LA TOALLA MANCHADA DE SANGRE (I)

Fernando Morote






La noticia señalaba que el cadáver había sido hallado en horas de la madrugada por un cocinero. Se supo que éste volvía a su casa después de haber cumplido sus labores en una sandwichería de la Avenida Piérola. No era usual que Barranco amaneciera con un muerto sobre el Puente de los Suspiros.

He vivido aquí desde que nací. Sé que ayudar a la policía significa meterse en problemas: puede uno terminar preso. Al negro Cayetano lo encontraron degollado, le metieron además un balazo en la frente y su cuerpo presentaba múltiples fracturas. Sólo faltaba la mutilación de algún miembro para completar el cuadro.

Nadie mata a un obrero de construcción civil con tal furia y grado de ensañamiento sólo para robarle sus humildes pertenencias. Sus antecedentes consignaban que en su juventud había sido detenido varias veces por faltas menores. Luego protagonizó incidentes más serios hasta que finalmente le dieron una condena de diez años por un delito mayor. Tras una temporada de reincidencias, cuando lo trasladaban de una prisión para reos primarios a otra de máxima seguridad, se las arregló para reducir a sus custodios, atacar al chofer del bus que lo transportaba y huir arrebatándoles las armas.

El reporte de prensa indicaba que había pasado la noche bailando en la peña El Plebeyo. A fin de obtener referencias del hecho, decidí visitar a algunos concurrentes. Inicié mi ronda en el bar de Piselli. El viejo italiano agasajó mi presencia con un vaso de vino borgoña y una porción de queso suizo, pero su aporte fue más bien escaso. En cambio Máximo, su empleado de confianza, que había estado observándonos desde el mostrador limpiando copas con un sucio delantal blanco ceñido a la cintura, me detuvo el paso cuando estaba retirándome.

—Yo estaba yendo a comprar el pan cuando vi el cuerpo tirado en el puente… Pensé que se trataba de un borracho. Sólo supe que no lo era cuando vi a Eulogio, el cocinero de Tejadita, apoyarse en la baranda y empezar a vomitar, imagino que la impresión lo torció… Era muy temprano, estaba nublado y hacía frío… Sólo se oía el ruido de las olas. El olor a mar era muy fuerte, a lo mejor estaba picado…

Era poco lo que podía armar con eso.


Álvaro Del Solar, el dueño de El Plebeyo, no conservaba un registro de asistentes a su local. El interior, a la luz del día, lucía un aspecto diametralmente opuesto al que ofrecía por las noches. Ningún elemento del decorado sugería la estridencia de las jaranas que se celebraban entre sus muros. A las once de la mañana el establecimiento no era más que un cúmulo de toscas sillas de mimbre y mesas de madera sobre un irregular piso de tierra; el diminuto escenario de loseta roja no parecía digno de guitarra y cajón para un buen espectáculo de música criolla.

Del Solar era alto, guapo y usaba patillas largas, la melena siempre bien peinada. Se acostaba con mil mujeres al año. Su esposa Margarita, una robusta matrona de senos hinchados como balones de rugby, lo consentía; era una sabia actitud para mantenerlo cerca. Pero ninguno de los dos tenía idea de lo que sucedía a su alrededor. Dinero que caía en sus manos se evaporaba en su círculo de juergas.

—Nos lo chicharroneamos —contestó sin empacho Margarita a una de mis preguntas.

El comentario de la señora activó mi alarma interna. Las agujas de mi reloj marcaban en azul que me había saltado el desayuno. Realicé una parada estratégica en la fonda del chino Higa y ocupé mi habitual mesa del rincón. Me gustaba estudiar los gestos de los transeúntes ingresando al Mercado Municipal por el anexo de la Calle Alfonso Ugarte. El café me llegó servido como siempre en un vaso de vidrio. Casi al instante me trajeron dos colosales panes franceses con abundante chicharrón y una porción de crocante camote frito. El sabor de la primera mordida me incentivó a cambiar de giro.

Al padre Heraldo la sotana le quedaba grande. Los últimos meses había perdido mucho peso. Sus carreras a la playa, cargando canastas de sandwiches y bebidas, para atender a los miembros del cuerpo de salvataje de la policía, lo mantuvieron en buena forma durante un tiempo, pero ahora habían empezado a hacerle disminuir un par de tallas en todas sus prendas. La parroquia de la Santísima Cruz era su feudo.

—En principio está de más pedirle —dijo— que guarde en estricta reserva esta conversación. Ya sabe, esas tonterías de que los curas no debemos hacer esto o aquello…

Todos en Barranco sabían que el cura Heraldo tenía una mujer. Muchos dudaban que fuera sólo una. Uno de mis hermanos, en su viaje de luna de miel, coincidió con él en el aeropuerto al momento de chequear los boletos. El padre y su pareja —según mi hermano, una dama guapa, bastante menor y mucho más alta que él, con un cuerpo capaz de humillar a cualquier bailarina de cabaret— se sentaron justo detrás de él y mi cuñada en el avión. Se hospedaron en el mismo hotel, tomaron sol en las mismas playas, cenaron en los mismos restaurantes y bailaron en las mismas discotecas. Mi madre contaba que, cuando joven, el cura Heraldo era el alma de los bailes de carnavales y las retretas en el Parque Municipal. Las chicas lo perseguían. Escondido a la sombra de los jacarandás o tras las estatuas griegas, a veces usando las glorietas moriscas como refugio, el futuro sacerdote había roto algo más que los corazones de varias muchachas muy bonitas. Seguía siendo un tipo buenmozo y en sus rasgos, en sus gestos, no era difícil reconocer la huella de viejas y ardorosas batallas románticas. ¿Por qué se hizo cura? Nadie nunca pudo definirlo. Algunos decían que estuvo a punto de casarse y pocas semanas antes de la boda, al sentir el llamado de Dios, desertó. Aseguraban que la novia quedó tan impactada, al quedarse con los crespos hechos, que tuvo que ser internada en un sanatorio mental.

Me pidió que saliéramos de su despacho y fuéramos a caminar. Muy pronto empezaría el ajetreo del almuerzo y los seminaristas ocuparían el refectorio. Dijo que quería hablarme de Teófilo. Al pie de la magnífica Venus de Cnido —cuyos pechos descubiertos, esculpidos en mármol de Carrara, me provocaban un delicioso delirio cuando jugaba de niño al borde de la pileta— me hizo algunas confidencias:

—Lo conozco desde niño. Es uno de mis mejores discípulos. Sus padres lo mandaban a tomar desayuno en la parroquia. La mamá lloraba porque según decía a veces sólo podía darle de comer tres veces a la semana. Vivían una situación muy angustiante. Dicen que alguien lo violó cuando era adolescente. Sucedió en los vestidores del colegio Experimental, donde estudiaba por las tardes. Algunos mencionan que fue un profesor. Otros, el auxiliar de disciplina. Un día, ya mayor, desapareció de su casa y fue a buscar venganza. Cuentan que logró averiguar el nuevo paradero de su agresor. Consiguió una pistola y la cargó en un pequeño maletín de gasfitero. Ese fue todo su equipaje. Viajó 22 horas en un ómnibus interprovincial hasta un pueblo recóndito de la selva para limpiar su honor. Cuando encontró al tipo que lo desfloró no tuvo piedad de él. Los espíritus que quedan dañados para el resto de sus vidas son capaces de cualquier cosa. Una tarde se apareció en la puerta preguntando si lo podía acoger. Estaba arrepentido de lo que había hecho. Aquella noche en El Plebeyo lo vi salir apurado en medio de la batahola con un tipo desconocido. No se despidió de mí.

La inesperada —y aparentemente inconexa— confidencia del padre Heraldo me llevó a reflexión.

(Continuará…)

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