Invasión (XIII)

Maxence Van Der Meersch






CAPÍTULO IV

I

Cerca de Prémesques se alzaba una colina, antes poblada de árboles, que dominaba Armentiéres y la llanura. En la cima se erguía un castillo en ruinas. En la falda un pantano de aguas gangosas brillaba, a los rayos del sol tímido y débil. En una de las laderas se extendían lo que quedaba de lo que había sido un gran bosque; muñones de un metro de altura, muertos y atravesados por miles de proyectiles. El terreno estaba lleno de hoyos y cráteres; unos relucientes, mostrando una tierra amarillenta; otros antiguos, cubiertos ya de hierba. En medio de aquellos vestigios estaba instalado el campamento de los trabajadores forzados. Desde allí se dominaba todo el terreno, inmensa llanura llena de hierba, especie de ciénaga traidora, donde las aguas fluían entre lujuriante vegetación y donde pequeños estanques marcaban el lugar donde habían estallado los obuses. La maleza crecía al azar en aquella tierra abandonada. Enormes mariposas, grandes y espléndidas, habían vuelto a aparecer sobre el terreno, mariposas como las que se veían en tiempo de la civilización. Estacas y alambradas, grandes esqueletos de caballos muertos, el cuerpo despanzurrado de un tanque y los fosos cegados que habían sido trincheras, completaban aquella áspera desolación de estepa. Menos de cuatro kilómetros separaban aquel lugar del frente. Las barracas de los trabajadores forzados, de los «brazales rojos», estaban situadas en la ladera del monte. Una larga columna de hombres morenos y delgados remontaban el sendero semejantes a una banda de forzados. La ropa que llevaban revelaba su miseria. Impermeables descoloridos, guerreras de pana, viejas cazadoras, pantalones del Ejército alemán a los que habían arrancado el alamar, retiñéndolos con jugo de hojas verdes para hacerlos irreconocibles, pedazos de tapicería y capotes hechos con viejas alfombras. Algunos, muy pocos, llevaban el uniforme de los «brazales rojos», una chaqueta y pantalón cortados en la espalda y a lo largo de las piernas e hilvanado luego con algodón amarillo, para que su poseedor fuera fácilmente identificable y no pudiera pensar en evadirse.

Alain trabajaba entre ellos. Había adelgazado. Sus facciones macilentas estaban bronceadas y endurecidas. Llevaba una camiseta de lana negra desteñida, agujereada y deshilachada, un pantalón de montar con el fondillo de cuero, polainas de tela caqui y alpargatas. Se tocaba con un pañuelo anudado por las puntas. La mayoría llevaba, como él, pañuelos anudados, grises, encarnados y azules, que les daban aspecto de piratas. Iban sin afeitar y la barba les envejecía. El rostro de Alain estaba desfigurado por la fatiga. Sobre todo, en él, como en los demás, se traslucía aquel rencor, aquel aire hosco y duro que se ve en los abrumados por un exceso de miseria.

Estaban muy cerca del frente. De allí les llegaba el ininterrumpido tronar semejante al lejano estruendo de una gigantesca forja. Durante todo el día habían trabajado de firme. A través de la llanura habían cavado una trinchera para ocultar en ella un cable eléctrico que los alemanes querían disimular. Hacía un sol infernal. Trabajaban metidos en el agua y a medida que avanzaban, dos hombres desenrollaban una enorme bobina, tendiendo el cable en el fondo de la zanja. El sol hacía hervir literalmente los sesos en el cráneo. Chapoteaban en un agua pútrida, llena de carroña y fétida, muriéndose de sed en medio de tanta agua. El sudor perlaba sus rostros, como lluvia. Los brazos se hinchaban. El pico les pesaba como plomo, difícil de arrancar del suelo y penoso de manejar. Casi no avanzaban, a pesar de lo mucho que se esforzaban. Notaban que las venas de sus brazos se hinchaban, como si fueran a estallar. Y si se detenían un instante para tomar aliento, si se tomaban un fugaz descanso para enjugarse el sudor, acudía en seguida el alemán.

—¡Aprisa! ¡Aprisa!

Se rebelaban frecuentemente.

Merde!

El alemán les amenazaba con el bastón y amartillaba el revólver. Entonces se contenían, recogían la herramienta y reanudaban el trabajo. El agua les llegaba al vientre. Jadeaban como caballos extenuados. Tenían calambres y se les formaban bolas de músculos crispados bajo la piel fláccida y sin grasa. Bastaba doblar el antebrazo o la pierna para que se produjera, en la pantorrilla, en la corva o en el bíceps, un calambre, esa especie de nudo de músculos que produce el agotamiento. Ni siquiera tenían derecho a salir del hoyo para orinar. Los orines eran un líquido ácido y oscuro; la orina espesa, turbia, punzante de un animal que se devora a sí mismo, que vive de su propia carne.

—¡Aprisa! ¡Aprisa!

Volvían a coger la pala o el pico. El musgo quemaba la carne de las manos. Un líquido espeso salía de las ampollas, donde la piel colgaba a jirones. La saliva se pegaba a los labios y a la boca como lija, y de vez en cuando, desde el frente, caía un obús después de trazar una larga parábola. Era entonces necesario dejarlo todo, correr a abrigarse bajo un vagón de cemento, aguardar la explosión y luego volver a reanudar el trabajo.

Ocho horas duraba aquel martirio y, una vez transcurridas, se regresaba, finalmente, a las barracas. Pasaban antes por la cantina para recoger su escudilla de sopa. Luego llegaría la hora de dormir.

La barraca que servía de cantina estaba repleta. Cada uno tenía que tender su escudilla y recibía un cazo de agua grasienta donde flotaban unos pedazos de remolacha y unas hebras de carne cocida. Cuando la recibían, salían uno a uno y se iban a comer solos, como animales, en un rincón del campamento, pues los prisioneros se robaban la comida y las escudillas unos a otros. Fuera pequeña o grande, siempre llenaban la escudilla en la cantina. Por eso, una escudilla grande valía allí su peso en oro.

Alain regresó a su barraca, pescando con los dedos pedazos de remolacha en el agua turbia y grasienta. Había una docena de barracas, largas construcciones de madera y cartón embreado, vacilantes, podridas, medio destruidas por las lluvias, por las tempestades, por las ondas explosivas, masas negras, sórdidas e inseguras. Las ventanas estaban cubiertas por telas aceitadas y barrotes de hierro. A lo largo de las paredes había montones de basura, botes de conserva, trapos en descomposición, carroña y cristales rotos. A trechos, en el interior de la barraca, un resplandor vago se filtraba a través de los papeles aceitados, indicando, en la penumbra del crepúsculo, una luz o un fuego.

La barraca del equipo de Alain era la tercera de la hilera. Entró. Era oscura, con el suelo de tierra apisonada y el techo en forma de A, atravesado por vigas. Dos hileras de literas de hierro, un amontonamiento de sacos, ropas, trajes de uso diario, cajas de herramientas, madera vieja, estaban situados a lo largo de las paredes. En medio, en la penumbra, un fuego humeante, negro y rojo, siniestro, elevándose en largas lenguas hacia el techo, dejaba escapar el humo por un agujero informe. A su alrededor, varios hombres lo alimentaban con trozos de cartón embreado que hedía al quemarse. Por el aire se esparcía un olor de alquitrán quemado, mezclado con fuertes emanaciones de humanidad sucia y densa y del aroma penetrante de un cuarto de caballo que acababan de asar sobre la humeante llama. En aquel momento devoraban alrededor del fuego los pedazos de carne, desgarrándola con los dientes, como animales.

Alain se acostó en seguida, para comer el resto de su escudilla en su lecho de virutas. No tenían siquiera jergón. Dormían sobre tablas dispuestas sobre la cama y cubiertas de hierba y hojarasca. La cama de Alain estaba muy elevada, debajo mismo del techo. Había librado prolongadas batallas antes de conseguir aquel lugar tan envidiado. Estando sobre el nivel de los demás, no se recibían ni las virutas ni los desperdicios de los otros. Siempre se acordaba con disgusto de la primera cama, que había tenido que compartir con Jules, a quien llamaban «el podrido», porque sufría eczema en la barbilla, que supuraba continuamente. Lo había abandonado, pasando a compartir la cama con un tipo tristemente célebre por su costumbre de hacer sus necesidades en el mismo lecho. Luego, a fuerza de puños, había logrado conquistar la cama actual. Su compañero era Blanton, que había muerto el día anterior por haber ingerido demasiada sal de cocina. Tenía grandes deseos de volver a su casa y había dicho a Alain:

—Ya verás, engulliré mucha sal y, entonces, me pondré enfermo. Haré como que estoy grave y me dejarán marchar.

Al verle caer aquella mañana, creyeron que su treta había dado resultado. Únicamente cuando fueron a recogerlo se dieron cuenta de que había muerto verdaderamente por haber comido demasiada sal. Llevaron su cuerpo a las barracas, pero durante el día las ratas le habían roído los pies hasta los tobillos. Lo enterraron al día siguiente, por la mañana. Era el segundo que caía aquella semana. La víspera, Alain había cavado la fosa de su amigo Vlietz, muerto por los alemanes al intentar evadirse.

Alain pensaba en tales cosas mientras vaciaba la escudilla que tenía entre los muslos. Por sus pies desnudos corrían los piojos. Se rascó maquinalmente con una mano, sin cesar de comer. Eran unos enormes piojos grises, con una mancha blanca en el lomo. Como la mancha tenía un vago parecido con la forma de una cruz, decían que el emperador los había condecorado con la Cruz de Hierro.

Alrededor de Alain reinaba el habitual tumulto de los campamentos. Se respiraba una atmósfera acre y fuerte, que olía a animal, a tabaco y a humo de alquitrán. Jules, «el podrido», de pie debajo de Alain, con la cabeza a la altura de la cama, se afeitaba con una hoja que sostenía entre los dedos, rascando su piel rosada e inflamada. Bidard jugaba al pote con Netje y otros tres. Mejillón, uno de Tours, que vendía pescado y debía su apodo a su profesión, estaba sentado en cuclillas en medio de la barraca, de espiadas al fuego, tocando la armónica mientras un círculo de espectadores llevaba el compás. En medio del corro, dos apaches bailaban danzas extrañas con gran lujo de contorsiones y de muecas. Bailaban cogidos por el codo, \ por los hombros, por los pelos, a la pata coja volviendo la espalda o bien de rodillas. Mejillón llevaba el compás de la música con la cabeza, soplando incansablemente, haciendo correr su armónica por los labios y pasando de una tonada a otra, La Valse a Tototte, Vas-y ma poulette, La misione a mesigue y otras de un repertorio muy extenso. Tendido en su cama, Donghe, personaje de costumbres dudosas, perforaba unos dados para emplomarlos. Babin, agachado delante de una candela de sebo, abría la boca, como si quisiera tragársela, una boca fétida, de la que colgaba un hilo de baba; boca parecida a una caverna de color púrpura, en la que una barricada de dientes negros bloqueaba la entrada. Delante de él, su amigo Foubert exploraba aquella gruta con ojo penetrante y arriesgando un dedo le sacudía delicadamente un incisivo. Babin gemía palabras ininteligibles y babeaba abundantemente. Tenía un enorme bajo vientre distendido por una hernia escrotal que se adivinaba a través de su pantalón. Usaban entre ellos un patois mezclado con argot que ni los mismos alemanes comprendían.

¿Quién de aquellos hombres había, denunciado a Vlietz? No cabía la menor duda de que le habían denunciado. La cosa era habitual. Aquellas gentes que compartían la misma miseria y que estaban allí, en su mayoría, a causa de una traición o de una carta anónima, como Alain, se traicionaban los unos a los otros, reacios a que un camarada tuviese más audacia o más suerte que los demás. Vlietz había preparado bien su golpe. Había ahorrado galletas y había comprado a Alain sus zapatos por cien cigarrillos y tres pastillas de jabón. También se había procurado brújula; la única que existía en el campamento. Le había costado una almohada neumática, un acordeón y otras cosas raras. Tales transacciones debían haber puesto en guardia a algún envidioso, y Vlietz fue apresado en seguida. Huyó la noche del domingo, después de haber cortado con una cizalla las alambradas que cerraban aún el campo en algunos puntos y donde no había centinelas. Como la oscuridad era muy densa, fue a caer precisamente en brazos de cuatro alemanes que ya le esperaban. Lo llevaron a la oficina. Desde las barracas se escucharon los aullidos, las súplicas, los gritos de agonía. Luego lo echaron en el calabozo. Allí estuvo dos días. Al pasar, se escuchaban sus gemidos. Murió al tercero.

Alain, ayudado por dos alemanes, lo enterró. Volvió a recuperar sus zapatos. La brújula había desaparecido.

Entonces decidió evadirse. Aunque pareciera singular, la aventura de Vlietz acabó por decidirle. No decía nada a nadie, pero se preparaba en secreto. Compró galletas, cambiándolas por lo que le quedaba de jabón y cigarrillos. Se hizo con un gran clavo al que desgastó la cabeza. Luego le puso un mango de madera, afiló la punta y la fue desgastando sobre una piedra hasta darle la forma de una lima triangular. Cuando pensaba en su casa, en su madre, se estremecía ligeramente. Pero no se atrevía a evocar demasiado aquellos pensamientos. La tentativa y muerte de Vlietz había hecho cristalizar su propia decisión. Todo terminaría de una vez. Él también huiría y moriría en el empeño o volvería a su casa. Su casa… Vivir allí recluido en el desván o en la bodega, escondido a los ojos de todos, pero entre los suyos, volviendo a la existencia de los primeros días de la guerra, era para él un hermoso sueño.

Desechó aquella visión —deseable hasta rayar en lo doloroso—, esforzándose en volver a la realidad. A sus pies, dos jugadores, a los que no veía, discutían insultándose por un triunfo desaparecido. Otro se despiojaba, y un tercero contaba la ganancia obtenida en una partida de pote. Pues a pesar de su horrible hacinamiento, aquellos hombres tenían mucho dinero y jugaban grandes sumas, ganando y perdiendo centenares de marcos con los soldados del frente.

Junto a la hoguera, ya en rescoldos, Mejillón, en cuclillas, nostálgico, en el centro del coro de oyentes, seguía soplando su armónica, tocando la canción favorita de los crápulas de Roubaix, que el coro, sentado en torno suyo, repetía en voz baja, como una venganza de cara a los alemanes:

Defais t’capote Menheir
In t’arringera!
L’peug su t’gueule,
Tant qu’te voudras

Era aquella una de esas melodías anónimas, especie de canciones de gesta, surgidas espontáneamente, homéricamente, de la mente popular, sin que pueda señalarse autor, sin que haya sido impresas nunca, ni tan siquiera escritas, y que se difunden así oralmente, de boca en boca. Como aquella había muchas, sus grandes temas eran las llamadas mujeres de boches, los alemanes, los presos civiles, los «brazales rojos»… Aquellas canciones de gesta desaparecieron al final de la guerra y no se volverían a escuchar jamás.

De pronto se oyó débil, ligero y siniestro, en medio de la algarabía de la barraca, un ronroneo lejano que llegaba del cielo y que suspendió unos instantes los ruidos, aumentando enormemente en el súbito silencio.

Merde! ¡Ellos otra vez!
—¡Apagad las luces!

El interior del barracón se quedó en una absoluta oscuridad, solo disipada en el centro por el resplandor rojizo de las ascuas. El ronroneo era cada vez mayor y se acercaba lentamente. Debían de producirlo al menos diez aviones franceses. Súbitamente, se escuchó un gran silbido seguido de una explosión. La barraca vaciló como un navío que fuera a irse a pique. Siguieron dos, tres, cuatro bombas. Afuera sonaban los ladridos del cañón antiaéreo, al resplandor de cuyos disparos se veía a través de las telas aceitadas y las tablas mal unidas. Los franceses apuntaban al polvorín que había en la falda de la colina.

Siguió una ligera tregua. Los del barracón tomaron aliento y se escuchó la gruesa voz de Bidard:

—¡Los puercos! ¡Podían romperse los hocicos en la torre del castillo!
—¡Ojalá!

Era la respuesta unánime. Todas las noches acudían aviones aliados que buscaban con sus bombas el polvorín. Un día u otro acertarían y, entonces, todo el campamento saltaría por los aires. Hubieran preferido que ocurriera cuanto antes para no tener que sufrir aquella angustia continua durante centenares de noches. El peligro liada olvidar el patriotismo. Algunas veces iban a parar allí tipos extraños, paisanos y espías franceses. Trataban de interrogar a todo el mundo, pero nadie se fiaba de ellos.

—¿Explosivos aquí? ¿Una batería? No, no; aquí no hay nada.

La verdad era que se c… en ambos bandos, en franceses y alemanes; en todos los que hacían la guerra. Ellos, a pesar de todo, querían seguir viviendo.


II

Manipulaban con cuidado los obuses. Había llegado un vagón para la descarga. Trasladaban de dos en dos aquellos largos cilindros siniestros a los cobertizos y los depositaban en montones, con suavidad. Como tenían la costumbre de manejar obuses, aquello no les producía ya la menor impresión. El soldado que les vigilaba era un veterano que formaba parte de los Genesung Abteilung.

Había sido herido y estaba allí pasando su convalecencia. Con el fusil al hombro recorría los cien pasos reglamentarios, dejando tranquilos a los hombres que trabajaban a pocos metros de él. No estaba acostumbrado a aquel oficio de cabo de vara.

Alain interrumpió su trabajo. Hizo al alemán un gesto, como si quisiera ir a hacer sus necesidades. El centinela comprendió y asintió. Alain se alejó unos pasos y se metió en un hoyo de obús.

Unos instantes después, el soldado llamó bruscamente a aquel hombre que no volvía. Volvió la cabeza, buscándolo con la mirada, y vio a lo lejos, minúscula ya, una silueta que huía, que desaparecía. Dos o tres pensamientos rápidos y brutales atravesaron su mente: «Evasión… vuelta al frente… las trincheras de nuevo… ¡El miserable…!».

Se echó el fusil a la cara, hizo fuego y luego se echó a llorar con desesperación.

Alain hizo tres etapas de noche, a través de los campos. Caminaba al azar, guiado por una especie de sentido de la orientación que le había dado aquella vida agreste y salvaje que llevaba desde hacía tan largo tiempo. Comía avena, mascando los granos y tragándoselos después penosamente. Llegó a Roubaix agotado, vacilante, desfallecido de hambre y de fatiga, temblando de felicidad, al pensar que había escapado al infierno de Prémesques.

Cuando llegó, L’Epeule dormía envuelta en tinieblas. En su casa no había nadie. Presintiendo una desgracia, llamó a la puerta de tu tía Flavie. Y por ella y su primo François supo que su madre estaba allí, enferma, moribunda y sin conocer a nadie, Jacqueline y Camile habían sido evacuados a Francia. No podía quedarse, ni esconderse allí. Si hacían un registro, su madre moriría de terror. Tenía que volver a Prémesques. Alain se desplomó sobre una silla y se echó a llorar. Se sentía al límite de sus fuerzas. ¿Para qué habían servido tantos esfuerzos, tantas penalidades? Ni siquiera podía ver de nuevo a su madre. Ni siquiera se enteraría ella de que había estado allí. No pudo comer ni beber nada. Se fue, como un desesperado, sin escuchar, sin querer aceptar nada, a entregarse a la Kommandantur.


Cuando Alain entró de nuevo en Prémesques, bajo la escolta de dos «diablos verdes», estaban siete alemanes en el cuerpo de guardia. Al primer bastonazo creyó que la cabeza iba a estallarle.

Es incomprensible cómo algo tan frágil como el vientre de un hombre puede soportar golpes tan terribles, patadas de botas herradas y bastonazos, sin reducirse a papilla. Aplastados por dos o tres mocetones de ochenta kilos, los intestinos hubieran debido romperse, destrozarse las costillas. Un golpe con una barra de hierro en pleno rostro debía hacer saltar los dientes y los ojos. No es posible saber cómo una máquina tan delicada puede resistir semejantes golpes, reponerse luego y seguir funcionando.

Alain se preguntaba todo eso durante los cuatro días que permaneció tendido en la barraca que servía de calabozo y donde Vlietz había muerto antes que él. Lo habían dejado allí dándolo por muerto. Su alma no era más que oscuridad y su cuerpo dolor. No se reconocía al tocarse la cara, hinchada y tumefacta. Vomitó coágulos, orinó sangre y sufrió e oscuro y martirizador trabajo de la carne que va rehaciéndose célula a célula, restableciendo las conexiones, reanudando los conductos, recogiendo los derrames, expulsando las partes muertas y volviendo lentamente a latir renovada.

Al despertarse al quinto día, se dio cuenta, con estupor, de que tenía hambre.


III

La llegada de François van Groede fue la salvación de Alain.

François, el hijo de su tía Flavie, era el encargado de una esclusa. Pero era un funcionario tan raro, siempre ausente y desaparecido, y presente únicamente cuando pasaban chalanas de carbón, que los alemanes se cansaron y le ofrecieron una residencia temporal en la cárcel de los baños de Roubaix y de allí lo mandaron a Prémesques.

Más joven que Alain, François era menos robusto, menos vivo de espíritu, menos pronto a las reacciones defensivas y, por eso, se vio reducido en el espacio de unas semanas a una condición lamentable. Atontado por el espantoso espectáculo de las barracas, del campamento y del trabajo, objeto de burla por todos sus compañeros y de brutalidades por parte de los guardianes e incapaz de defenderse de ellas, cayó muy pronto en una postración absoluta. Al sentirse enfermo quiso visitar al mayor médico, pero este lo envió a paseo y tuvo que remprender el trabajo, convencido de que no volvería a Roubaix.

Alain lo encontró dos o tres veces. Le dio noticias de su madre y de su casa, pero a aquello se redujo todo. No vivían en la misma barraca y no eran del mismo equipo, por lo que Alain se limitó a ignorar a su primo.

Un mediodía, Alain llegó con retraso al trabajo. La víspera había bebido demasiado y los guardianes, al ver que se volvía peligroso y pegaba, lo habían atado al «poste de la tortura», donde había permanecido suspendido de unas cuerdas y con las carnes deshechas. Unos soldados del frente habían discutido con los guardianes y, al final, habían conseguido soltarlo. Aquello ocurría, frecuentemente.

Y Alain se halló en su jergón, con las ideas brumosas y tan disgustado de sí mismo y de los demás como se puede estar a los veinte años. Al levantar un brazo, vio en él huellas de unos golpes de los que ni siquiera se acordaba. Cuando se incorporó a su equipo le dijeron que su primo François estaba enfermo y quería verlo. Bidard, que tenía mucha vista, añadió que aquel muchacho no era capaz de tenerse en pie, que estaba más pálido que un nabo y que pronto estaría para que lo enterraran.

Después del trabajo Alain corrió al segundo grupo de barracas. Durante toda la tarde había tenido remordimientos que se acrecentaban con el recuerdo de la borrachera de la víspera.

François estaba en una litera, débil y blanco como un «nabo». En el suelo, a su lado, tenía una escudilla con agua donde flotaban pedazos de remolacha.

—¿Te encuentras muy mal?

François entreabrió los ojos y no demostró ninguna sorpresa al reconocer a su primo. Parecía estar sumido ya en una inquietante indiferencia. Murmuró:

—No, no mucho…
—¿Qué te duele?
—No puedo digerir nada.
—¿Estás débil?
—Mis piernas, mi cabeza…, no puedo andar.
—¿Tienes hambre?
—Sí, pero vomito las remolachas.

Alain reflexionó un instante.

—Espérame esta noche. Te traeré carne.
—¿Carne?
—Ya verás.


—¡Los caballos están allí! —murmuró Bidard.

Estaban al abrigo de un bosque, en una cañada, en el límite de un claro del arbolado. Eran cuatro: Alain, Bidard y dos alemanes. Habían acudido a matar un caballo de los que pacían a unos tres kilómetros del campamento. El calvero se extendía delante de ellos, extenso, rodeado de las negras sombras del bosque y bañado por el claro de luna. De trecho en trecho, entre la alta hierba, se veían sombras deformes tendidas en el suelo. Hacia el centro percibíase la silueta del brocal de un pozo rematado por un asa de la que colgaba una polea. No soplaba una sola ráfaga de aire. Solo se percibían el continuo susurro del follaje en el bosque y en la paz mágica de la noche.

—¡Vamos! —susurró Bidard—. Komm duu!

Se deslizó a través de la hierba, franqueó agachado la alambrada. Avanzaron en grupo, destacándose sus siluetas erguidas y oscuras en aquella claridad plateada que les inundaba. Vacilaron unos instantes. Luego se desplegaron en una ciega tentativa de cerco.

No tenían fusil ni hacha. Solo dos bayonetas y dos cuchillos. Aquellas armas no bastaban para despachar aquellas grandes moles. Todos se daban cuenta de la dificultad y avanzaban con cierta incertidumbre. Después de tanto tiempo de inacción, el hombre ha olvidado la agresión, el cuerpo a cuerpo, el ataque de cerca. De los cuatro el más audaz era Bidard, un apache que sabía dar golpes certeros.

Se encontraban en medio del calvero cuando los caballos dieron muestras de inquietud. Los vieron levantarse, husmear el aire. Aquellos animales conservaban el instinto primitivo, la desconfianza del herbívoro. Se agruparon, husmearon el viento y se alejaron en manada hacia el fondo del calvero con un ligero galope que no parecía siquiera rozar la hierba, que parecía tan fantástico como aquel claro de luna, aquel paisaje y toda la escena.

Komm! —exclamó Bidard.

Los demás estrecharon el cerco. Lentamente, la red humana fue aprisionando a los animales, empujándolos hacia un extremo. Era necesario correr, saltar con los brazos abiertos, para impedir que los caballos pasaran. Tropezaban, caían sin dejar de avanzar. Acabaron por tener a la manada cercada en un rincón. Siguieron avanzando, avanzando lentamente para no espantarlos. Los animales, inquietos, levantaban las orejas, se apretaban unos contra otros y corrían cortos galopes. Uno de ellos relinchó. Era evidente que tenía miedo de aquel peligro desconocido. El grupo se detuvo y únicamente Bidard siguió avanzando, pues había sido carretero y conocía bien a los caballos. De pronto, gritó:

—¡Uee! ¡Uee!

Los animales se detuvieron, escuchando.

—¡Hoola! ¡Oh!

Siguió avanzando. La voz humana, aquellas exclamaciones familiares, devolvieron la confianza a los animales y contribuyeron a tranquilizarlos. Volvieron a ser obedientes. Renació en ellos la sumisión al dueño, al hombre. Dejaron que Bidard se aproximase. Vieron cómo la sombra de este se confundía con la de los caballos. El antiguo carretero volvió junto a sus camaradas, conduciendo por la crin y los ollares a un alazán. Los cuatro se alejaron con el animal. Evitaban instintivamente el centro del calvero, aquel terreno iluminado por la luz virgen de la luna. Llegaron a la linde del bosque en fila india. El caballo agitaba la cola, balanceaba la cabeza y les seguía dócilmente, como si fuera al trabajo diario.

En un extremo de un claro del arbolado se detuvieron.

Nein —dijo Bidard—. Hace falta luz. Hier! ¡Aquí!
—¿Quién lo matará?

Se miraron. Luego volvieron la mirada hacia el animal. Era muy grande aquel caballo. ¿Dónde descargar el golpe? ¿Dónde herir un organismo tan poderoso? ¿En el corazón? ¿En la cabeza? Era muy fácil decirlo… Un caballo es muy fuerte y es necesario tumbarlo de un solo golpe. El caballo, tranquilo, aguardaba pacientemente, oliendo la hierba y resoplando. Acaso, una cierta piedad invencible embargaba el alma de aquellos cuatro carniceros improvisados que a la luz azulada de la noche formaban un grupo extraño en torno del enorme animal.

—Dame tu bayoneta —pidió Bidard.

Un soldado le dio su bayoneta.

—Bájale la cabeza y sujétalo por los ollares, Alain.

Este obedeció, haciendo bajar la cabeza del caballo. Bidard se colocó a un lado, probando el filo de la bayoneta. El animal tendió el cuello y Bidard pasó el arma bajo la garganta y tiró hacia sí, degollándolo con un gesto ritual y antiguo de matarife. Instintivamente, Alain soltó al animal. Este, sorprendido, se irguió, alejándose de un salto, coceó y dio algunos pasos.

—Esperad —murmuró Bidard.

Desde lejos, el animal los contempló inmóvil. Empezaba a sentir dolor. Sobre el pelaje castaño de sus patas se veía correr la sangre.

—Esperad —repitió Bidard.

Fue aproximándose al animal cautelosamente. Este estiraba el cuello y bajaba la cabeza lentamente. Cuando estuvieron más cerca, vieron que temblaba; pero, a pesar de ello, seguía de pie, sosteniéndose sobre sus cuatro patas, que parecían estar plantadas en el suelo como pilares. De pronto lo sacudió un estremecimiento, que fue acentuándose por momentos hasta que cayó de rodillas. Su cabeza vaciló balanceándose con movimientos retardados. Se desplomó dulcemente, echándose de costado. Levantó una vez la cabeza…

—Cojamos los cuartos traseros —dijo Bidard.

Rodearon al animal. Bidard, tendido entre las enormes ancas, hundió la bayoneta en el ano y, ayudándose de todas sus fuerzas, abrió el vientre redondo e hinchado de hierba. Con un silbido se desparramó por el suelo un torrente de entrañas azuladas. Resbalaron en ellas, pisando gruesos intestinos y cortando una carne viva que resbalaba bajo el filo, como si fuera de goma. Bidard, con los brazos arremangados hundidos en el vientre del animal hasta el hombro, buscaba y seccionaba los tendones de la articulación femoral, mientras los otros tres, empuñando el miembro con las manos, le daban vueltas y lo retorcían hasta arrancarlo.

Volvieron a través del bosque. Entre dos llevaban una pierna sobre los hombros, un gran muslo peludo del que manaba sangre. En el claro habían dejado el cuerpo seccionado, cortado por el vientre.

Se detuvieron poco antes de llegar al campamento. Unos pasos se aproximaban. Dejaron caer la carga y permanecieron inmóviles. Súbitamente, Alain, que iba en cabeza, dio de manos a boca con dos sombras. Adivinó más que vio los cuellos verdes que sobresalían de los capotes. ¡Eran «diablos verdes»! Retrocedió y buscó con gesto instintivo su cuchillo. Los alemanes se adelantaron hacia él.

—¿Tú también robar gallinas? —preguntó uno de ellos.
—No…, sí… —dijo Alain, todavía sudoroso de emoción—. ¿No sois policías?

Le enseñaron el cuello verde y luego se desabrocharon el capote. Eran dos granaderos de infantería, cuyo uniforme tenía el cuello verde como el de los policías.

Les indicaron dónde podrían encontrar los restos del animal y les vieron alejarse mientras ellos entraban en el campamento sin hallar ningún obstáculo. Desde hacía mucho tiempo, las alambradas, cortadas y aplastadas por las bombas, ya no existían.

Encendieron fuego en el interior de la barraca. Colgaron del techo los muslos descuartizados, y valiéndose de largos alambres encorvados como ganchos, los fueron asando. Una llama humeante tostaba la carne rojiza, dorándola, bronceándola y dándole un color cálido y espléndido. La grasa amarilla goteaba, haciéndose transparente, y al caer en la llama la avivaba constantemente. El hueso ennegrecido humeaba. El vaho de la carne asada y de la grasa quemada llenaba los olfatos y los estómagos. Alrededor del fuego rojo y negro, todos contemplaban los chorreantes y grasientos cuartos que lamían unas llamas breves y vivas. La carne se chamuscaba y agrietaba, dejando escapar una sangre espesa, un jugo precioso para aquellos hambrientos cuyos rostros ávidos iluminaban el resplandor púrpura de las llamas.

Fue un hartazgo de carne, sin pan, vino ni sal. Alain se llevó un pedazo para François. Atravesó el segundo grupo de barracones. El olor de aquella carne despertaba al pasar a los demás hombres, haciéndoles oler el aire con avidez.

François ya le esperaba. El solo aroma le hizo la boca agua. Cogió con ambas manos la carne tierna y mordió. Un jugo abundante, caliente y reconfortante salpicó su boca, la inundó. Lo bebió aspirándolo, apretando y mordiendo aquella carne como un niño el seno de su madre. La vida volvía a correr por sus venas.


François comió carne durante cinco días consecutivos y recobró sus fuerzas.

Alain se erigió en su protector. Había llegado a ser hábil y fuerte, como un lobo entre lobos. Puso aquella experiencia al servicio de François y la purificó, utilizándola en beneficio de otro. El robo, la pelea y la rapiña justificaron su fin si eran puestos al servicio de un semejante.

François aprendió muchas cosas de Alain. Ignoraba completamente las particularidades de aquella vida salvaje, y su primo le enseñó a hacerse un encendedor con un cartucho vacío, yesca con trapos quemados y a mendigar bencina a los conductores de tractores que hacían gotear el carburador cuando se lo pedían.

Si faltaba bencina, conservaban encendido, incandescente, un largo pedazo de cuerda de algodón. Se consumía lentamente y aquel puntito de fuego rojo, al contacto de un montoncito de pólvora negra, bastaba para producir llama. François aprendió también a robar cartón embreado para hacer fuego y a lograr que la madera mojada ardiera por medio de pólvora. Aprendió también a practicar el intercambio en aquella especie de reunión que se celebraba cada noche y en la que el jabón, las galletas y los cigarrillos eran unidades monetarias. Se cambiaba avena por zapatos, algarrobas por una chaqueta y tabaco por una mandolina. Los alemanes compraban jabón para enviarlo a Alemania y bandas de tela cortadas en forma de polainas. A cambio ofrecían su tabaco, sus galletas y alcohol.

Pero, sobre todo, aprendió François a encontrar comida, a entenderse con aquellos alemanes que venían del frente y a robar en su compañía. La mayoría ellos sentían compasión por los prisioneros, compartían sus pobres rebanadas de pan con mantequilla y partían en dos un pequeño pedazo de carne para los pobres camaradas franceses. Por la noche salían juntos para robar la comida de los caballos. Volvían con habas, aquellas terribles habas que hinchaban el vientre y que, a pesar de todo, se comían, o bien avena. Encendían fuego, calentaban una plancha de hierro, tostaban encima los granos de avena y se los comían. El hambre era terrible. Se desconfiaba de todos, y cada cual iba al trabajo con su pan colgado del cuello por temor a los ladrones y a las ratas. Con alambre construían trampas para cazarlas, pero a François le era imposible comerlas si antes las había visto con piel. Alain se las despellejaba. Los caracoles le asqueaban más que las mismas ratas. Una vez hallaron una rana en el camino, la mataron, la cortaron en dos y se la comieron.

Al cabo de algún tiempo François pudo volver cada quincena a Roubaix. Alain no podía hacerlo. Estaba considerado como peligroso después de su evasión y le habían cortado un borde de su tarjeta de identidad. Con aquello quedaba expuesto al rigor de los guardianes. Los domingos por la noche, regresaba François con comida: una escudilla de arroz y guisantes. La repartían, haciéndola durar unos ocho días. Para ello contaban los guisantes uno a uno, comiéndose veinte al día. Una vez tuvieron una emoción, una gran emoción. En el fondo de la escudilla de guisantes, al finalizar la semana, hallaron un gran muslo de conejo. Los dos se echaron a llorar conmovidos. ¡Un muslo de conejo!

François fue recobrándose hasta ser el mismo de siempre. No precisaba ya de ningún sostén o defensa para mantenerse a salvo. Se sentía reconfortado, confiado. Cierto que en el campamento se sufría, pero también llegaría el fin de aquellas penalidades. Presentía que la guerra se terminaría. Y Alain, en medio de su dolor, y a pesar de que el porvenir le había parecido siempre negro y triste, se sentía también menos abrumado y menos sombrío. Empezaba a darse cuenta, con gran sorpresa, de que, por muy desgraciado que se sea, puede también alcanzarse la felicidad, olvidándose de sí mismo para ocuparse de las miserias de los demás.

(Continuará…)

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