La ciudad vampiro (IV)

Paul Feval






SEGUNDA PARTE

Entre tanto, el sirviente irlandés había desaparecido sin dejar rastro hacia un lugar que ustedes conocerán en el momento oportuno. Ned, traidoramente avisado por el señor Goëtzi, se fue detrás de su amada por el antiguo camino de Gueldre, donde fue apuñalado por los enmascarados, antes de ser llevado moribundo por algunos campesinos hasta la posada de La Cerveza y la Amistad.

Ahora ya podemos regresar a ese peligroso antro en que dejamos a nuestra querida Ann, después de asistir al singular combate del pobre Merry Bones, mientras el reloj de cuco tocaba trece campanadas, contra la doble jauría que formaban aquellos esclavos al servicio del vampiro Goëtzi.

En cuanto Merry Bones abandonó el salón con aquellas extrañas palabras: «Me voy a buscar el ataúd de hierro», todo regresó inmediatamente a la normalidad. Todos los miembros duplicados de la familia del vampiro Goëtzi se unieron hasta convertirse en figuras individuales, como si fuesen muebles plegables.

Sería fácil creer si les dijera que nuestra querida Ann contemplaba aquellas figuras con el mayor estupor, y con la imaginación torturada ante la enigmática frase del criado irlandés. Pero no. Su mente, de una agilidad sin igual, ya conocía aquel tipo de trucos y era necesario algo más para poder sorprenderla.

No obstante, la vuelta a la calma la sorprendió, e incluso hizo callar a Grey-Jack, que profería maldiciones sin descanso, acariciándose con las dos manos sus mejillas hinchadas por las bofetadas de Merry Bones. Al pensar que, después de todo, éste sólo era un irlandés, Ella llegó a suponer que quizá había sido él el único causante de la batalla de la que acababa de ser testigo.

Lo cierto es que, al observarlos mejor, tanto el mesonero como su familia parecían bastante sosegados, y podría jurarse que la mujer sin pelo, en especial, era una maravillosa persona. El crío le trajo un jarro de cerveza al viejo Jack, que se lavó con ella sus doloridas mejillas, bebiéndose lo demás con auténtico placer.

A Ella le pareció necesario repetir la orden que acababa de dar poco antes de que sonaran las trece campanadas en el reloj.

—Deseo ver —repitió nuestra querida Ann, con voz clara y segura—, a Edward S. Barton, esquire, que estuvo o está en una de las habitaciones de esta posada. Y en el caso de que el desgraciado hubiese muerto, ya sea de forma natural o no, exijo que se me entreguen sus restos inmediatamente, para ocuparme de que se les de cristiana sepultura, de acuerdo con los criterios de la Iglesia.

Al oír aquellas palabras, Grey-Jack comenzó a gimotear, mientras el mesonero y su mujer exclamaban:

—¡Ah! ¡El querido caballero! ¡Que Dios lo bendiga!

El crío, por otro lado, repitió:

—He visto al hombre muerto.

Y el perro con rostro humano aulló suavemente, como si fuese una mujer enferma, mientras le dedicaba una lánguida mirada a la atrevida joven.

El loro seguía atusando la barba de su dueño, mientras repetía: «¿Ya has comido, Ducado?»

Ann nunca me explicó cuáles fueron los motivos que la llevaron a conformarse con aquellas respuestas, claramente vacías. El propio Walter Scott la acusaba, por cierto, de dejar muchos cabos sueltos en sus historias.

Cuando el mesonero le ofreció una buena habitación y una cama caliente, Ella aceptó, puesto que no había dormido bien desde que abandonara su casa.

El mesonero la llevó entonces hasta la alcoba, mientras sostenía una bandeja de té, acompañado por la mujer calva, que sujetaba los candelabros. El mozalbete arrastraba el brasero, y el enorme perro cerraba la marcha. Grey-Jack no iba con ellos. A nuestra querida Ann no se le ocurrió siquiera preguntar por qué motivo la separaban de su criado, poco astuto, es cierto, pero muy fiel.

La verdad es que yo misma dudo un poco de este pasaje de la historia, en que nuestra querida Ann no se mostró demasiado coherente. ¿Cómo pudo confiar tan fácilmente en personas a las que acababa de ver duplicadas, para luego fundirse en una misma piel, antes de tener la menor información de lo que le había pasado a Ned? La respuesta a esta pregunta es que ni siquiera su más maravilloso relato, Los Misterios de Udolfo, está exento de esa inconsistencia. Ella no tenía muy buena memoria, y su encantadora heroína, Emilia, dotada a pesar de ello de una profunda perspicacia, está llena de ocasionales distracciones. También se sentía exhausta por el esfuerzo, y ya se pueden ustedes imaginar que una muchachita como Ella, perteneciente a una familia sosegada, debía de tener la cabeza completamente alterada después de tan singulares aventuras.

Lo cierto es que se fue a dormir a una cama bien caliente. La mujer calva colocó una manta con sumo cuidado; el mesonero dispuso sobre la mesa de luz todo lo necesario para tomar el té, y el crío encendió rápida y hábilmente las velas. Después de aquello, todos se retiraron deseándole buenas noches.

Ella se había quedado finalmente sola. En la puerta, chirrió la llave mientras le daban dos vueltas al cerrojo. Se escucharon unos pasos alejándose, hasta extinguirse por el largo pasillo. El silencio habría sido absoluto de no ser por el viento, que sacudía, gimiendo melancólicamente, las maderas de la ventana.

Por primera vez desde que abandonara la casa de sus padres, nuestra querida joven estaba en una posición lo suficientemente confortable como para entregarse a las reflexiones. Sus primeros pensamientos la llevaron de vuelta hacia las alegres praderas de Staffordshire. ¡Ah! ¡Qué hermosa es Inglaterra, deliciosa reina del mundo, cuando se la contempla a través de las lágrimas derramadas por el exilio!

Mientras Ann estaba así, sumida en una especie de semiinconsciencia y poblada por vagos temblores, pudo escucharse un ruido sordo procedente del piso inferior de la posada: era el ronco barullo que suele producirse dentro de la caja de los relojes, antes de dar las campanadas de las horas. En cuanto éstas comenzaron a tocar, se reanudó en la planta baja el concierto de gritos salvajes e insultos, en medio del confuso eco de una pelea. El bronce del reloj cantó catorce veces, y con él lo hizo el escuálido pájaro cu-cú. Después sobrevino el silencio, en medio del cual destacó la estridente voz del niño que jugaba con el aro, que decía: !He visto al hombre muerto.

Sus palabras despertaron a Ann, alterada por una gran impresión. ¡El hombre muerto debía de ser Ned! ¿Cómo pudo olvidarse ni siquiera por un momento de un duelo tan atroz? ¡Ned, el alegre niño con el que había compartido sus primeros juegos infantiles, y al que todavía podía querer por lo menos como a un hermano!

¡Ned era el hombre muerto! ¡Ned! Justo entonces, nuestra querida Ann reconoció su cuarto. ¿Cómo había tardado tanto en hacerlo? Se encontraba en la habitación descrita por Ned en su última carta, aquella desde donde le había gritado sus desesperados: «¡Socorro! ¡Socorro!»

Gracias al brillo de dos velas, cuyas alargadas mechas producían más humo que luz, pudo ver los cortinajes con flores enormes y la colección de láminas con las proezas del almirante Ruyter, y además el agujero redondo, en frente de la cama, a unos ocho pies del suelo, como si fuese el antiguo paso de la tubería de una estufa…

De modo que era allí, en esa misma cama, donde Ned había exhalado su último aliento.

Las mechas se iban estirando, coronadas por negros capuchones. Su humo esparcía por el ambiente una espesa y siniestra bruma. No sabría decir qué era lo que estaba escuchando, pero aquel silencio parecía gemir amenazadoramente.

Conforme aumentaba la oscuridad, ya que la luz de las velas se debilitaba cada vez más, y las oscuras sombras que coronaban las mechas se iban agrandando de forma gigantesca, las láminas, en lugar de velarse, se veían más nítidamente, como si fuesen transparentes y estuviesen iluminadas por detrás con tenues resplandores.

Ella escondió la cabeza bajo las mantas, exactamente igual que habría hecho cualquier pobre niña supersticiosa, aterrada por los misterios nocturnos.

Nada más esconderse, escuchó un ruido aparentemente natural. Recordaba los pasos de un hombre, calzado con pesadas botas. Nuestra querida Ann lo escuchó y se repuso inmediatamente. Apartó las mantas con cuidado y prestó atención.

Estaba claro. Un tacón pesado, quizá de metal, golpeaba el suelo muy cerca de Ella. Su miedo comenzó entonces a ser diferente, cada vez más intenso. Es posible enfrentar a la muerte; se puede incluso encarar la deshonra, pero… ¡unas botas de hierro en el cuarto de una jovencita educada!… Lo primero que se le ocurrió a nuestra querida joven fue correr hacia una de las ventanas, abrirla y, si le daban tiempo, arrojarse de cabeza hacia la eternidad.

¡Begorra! —exclamó una voz—. ¡La han colocado en el dormitorio de Su Excelencia! ¿Dormís, señorita?

¿Se trataba de un sueño? A Ann le pareció reconocer el acento de Merry Bones, pero por más que escudriñaba la oscuridad no lograba ver nada.

—¿Merry? —llamó a su vez.
—Sí —contestó el intrépido joven—, soy yo, perla mía. Animad un poco esas luces. A un cristiano le gusta poder ver claro.

Ya supondrán ustedes que, tratándose del desdichado Merry, no era cuestión de andar con remilgos. Ann encendió las velas, y en ese momento se dio cuenta de por qué no había visto hasta ese momento al intrépido irlandés.

En vano trató de encontrarle de un primer vistazo, por toda la habitación iluminada. Merry estaba asomado al agujero de la estufa, como si fuese una ventana. Había deslizado por allí sus dos brazos, largos como pértigas, que gesticulaban exageradamente, mientras su extraña cara descarnada, pero de buen humor, parecía cortada por la mitad por una risa más ancha que un sablazo, entre sus gigantescas matas de pelo.

—¡Merry! ¡Querido amigo! ¿De dónde venís de esta forma? —preguntó finalmente nuestra querida Ann, ahora tranquila.
—¡Vaya! ¿No me oísteis? Vengo de buscar un ataúd de hierro.
—¿Cómo? —murmuró la joven.

En ese momento el criado irlandés desapareció, aunque pudo escucharse cómo removía algo al otro lado de la pared.

Un instante después el agujero quedó nuevamente tapado, pero no por la peluda cabeza del criado, sino por un objeto que, al rozar con las paredes del agujero, emitía un ligero ruido metálico. Parecía como si no pudiese pasar.

Después de un violento empujón final, el obstáculo logró franquear el muro, cayendo ruidosamente sobre el suelo de la alcoba.

El alegre gesto que era la sonrisa de Merry Bones reapareció por el ojo de buey, enmarcado por sus cabellos erizados.

Nuestra querida Ann intentaba inútilmente saber qué clase de objeto era el que había provocado ese estruendo al caer. Después de que Merry Bones se instalase cómodamente en el agujero de la estufa, con sus dos brazos por fuera, como esos duendes de cartón que brincan en las tabaqueras, se decidió a explicarse.

—¿Ya os habréis fijado en lo pesado que es, no es cierto, pequeña flor? —musitó—. Eso se debe a que es de hierro…
—¡De modo que es el ataúd!
—¿Y qué iba a ser, si no? También pesa lo suyo, porque está lleno.
—¡De qué, por Dios!
—¿De qué va a ser, señorita?
—¿Se refiere a un cuerpo?
—Claro. ¿Qué, si no?
—¿De quién?
—¡Qué demonios: de Su Excelencia, por supuesto!
—¡El cuerpo de Edward Barton!
—¡Efectivamente!

Ella profirió un alarido desgarrador.

¡Musha! ¿Qué diantres os ocurre, señorita Ann? —preguntó el joven Merry.

El llanto de nuestra querida Ann le impidió oír la pregunta. Merry Bones comenzó entonces a gritar como un demente:

—¡Que el diablo me lleve si he trabajado poco esta noche! ¡Haríais mejor en escucharme, perla mía! Es verdad que hay un cuerpo en este cajón de metal. Si no lo hubiese, ¡que me asen como a un pescado y me arranquen todos los dientes negros estos malditos holandeses! Pero hay un alma, además, y muy buena, por cierto, aunque sea el alma de un inglés…

Ella no le prestaba mucha atención, aunque estas últimas palabras la hicieron dar un salto.

—¡Explicaos, Merry Bones! —ordenó autoritariamente—. ¿Estáis insinuando que el señor Barton todavía está con vida?
—En efecto, señorita; eso es precisamente lo que intentó decir.
—¿Y por qué no está moviéndose ahí dentro?
—Porque está durmiendo.
—¡Durmiendo! —exclamó la joven—. ¿Acaso creéis que alguien podría dormir después del batacazo del ataúd contra el suelo?
—¡Por supuesto que sí, señorita! Y no es que lo piense, estoy convencido de ello.
—¡De modo que ha tomado un narcótico!

Merry se encogió de hombros, sin darle importancia al comentario, y replicó:

—No sé qué es eso de un narcótico, lo que sé es que a Su Excelencia le han endosado té de amapolas con zumo de lechuga.

No sé si ustedes aprobarán la conducta de nuestra querida Ann, pero lo cierto es que mandó al criado retirarse del agujero y, echándose una manta sobre los hombros, se aproximó al ataúd de hierro, que tenía llave y cerradura como los baúles de viaje. Entonces la abrió, y levantó la tapa.

Al echarle el primer vistazo a su primo, se encontró con un gentleman sonriente y sonrosado como un Niñito Jesús, que a nuestra querida Ann le pareció más hermoso que antes.

Mientras Ella le miraba embriagada de emoción, el lacayo irlandés apareció por el agujero de la estufa y dijo:

—¡Qué simpático y amable es! ¿No le parece, señorita? Mientras os extasiáis contemplándolo, creo que bien podríais escucharme, puesto que no tenemos mucho tiempo y es preciso que os enteréis de cómo ha ocurrido todo. El día señalado para raptar a la señorita Cornelia y llevarla con su familia de Inglaterra, el señor Goëtzi, como buena araña que es, había preparado ya su red. Yo sucumbí en ella, de nada sirve negarlo, ¿y qué podrían hacer esos dos corderitos sin mi ayuda? A la señorita Cornelia la arrastraron al infierno como si fuese un paquetito y Su Excelencia recibió media docena de puñaladas en una emboscada. Pero sobrevivió. Iré directo al grano: yo estaba preso, pero escapé. Así fue como llegué hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, ayer por la tarde, desfallecido de hambre y frío, y con una apariencia lamentable. Eso fue un poco antes de vuestra llegada, al anochecer. Ya me disponía a penetrar en el salón de entrada, sin sospechar nada, cuando se me ocurrió echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Entonces vi a esa mujer sin pelo echando pétalos de amapola en un puchero, mientras el mesonero molía la lechuga en un mortero. Los dos le estaban riñendo al crío, que les gritaba: «¿Para qué queréis dormir al hombre muerto?» Como os podéis imaginar, yo ya conocía a todos ésos, y no tenía la menor intención de entrar nuevamente en el avispero. Rodeé la casa en busca de una puerta trasera y, al no dar con ella, trepé por la enredadera hasta el tejado, deslizándome por la chimenea. Yo ya he sido deshollinador. La chimenea me condujo hasta la alcoba en que me encuentro. ¡Bien! El cuarto estaba desierto y a oscuras, pero oí voces en el cuarto vecino, que es el vuestro, y reparé en que el agujero desprendía luz. Asomé mi cabeza por él y vi a tres hombres, quiero decir, a un caballero y a dos mitades de cretino. Seguramente ya le habían obligado a beber a Su Excelencia el zumo en cuestión, porque estaba dormido. No le vi entonces mala cara, para tratarse de alguien al que han dado varias puñaladas. A su lado había dos señores Goëtzi, el auténtico, tapizando el interior del ataúd, y su réplica, practicando pequeños orificios en las paredes, con un taladro. La réplica comentaba: «¡Vaya tarea es ésta para un doctor de la Universidad de Turingia!»
»—No hay trabajo malo, amigo mío —contestó el otro Goëtzi—. Además, si yo soy ahora un tapicero, bien puedes tú hacer de cerrajero.
»—¿Y para qué hacemos todo esto, amo?
«—Porque he decidido retirarme, cuando sea anciano, en el precioso castillo de Montefalcone, del que nos convertiremos en dueños.
»—Gran idea —respondió la réplica, frotándose las manos—. Pero, ¿cómo vamos a convertirnos en propietarios de tan hermoso castillo?
»—Te lo diré, mientras sigues taladrando. A la primera impresión, podría pensarse que nos estamos precipitando en este trato. Pero quien sobreviva verá que hicimos lo mejor. El señor conde Tiberio Palma d’Istria me ha comprado el cuerpo de este joven inglés difunto, y debo mandárselo en su féretro. ¿Entiendes?
»—Perfectamente.
»—Además, la signora Pallanti también me ha ofrecido una suma por este joven, aunque vivo.
»—¿Cuánto ofrece el conde Tiberio? —preguntó de nuevo el doble.
»—Nada menos que la sangre de la Pallanti.
»—No es gran cosa. ¿Y la Pallanti?
»—La sangre de la hermosa Cornelia.
»Los ojos de ambos vampiros brillaron al pronunciarse aquel nombre, y sus labios se enrojecieron como brasas.
»—No obstante —prosiguió la réplica del señor Goëtzi—, sigo sin entender cómo nos convertiremos en los dueños del castillo de Montefalcone.
»—Después de que nos hayamos bebido la sangre de la joven Cornelia —sonrió el auténtico Goëtzi—, ¿qué podrá impedir que nos incorporemos su cuerpo? ¿Acaso alguna ley impide que conserve su actual figura? De esa forma será al mismo tiempo la señorita Cornelia de Witt, y yo mismo. De esa forma, yo, el señor Goëtzi, me convertiré en el legítimo heredero de Montefalcone. ¿Algún problema?
»Su réplica no tuvo ninguna objeción. Estaba claro como el agua de una fuente. En ese momento acabaron sus trabajos. El ataúd de hierro resultaba muy cómodo después de haber sido tapizado, y con el taladro acababan de practicar el último agujero. Entre los dos señores Goëtzi cogieron al desventurado Ned, que aún dormía, uno de la cabeza y otro de los pies, y lo acomodaron dentro del cajón, que inmediatamente cerraron con tres vueltas de llave…

Merry Bones le contó también cómo había visto todo aquello desde el ventanuco de la chimenea. Se arrancó la piel de las orejas de tanto rascárselas, porque, según dicen, esto ayuda a pensar, y el criado irlandés estaba en ese momento rebuscando en todos los repliegues de su cerebro. ¿Cómo conseguir rescatar a su amo de las garras de esos canallas? Mientras se rompía la cabeza, el auténtico Goëtzi pasó una soga alrededor del ataúd y mandó a su réplica que abriese la ventana. Un afluente del Mosa llegaba hasta allí abajo, y tenían un bote esperando, a cargo de dos marineros.

—¡Ho! ¡Ho! —llamó el señor Goëtzi.
—¡Ho! ¡Ho! —le contestaron desde abajo.
—¡Listos para recibir la mercancía!
—Estamos preparados.
—¡Allá va!

Entre los dos Goëtzi izaron el ataúd y lo apoyaron sobre el alféizar de la ventana. Debemos indicar que el lacayo irlandés se había subido a un árbol para que su cabeza llegara hasta el agujero de la chimenea. La habitación donde se encontraba servía como depósito de leña. En su tribulación, hizo un movimiento en falso, y uno de los troncos cayó al suelo. El ruido que produjo traicionó su presencia.

Al instante los dos Goëtzi giraron sus cabezas y le reconocieron. Silbaron entonces como si fuesen dos serpientes. En ese preciso instante brotaron de la tierra, por todos lados, el resto de los habitantes de la posada, y comenzó una terrible pelea, mientras que el auténtico Goëtzi seguía bajando el ataúd hasta el bote.

Merry Bones no tuvo más remedio que enfrentarse entonces contra nueve. Afortunadamente, justo en ese momento llamaron a la puerta exterior de la posada. Eran nuestra querida Ann y Grey-Jack. Los espíritus del señor Goëtzi no tuvieron más remedio que desdoblarse, y de esa forma Merry Bones logró huir a cabezazos, justo cuando el reloj del salón tocaba su decimotercera campanada.

Después de ganar el exterior, rodeó la casa y corrió en pos de la embarcación, que descendía por el afluente del Mosa, cargando el ataúd de hierro. Debemos imaginar que los dos marineros estaban borrachos, lo que sucede a menudo. Gracias a ello facilitaron la tarea de Merry Bones, quien, después de muchos esfuerzos, logró rescatar el féretro, cargándolo sobre sus hombros.

Mientras le contaba aquella historia, Ella permanecía embelesada contemplando cómo dormía el que había sido su compañero de infancia.

Merry Bones sacudió su cabellera con un gesto de insatisfacción.

—Por favor, tened la gentileza de cerrar ese ataúd —dijo enojado—, u os seguiréis distrayendo y no acabaré nunca de contaros lo que pasó. Veréis, tengo un plan. Pero para llevarlo a cabo necesito saber si ya os habéis cansado de mirar a mi joven amo.

Nuestra querida Ann sonrió orgullosa y cerró de nuevo la tapa del ataúd.

—Eso está mejor —prosiguió Merry Bones—. Atendedme ahora. Al regresar, no logré escalar hasta el tejado debido al peso de mi carga. Tuve que entrar por la cocina, y al hacerlo vi que ese hatajo de reptiles estaba conspirando en el salón del piso inferior. De esa forma pude escuchar que, con la decimoquinta campanada (que va a sonar enseguida), van a celebrar una pequeña fiesta familiar a la que les ha invitado su amo. En efecto, están muy alegres; piensan que el ataúd de hierro se desliza por el río en dirección a Rotterdam, con mi amo dentro, y han planeado que después de esta fiesta se unirán a él para proseguir el viaje todos juntos, para llevar su carga hasta el castillo de Montefalcone.
—¿Y en qué consiste su fiesta? —preguntó la joven.
—En beberos a vos —replicó el criado.

Ella estuvo a punto de desplomarse.

—¡Beberme! —exclamó con voz apagada.
—Eso es —contestó Merry Bones, añadiendo—: Es cierto que prefieren a damas menores de veinte años, pero el propio señor Goëtzi les dijo: «A falta de nada mejor, beberemos a esta joven. Después de todo, Ann Ward debe de estar todavía bastante potable».
—¡Potable! —gritó nuestra desventurada amiga, uniendo sus manos crispadas—. ¡Potable! ¡Potable, Dios mío!

Ya imagino que tanto usted, mylady, como usted, señor, serán capaces de imaginar el cúmulo de sentimientos que impresionaban a la joven Ann. No hay muchas situaciones tan espantosas como ésta en nuestra literatura moderna.

«¡Potable!» El primer impulso de nuestra querida joven fue el de gritar:

—¡Corramos! ¡Escapemos, en nombre de Dios!
¡Musha! —soltó el irlandés—. ¡No hay que ser idiota! ¡Tenemos la partida a nuestro favor! ¿Sabéis, mi querida perla, que he descubierto un hacha en la leñera? ¡Para partir leños! ¡Por las barbas de Belcebú! ¡Creo que todavía podemos divertirnos! Abrid el ataúd, sacad de él a mi joven amo y colocadlo dentro del armario, a la derecha de la chimenea… Vamos, deprisa. Me parece que ya oigo gruñir al maldito reloj, y todavía tengo que despertar a ese borrico de Grey-Jack. Nos hará falta.

Nuestra valiente Ann le obedeció rápidamente. Era hábil y fuerte, a pesar de su corta estatura. Sacó del ataúd a Ned, el gentleman y, levantando el cuerpo en sus brazos, lo llevó hasta el armario. Merry Bones no pudo evitar aplaudir.

—¡Cerrad las puertas! —dijo—. ¡Sois una joven maravillosa! Ahora empujad este cajón debajo de la cama, de forma que quede bien escondido.

Ella le obedeció con la misma destreza.

—Y ahora —prosiguió animado Merry Bones—, escondeos bajo las sábanas, y simulad que dormís como un ángel… ¡Begorra! ¡Me parece que ya oigo el reloj crujiendo ahí abajo!… Pase lo que pase, no os mováis, ni abráis los ojos… ¡Hasta pronto!

En el piso inferior pudo escucharse el ruido del reloj. Merry Bones desapareció rápidamente por el agujero, mientras sonaba la primera de las quince campanadas, inundando con sus vibraciones las sombras de la noche.

En cuanto el martillo del reloj golpeó el cobre por primera vez, subió de la planta baja un ruido profundo, sordo y confuso. Se escucharon pasos en la escalera. Con la segunda campanada, los pasos ya se oían por el pasillo. Con la tercera, la puerta giró lentamente sobre sus goznes, y un resplandor verdoso inundó la alcoba.

Es verdad que la luz que despiden los vampiros aumenta, como el olor de los felinos, en momentos como ése.

El señor Goëtzi entró solo. Parecía una figura humana que hubiese sido esculpida en el cristal de una botella, y la tenue luz de las velas que lo traspasaba proyectaba una sombra transparente sobre la puerta que acababa de cruzar. En ese momento sonó la cuarta campanada.

El vampiro se encaminó hacia la cama, y el corazón de Ann se paró definitivamente.

El señor Goëtzi se reclinó sobre la cabecera, y del interior de su cuerpo brotaron varias voces que decían ansiosamente:

—¡Sed! ¡Tenemos sed! ¡Empecemos la fiesta!

El reloj lanzó su quinta campanada.

El señor Goëtzi retiró ligeramente las mantas, sus labios encarnados se movieron en el gesto típico del catador que va a degustar el vino de una cosecha extraordinaria, y dijo con tenebrosa alegría:

—¡Paciencia, hijos míos! ¡El derecho al primer sorbo me pertenece!
—¡Daos prisa entonces, querido amo!

Según se dice, los vampiros tienen en la lengua una punta muy afilada con la que realizan el corte necesario para satisfacer sus ansias repulsivas. Después del corte, beben del mismo modo que las sanguijuelas. Justo cuando vibraba en el aire el sonido de la sexta campanada, la puerta del cuarto se abrió de nuevo, y apareció por ella Merry Bones, escondiendo su mano derecha tras la espalda. Grey-Jack le seguía con la cabeza gacha. Recordaba a un perro apaleado. Un inglés se rinde siempre ante lo evidente, y las tortas que Grey-Jack había recibido en la decimotercera hora parecían haber sido fantásticas.

En cuanto vio al criado irlandés, el señor Goëtzi silbó, y toda la familia de espectros le brotó simultáneamente del cuerpo. Con un segundo silbido, todos, incluido él mismo, se desdoblaron. Entonces resonó la séptima campanada.

El auténtico Goëtzi se parapetó tras sus doce criaturas, enviándolos contra el irlandés. Ann, que había mantenido los ojos cerrados hasta ese momento, tal y como le había mandado Merry Bones, los abrió en ese instante, y pudo ser testigo de la escena más increíble jamás relatada, desde el principio del mundo.

Dos perros, dos loros, dos mujeres calvas, dos niños, dos mesoneras y una copia del señor Goëtzi intentaban devorar literalmente al desdichado irlandés, que únicamente utilizaba la mano izquierda para defenderse, protegiendo principalmente sus ojos, y en especial del ataque de los loros. Agarraba con el puño la cabeza de las crueles bestias, retorciéndoles el pescuezo, aunque sin lograr hacerles nada y, mientras se entretenía en ello, el perro y el niño le mordían las piernas, y el mesonero y la mujer calva, con la ayuda del doble del señor Goëtzi, le atacaban al estómago, al vientre y al pecho.

A pesar de ser un inglés de pura cepa, Grey-Jack permanecía en el umbral de la puerta sin decir ni pío. No le critiquen anticipadamente. Ésas eran sus instrucciones. Él formaba la retaguardia, y enseguida van ustedes a comprender la absoluta importancia de su papel.

La octava, novena y décima campanada sonaron mientras Merry Bones avanzaba hacia la cama, recorriendo cada palmo a despecho de la furia de esa turba de arpías, machos y hembras, que se abalanzaban sobre él como lo haría una jauría sobre la presa abatida. Les aseguro que, de haber tenido algo más que huesos y piel, no habría sobrado nada de ese pobre desdichado. Pero todos aquellos vampiros no encontraron ni siquiera un pedazo de carne que morder en todo su cuerpo. Todo lo que tenía eran huesos, y un pellejo más duro que el cuero. Quizá me repetiría en exceso si destacase nuevamente aquí la supremacía indiscutible de la obesidad inglesa.

A pesar de todo, sangraba por todas las venas de su maltratado cuerpo, enrojeciendo los hocicos de aquella manada de chacales. Y sin embargo continuaba avanzando, poco a poco, con paciencia, y cuando sonó la decimoprimera campanada, tan sólo le separaban del auténtico señor Goëtzi las dos mujeres calvas.

Entonces se sacudió el cabello, lanzó un poderoso ¡Begorra!, y le propinó a la vieja repugnante un puntapié, que no dudo en llamar heroico, ya que lanzó por los aires a la arpía, que terminó incrustada en el agujero de la chimenea. Su mano derecha, que todavía no había aparecido, realizó un brusco movimiento, y al instante brilló el filo de un hacha de hoja ancha. Casi en el mismo instante en que vibraba en el aire el sonido de la duodécima campanada, la cabeza del vampiro, del verdadero Goëtzi, rodó por el suelo seccionada de un limpio tajo.

Inmediatamente rodaron por el suelo el resto de las cabezas de sus réplicas menores, como si un mismo filo las hubiese decapitado. Cada figura corría en pos de su cabeza, mientras en medio de la confusión podía oírse, atronadora, la voz del criado irlandés:

—¡Ahora es tu turno, viejo Jack, so idiota! —gritó.

Entonces Grey-Jack comenzó a caminar con cautela, sin prisa pero sin pausa, como suelen hacerlo nuestros maravillosos soldados. Tenía claras instrucciones, así que sacó de debajo de la cama el ataúd de hierro, lo abrió justo en el momento en que el doble del señor Goëtzi recuperaba la cabeza; entonces cogió al vampiro, lo introdujo en el féretro, y lo cerró con llave.

El resto de las repulsivas criaturas no parecieron darse cuenta de ello, de lo ocupados que estaban corriendo detrás de sus cabezas. De esa forma sonó la decimotercera, y también la decimocuarta campanada, mientras se retorcían como miserables gusanos en el barro de una cloaca de verano. Merry Bones los miraba riendo con todas sus fuerzas, aunque sin quitarle un ojo al trabajo de Grey-Jack y a los esfuerzos del auténtico señor Goëtzi.

Los dos terminaron al mismo tiempo su trabajo: el viejo Grey-Jack se sentó sobre el ataúd que acababa de cerrar en el instante en que el señor Goëtzi recuperaba la cabeza y la volvía a colocar en su sitio.

Entonces silbó. Los demás vampirículos, obedientes a su gesto, se unieron por pares en un primer momento. Al segundo silbido, la desagradable familia se introdujo atropelladamente dentro de su cuerpo.

La maniobra había sido impecable.

—¿No falta ninguno? —preguntó el vampiro.

Y sin esperar una respuesta, cuando el reloj lanzaba al aire la decimoquinta campanada, se lanzó literalmente a través de la ventana y se zambulló en medio de la oscuridad de la noche.

Una quejumbrosa voz lastimera brotó, sin embargo, del ataúd de hierro y contestó:

—¡Amo! ¡Señor! ¡Os falta vuestra réplica!

Pero ya era tarde. Sólo cuando el reloj acabó de dar las horas, y después de que el cuco se dejase oír también quince veces, pudo nuestra pobre Ann darse cuenta de si estaba viva o muerta.

* * * * *

Tras la última campanada, Merry Bones pidió silencio para explicar la continuación de su plan, ya que como habrán imaginado ustedes la guerra no había hecho sino empezar.

—Señorita —dijo—. Lo más importante sería que inmediatamente partiésemos hacia el castillo de Montefalcone, aunque como Su Excelencia duerme como un tronco…
—Abrid el armario —atajó Ella—, para que pueda respirar mejor.

El criado irlandés prosiguió:

—Será un viaje descansado, y espero recuperarme por el camino. Grey-Jack cargará con el ataúd…
—¡Que el Diablo te lleve!… —comenzó a protestar el buen hombre.

Pero Merry Bones le cortó bruscamente diciendo:

—Necesitamos el ataúd por más de un motivo. En primer lugar, para mantener al pájaro dentro de su jaula…
—Estáis equivocado, valiente irlandés —dijo el señor Goëtzi con voz dulce desde el interior del féretro de hierro—. Tenéis mi palabra de honor de que no huiré, si me ponéis en libertad.
—… y en segundo lugar —prosiguió el irlandés, sin tomarse siquiera la molestia de contestar a aquellas palabras—, para introducir a Su Excelencia en el castillo de Montefalcone, cuando llegue la hora. Por lo visto sus muros son tan altos como la cúpula de San Pablo, en Londres, pero se me ha ocurrido una idea.
—¡Oh, buen irlandés! —se oyó de nuevo la ahogada voz del vampiro—. ¡Qué inteligente sois! Pero os equivocáis al despreciar mi oferta. Os seré completamente fiel, y podría proporcionaros excelentes servicios.

* * * * *

Puede que ustedes piensen que se trataba de una argucia. ¡Pero están completamente equivocados! Casi todos los autores respetables que han escrito gruesos tratados sobre los vampiros coinciden habitualmente en un hecho, y es el de que un vampiro cautivo sólo pertenece a quien lo enjauló, de la misma forma en que ese vencedor pertenecería al vampiro, en caso de que hubiese perdido él la lucha.

Lo que ocurre es que los hombres normales rara vez logran convertirse en los amos de un vampiro, puesto que la ley humana señala que el Bien se muestra siempre mucho menos enérgico que el Mal, y en las raras ocasiones en que se logra capturar a un vampiro, la moral y el buen gusto impiden a su dueño beberse su sangre.

La falta de este detalle impide la completa asimilación del vampiro, su íntima fusión con el hombre vencedor; aunque no por ello el vampiro capturado es menos esclavo de su dueño.

* * * * *

En el mismo momento en que la réplica del señor Goëtzi aseguraba su fidelidad a través de los orificios del féretro, les llegó el ruido de un aleteo procedente de fuera, y el marco de la ventana se sacudió por el exterior, como si un gigantesco pájaro o un insecto colosal se estrellara contra el cristal.

—¿Qué es eso? —preguntó Ann.

El cautivo se apresuró a responder.

—Que no os engañe el ruido ni un segundo. Se trata del señor Goëtzi que vuelve a buscarme, porque no puede prescindir de mí.

—Voy a meterle una bala en el cerebro —dijo decidido Grey-Jack.

No sé cómo, había logrado hacerse con una carabina, que blandía en alto mientras se abalanzaba sobre la ventana.

—Quieto, noble anciano —dijo el vampiro preso—. Ese monstruo que ha multiplicado sus criminales intentos contra vuestra joven ama y sus amigos, es completamente impotente ahora. Le falto yo. Sería demasiado largo explicároslo ahora, con términos científicos y concretos, pero aceptad esta comparación, que espero os resulte esclarecedora. Es cierto que yo soy únicamente una doceava parte del señor Goëtzi, pero también soy el nexo de unión con el resto de sus criaturas, y mi ausencia le deja en la misma situación de un rosario al que le hubiesen quitado el hilo. Así comprenderéis el apuro en que se encuentra.

Aquellas palabras sorprendieron enormemente a los presentes, pero nuestra querida Ann, mucho más sensata de lo que podría esperarse a sus años, preguntó a pesar de todo:

—Prisionero, ¿por qué traicionáis a vuestro señor?
—Querida niña —replicó el murmullo del ataúd—, y que no os sorprenda el oírme llamaros así, pues tengo derecho a hacerlo. Tengo varios motivos para actuar así. Os diré dos de ellos. El primero es la norma que acompaña a cualquier conquista: el vencido continúa siendo enemigo del vencedor. Para que entendáis mejor el segundo motivo, es preciso que os cuente una historia. En los días en que el doctor Otto Goëtzi fue hasta el condado de Stafford para convertirse en el profesor del joven Edward S. Barton, era aún un aprendiz de vampiro. No tenía entonces réplica, ni secuaces, ni nada. ¿Os acordáis de la desventurada Polly Bird, la doncella de la Granja Alta cuyo inesperado final conmovió a los feligreses hace ahora varios años? … Pues bien, queridos amigos, quien os está hablando es la propia desgraciada en persona. Cuando el señor Goëtzi recibió de Peterwardein su diploma de maestro vampiro, me escogió inmediatamente para ser una de sus réplicas y comenzar así la construcción de su organismo múltiple.
—¡Cuando recuerdo —exclamó entonces nuestra querida Ann— que nos sentábamos una al lado de otra en la iglesia, con las siete hermanas Bobington!

Merry Bones miró a Grey-Jack, convencido de que ahora sí que el viejo no aceptaría fácilmente el cargar con el ataúd.

—Ahora que lo pienso —dijo—, Polly Bird era una chica muy buena en otro tiempo, y mi ama no tiene doncella. Si Polly promete comportarse bien y cargar con el ataúd, no veo por qué habríamos de llevarla nosotros sobre nuestros hombros hasta el castillo de Montefalcone.

Finalmente logró convencer a los otros. Merry Bones introdujo la llave en la cerradura del ataúd y lo abrió. Entonces vieron en su interior al señor Goëtzi, y por primera vez tanto Ann como los dos criados habrían jurado que, al mirarlo detenidamente, podían verse bajo los rasgos del despreciable vampiro algunos resquicios de la fisonomía de Polly Bird.

La desdichada agradeció con una expresión cortés aquel favor, e hizo una reverencia en cuanto logró ponerse de pie.

En lo sucesivo, nos referiremos a ella en femenino, para no confundirla con el auténtico señor Goëtzi. Deben ustedes recordar, a pesar de ello, que era un hombre, y que por consiguiente tuvieron que abandonar la idea de convertirla en la doncella de nuestra querida Ann.

Es más, se le ató el pesado cajón de hierro al cuello con una larga cadena, como medida de precaución. De esa forma, tanto Grey-Jack como Merry Bones estaban seguros de que cargaría con él, y además era de esperar que semejante peso dificultaría sus movimientos, impidiendo cualquier intento de fuga.

Comenzaba a amanecer cuando Ella obligó a salir a todos para asearse. Entre tanto, la antigua Polly intentaba despertar a Ned Barton con procedimientos que no conozco. Cuando Ann, después de recitar una breve oración, o más bien una acción de gracias por los peligros salvados, llamó a sus compañeros, Edward Barton abría los ojos por primera vez, mirando a su alrededor completamente estupefacto.

—¿Dónde estoy? —fue su primera pregunta.

Ella intentó darle completas explicaciones, pero su criado irlandés creyó mejor que se pusieran en marcha inmediatamente.

—He estado hablando con nuestra vecina Polly —dijo—, que me ha dado unos buenos consejos. Debemos terminar un trabajo muy delicado antes de dirigirnos al castillo de Montefalcone. No podremos hacer nada, además, mientras el auténtico señor Goëtzi esté vivo.

Descendieron por la escalera. Al llegar al salón de la planta baja, todos pudieron comprobar que el reloj se había detenido precisamente en la decimoquinta hora. Había incluso desaparecido el cuco. Cuando salieron al exterior, les llamó la atención un cartel que colgaba debajo del letrero en que aparecía escrito el nombre del establecimiento. «Posada. Se alquila», rezaba el letrero.

Sin pararse para meditar sobre detalles tan curiosos, aunque insignificantes, la pequeña comitiva inició rápidamente su andadura. La antigua Polly abría la marcha, vigilada en ambos flancos por Grey-Jack y Merry Bones. Evidentemente, era ella quien cargaba con el ataúd de hierro, y los holandeses, gente recia, veían pasar a nuestros viajeros con absoluta indiferencia.

Detrás de ambos criados viajaban nuestra querida Ann y Ned Barton que, aunque un poco débil, lograba caminar apoyado en el brazo de su compañera.

No ocurrió nada digno de mención hasta que alcanzaron la orilla del Rin, excepto el ruido de algunos silbidos distantes entremezclados con el viento, y algunos confusos movimientos entre los matorrales. Merry Bones, convencido de que la antigua Polly actuaba con absoluta lealtad, le explicó a Ann que el señor Goëtzi estaba esparcido por el aire, el agua y las frondas, esperando el momento propicio para adueñarse nuevamente de su réplica, que le era indispensable para recuperar por completo su libertad de movimientos.

En cierta ocasión, nuestra querida Ann sintió incluso algo parecido al roce del aro de un niño en sus piernas, y una voz amarga, cuya procedencia no logró establecer, que decía:

—¡Ahí va el hombre muerto!…

Cuando alcanzaron el Rin, alquilaron un bote para remontar el río hasta Colonia. Al anochecer, cuando las sombras del crepúsculo se adueñaron del río y sus orillas, un pálido resplandor verde se les apareció a una doscientas toesas delante de la embarcación. Se deslizaba contracorriente, a la misma velocidad que ellos.

Conforme aumentaba la oscuridad, el resplandor iba creciendo en intensidad, condensándose progresivamente. Después de haber ocupado un gran espacio, comenzó a reducirse hasta alcanzar el tamaño del cuerpo de un hombre.

Entonces todos pudieron ver con absoluta claridad al señor Goëtzi, que nadaba con los pies por delante, rodeado de su tenue aureola.

Mientras observaban en silencio aquel sorprendente espectáculo, la antigua Polly comenzó a llorar y, cuando le preguntaron el motivo, contestó:

—¿Acaso pensáis que puedo ver sin indignarme al monstruo que me ha robado la honra y la dicha? Oíd mis palabras: no se alejará ni un segundo de vosotros hasta que hayáis logrado destruirle por completo. Le traiciono en favor de mi venganza, pero sobre todo por vuestra propia seguridad. A cualquier hora del día o de la noche, tanto si le veis como si no, podéis convenceros de que el señor Goëtzi os acechará permanentemente. Por tanto, propongo que escuchéis ahora, en todos sus detalles, un plan del que ya he hablado un poco con Merry Bones y que, si se ejecuta sin miedo, permitirá acabar para siempre con vuestro enemigo común. El momento es propicio para hacerlo, puesto que, mientras lo veamos allá, estaremos seguros de que no nos está escuchando. Al no poseerme a mí, se ve obligado a encerrar en su cuerpo a todos sus lacayos, y ya podéis imaginaros la rabia que le corroe.

Después de que aquellas palabras acallaran cualquier objeción, nuestros amigos se reunieron alrededor de la antigua Polly y la escucharon con suma atención, a excepción del desdichado Ned. Resulta penoso reconocerlo, pero lo cierto es que el joven gentleman no se había recuperado por completo. Aún estaba aturdido, y su restablecimiento dependía del tiempo y de más cuidados.

La desventurada primera víctima del vampiro Goëtzi se expresó del siguiente modo:

—Existe un lugar, prácticamente ignorado, que es probablemente el más extraordinario del mundo. Quienes viven en las salvajes campiñas de Belgrado se refieren a él llamándolo tanto Selene como la Ciudad Vampiro. Sin embargo, los propios vampiros se refieren a él llamándolo Sepulcro, o Colegio. Se trata de un lugar normalmente invisible para cualquier mortal. No obstante, hay quienes han llegado a verlo. Aunque es como si cada uno de éstos se hubiese tropezado con una imagen diferente, hasta tal punto difieren y se contradicen sus descripciones. En efecto, algunos hablan de una gran ciudad de jaspe negro, con calles y palacios como cualquier ciudad normal. Todo permanece en sombras, envuelto en una oscuridad eterna. Otros lo definen como gigantescos anfiteatros, cubiertos de cúpulas semejantes a las de las mezquitas, con minaretes que se elevan hasta el cielo, en mayor número que los pinos del bosque de Dinawar. Otros han visto, sin embargo, un circo, uno solo, de fantásticas proporciones, rodeado por una triple hilera de claustros, cuyas arcadas de mármol blanco desaparecen difuminadas por un crepúsculo lunar que sustituye al día o la noche. Allí se alinean, en un orden indescifrable, las moradas o sepulcros de ese prodigioso mundo que la ira de Dios mantiene amarrado al seno de la tierra, y cuyos hijos, medio espectros y medio diablos, vivos y muertos al mismo tiempo, no consiguen reproducirse, aunque al mismo tiempo están privados también de la posibilidad de morir. A pesar de ello cuentan con mujeres vampiro, que se denominan Upiras. Se dice que algunas de ellas llegaron a ocupar tronos, aterrorizando a la historia. Así como en la Edad Media aquellos hombres de hierro que oprimían a los campesinos, después de ser derrotados se refugiaban en sus inexpugnables castillos, esta ciudadela es un asilo tan inviolable como una tumba. De esa forma, siempre que un vampiro es herido profundamente, de una forma que supondría la muerte para cualquier ser humano, terminará por dirigirse hacia el Sepulcro. Su existencia puede padecer, en efecto, crisis que nunca suponen la muerte, aunque son muy semejantes a su verdadera destrucción. En diferentes lugares de la tierra han sido encontrados reducidos al estado de cadáver, aunque su carne permanecía fresca y tierna, y el mecanismo que tienen en el lugar del corazón continuaba bombeando un líquido cálido y rojo. Cuando llegan a ese estado, están a merced de cualquiera. Pueden ser encadenados e incluso emparedados. No pueden realizar ningún movimiento para defenderse, hasta que la suerte traiga a su lado al sacerdote maldito que tiene la llave, la única con la que se puede dar cuerda al mecanismo de su vida aparente. Para ello, el sacerdote debe introducir la llave en un agujero que todos ellos presentan en el lado izquierdo del pecho, haciéndola girar… El señor Goëtzi se encuentra precisamente en esa situación. Necesita urgentemente que alguien le dé cuerda. Conforme van pasando las horas, va sufriendo un rápido debilitamiento progresivo, hasta que se le vuelva a dar toda la cuerda necesaria para recuperarse. Por eso viaja hacia el Sepulcro. Lo único que le mantiene cerca de nosotros es su ansia por recuperarme a mí, que soy su nexo de unión, su líquido sinovial, si me permiten emplear este término científico que aprendí de él. Como todavía no ha empeorado su salud, no tiene prisa, y aguarda el momento propicio para hacerse conmigo de forma habilidosa o sencillamente por la fuerza…

Aproximaos a mí, os lo suplico. La bruma se está espesando y casi no se ve el resplandor del señor Goëtzi. Os puedo asegurar que en cuanto considere que se nos puede acercar sin que le veamos, se meterá en el cuerpo de alguno de nuestros remeros… Nosotros también nos encaminamos al Sepulcro. No os preocupéis. No nos desviaremos casi de nuestro camino, que es prácticamente el mismo. Me conozco de memoria cada atajo hacia ese tenebroso hospital de vampiros. Entraremos entonces en la celda privada del señor Goëtzi y… ¡Un momento! ¡Ya no se divisa nada de la luz verde! ¡Atención!
—¿Y entonces qué? —preguntaron todos al mismo tiempo, con la curiosidad vivamente excitada—. ¿Qué es lo que ibais a decir?
—¡Chist! —siseó la antigua Polly, colocando un dedo sobre los labios—. ¡Escuchad!

Todos oyeron cómo un chapoteo sospechoso agitaba las aguas próximas a la embarcación, cuya estela se veía iluminada con un débil resplandor.

—¡Contádmelo al oído! —suplicó entonces Ann.

La antigua doncella accedió. Era realmente una buena chica, aunque no lo pareciese bajo los rasgos del señor Goëtzi. Todos se fueron acercando, uno a uno, recibiendo el susurro confidencial.

—¡Espléndido! —exclamaron los viajeros—. ¡Es una idea de incalculable valor! ¿Se acuerdan ustedes de la carcajada que pudo oír nuestra querida Ann en el desembarcadero de los Boompies, la noche en que llegó a Rotterdam? Pues bien, algo parecido rechinó en ese momento en el aire y, al mismo tiempo, uno de los remeros experimentó una fuerte sacudida.
—¡Atención! —exclamó la antigua Polly—, ¡el enemigo ha
llegado! Sólo hay una forma de protegerme, y cuando os lo diga os habré demostrado definitivamente mi fidelidad. ¡Colocadme otra vez dentro del ataúd de hierro, y sentaos encima!

Acababan de realizar esta fiel sugerencia, cuando el remero atacado hizo un brusco movimiento y exhaló un profundo suspiro. Al mismo tiempo escucharon el ruido de un cuerpo al caer al agua. Al comprender el fracaso de su emboscada, el señor Goëtzi acababa de regresar por donde había venido.

Durante el resto de la noche no ocurrió nada.

Ya había amanecido cuando pasaron por Dusseldorf. Nuestra querida Ann encargó al criado irlandés que se dirigiese a una casa de instrumentos musicales en busca de un laúd que, a pesar de todo, les sirvió para amenizar la monotonía del viaje.

Les dio la impresión de que el señor Goëtzi se había esfumado. Entonces pudieron abrir el ataúd para darle un poco de aire a la desgraciada Polly.

En Colonia abandonaron el Rin para continuar su viaje por tierra. Alquilaron para ello un carruaje y atravesaron Westfalia, Hessen y una región de Baviera, embarcando nuevamente en Ratisbona, en esta ocasión por el Danubio.

* * * * *

(Continuará…)

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