La ciudad vampiro (II)

Paul Feval





Ella se levantó de un salto, porque no sólo había leído aquella última palabra, sino que también la había oído.

Tanto fuera como dentro de Ella, sintió unas voces que sonaban como las voces unidas de Cornelia de Witt y Edward Barton, gritando claramente: «¡Socorro! ¡Socorro!»

Comenzó a recorrer su cuarto a grandes zancadas, presa de una frenética desesperación.

Una vez más sus pensamientos se elevaron al Todopoderoso. Aquello la tranquilizó.

La estaban llamado; le pedían socorro. ¿Qué debía hacer? Tenía que ir. Debía acudir a ayudarlos. Pero ¿cómo? No sabía todavía. La conciencia de su propia fragilidad la deprimía, pero también existía en su interior la salvaje e indómita naturaleza de su propia determinación.

Ella deseaba salvar a sus amigos.

Consiguió dominarse con un gran esfuerzo y reflexionó. ¿A quién podía pedir ayuda? El señor Ward era un anciano conocido por su prudencia; William Radcliffe, su prometido, era joven, realmente, pero también abogado. Ustedes podrán decirme que hay abogados tan fieros y valientes como leones. Puede que sea verdad, pero lo cierto es que a nuestra querida Ann no le pareció conveniente recurrir al señor Radcliffe.

Lo mismo le pasó respecto a sus otros amigos de la casa. Se trataba de personas apacibles, pacíficas, aficionadas al chaquete. Ella tuvo el detalle de pensar en mí por un momento, pero lo cierto es que yo era entonces demasiado joven.

Pero había que hacer algo. Los primeros destellos del amanecer comenzaron a iluminar las cortinas de las ventanas. Ella colocó en el centro de la habitación una pequeña maleta, y amontonó desordenadamente en su interior algunas pertenencias que podrían serle útiles. No estoy convencida de que ya entonces estuviese decidida a partir sin avisar para un viaje tan largo, en el mismo día de su boda. Ella siempre fue muy correcta, educada y respetuosa con las normas; pero evidentemente existen momentos en la vida en que se hace todo sin pensar.

Debían de ser las cuatro y media o las cinco de la madrugada. Todos en la casa dormían, mientras nuestra joven se deslizaba por los corredores cargando su maleta.

Grey-Jack, que era el encargado de todo tipo de servicios dentro de la casa, dormía en una habitación de la planta baja, junto a la cocina. Ella golpeó suavemente la puerta de su cuarto y le dijo:

—Jack, amigo mío, despertaos; tengo que avisaros de algo importante.

El fiel servidor saltó inmediatamente de la cama y abrió la puerta, mientras se frotaba los ojos.

—¿Qué ocurre, señorita? —preguntó—. ¡Hoy será un gran día para todos! Pero, ¿qué demonios hacéis levantada a estas horas?

Ella contestó:

—Vestios inmediatamente, mi buen amigo Jack; os necesito.

Él se sintió aterrado al escucharla, y todavía más después de encender una lámpara y ver el estado en que se encontraba. Estaba más pálida que un cadáver. Jack balbuceó:

—¿Ha pasado alguna desgracia en la casa?
—Sí, una terrible catástrofe, pero no ha sido en esta casa. ¡En nombre del Cielo, Jack, vestios!

El anciano comenzó a temblar, pero se vistió rápidamente. Mientras lo hacía, Ella continuó:

—Grey-Jack, ¿os acordáis de vuestro amigo Ned Barton, que jugueteó en vuestro regazo, y de Corny, que llegó de Holanda cuando todavía era una cría?
—¡Que si recuerdo al señor Edward y a la señorita Cornelia! —exclamó el anciano—. ¡Por supuesto que sí! ¿No han de casarse hoy, al otro lado del mar?
—Los queríais mucho a los dos, ¿verdad, mi querido amigo?
—Naturalmente que sí, señorita, y los sigo queriendo.
—Pues bien, Jack, tenemos que enganchar a Johnny al coche y partir inmediatamente hacia la ciudad.
—¿Cómo? ¿Yo? —exclamó el pobre hombre, incrédulo—. ¡Que deje la casa el día de su boda! ¿Y vais a casaros sin que yo esté aquí, señorita?
—No me casaré sin que estéis aquí, amigo mío, porque me iré ahora mismo con vos.

Él intentó decir algo, pero ella le atajó:

—¡Se trata de un asunto de vida o muerte!

Grey-Jack, aturdido hasta la locura, corrió a la caballeriza sin pedir más explicaciones.

Iba muy a su pesar. Constantemente se volvía hacia las ventanas para ver si aparecía alguien. Pero todos se habían acostado tarde y estaban durmiendo a esas horas.

Ella subió al coche y Grey-Jack se situó en el pescante.

Johnny comenzó a trotar, sin que nadie en la casa se despertase.

Ella sentía un peso terrible en su corazón. Aunque todavía no había escrito ninguna de sus famosas obras, ya tenía ese estilo noble y brillante que sir Walter Scott eleva hasta el cielo en su reseña biográfica, porque exclamó involuntariamente:

—¡Adiós, mi querido hogar! ¡Dulce refugio de mi adolescencia, adiós! Campos verdes, montañas orgullosas, bosques misteriosos llenos de sombras, ¿volveré a veros alguna vez?

Grey-Jack, refunfuñando, se giró y le dijo:

—En lugar de hablar sola, señorita, podríais decirme qué es lo que vamos a hacer en Stafford tan pronto.
—Grey-Jack —respondió ella solemnemente—, no estamos yendo a Stafford.

El sirviente la miró, estupefacto:

—Señorita —suplicó, juntando sus pobladas cejas—; lleváis veintitrés años siendo más dócil que un corderito; pero si me utilizáis para escapar de la casa de vuestros padres, me condenarán…

Ella le interrumpió, alzando la mano, y añadió:

—Protestad cuanto queráis, Grey-Jack. ¡Pero vamos a Lightfield!

* * * * *

La más hermosa doncella del mundo no supo contarme más. Yo les relato la historia tal como me fue contada, porque Ella ni siquiera se detuvo para darme más detalles. Además, en su narración no aparecía la clásica división del tiempo en días y noches. Ella siempre se mantuvo por encima de esas vulgares mezquindades. Corría, llevada por los recuerdos que galopaban a lomos de ese caballo alado que es el símbolo de la imaginación poética: Pegaso.

Ella comía; pueden ustedes suponerlo, como es lógico. Y también dormía, evidentemente, pero todas estas funciones que degradan nuestra elevada naturaleza serán pasadas por alto en su caso.

Tampoco le gustó nunca a Ann hacer la menor referencia al dinero o a los gastos. Sobre ambos, tanto usted, mylady, como usted, caballero, podrán creer lo que quieran. Sólo sé que el viaje fue largo, y que en él se dieron los obstáculos más extraordinarios. Constantemente se vio forzada a gastar dinero. ¿De dónde lo sacaba? No lo sé, y me desentiendo por completo de esta respuesta. Lo cierto es que pagaba todo al contado, y que regresó al redil sin haber dejado atrás la menor deuda de nada.

De camino a Lightfield, Grey-Jack, que había comido en abundancia, se hizo más charlatán.

—Estoy pensando, señorita, que miss Corny y ese pillo de Ned os esperarán allá con otro buen mozo. ¿Lo conozco yo? Supongo que William Radcliffe nada sabe de esto. Bueno, tampoco es la muerte. En Inglaterra nunca faltan sacerdotes para casar a dos jóvenes deprisa y sin ceremonias. Pero, ¿quién habría esperado esto de vos, señorita Ann? Yo nunca lo hubiese imaginado.

En lugar de contestar, Ella le preguntó:

—¿Qué opinión tenéis, Grey-Jack, de Otto Goëtzi?

El pobre sirviente estuvo a punto de caerse del pescante, tamaña fue su sorpresa.

—¡Cómo! Pero, señorita, ¡no puedo creer que estéis despreciando a ese joven educado por ese demonio despeinado! Puede que el señor William sea un pájaro negro, pero…
—¡Os pido, amigo Jack, que habléis de mi marido con mayor respeto!
—¡Vuestro marido! ¡Ahora sí que no entiendo una palabra!
—Os pregunto qué pensáis del señor Goëtzi.
—Bien —replicó el buen hombre, enfadado—; ya me gustaría estar en Lightfield para entender mejor toda esta trama. Del señor Goëtzi puedo deciros que no es el primer tunante al que veo bien alimentado y vestido en el seno de una familia de honra, con la excusa de educar a sus muchachos.

El caballo se encabritó y Grey-Jack se apresuró a santiguarse.

—Ya veis lo que ocurre sólo con pronunciar su nombre —masculló—. Todo el mundo sabe que es un vampiro.
—Vamos, amigo Jack —dijo ella con desdén—, yo no creo en los vampiros.

Lo cierto es que Ella se encontraba muy por encima de todas aquellas supersticiones que correteaban por las montañas, entre los condados de Stafford y Shorp.

—Haced lo que os plazca —contestó el hombrecillo—; pero haríais bien en creer en ellos. Proceden del país de los turcos, muy lejos, cerca de la ciudad de Belgrado. Aunque yo no sé exactamente lo que son. Usted, que sabe muchas más cosas que yo, ¿me lo podría explicar mejor?

A Ella le gustaba enseñar, como a la mayoría de las personas cultas.

—En el supuesto de que existiesen, los vampiros son esos monstruos de apariencia humana, que nacen, en efecto, en la baja Hungría, en la región que se extiende entre el Danubio y el Save. Se alimentan con la sangre de las jovencitas…
—¡Perfectamente, señorita! —exclamó inmediatamente Grey-Jack—. ¡Eso es exactamente lo que yo he visto con mis propios ojos!
—¿Alimentarse con la sangre de una doncella? —preguntó Ann horrorizada—.… ¿al señor Goëtzi?
—¡Algo parecido! Me refiero a Jewel, la perrita de la señorita Corny. ¡Qué encanto de animalito! ¿Lo recordáis?… Se bebió la sangre de aquella perrita como si fuese un zorro salvaje —añadió—. ¡Y en la cocina, robaba las costillas crudas! ¡Por las noches se levantaba también para hablar con las arañas! Todo el mundo sabe de qué murió Polly Bird, en la Granja Alta… aquella joven a la que encontraron dormida a orillas del lago, y que nunca despertó. Y siempre que él entraba en algún lugar, la luz de las lámparas se ponía verde. ¿Os atrevéis a negarlo? Incluso los gatos le saltaban encima, porque despedía el mismo mal olor de las gatas en primavera. A la lavandera le gustaba repetir, para quien quisiera escucharla, que todas sus camisas tenían una pálida mancha de sangre a la altura del corazón.
—Vamos, amigo mío, todo eso no son más que habladurías. Me gustaría que me dijeseis algo más concreto, como por ejemplo: ¿sabéis por qué despidieron al señor Goëtzi de la casa del esquire Barton?
—¡Por supuesto! Eso es algo que sabría hasta un chiquillo. Fue debido a la señorita Corny. El esquire Barton apreciaba realmente al señor Goëtzi, que es un hombre muy culto, y al igual que usted, tampoco creía en vampiros. Pero de repente la señorita Cornelia comenzó a quejarse de dolores en el pecho, y aseguró que empezaba a verlo todo verde… ¡Qué cosa más extraordinaria, señorita Ann… fíjese en la luna!

La luna, casi redonda, se levantaba en medio de un bosque de álamos sin hojas. Nuestra querida Ann tenía el valor de un guerrero, pero no pudo evitar un estremecimiento en aquella ocasión.

Estaban viendo la luna de color verde.

—¡Vamos, acabad vuestra historia —exclamó, sin embargo—, os lo ordeno!
—Siempre que se habla de él —susurró Grey-Jack— ocurre lo mismo. Cierto día encontraron a Cornelia desmayada en la cama. Tenía sobre su pecho izquierdo una pequeña picadura negra y Fancy, su doncella, vio una araña verde, de sorprendente tamaño, que se deslizaba por debajo de la puerta. Decidió seguirla. Pero la araña corría a tanta velocidad por el pasillo que Fancy no consiguió alcanzarla, a pesar de lo cual sí pudo verla entrar en la habitación del señor Goëtzi… Entonces fueron a buscar a Ned Barton, ese adorable joven que, la verdad sea dicha, no tenía precisamente los modales de su preceptor. Ned entró en la habitación del doctor Goëtzi y le dio tal paliza…
—¡Desgraciado! —exclamó Ann juntando las manos—. ¿Es cierto eso? ¿Ned llegó realmente a golpear a ese perverso y vengativo ser?
—Ya lo creo, señorita. Hubo puñetazos, patadas, bastonazos e incluso sillazos. El señor Goëtzi, entonces, se quejó al esquire, que le dio algo de dinero…

Finalmente llegaron a Londres, ya de noche. Nuestra querida Ann decidió asistir al circo olímpico de Southwarck, acompañada por Grey-Jack. En general no le agradaban mucho este tipo de frívolas representaciones. Pero los barcos que atravesaban el canal no partían con tanta frecuencia como ahora, y la idea de asistir a la representación circense vino motivada además por una circunstancia especial.

En el cartel que anunciaba la representación de diferentes números, una palabra había conseguido llamar la atención de la joven, y esta palabra era: VAMPIRO.

En medio del anuncio de la presencia del caballo físico, que era capaz de caminar sobre la cola; y de las hazañas del payaso Bod-Big, capaz de comerse un topo y devolverlo entero, podía leerse, escrito en letras verdes:

¡¡CAPITAL EXCITEMENT!!
EL AUTÉNTICO VAMPIRO DE PETERWARDEIN
DEVORARÁ A UNA JOVEN VIRGEN
Y BEBERÁ VARIAS COPAS DE SANGRE
COMO SIEMPRE, AL SON DE LA MÚSICA
DE LOS GUARDIAS ECUESTRES
¡¡WONDERFUL ATTRACTIONINDEED!!

Cuando Ella y Jack entraron en la carpa, el inmenso circo estaba repleto de espectadores, que contemplaban cómo una vieja pintada de amarillo galopaba completamente estática, a lomos de un caballo que atravesaba constantemente aros de papel, entre la desaforada algarabía de la muchedumbre. Se trataba de la famosa Lily Cow. Inmediatamente después se apagaron todas las antorchas, ya que en aquellos tiempos no había gas. En medio de la oscuridad brotó un resplandor fosforescente, que otorgó a todos los espectadores cercanos al anfiteatro el aspecto de cadáveres vivientes. Se escuchó un relámpago lejano, mientras el viento gemía con fuerza. La música comenzó a rechinar. Una gigantesca araña, con cuerpo de hombre y alas de murciélago, empezó a descender a través de un hilo que colgaba de la cúpula y se iba estirando bajo su peso.

En ese preciso instante, una muchacha checa, casi una niña, vestida de blanco y a lomos de un caballo negro, penetró en el anfiteatro, balanceando sobre su cabeza una corona de rosas. La joven era preciosa y delicada, con un leve parecido a la señorita Cornelia de Witt y, lo más sorprendente, más parecida a cada momento que la miraban.

La araña permanecía enroscada en el extremo del hilo, y ya no se movía; acechaba. Mientras estaba quieta, podía verse a su alrededor, claramente, un resplandor verdoso muy brillante en el centro, que iba esfumándose como si fuese una aureola.

La joven checa jugueteaba con su guirnalda mientras danzaba.

Repentinamente la araña se dejó caer al suelo, y sus largas y repugnantes patas se movieron frenéticamente sobre la arena del circo. La muchacha la vio venir y mostró su terror con unos gestos capaces de arrancar el aplauso del público.

El enorme insecto perseguía a la joven a toda velocidad, mientras ésta intentaba escapar a lomos del caballo negro. El monstruo daba saltos irregulares, y al ver que no conseguía dar alcance a la muchacha, utilizó los recursos propios de su especie.

No sé cómo logró hacerlo, pero el caso es que fue tendiendo de uno a otro lado unos hilos que, aparentemente, le brotaban de sus fauces, fabricando en un abrir y cerrar de ojos una especie de red… ¡una tela de araña!

La joven checa se colocó de rodillas sobre el caballo. Se quitó la guirnalda y los velos que la cubrían, quedando vestida únicamente con una malla de color carne, que resultaba todavía más impresionante.

Repentinamente la araña la atrapó en su tela. Fue algo espantoso. El caballo, libre de la jinete, galopaba de un lado a otro. Pudo escucharse entonces el sonido de huesos rotos.

Ahora no era a una araña, sino a un hombre al que se veía beber a grandes tragos la sangre roja, en medio de un incendio de destellos verdes.

El circo pareció desplomarse bajo los atronadores aplausos, pero nuestra querida Ann se desmayó, exclamando:

—¡Es Goëtzi! ¡Es Goëtzi! ¡Lo he reconocido!

* * * * *

No existe ningún país en el mundo donde se aplique tan generosamente como en Inglaterra la máxima de la libertad. A pesar de ello, dudo mucho que nuestras leyes permitan exhibir públicamente, en la pista de arena de un circo, a un vampiro que destroza los huesos y bebe la sangre de una joven inocente. Sería excesivo.

Por ese motivo, me parece poder afirmar que la dirección del circo de Southwarck conseguía aquella ilusión utilizando hábiles efectos especiales. La mejor prueba de ello es que la joven amazona, atacada por el vampiro, era destrozada y succionada todas las noches, durante semanas; a pesar de lo cual se encontraba perfectamente.

Respecto a la posibilidad de que aquel monstruo fuese realmente el señor Goëtzi, no me parece probable, a pesar de que esas criaturas excepcionales llamadas Vampiros o Fantasmas poseen, según se dice, el don de la ubicuidad, o al menos del desdoblamiento, si se me permite la expresión. El error de Ann puede justificarse con uno de esos parecidos tan comunes en la naturaleza. Además, la mayoría de los expertos en vampiros asegura que éstos tienen entre sí un cierto aire de familia, como si todos fuesen parientes más o menos directos del propio Harasz-Nami-Gul.

Como ustedes podrán ver enseguida, sería muy arriesgado pensar que el señor Goëtzi se había tomado la molestia de abandonar Holanda, donde lo retenían importantes quehaceres, para entregarse a toda clase de espectáculos circenses.

Durante la travesía no hubo ningún incidente destacable. Grey-Jack comió y durmió a partes iguales. Ella, sin embargo, apoyada en la borda, en una de esas posturas nobles y correctas que adoptaba con suma naturalidad, miraba la espuma que se escurría por los flancos del navío. Sus ojos intentaban adentrarse en la inmensa e insondable profundidad de las aguas. Quizá por eso las olas sugieren con tanta frecuencia la idea de infinito.

Después de sobrepasar la desembocadura del Támesis, Grey-Jack se despertó y pidió algo para beber. Ya podía verse tierra en el horizonte. Ella le pidió que se sentara a su lado y le contó, con una sencillez casi milagrosa, los relatos incoherentes que habían llegado a sus manos la víspera de la boda.

—Tal es el resumen de estas tristes cartas. Se deduce de ellas que el conde Tiberio, preceptor de mi prima Cornelia, es un libertino, y que sus finanzas se encuentran en el peor de los estados. Respecto a Letizia Pallanti, cualquier joven de alta cuna intentaría no mencionar a este tipo de personas. Entre los dos han raptado a Cornelia para arrastrarla hasta las montañas de la antigua Iliria. ¿Creéis que se puede hacer algo así con nobles intenciones? El canalla de Tiberio es el heredero de mi prima. ¡Oh, Dios mío! No deseo pararme a pensar en lo que podría pasarle a mi querida prima en esa solitaria Dalmacia, donde la civilización sólo llega a duras penas.
—Lo cierto es que cuanto más se piensa, más se alegra uno de ser inglés. Pero, ¿quién se va a ocupar de hacer las almácigas de marzo, en su casa, si me arrastráis a mí de un lado para otro? ¿Seríais tan amable de decírmelo?
—Mientras me hacéis tan absurdas preguntas, Edward Barton, apuñalado por cuatro desalmados a sueldo, es objeto de cuidados mercenarios. En su última correspondencia ni siquiera me hablaba de Merry Bones…
—¡Ese pillo irlandés! —explotó Grey-Jack con inesperada violencia.
—Mi querido amigo —observó Ann con dulzura—, los irlandeses son tan cristianos como nosotros.

¡Pero intenten convencer de una cosa así a un inglés del Este! Jack crispó sus puños ante la simple mención de ese tal Merry Bones, que era, sencilla y llanamente, el criado de Edward Barton.

Merry Bones, enemigo acérrimo del viejo Jack, se parecía levemente a un haz de leña. Su rostro estaba repleto de buenos y recios huesos, sobre los cuales apenas se veía la carne. Cuando se reía, su boca se ensanchaba hasta detrás de las orejas. ¡Ah, viejo zorro! Tenía un sorprendente ojo derecho, y un ojo izquierdo minúsculo, que parecía hijo del anterior. Su pelo rizado era tan abundante que no podía utilizar sombrero, y tan retorcido y ensortijado como la cerda en bruto recién llegada de Chicago. A pesar de haber sido marinero, desempeñaba mejor su vocación de «cabeza de clavo» en un cabaret de Whitefriars, en Londres.

«Cabeza de clavo» es la expresión irlandesa utilizada para definir al que presta su cráneo, por medio chelín, para que algunos caballeros prueben en él sus puños y bastones. El precio de un garrotazo, sin embargo, llega a ser de un chelín entero. Si se lo pedían, Merry Bones era capaz de aceptar hasta un sablazo por media corona.

El navío recaló en Ostende, y prosiguió su ruta hasta Rotterdam. A Ann le hubiese gustado pensar en los importantes acontecimientos históricos que unen el pasado de Holanda con el de Inglaterra, pero mientras costeaban esas regiones tan famosas, y mientras la embarcación subía hacia el norte, sobrepasando las desembocaduras del Escalda, eran los acontecimientos presentes los que iban cobrando cada vez mayor importancia.

Era casi de noche cuando el barco accedió a la desembocadura del Mosa, y cuando llegaron finalmente a Rotterdam la oscuridad ya era total. Sin ser tan amables como hoy en día, los encargados de los hoteles ya eran entonces muy competentes. Sin embargo, Ann respondió de forma inesperada a sus ofertas:

—No deseo alojarme en ningún hotel de la ciudad, pero, ¿sabría decirme alguno de ustedes dónde se encuentra una posada, en las afueras, conocida como La Cerveza y La Amistad?

Se hizo un inesperado silencio entre las personas que se encontraban en el muelle ofreciendo sus servicios hoteleros.

Entonces saltó alguien:

—¡Éstas no son las mejores horas para ir a semejante lugar, señora!

Y como si acabasen de desatarse al unísono todas las lenguas, se desató un incesante murmullo, en el que todos se repetían la siguientes palabras:

—¿Por qué motivo habrá escogido precisamente la posada donde desollaron al inglés?

Aquél era un cuadro típicamente flamenco, y de apariencia sosegada, a pesar de que hablasen en él de gente asesinada. Ann pudo ver una docena de rostros honestos, alumbrados al estilo Rembrandt por los faroles de las puertas de los hoteles. En medio de aquel paisaje, Ella se mantenía erguida y esbelta, envuelta en su capa y apoyada en el brazo de su fiel Grey-Jack. A unos pasos de allí, algunos botes se balanceaban y chapoteaban pesadamente sobre el Mosa.

Nuestra querida Ann repitió imperturbable:

—¿Alguien sabría indicarme el camino de ese terrible lugar llamado La Cerveza y la Amistad?

En medio del silencio absoluto que siguió a su pregunta, pudo escucharse un ruido seco, semejante a una risa burlona.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Ann, sin perder en ningún momento su valiente serenidad.

En vez de contestar, los hombres que la rodeaban se santiguaron.

—Puede oírse reír al viento, desde que degollaron al inglés…
—¡En el nombre del Cielo, joven forastera, no os adentréis por el camino de Gueldre esta noche! ¡Os ocurrirá algo terrible!
—La gran marejada de ayer ha derribado los diques.
—El camino ha desaparecido en más de diez sitios.
—Ya no pasan por ahí ni coches ni caballos.
—¿Habéis oído, señorita? —preguntó Jack, aterrado—. ¡Ni coches ni caballos! ¿No os lo dije?
—Entonces iré en un bote —dijo Ann.
—El derrumbamiento ha acabado también con el Kil de Höer. Las embarcaciones ni siquiera consiguen entrar por el canal.
—Muy bien; en ese caso iré andando —insistió ella—. ¡No hay obstáculo lo suficientemente grande para apartarme de mi deber! Si alguno de ustedes acepta conducirme hasta la posada de La Cerveza y la Amistad, le pagaré el precio que me pida, sea el que sea.

El círculo de hombres que la miraba sorprendido permaneció en silencio, y nuevamente pudo escucharse el eco de aquella especie de risa que momentos antes desgarrara la oscuridad de la noche.

En ese preciso instante alguien se abrió paso entre la concurrencia, y un campesino de Isselmonde, vestido con los característicos calzones y un jubón de tela blanca, apareció en la zona iluminada. Llevaba sobre la cabeza un gran sombrero flamenco, que le caía hasta los ojos. La luz de los faroles no logró penetrar aquel adorno, y nadie logró verle el rostro. ¡No se veía nada! ¿Cómo explicarlo? Y aquel misterio inspiraba terror.

—¿Quién es ése? —se preguntaron los demás entre murmullos.

Pero nadie lo sabía.

El campesino entró decididamente en medio del círculo expectante y cogió la maleta de la joven de las manos de Grey-Jack, a quien le castañeteaban los dientes.

—¡De acuerdo! —dijo con una voz que ni siquiera Ann lograría describir nunca—. ¡Trato hecho! ¡Seguidme!

Y con estas palabras se lanzó a caminar rápidamente, rígido como una piedra.

Ella fue tras él, a pesar de las súplicas de Grey-Jack.

La noche se adueñó de la costa, mientras podía verse en la distancia, como un pálido resplandor, el grupo que formaban nuestra querida Ann, el campesino que la guiaba, y el viejo Jack, que seguía a ambos, marchando a toda velocidad.

Daba la impresión de que era el propio campesino el que irradiaba esa especie de resplandor verdoso. Los representantes de los diferentes hoteles notaron cómo se les erizaban los cabellos, y se dispersaron inmediatamente como una bandada de patos.

El hombre avanzaba sin detenerse, atravesando canales y cercas. El camino no le pareció muy difícil a Ann, que pisaba donde él pisaba, mientras Grey-Jack los seguía.

De esa forma, atravesaron la ciudad en un abrir y cerrar de ojos.

La dejaron atrás por el este, por el lado de Alt-ost-thor. Después continuaron caminando sin la menor dificultad, a través de una comarca donde la tierra y el agua se alternaban e incluso se mezclaban en sorprendente confusión. Desde luego, había muchos obstáculos: canales, arroyos o brazos de mar que se extendían frente a ellos como si fuesen tentáculos del mar, pero siempre se encontraban con alguno de los puentes de aquel magnífico sistema de comunicación, que les permitía avanzar sin mojarse siquiera los pies.

Pasados unos minutos, el paisaje cambió. Tendré que pedirles un esfuerzo adicional para que intenten imaginarse a estas tres personas caminando en medio de un sudario casi completamente negro, aunque atravesado por pálidos resplandores. Además había aparecido una densa niebla que escondía tanto la tierra como el cielo.

En medio de aquella bruma, el campesino que los guiaba parecía brillar débilmente, como si lo hubiesen embadurnado con fósforo. Desde que partieran del muelle, no había pronunciado una sola palabra. Sólo caminaba.

Y caminaba. El sombrero flamenco ya no le cubría la cabeza, y el viento jugueteaba con su pelo, enredándolo y haciendo que brotasen chispas de él.

Repentinamente la noche se aclaró. Todas las estrellas aparecieron brillantes en el cielo. El camino seguía por allí, recto y llano, hasta donde alcanzaba la vista, en medio de praderas sembradas de charcos de agua, brillantes como espejos.

¿De dónde procedería aquel sonido de campanas, en medio de aquellos parajes, sin campanarios ni iglesias? A pesar de ello, pudieron escuchar nítidamente las doce campanadas de la medianoche. Inmediatamente desapareció el fulgor del cabello del campesino, y el aire se vio poblado de risas burlonas.

—¡Socorro! —gimió un lloroso Grey-Jack.

La tierra acababa de abrirse en aquel punto para tragarlos, obedeciendo de esa forma los presentimientos de nuestra querida joven. Si les parece difícil creer que un abismo pueda formarse en un momento, les diré que a Ann le daba la impresión de que aquel derrumbe se había producido antes, provocado probablemente por las terribles marejadas de la luna nueva de marzo. De hecho, el encanto de un relato como éste reside precisamente en su verosimilitud. Por otra parte, enseguida encontraremos, en medio de este paseo, numerosos accidentes hiperfísicos. Porque Ella adoraba utilizar esta palabra, que según creo quiere decir sobrenatural.

El fondo de aquella sima estaba lleno de un fango marino de olor acre y repugnante, que era aún más oscuro que la tinta. En lo alto pudieron ver entonces una silueta oscura, que mostraba una perversa alegría mientras arrojaba la maleta al fondo del abismo, lo cual hizo saltar un torrente de barro.

Grey-Jack, que en el fondo era un hombre como otro cualquiera, aprovechó aquel contratiempo para cubrir de amargas críticas a su joven ama.

—¡En menudo lío nos ha metido, señorita! —sollozó—. ¡Y no será porque yo no la haya avisado! ¡Estaba convencido de que este maldito campesino era el propio señor Goëtzi o alguno de sus secuaces! ¡Y ahora vamos a morir en medio de esta cloaca!

Nuevamente pudieron escuchar el eco de aquella risa diabólica, en medio del silencio de la noche, aunque tan lejana en esta ocasión que apenas podía distinguírsela.

Sobre todo porque en ese momento escucharon otros sonidos de naturaleza muy diferente. Una música melodiosa, suave y pastoral, atravesó el aire mezclada con el tronar de una agradable algarabía. Al principio Ann no se atrevió a dar crédito a sus oídos, mientras Grey-Jack pensaba que sufría las alucinaciones fantasmagóricas que anteceden a la muerte.

Pero enseguida vieron que no se equivocaban. Un ruido de pasos, de cascos de caballos y de ruedas de carruajes se les acercaba rápidamente, mientras la noche se iba iluminando con crecientes destellos.

Finalmente, en el borde opuesto del abismo que había surgido bajo sus pies, Ann y el viejo Jack vieron aparecer la más maravillosa de las visiones. En primer lugar divisaron a unas doncellas neerlandesas, con trajes de fiesta y guirnaldas de flores, cuya sonriente hermosura brillaba a la luz de muchas antorchas. Les seguía en igual número un grupo de varones. Después iba un hombre respetable ataviado con ropas eclesiásticas; no con las vestiduras características de un sacerdote papista, sino con el hábito austero, digno y decente, de nuestros típicos clergymen de la Iglesia anglicana.

Por fin apareció tras él un joven, con todo el aspecto de un noble inglés; y me refiero a esa nobleza de rango superior al de muchas aristocracias del mundo entero.

El desconocido, de cabellos rubios, piel blanca y sonrosada, y ojos azules como el cielo, parecía un verdadero dios.

La verdad es que Ella nunca había oído ni siquiera hablar del muy honorable Arthur. A pesar de ello, fue reconociendo de un vistazo cada una de sus características: primero supo que era un inglés, porque los ingleses llaman la atención allí donde se tenga la suerte de encontrarlos, de la misma forma en que Venus revelaba a la diosa por su andar; después supo que pertenecía a la aristocracia más elevada, porque lo cierto es que cada flor tiene su propio perfume; y finalmente reconoció que pertenecía a alguna familia noble, porque sólo un ciego es incapaz de distinguir una estrella atendiendo a su brillo.

Viajaba de incógnito, perfeccionando su magnífica educación militar con el examen de los históricos campos de batalla de los Países Bajos y Alemania.

Las doncellas coronadas de flores y los campesinos, también ataviados con sus mejores ropas, miraban confusos aquella sima, diciéndose entre sí:

—¡Qué contrariedad! ¡Vamos a llegar tarde a la boda!

El religioso, tranquilo y sereno, venía detrás de su discípulo:

—Tened la bondad de examinar a conciencia el terreno —le dijo—. En la vida hay que saber aprovechar cada circunstancia. Mañana me haréis como tarea el dibujo completo del puente de campaña que sería necesario construir para que un ejército lograse atravesar sin problemas esta ciénaga: treinta mil hombres de infantería, ocho mil a caballo y setenta y dos piezas de artillería de diverso calibre. Pertrechos y material médico, ad libitum.

El joven desconocido, cuyo porte y figura recordaba a un dios, le echó un vistazo a la sima, tomando algunas notas a la luz de una antorcha.

Ann podría haberse quedado toda la vida contemplando aquel espectáculo realmente hermoso. Pero Grey-Jack, mucho más prosaico que ella, soportaba con poca paciencia el encontrarse hundido hasta la cadera en el fango.

—¡Eh! —explotó—. ¡Por todos los demonios! ¿Es que vais a dejarnos aquí?

Inmediatamente se produjo un rumor entre los campesinos. El sacerdote y nuestra querida Ann, unidos por el pensamiento, dijeron a la vez:

—No hacía falta blasfemar.

Entonces el religioso añadió:

—Mylord, tened la amabilidad de reparar adecuadamente en los términos de mi próxima pregunta: dada la posición de estas personas, que en número desconocido se encuentran en aprietos ahí abajo, imagino que debido a algún accidente, ¿qué clase de medio mecánico utilizaríais para izarlos a tierra firme, si únicamente tenéis una cuerda, sin poleas de ningún tipo?
—Utilizaría mi bolsa —contestó el muchacho, uniendo el gesto a la palabra—, y les diría a estos valientes que me acompañan: os daré diez pistolas de plata de Francia si me traéis sanos y salvos a ese viejo y a esa joven dama.

No sé cuál habría sido el resultado de una respuesta semejante en los exámenes militares de la escuela de Eton, pero sus jóvenes acompañantes a la boda no le dejaron repetirla. En un abrir y cerrar de ojos se precipitaron por la ladera desmoronada y ayudaron a nuestros dos amigos a alcanzar de nuevo el camino.

Entonces Ella pudo reparar en la berlina de viaje, tirada por magníficos caballos, que había llevado hasta allí al joven noble y a su venerable preceptor, provenientes de Nimega y con destino a Rotterdam. Quienes iban a participar de la ceremonia nupcial, interrumpidos en su camino por aquel derrumbe, se encargaron de mostrarles otro camino. Pero como debían desandar parte del camino para llegar a su destino, el joven desconocido, cuya apariencia era casi divina, ayudó caballerosamente a Ann a subir a su coche, dejándola en la misma puerta de la posada conocida por el peculiar nombre de La Cerveza y la Amistad.

* * * * *

Se trataba de un enorme y oscuro edificio, situado en el cruce entre cuatro caminos y construido sobre pilares de madera. Cerca de él no había árboles ni matorrales, como si se encontrase perdida en medio de un arenal. Sobre la puerta, el viento nocturno agitaba un letrero luminoso, cuyo farol se había extinguido.

Ella levantó la aldaba con el corazón encogido, mientras pensaba: «¡Aquí, entre estas cuatro paredes, mi hermano y amigo Edward ha exhalado su último suspiro!»

No sabía ya qué pensar acerca de Grey-Jack, que en aquel momento temblaba de pies a cabeza, cubierto de fango hasta las axilas, y de muy mal humor.

A pesar de que no se veía ninguna luz desde fuera, la puerta de la posada se abrió inmediatamente. Nuestra querida Ann y el viejo Grey-Jack se encontraron entonces en medio de un salón que olía condenadamente a tabaco de pipa.

En el centro había una larga mesa, rodeada de bancos y repleta de cántaros vacíos cuyas bases descansaban en la cerveza derramada. También había un mostrador elevado sobre tres escalones, defendido como un castillo, y un reloj de pared con una caja de madera leonada que tenía incrustaciones amarillas. Las agujas marcaban la una menos dos minutos de la madrugada. El cuadrante se hallaba decorado por un pájaro raquítico.

Aunque no se veían lámparas ni bujías encendidas, los objetos de la estancia se distinguían nítidamente, como si se hubiese conservado un rayo de luna en aquel lugar, cuyas puertas y ventanas permanecían cerradas a cal y canto. Se trataba de un resplandor sordo y claro al mismo tiempo, que parecía tamizado a través de algún filtro verde.

Al lado del reloj había algunas personas inmóviles. El grupo lo formaba un hombre obeso que sólo tenía el reborde del rostro, es decir, cabello y barba. Un loro gigantesco se agarraba con las patas a su hombro; a su derecha había un niño de expresión diabólica, apoyado sobre un aro; y a su izquierda había un monstruoso perro de color carne, con una cara casi humana, y que permanecía completamente rígido sobre sus cuatro patas separadas.

Finalmente, al lado del mostrador, se veía una mujer gorda y calva, que dormía con agudos ronquidos. Además del tictac del reloj, que sonaba de forma extrañamente profunda, y de los ronquidos de la mujer, no había ningún otro ruido en la posada.

Ella sintió algo difícil de explicar, aunque no era miedo. Pero, ¿quieren saber lo más curioso? A pesar de la profunda emoción que la embargaba, a Ella todos aquellos seres que rodeaban el reloj se le antojaban accesorios del mismo, como parte de un extraño engranaje, semejante al del reloj de Estrasburgo.

—¡Por caridad! —pidió Grey-Jack—. ¡Un fuego para secarnos, y un poco de pan, carne y cerveza!

A pesar de que lo que pedía era lógico, Ella le ordenó silencio con un gesto rígido y severo, y dijo a su vez:

—Queremos ver inmediatamente a Edward Barton, ciudadano inglés y esquire, que ha morado o está morando en este establecimiento, si es que todavía vive. Si por desgracia hubiese muerto, de forma natural o violenta, lo que ya se esclarecerá en su correspondiente juicio, reclamamos al menos su cuerpo, para poder darle cristiana sepultura.

Las personas del salón no contestaron, como tampoco lo hicieran ante las peticiones de Grey-Jack. Se quedaron como mudos. Sin embargo, de en medio de aquel silencio y quietud, brotó una voz proveniente de algún rincón de la posada, lejos, muy lejos, arriba o abajo, y que gritaba como suelen hacerlo los irlandeses en medio de una pelea:

—¡Te voy a quitar el alma y a devorar el corazón! ¡Musha! ¡Arrah! ¡Begorrah! ¡Maldita araña! ¿Es que piensas que la sangre de un hombre de Connaught puede chuparse como si fuese la de un inglés? ¡Te vas a enterar!
—¡Es Merry Bones, el criado de nuestro amigo Ned! —exclamó Ella en un susurro, con un asombro en el que asomaba la esperanza—. Tenemos que ayudarle.

Grey-Jack se encogió de hombros, mascullando:

—¡Que el diablo le confunda!

Escucharon entonces un grito procedente del sótano o del granero, y Ann, que era el valor en persona, ya iba a lanzarse fuera del salón, cuando el reloj, desde lo más profundo de su mecanismo, comenzó a dar violentas campanadas.

Sonaron trece, y mientras el bronce resonaba, el aletargado personal de la posada pareció recobrar el movimiento. La mujer calva que había junto al mostrador abrió los ojos, el mesonero se balanceó de un pie a otro, el loro se peinó los bigotes con el pico, mientras decía: «¿Has comido bien, Ducado?»; y el niño, por su parte, hizo rodar su aro, gritando: «¡He visto al hombre muerto! ¡He visto al hombre muerto!», y el pájaro raquítico del cuadrante desplegó sus enormes alas y cantó cu-cú trece veces.

Simultáneamente se abrió una puerta situada entre el mostrador y el reloj. Por ella asomó un largo cuerpo huesudo, coronado por una cabellera rizada, semejante a esos cepillos que utilizan los deshollinadores. Detrás de Merry Bones (ya que efectivamente se trataba del sirviente irlandés) venía una réplica exacta de los diferentes seres que había en el salón de la planta baja, es decir: el mesonero sin rostro, el loro, el perro de cara humana, el niño con su aro, y la mujer calva.

Lo cierto es que estas nuevas apariciones eran levemente más pálidas que las anteriores, y el «nuevo» mesonero llevaba además una enorme maza en la mano. Su mirada, ya que en vez de ojos tenía mirada, era claramente verde.

Cuando nuestra querida Ann se volvió a mirar hacia el primer mesonero, se encontró con que había aparecido también en su mano una segunda maza, y también presentaba una mirada de destellos verdes.

Fue una pelea terrible. El pobre diablo de Merry Bones se encontró acosado por ambos lados. La jauría que estaba ya en el salón y la jauría que parecía perseguirle ahora cayeron al mismo tiempo sobre él con rabiosa ferocidad. Los dos perros y los dos niños le atacaron a las piernas, los dos loros hicieron lo mismo con los ojos, mientras las dos arpías le arañaban la garganta, y ambos mesoneros, subiendo y bajando rítmicamente sus mazas, le golpeaban el cráneo como si fuesen herreros moldeando un pedazo de hierro.

Nuestra querida Ann asistía, petrificada de espanto, al terrible asesinato. Mientras tanto, el viejo pecador de Jack, con la estupidez que caracteriza esos sentimientos de rivalidad nacional, se cruzó de brazos y rezongó:

—¡Que el irlandés se las arregle como pueda!

Y lo cierto es que el sirviente de Ned se defendía lo mejor que podía. No estaba armado, pero su cráneo podía servirle tan bien como si fuese un cañón. Cuando las mazas lo alcanzaban, salían rebotadas como si cayeran sobre un yunque. Ni siquiera lograban aplastarle un mechón de pelo. No sabría decir cómo consiguió salvaguardar sus piernas, su garganta y sus ojos, pero lo cierto es que durante el instante que duró aquella singular batalla nuestra querida Ann no le vio una sola magulladura. Por el contrario, los dos loros parecían agotados, las mujeres gordas jadeaban, los extraños y diabólicos críos pataleaban boca arriba como dos cangrejos dados la vuelta, y los dos perros gruñían a media distancia, mostrando los dientes ante el peligro. Y a los mesoneros no les fue mucho mejor. Merry Bones le propinó a cada uno un cabezazo en el estómago, y los mandó, a uno contra la pared norte, y a otro contra la pared sur de la casa.

El atlético joven, de porte gallardo, aunque no perteneciera a la nobleza y hubiese nacido en una detestable región, salvó entonces la mesa con una arriesgada pirueta y atravesó el salón rápido como una flecha, desapareciendo por la puerta exterior.

Incluso tuvo tiempo, al pasar a su lado, de mandarle un beso a Ann, y otro regalo muy diferente a Grey-Jack, cuya mejilla se hinchó como si le acabasen de extraer tres muelas.

Antes de desaparecer en la oscuridad del exterior, Merry Bones le dijo a Ann:

—¡Hasta pronto! ¡Voy a buscar el ataúd de hierro!…

* * * * *

(Continuará…)

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