalmente, la contraseña. Después de llamar desde el otro lado del foso (ya que no tenía un cuerno de caza consigo), intercambió las palabras necesarias con el vigía, que le permitió el paso. Cuando le preguntaron qué quería, replicó:

—Deseo ver inmediatamente al conde Tiberio.
—El conde está acabando ahora de cenar —le respondieron—. No es momento adecuado para visitas.
—Cualquier momento es adecuado cuando se trae una buena noticia —insistió el señor Goëtzi—. Id en presencia del conde y explicadle que el hombre que acaba de llegar le trae el ataúd de hierro.

El criado hizo lo que le mandaban. Cuando el señor Goëtzi se quedó de nuevo a solas con Edward, se agachó hacia uno de los orificios del cajón metálico y dijo en un susurro:

—Todo marcha viento en popa. Intentad haceros bien el muerto.
—Estoy dispuesto a lo que sea para salvar a mi amada, pero ¡por mi honra! ¡Aquí me estoy asfixiando! El retorno del criado acabó con este diálogo.

El conde esperaba al señor Goëtzi en sus aposentos. Llamaron de nuevo a los hombres del pueblo, que volvieron a colocar el ataúd de hierro sobre las parihuelas. Se adentraron entonces a lo largo de trece corredores, y atravesaron docenas de habitaciones que en otros tiempos debieron de ser magníficas, aunque el deplorable estado en que se encontraban denotaba un abandono de varios siglos. El señor Goëtzi no pudo reprimir una sonrisa diabólica al pasar junto a las ruinas que indicaban el antiguo emplazamiento de la alcoba de la condesa viuda de Montefalcone. Toda aquella ala del castillo, todavía no rehabilitada, despertaba en él el recuerdo de su incursión al mando de su fallecido amo y se dijo a sí mismo:

—¡Todo aquello estuvo bien, pero ahora lo haré todavía mejor!

Supongo que ya comienzan ustedes a comprender que el desdichado Ned y nuestra querida Ann habían hecho muy mal en depositar en él su confianza.

Por fin llegaron a una zona mejor conservada, con alfombras ya reparadas y muebles sin manchas de polvo.

El conde Tiberio Palma d’Istria se encontraba sentado, o más bien tumbado, en un sillón cuya confección se remontaba a la era de los Dux.

Estaba borracho, como solía pasarle todas las noches después de comer. Letizia le había inculcado esta costumbre salvaje para poder dominarlo mejor. El señor Goëtzi apareció, seguido por los dos porteadores, que dejaron el cajón de hierro en el suelo, recibiendo inmediatamente la orden de salir de la habitación, aunque sin marcharse del castillo.

—¿Traes al inglés en ese arcón? —interrogó Tiberio—. ¡Buenas noches, bribón!
—Os saludo, monseñor —contestó Goëtzi—. Sí, traigo al inglés.
—¿Está completamente muerto?
—Me sorprende incluso que no os sintáis todavía molesto por el olor que desprende el cuerpo.

Tiberio, que se creyó lo que le decía, se tapó inmediatamente la nariz.

—¿Deseáis verle? —añadió el señor Goëtzi, girándose hacia el cajón.
—¡Vete al infierno! —gritó el conde—. ¡Acabo de terminar de cenar! No juegues con mi estómago. ¡El inglés ya debe de haber sido devorado por los gusanos, porque tú, maldito, te tomaste todo el tiempo del mundo para traerlo hasta aquí!
—El féretro es muy pesado, y el camino largo —se excusó el señor Goëtzi.
—¡Qué cosa infecta! De acuerdo, hagámoslo rápidamente. ¿Qué fue lo que te prometí como recompensa?
—A la signora Letizia Pallanti.
—¿Es eso cierto, bribón? Me parece perfecto. La amé como a la niña de mis ojos, pero ya ha pasado el tiempo y ella todavía lleva la peluca de una muerta. ¡Ja, ja, ja! ¡Pobre condesa Greete! ¡Menuda broma le gastamos! Pero ahora deseo desposar a Cornelia, mi discípula, para poder gozar de su juventud al mismo tiempo que lo hago de su fortuna… ¡Perfecto! Ahora deja al inglés en los calabozos. Letizia es tuya, ya puedes irte con ella de una vez. Di, cuando bajes, que me suban más vino y me traigan a mi discípula Cornelia.

El señor Goëtzi se marchó entonces con el ataúd de hierro, mientras el conde Tiberio seguía bebiendo. Ned, a pesar de su incómoda situación, se alegró por el éxito del engaño. Estaba seguro de que ahora lo llevarían al lado de Cornelia, y que ésta encontraría alguna forma de hacer entrar a sus amigos en el castillo. Ése había sido el plan acordado, y las esperanzas de Edward se vieron reforzadas cuando el señor Goëtzi ejecutó únicamente la mitad de las órdenes del conde Tiberio. Pidió que le llevaran más vino, pero no dijo nada de Cornelia.

¿Cuántos pasillos, cuantos puentes levadizos, escaleras, aposentos deshabitados y salones separaban la alcoba de Tiberio de la de Letizia?

La hermosa italiana estaba tumbada a la usanza oriental sobre una montaña de almohadas. Había engordado bastante últimamente. ¡Allí fue donde Ned comenzaría a entender muchas cosas!

—¿Me lo traéis vivo? —preguntó la Pallanti nada más ver al señor Goëtzi.

Y al decirle éste que sí, ella se puso en pie sobre los almohadones, exclamando:

—¡Oh, cielos! ¡Debes de estar muy incómodo ahí dentro, mi amor! ¡Abrid enseguida este ataúd para que pueda embriagarme de gozo al verlo y estrecharlo contra mi corazón!
—¡Calma! —contestó sin embargo el señor Goëtzi—. Este muchacho es fuerte y decidido. Si lo dejáramos en libertad no tardaríamos en arrepentimos.
—¿Crees acaso —interrogó Letizia— que se podría resistir a mis encantos?
—Estoy convencido. ¿Es que no sabéis que a quien ama es a Cornelia?
—¡Esa flacucha! —exclamó la signora con un gesto de desdén—. ¡Apuesto a que ni siquiera pesa cien libras de buena carne!

El señor Goëtzi respondió con una mueca y prosiguió:

—Cada cual tiene sus gustos. Yo, sin ir más lejos, la quiero a ella como recompensa, tal y como está.

Ned pensó que no había oído bien. «Seguramente», pensó, «Polly está representando su papel todavía».

—De acuerdo; es justo —respondió sin embargo la italiana—. Te la prometí y será tuya, pero no ahora.
—¿A qué hay que esperar? Tengo prisa.
—Todavía tenemos que deshacernos de ese cretino de Tiberio.
—Eso llevará tiempo —objetó el señor Goëtzi.

Letizia insistió:

—Todo estará preparado mañana por la mañana. Si tienes sed, puedes pedir a mi undécima doncella: ¡tiene dieciséis años… una palomita! La rapté en la granja esta mañana, y podrás comprobar que su sangre es mucho mejor que la de Cornelia.

Por uno de los orificios, Edward pudo ver cómo la mirada del señor Goëtzi brillaba ante aquellas palabras. ¡Entonces cayó la venda de sus ojos! Pensó con espanto que Polly continuaba siendo vampiro, y que él se hallaba a su merced.

—No rechazaré a la joven campesina —dijo entonces Goëtzi—, sobre todo después de lo mucho que he padecido en este viaje y de las pocas ocasiones que he tenido para alimentarme bien. Pero os advierto que no debéis iros a dormir en confiada seguridad. Hay enemigos en las proximidades del castillo.
—¿A qué te refieres?
—Estoy hablando de miss Ann Ward y sus criados.

Ned se estremeció entre las paredes del ataúd metálico. Sin embargo tuvo el temple suficiente como para no mostrar su desaliento con alguna imprudente exclamación.

Entre la italiana y el señor Goëtzi se produjo, a pesar de ello, un momento de silencio. Ella parecía sumida en profundas meditaciones.

—Escucha —dijo finalmente—. Lo mejor será que desciendas por el subterráneo del Norte, que es el más corto de los cuatro, puesto que sólo tiene una legua. Cuando llegues al final, haz girar la piedra que está montada sobre goznes, y así podrás acceder a la campiña. Te unirás entonces a la inglesa y sus esbirros y te ofrecerás hábilmente para conducirlos hasta Cornelia, aunque los traerás ante mi presencia. Yo me ocuparé de lo demás. ¿Está claro? Obedece, entonces. Mientras tanto le daré al hermoso Edward algunas explicaciones, después de las cuales estoy convencida de que me ofrecerá gustoso su corazón y su mano.

La celda de nuestra querida Cornelia se encontraba en el piso más alto del torreón. No por clemencia, sino ante el temor de que una reclusión excesivamente rigurosa pudiese mermar su hermosura, el conde Tiberio había accedido a que pudiese pasearse por la plataforma. En aquel estrecho recinto rodeado de almenas, Cornelia vivía sola, con el pensamiento depositado en su querido amante y con el corazón herido por la felicidad perdida. La contemplación de aquellas regiones inmensas le elevaban el espíritu alimentando al mismo tiempo su melancolía. La bóveda celestial, que iluminaba el sol por encima de ella, los azules destellos del firmamento, la noche, los infinitos diamantes suspendidos en su negrura, todo, en definitiva, le hablaba de Dios y lograba acabar con su desesperación.

Ella había sido la pálida aparición que nuestros amigos habían observado al alcanzar la falda de la montaña.

Esa noche, harta de contemplar el cielo estrellado, desvió la mirada hacia el suelo y se estremeció al descubrir una luz en la montaña vecina. Nunca había visto nada parecido hasta ese momento.

Completamente asombrada, y quizá con algo de esperanza también, observó atentamente aquella luz, con toda la intensidad que le permitían sus hermosos ojos. Temió estar soñando. Le parecía incluso reconocer a Ann, su mejor amiga, a Greywww. Jack, su viejo criado, e incluso a Merry Bones, el criado irlandés de su amado Edward. Un cuarto personaje se hallaba junto al fuego, aunque, como le daba la espalda, no lograba verle la cara.

¡Quizá fuese Edward! ¡Seguramente sería Edward!

—¡Edward! ¡Edward! —gritó completamente embriagada por la alegría.

Por desgracia, el personaje a quien tomaba por Edward no era otro que el señor Goëtzi, que acababa de regresar junto a nuestros amigos a través del pasadizo subterráneo del Norte, y que, prosiguiendo con sus fechorías, intentaba arrastrarlos a todos a la perdición.

Edward S. Barton, entre tanto, se había quedado solo con la signora Letizia, después de que se marchara el señor Goëtzi. La traidora mujer le dedicó, ya desde el principio, sus más amables atenciones.

—Caballero —le dijo con voz suave y melodiosa—, no veáis en todo cuanto ocurre más que el resultado del amor que os profeso. Este sentimiento se remonta a los tiempos en que, cuando acababais de terminar vuestros estudios, os marchasteis a Inglaterra, donde yo me encontraba visitando a mi discípula, la señorita Cornelia de Witt, que me debe su brillante educación. No pude evitar entonces que mi frágil corazón sufriese la impresión de veros con vuestros labios sombreados apenas por un vello incipiente, y luciendo en cada rasgo todos los encantos de la adolescencia. Educada en los principios más estrictos, respeté las conveniencias, aunque al mismo tiempo me prometí utilizar todas las artes que Dios me ha dado para recuperar la fortuna de mis padres, y de ese modo poder ser un día digna, mi querido gentleman, de unir mi destino al vuestro.

Edward S. Barton era inglés y, en consecuencia, muy inteligente. A pesar del espanto que le suscitaban aquellas confesiones, decidió oponer la destreza a la táctica.

—Dada la incómoda situación en que me hallo —dijo con un tono insinuante—, me resulta muy difícil pensar en el amor, mi querida dama. Las paredes de este cajón de hierro le impiden a mi corazón cualquier sobresalto, y además, ¿cómo podría acceder a vuestros encantos si ni siquiera tengo la dicha de poderlos contemplar?

Letizia meditó un segundo, sorprendida ante tan justo comentario.

—Estoy de acuerdo —dijo finalmente— en que estaríamos mucho más cómodos si pudieseis decirme dulces palabras de amor sentado confortablemente en estos almohadones. Por desgracia es la prudencia quien lo impide. Por otro lado, en los tiempos que vivimos, el matrimonio ya no depende exclusivamente de los sentimientos. Debo arrebataros primero la venda que tenéis en los ojos. Hasta ahora habéis pensado que esa niña, Cornelia de Witt, era rica y yo pobre. Superad este error. Cornelia es quien no posee nada, mientras que yo me he convertido en la heredera de una gigantesca fortuna. Sabed que soy de origen principesco. Todavía conservo el vago recuerdo de una cuna adornada con encajes y varias ristras de perlas de cultivo. Una mujer, bella como la luz del amanecer, se inclinaba sobre mi sueño ansiosa por mi primera sonrisa. ¡Era mi madre! Y esta mujer era la princesa Loïska Palma d’Istria, la propia cuñada del conde Tiberio.

A Edward le daba igual que todo aquello fuese cierto, aunque con intención de agradarla exclamó:

—¡Increíble!
—Tengo incluso los documentos —contestó la signora Letizia—, legalmente registrados. ¿Es preciso que os relate cómo una banda de gitanos que merodeaba por las proximidades del castillo me arrebató del regazo de mi madre, la princesa…?
—Tengo sed —dijo Edward, interrumpiéndola.

Sin embargo, tan lista como descarada, Letizia cogió de su mesilla un vaso, lo llenó de buen vino y colocó dentro una pajita. Después introdujo la pajita por uno de los orificios del ataúd, y sumergiendo el otro extremo en el vino, le dijo:

—Podéis beber hasta saciaros, mi querido gentleman; me alegra poder saciar por lo menos uno de los deseos de mi amado.

Y mientras él bebía, continuó:

—¿Debo contaros también los inútiles esfuerzos de mis padres para recuperar a su hija única? Por desgracia sólo buscaron entre los gitanos. Sin embargo estos canallas se habían visto atacados, cerca de la costa, por una incursión de corsarios de Lípari, cuyo botín fui yo. Entonces contaba sólo cinco años, por lo que logré salvar mi honra. Unos piratas argelinos me robaron a su vez de los corsarios, y fui preparada para pertenecer a un harén. Un joven eunuco me ayudó a escapar. Regresé entonces a Italia, aunque no recordaba mi nombre ni la dirección de mis padres. Entonces fui sucesivamente alumna en la famosa casa de estudios de Turín, premiada por la academia de Cántaros Rotos, vendedora de pequeñas macetas de porcelana antigua para los ingleses, lectora de un cardenal, criada de uno de los más ancianos ermitaños de los Apeninos, y dama de compañía del célebre Rinaldo, jefe de una cuadrilla de bandoleros. No creo que haya existido jamás una juventud tan accidentada como la mía. Así fue como llegué a los quince años. Por esa época encontré en un bosque frondoso a un individuo harapiento que agonizaba. Al verme lanzó un débil grito y me pidió que le enseñase la parte inferior de mi pierna izquierda. Los deseos de un moribundo son sagrados, de forma que obedecí. Entonces él exclamó: «¡Dios mío! ¡Es ella!» Estaba agotado. «Dios me ha permitido», añadió, «que antes de morir pueda expiar el peor de mis crímenes. Joven forastera, lleváis en vuestro tobillo, cerca del talón, una marca que equivale a un certificado de nacimiento. ¡Lo sé porque fui yo quien os arrebató de vuestra cuna!…» Entonces me dio el nombre de mis nobles padres. Le perdoné, y murió en mis brazos. A partir de entonces, en medio de las mayores y más increíbles dificultades, mi único objetivo fue el de encontrar esos documentos. Mi padre había muerto, ya muy anciano y lleno de honores, y también mi madre se había convertido en una santa en el cielo. El señor Goëtzi, hombre peligroso pero muy astuto y que, me parece, es un vampiro, me ayudó bastante en mis investigaciones. Lo conocí en la corte. Él fue quien me aconsejó para que me encargase de la educación de Cornelia, con la intención de aproximarme a mi tío, el conde Tiberio, que intentaría disputarme sin éxito la riqueza de Montefalcone. También yo le coloqué a él a vuestro lado, para que os enseñara a quererme y a apreciarme.
—¡Bonito regalo! —exclamó el joven.
—¡No me juzguéis mal! —reprendió severamente la dama italiana—. Mi excusa es el amor. Respecto a mi alumna, Cornelia de Witt, no es más que una pequeña boba, engreída y absurda, que sólo cuenta con la hermosura del diablo. Os garantizo que no recibirá ni un céntimo de la fortuna de los condes de Montefalcone. Todo me pertenecerá, como debe ser, y lo primero que haré con estas posesiones será cubriros de oro. Ésa es mi oferta. Os permito, por supuesto, la libertad de despreciarla; pero, si lo hacéis, entregaré a la señorita Cornelia al señor Goëtzi, que se la beberá como si fuese un vaso de limonada.

* * * * *

Hemos dejado a Cornelia en la cumbre del Torreón del Cautivo, mirando en la distancia hacia el fuego en el que nuestros amigos conversaban con un extraño que, visto de espaldas, a ella le pareció su amante Ned. Ustedes han adivinado ya que ese extraño no era sino la antigua Polly Bird, que decididamente estaba haciéndose con la personalidad del señor Goëtzi. En algún momento creo haberles contado ya las intenciones de esta criatura, que se había degenerado después de haber estado sometida durante tanto tiempo al poder de un monstruo. A despecho de su sexo original, había decidido contraer matrimonio con Cornelia, por la fuerza si fuese necesario, para poder así disponer de la gigantesca propiedad de los condes, y tener de esta forma un agradable y distinguido final.

No le costó un gran esfuerzo al supuesto señor Goëtzi engañar a nuestra querida Ann, diciéndole que había llevado a cabo con éxito su misión y que Ned se encontraba ahora en el corazón del castillo, pero necesitaba de ayuda para terminar aquella aventura. El viejo Grey-Jack y el propio Merry Bones aceptaron también el engaño. Polly Bird había dado ya tantas pruebas de su fidelidad en la incursión a Selene, que a nadie se le ocurrió sospechar de ella.

De forma que el señor Goëtzi en persona fue quien encabezó aquella pequeña comitiva, que se dirigió inmediatamente hacia el pasadizo subterráneo.

—Tened valor —dijo el traidor, mientras guiaba a nuestros amigos hacia las entrañas de la tierra—. Os espera una noche terrible.

Prendieron algunas antorchas de madera resinosa traídas por el propio Goëtzi, pero su luz se perdió inesperadamente en las lóbregas profundidades de la cueva, iluminando apenas a algunos reptiles asustados por su paso, que huían a toda prisa en medio de la oscuridad. Fue en esa oscuridad donde brotó y murió un extraño sonido, como si fuese un monstruoso suspiro.

—¿Qué ha sido eso? —interrogó Ann, parada con un peso que le oprimía el pecho.
—Proseguid —contestó el traidor—. Son las antiguas arpas eolias de la condesa Elvina, que han pasado de moda y han sido arrojadas aquí porque no hay espacio en el granero.

A Ella le hubiese gustado hacer algunas preguntas sobre esa condesa Elvina, pero el señor Goëtzi les apremiaba constantemente.

—¡Levantad las antorchas! —ordenó.

Todos obedecieron, y a la luz de las teas aparecieron vagamente las húmedas paredes de un gran salón subterráneo.

—¡Mirad encima de vosotros! —ordenó de nuevo el señor Goëtzi.

Todos levantaron la vista, y se encontraron con una bóveda elevada en el centro de la cual había un negro y gigantesco agujero circular.

—¿Para qué sirve ese agujero? —inquirió Ann.
—Es el desagüe de los calabozos del conde Tiberio —contestó el señor Goëtzi—. Por ahí son arrojadas las víctimas al abismo que se encuentra, como podéis comprobar, justo debajo.
—¡Cómo! —exclamó estupefacta nuestra querida heroína—. ¡Aún existen estas bárbaras reliquias de la Edad Media! ¿La cegadora luz de la filosofía no ha conseguido destruir todavía estos horrores?

Los dientes del señor Goëtzi rechinaron.

—Ya no se usan con tanta frecuencia. Me parece que no se utilizan desde los tiempos de la condesa Elvina.

De pronto Ella se encontró en medio de un salón de estilo gótico del más tenebroso aspecto, cuya alta chimenea se veía coronada por un espejo veneciano de marco labrado que representaba la Pasión de Nuestro Señor. A la derecha de la chimenea, la pared, tapizada con un cuero cordobés de tono castaño oscuro, mostraba una mota blanca que en realidad era un botón de marfil.

El señor Goëtzi tenía en sus brazos un gran gato negro, cuyas patas fracturó, una tras otra, con fría y espantosa crueldad.

—Es para que no huya —dijo—. Ahora veréis algo extraordinario: voy a dejarlo en el mismo sitio en que se encontraba la condesa Elvina. ¡Fijaos bien en el gato!

Dejó al negro animal, que maullaba lastimeramente, sobre una losa del suelo más ancha que las otras. El gato intentó escapar, pero sus patas rotas no le dejaron, y el señor Goëtzi se aproximó sonriendo hacia el muro donde se encontraba el botón de marfil. Colocó el dedo y presionó. La losa se inclinó y el gato desapareció. En ese momento se abrió la puerta y entraron los lacayos del conde Tiberio, armados hasta los dientes. El señor Goëtzi señaló a nuestra querida amiga y sus compañeros, y dijo:

—¡Aquí los tenéis!

Y en esta ocasión, a pesar de la heroica resistencia de Merry Bones, nuestros pobres amigos fueron cubiertos de cadenas y arrastrados lejos de allí…

* * * * *

Imaginen ustedes la horrible mazmorra en la que nuestra desdichada Ann se encontraba tumbada sobre unas pocas briznas de paja, con un grillete de hierro alrededor del cuello. ¡A ese punto la había llevado su generosidad!

De repente una voz maravillosa le susurró al oído:

—Hermosa virgen de Albión, soy la condesa Elvina de Montefalcone.

Ella abrió los ojos, enrojecidos de tanto llorar, y se encontró a una mujer pálida, arrodillada al lado de su camastro. Era una muchacha todavía, aunque el sufrimiento había blanqueado sus cabellos.

—¡Cómo! —exclamó nuestra amiga—. ¿Cómo habéis podido escapar de los espantos de ese abismo?
—Ese es un asunto que ya tiene varios siglos de antigüedad —contestó la pálida joven, con una melancólica aunque agradable sonrisa—, y lo mejor es que nos ocupemos ahora del presente. He entrado en vuestro calabozo gracias a un poder especial que me permite también romper vuestros grilletes, cosa que haré con sumo placer. Levantaos. En este instante os devuelvo la libertad.

Pero al encontrar en la mirada de nuestra querida Ann el ardiente deseo de saber algo más, tuvo la gentileza de añadir:

—Un cruel tirano os había condenado a muerte. Ese canalla al que llamáis Goëtzi, y que no es otro que la maldita Gertrudis de Pfafferchoffen, mi rival, cuyo espíritu, después de varias migraciones, se estableció en el cuerpo de la campesina Polly Bird, es quien os ha traicionado. Debéis saber que el conde Tiberio y la signora Pallanti, separados durante un tiempo por la codicia y la concupiscencia, se han reconciliado esta noche. ¿Y queréis saber por qué? Porque el joven y valiente gentleman Edward S. Barton ha rechazado enérgicamente las indecentes proposiciones de la italiana, y la hermosa Cornelia también ha humillado al conde Tiberio con su desprecio. Unidos por una misma sed de venganza, estos dos monstruos con rostro humano han decidido ejecutar a Edward S. Barton y a Cornelia de Witt esta misma noche.
—¿Qué puedo hacer para salvarlos? —preguntó ansiosa nuestra querida Ann, frotándose las manos.
—¡Dios siempre es el más poderoso! —exclamó la mujer pálida—. ¡Ahora sois libre!

Ann se arrojó hacia la puerta del calabozo, que acababa de abrirse como por arte de magia.

Avanzó impulsada por una instintiva esperanza. Después de atravesar siete pasillos se encontró con un marmolista que estaba tallando un par de brazos en un bloque de alabastro. Ambos brazos parecían pertenecer a cuerpos de diferente sexo, y estrechaban sus manos en tierna unión.

El escultor intentó abrazar a Ann, mientras le preguntaba:

—¿Qué opináis de mi trabajo, querida mía? Se trata de una broma de la gorda Letizia, que desea adornar con ella las tumbas del joven inglés y de la dama Cornelia.

Ella huyó desesperada, mientras el escultor proseguía su trabajo, riendo. De esa forma, completamente sola, tuvo que recorrer varias leguas de pasillos interminables, en medio de los derruidos salones.

Finalmente, en la esquina de una galería, percibió una luz que se filtraba por debajo de una puerta, y simultáneamente llegó hasta sus oídos el ruido de unas voces airadas, mezcladas con otras lastimeras. A pesar de que se sentía completamente exhausta, hizo acopio de todas sus fuerzas y entró por la puerta abierta. Inmediatamente lanzó un grito de horror al ver a sus desventurados amigos, Ned y Corny, cargados de cadenas. La bella melena de Cornelia había sido cortada. Ned tenía también una soga al cuello, y llevaba además la ropa típica y funesta de los desdichados a los que la Inquisición condenaba antiguamente a morir en el tormento. Tras ellos había un hombre terrible, con un traje completamente rojo y un hacha que cargaba sobre su hombro, indicando perfectamente que su oficio era el de verdugo.

En el otro extremo del salón había un segundo grupo formado por el conde Tiberio, la signora Pallanti y el señor Goëtzi. Este último no parecía muy satisfecho, y no cesaba de reclamar el cumplimiento de la promesa que le habían hecho de entregarle a Cornelia para calmar su infame sed. Pero Letizia se reía de él, y Tiberio le amenazaba con mandarlo decapitar. Los dos se daban el brazo y parecían ahora íntimos amigos.

Al ver aparecer a nuestra querida Ann, una cruel sonrisa se dibujó en sus labios, y la signora Pallanti dijo:

—¡Precisamente, aquí esta la niña querida!

Pero Ella, sin prestar atención a sus burlas, se precipitó hacia sus amigos, abrazándolos.

—¡No podría hacer nada más apropiado! —dijo la feroz italiana—. Ella misma se ha colocado en posición. ¡Ahora acabemos con los tres pájaros de un tiro!

La signora Pallanti se giró y avanzó hacia la chimenea. Al hacerlo descubrió una parte de la pared que había tras ella, lo que espantó sobremanera a nuestra querida Ann. En su turbación, no había reconocido el salón de las torturas; pero ahora podía ver el espejo grabado de Venecia, el tapiz de cuero cordobés y el botón de marfil.

—¡Corramos! —exclamó enloquecida de espanto. ¡Pero era demasiado tarde! La vampiro italiana apretó el botón y la losa del suelo se abrió. Entonces, ¡oh, milagro!, nuestra querida Ann, Corny y Ned quedaron suspendidos por una mano sobrenatural, y la condesa Elvina, surgiendo inesperadamente del abismo, exclamó con la voz de la señora Ward:
—¡Vamos, querida! ¿Qué tipo de antojo es éste? ¡Abre ahora mismo! ¿Es que piensas quedarte en la cama hasta las diez de la mañana el día de tu boda?

Podía escucharse mucho ruido en el pasillo. William Radcliffe se sonaba, mientras el simpático señor Ward decía que tenían que llamar a un cerrajero.

—¡Salvados! ¡Salvados! —exclamó nuestra querida joven, que de repente se encontró vestida con el traje de novia, en medio de su cuarto, por cuyas ventanas penetraba a raudales el sol de marzo…

Creo que mylady cometió el error de sonreír, porque la señorita 97 se calló bruscamente.

—Entiendo muy bien lo que le pasa —dijo con tono de censura—. Piensa que nuestro relato va a acabar con esa fórmula gastada hasta la saciedad: «¡Era un sueño!»¡Confiese que es lo que creía! ¡Muy bien, pues está equivocada!

Tomó un pequeño sorbo y apuró su última taza de té, antes de proseguir:

—¡No, no y no! Yo sería incapaz de incomodar al caballero aquí presente por tan poca cosa. ¡No señor! NO SE TRATABA DE UN SUEÑO. En primer lugar, debo decir que desde los nueve años Ella padecía crisis de «alucinaciones», aunque sus padres se cuidaban mucho de mantener en secreto semejante virtud, o enfermedad. Evidentemente, no pretendo afirmar que nuestra querida joven realizase todo ese largo y accidentado viaje en una sola noche, pero como enseguida verán se trataba de algo más que un sueño. Apenas abrió la puerta, el señor Radcliffe entró, acompañando a sus padres, y todos pudieron observar con espanto la mudanza que había sufrido su persona. Les examinó a todos con aire ausente, preguntándoles qué había pasado con la condesa Elvina. Pensaron que había enloquecido, especialmente cuando Ella exigió firmemente, antes de proseguir con la celebración de la boda, que le permitieran partir inmediatamente hacia Montefalcone, pasando primero por Rotterdam.

* * * * *

Partieron inmediatamente después de la boda, ya que ella se negó a dar su brazo a torcer. Debo recordarles la existencia de las cartas recibidas en la víspera. Éstas tampoco pertenecían a ningún sueño, y exigían de su amistad con Ned y Corny que intentasen averiguar inmediatamente lo que ocurría.

En adelante sólo podré contarles los hechos sin hacer nuevos comentarios sobre los mismos. Cuando llegaron a Londres, lo primero con lo que se tropezó Ann, absolutamente sorprendida, fue con un cartel que decía:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Ann señaló el cartel al viejo Grey-Jack, pero su fiel criado no recordaba absolutamente nada. El fenómeno que había dado origen a nuestra historia era un hecho completamente personal.

Cruzaron el Canal. Al abandonar Rotterdam, nuestra querida Ann reconoció el camino quebrado en el que viera por primera vez a ese joven desconocido semejante a un semidiós.

De hecho durmió también en la posada de La Cerveza y la Amistad, en el mismo cuarto que tenía el hueco de la chimenea, las cortinas con grandes flores y las guerras del almirante Ruyter.

En resumen, ella fue reconociendo cada lugar, incluso en sus detalles más insignificantes.

—¿Y la Ciudad Vampiro? —preguntó mylady.
—Paciencia. Vayamos por partes. En primer lugar hicieron lo más urgente, es decir, viajar a Montefalcone, adonde llegaron precisamente el día de la boda de Cornelia y Edward.
—Que fueron salvados por la condesa Elvina, imagino —añadió la incorregible mylady.
—No —contestó la señorita 97 ligeramente turbada—. A pesar de que existe en la región la leyenda que habla de esta desgraciada víctima del feudalismo. El conde Tiberio y la signora Letizia Pallanti alimentaban los más rastreros propósitos contra los novios, no lo duden. Pero no se atrevieron a realizarlos gracias a un acontecimiento que yo calificaría de providencial. El joven lord Arthur apareció por esas tierras acompañado de su venerable sacerdote y tutor, con la intención de examinar los campos de batalla del famoso Scanderberg…
—¿Y eso fue suficiente para desbaratar la conspiración de los dos malhechores?—exclamó mylady.
—En efecto, mi querida señora —contestó secamente miss Jebb—. Si yo pudiese revelarle el nombre magnífico, casi divino, de este joven gentleman
—¿Y qué paso con el señor Goëtzi?
—Terminó casándose con una viuda que tenía una tienda.
—¿Y qué fue de Selene? ¡Selene, el Sepulcro… ¡la Ciudad Vampiro!
—Mylady —contestó miss Jebb con acento grave—, existen acontecimientos que superan el entendimiento, inclusive el suyo, a pesar de que usted es de sangre noble. Para entrar en el Sepulcro es necesaria la protección de un vampiro, y esto no es algo precisamente fácil de conseguir. Nuestras dos parejas de recién casados se dirigieron a Semlin, con los criados Grey-Jack y Merry Bones, cuyos cabellos, por cierto, habían desaparecido en sus dos terceras partes. No lograron hallar la Ciudad Vampiro, pero encontraron sin embargo a los comerciantes que les habían vendido el hornillo, el carbón y el cucharón de hierro. Es más, la desaparición del doctor Magnus Szegeli se había convertido en un acontecimiento en la ciudad, y la casa del pintor esclavonio también llevaba tres semanas vacía.

Con estas palabras, la señorita 97 se levantó, y después de una reverencia se despidió.

FIN

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