Y ASÍ SE CUENTA LA HISTORIA: “El afortunado niño noventero“

Ítalo Costa Gómez






Fue lindo ser niño en los 90’s. No hay niño como el de los noventas.

Era mostro ser chibolo en esa década. Me iba con mis papás a Cerro Azul (los clubes grandes de allá estaban en toda moda) y nos pasábamos el fin de semana en los toboganes inmensos donde no te preocupabas de las bacterias – ni pasaban por tu mente – y te caminabas todo el club sin sandalias y mojado. No nos daba ni una sonsa picazón en el pie. Cuidabas que no se mojara tu walkman y tenías tus cassettes y CDs en un estuche con cierre parecido a un álbum de fotos. Conversabas con tus amigos y con tus papás porque no tenías celular ni tablet que te aísle. Por ahí jugabas Nintendo en las tardes. Más nada. De solo mirarte con otro niño ya sabías si iban a ser o no amigos.

Cuando nos quedábamos en casa algún fin de semana pues las mañanas eran de las dalinas y Pezziduri, las tardes de Don Francisco y pescado fresco. Las noches de música de viejos y canchita salada hasta que te mandaban a dormir porque «era momento de los grandes».

Fue una linda era para empezar a vivir. No había redes sociales ni cámaras en todas partes. Era un niño libre. Me iba montando bicicleta hasta Magdalena del Mar, me recorría el Puericultorio frente al Larco Herrera con la esperanza de ver un loquito con camisa de fuerza. Con adrenalina y miedo. Era genial. Nunca temí por la hora porque nunca la sabía – mi abuela me regalaba todos los años un reloj negro CASIO y yo lo perdía, odiaba usar reloj, hasta hoy – y mi único estrés era subir la bicla por las escaleras del edificio porque mi mamá había dado la orden de que no me ayudaran. Debía hacerlo antes que oscurezca, todo calculado al ojo. Jugabas con cartas, te ensuciabas en el jardín como un chancho y comías Sparkies hasta que te doliera la panza. Tenía mi tabla para las olas aunque no la usara jamás. Jugaba al ula ula y hacíamos competencias con los cumpas. Realmente le tenías miedo a Freddy Kruegger y a las pesadillas en Elm Street y te quedabas despierto para ver la Serie Rosa en Red Global y sentirte en pecado mortal.

Te ibas al colegio con tu Trapper Keeper sin miedos, nunca me robaron ni mi gorrito a lo Príncipe del Rap. Nunca me tocaron indebidamente. Aún se pintaban mundos en las veredas, había canicas y chipitaps. Mi lonchera estaba llena de muss, juguitos en caja, tico ticos y sorrentos. Escuchabas a los Nosé quién y los Nosé cuántos y la política no existía en tu vida. Era hermoso.

Recortaba periódicos con las notas de Nubeluz, me pelaba los soles que dejaban en la cocina y ahorraba para comprarme los casettes en Discos Hispanos, llenaba álbumes de figuritas de Pantalla, coleccionaba Teleguías, guardaba los póster de Telecolor, dibujaba detrás de mi mesa de noche con tiza y acomodaba mis peluches como si fueran mis alumnos.

En los noventas ya desayunabas con Roxana Canedo dándote los «Buenos días Perú» o con un jovenzuelo Federico Salazar mientras te alistabas para ir al cole. Almorzabas viendo a tu mamá llamar a Gisela Valcárcel al fondo de la cocina. Jugabas mientras tu nana anotaba las predicciones de Walter Mercado y te cuidaba de las películas para adultos de Frecuencia dos, aunque comparadas con las de ahora eran un capítulo de Candy.

Te ibas a dormir exhausto. Me quedaba despierto para ver a Cristina o Geraldo. Sex and the City era mi delirio, tenía que madrugar para verlo en ATV. El volumen bajito.

Fui muy feliz de niño. Tuve mucha suerte.
No hay niño más feliz como el niño de los noventas.

Todos deben decir eso de su propia generación, pero en mi caso es cierto

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