EL KÁISER Y EL PRISIONERO (I)

Leonid Andreiev







I

Era un horror aquello. Dos días enteros, en su avance sobre París, llevaban las tropas alemanas bombardeando infructuosamente la pequeña ciudad belga de N***, que defendían las fuerzas aliadas de ingleses, belgas y franceses. Oleadas de hombres rubios con puntiagudos cascos, se lanzaban unas tras otras al asalto y perecían, siendo reemplazadas inmediatamente por nuevas oleadas de hombres rubios con puntiagudos cascos, que también perecían sin lograr su objeto. Ametralladoras y cañones lanzaban una verdadera granizada —más que lluvia— de proyectiles, y resultaba más difícil librarse allí de una bala o un casco de granada que aguantar, sin mojarse, un chaparrón.

Era frecuente el caso de que un soldado cayese herido, y antes de desplomarse en tierra, aún viniesen a alcanzarle nuevos proyectiles, hundiéndose en su ya lacerada carne. Saturada estaba la atmósfera de balas que rasgaban furiosas al aire, como animadas del mismo furor de los hombres que las disparaban. Pero las reservas de cascos puntiagudos parecían inagotables, y su marejada crecía continuamente. Absorbiendo los proyectiles con sus cuerpos, bebían la muerte de la atmósfera, igual que una esponja que se empapa de agua.

Dos días con sus noches duraba ya aquello, sin tregua ni descanso. De día, se operaba el ataque a la luz del sol; de noche, bajo el violáceo fulgor de los reflectores, que daba el mismo tono de color a las caras de vivos y muertos, y los montones de cadáveres proyectaban negras sombras inmóviles.

Durante aquellas cuarenta y ocho horas, Guillermo II apenas había probado bocado ni conciliado el sueño. Siempre con los gemelos en la mano y la tez del rostro algo temblona, seguía atentamente el desarrollo del combate. Y cuando al fin, lograron ocupar sus tropas la pequeña ciudad, cuyos defensores habían muerto o caído prisioneros, entró en ella el káiser con su séquito y se instaló en el Gran Hotel, y allí estuvo todo el día escuchando felicitaciones, adjudicando recompensas y bromeando con sus generales.

Aún hedía la ciudad a sangre y al humo de la melinita. Parte de las casas seguían ardiendo, y cuando las nocturnas tinieblas envolvieron la tierra, en las ventanas del Gran Hotel espejeaba el resplandor de los incendios. Corrieron los visillos, bajaron las persianas y encendieron luces; pero el tufo a la sangre y a la melinita persistía; bajo los altos techos flotaba una humareda violácea, igual que si en aquellos salones hubiese habido una recepción numerosa de personas que hubiesen fumado en exceso y, además, un tabaco malo y pestilente.

Dio el káiser la orden, que se cumplió en el acto, de fusilar a los rehenes, doce notables de la población. Los habían detenido de madrugada, al ocupar los alemanes la ciudad. Alguien, durante el día, disparó contra un soldado prusiano que merodeaba por las viviendas, y los rehenes fueron ejecutados sin dilación. Como el incógnito agresor sólo había hecho un disparo de revólver, en el acto lo cogieron y lo fusilaron, pero como el soldado agredido era realmente un malhechor, no se decidió el Estado Mayor a fusilar a los rehenes sin antes consultar al soberano. Pero éste respondió en tono firme:

—La sangre del último soldado prusiano vale tanto como la de Bélgica entera. Explíquenselo bien claro a los rehenes y fusílenlos luego.

Y así se hizo.

Todos aquellos soldados que estaban libres de servicio nocturno dormían un plúmbeo sueño de cansancio infinito y flojedad moral. Más fácil parecía levantar a un muerto del campo de batalla que despertar a uno de aquellos hombres extenuados. Los había que en medio de su sueño proferían gritos de horror, como si aún siguieran luchando; pero sus voces sonaban roncas y mortecinas, como de sombras ultraterrenas; en sus cabezas continuaba el combate, pero en su derredor gravitaba el silencio.

En el interior de los hospitales de sangre vibraba un concierto de ayes y gemidos de dolor, como si saliesen de una caja de música metida bajo la almohada. Pero aquellos lamentos y quejidos apenas si trascendían al exterior, sino que quedaban encerrados entre techos y paredes; y al salir a la calle, después de visitar alguno de aquellos hospitales, se tenía la impresión como de sumergirse de pronto en un mar de silencio. En cambio, al entrar de la calle en el iluminado ambiente del hospital, creía uno haber caído súbitamente en un purgatorio, donde se hubiesen dado cita todos los tormentos del mundo y miles de seres humanos estuvieran padeciendo horribles dolores de muelas, de músculos, nervios y huesos.

En derredor del Gran Hotel reinaba un silencio especial; tiempo hacía que el káiser padecía de pertinaz insomnio, y sus oficiales tomaban toda suerte de medidas a fin de que nada turbase su descanso. Hacían sin ruido el relevo de la guardia, prohibían el tráfico de coches por las inmediaciones del hotel y ahogaban, hasta donde era posible, todo rumor que pudiese desvelar al soberano.

Lejos de allí, seguían las tropas alemanas hostigando a los aliados en su huida, y seguían oyéndose los estampidos de los cañonazos, que a veces se fundían en largas andanadas. Mirando al horizonte, parecía como si muchos gigantes, en cuclillas y con los mofletes inflados, se estuviesen escupiendo fuego, pero sin ira ni encono, tranquilamente, al modo de monstruos antediluvianos que de esa guisa se divirtiesen. Los soldados, que entre sueños oían aquellos cañonazos, y que soñaban, no con la muerte, sino con la vida, pensaban que aquel fragor lo armaba una tormenta de mayo, y se hacían la ilusión de aspirar el aroma del fresco césped y de las flores. Pero los había que no percibían nada de aquel estruendo, como tampoco el molinero oye el ruido de su aceña.

Así también le ocurría al emperador; sólo a trechos, cuando los cañonazos se hacían demasiado insistentes y fragorosos, alzaba Guillermo la cabeza y aguzaba el oído; pero sin sentir la menor inquietud. Lejos de eso, aquel estruendo parecía producirle un efecto sedante, como la voz del sereno que, en medio de la noche, nos da la impresión de que alguien vela por la seguridad de nuestro sueño. No era, en verdad, aquel fragor lo que al káiser le quitaba el sueño. Hasta en pleno bombardeo dormía a pierna suelta, y más de una vez les dijo a sus íntimos que aquella bárbara sinfonía era más de su gusto que el silencio. Cosa que ellos se resistían a creer.

Luego que en el Gran Hotel se corrió el rumor de que el káiser se retiraba a descansar a sus habitaciones, enmudecieron como por ensalmo todas las bocas, todo el mundo empezó a expresarse por señas, y nadie andaba ya por allí sino de puntillas. Todo se volvió silencioso, mudo, y Guillermo tuvo la sensación de hallarse en una tumba.

Entró en la habitación su ayuda de cámara y también se puso a hablar muy bajo, como si su señor ya hubiese cogido el sueño. Pero Guillermo, malhumorado, le increpó:

—Pero, imbécil, ¿no ves que aún estoy en pie y no duermo? Largo de aquí enseguida, ¡idiota!

Se dio prisa el criado a retirarse; pero ya, pared por medio, continuó refunfuñando en voz baja, sin explicarse la razón de que su amo se hubiese incomodado de aquel modo. En cuanto a Guillermo, siguió dando paseos arriba y abajo por su habitación, pese a tener doloridas las piernas y sentirse fatigado de la jornada. Parecía un nuevo judío errante, condenado a vagar sin reposo de una pared a otra. Y tampoco podía detener los pensamientos que le asaltaban el cerebro, y que también iban y venían sin cesar de una a otra pared de su cráneo. Lo acuciaba un anhelo vago, pero muy intenso y al mismo tiempo, irrealizable; tanto más irrealizable cuanto que ni él mismo sabía concretamente lo que deseaba. Era que empezaba el insomnio, y Guillermo lo sabía por larga experiencia. Y sabía también que el movimiento de sus ideas iba a convertirse, sin tardar, en una carrera loca, desenfrenada, en algo así como un baile de brujas en los matorrales del Brocken, y que aquel irrealizable deseo se le subiría a la garganta para ahogarlo. Un suplicio terrible le amagaba.

Por si fuera poco, en la cena había bebido champaña, y eso agravaba la perturbación de su espíritu. Una mitad de él reía, en tanto la otra, bajo el imperio de la cólera, reclamaba, imperiosa, reposo. El olor a la sangre lo excitaba; habría querido seguir hablando, dando órdenes, prolongar la actividad febril de la jornada. Pero todo en derredor suyo estaba sumido en siete sueños. Claro que habría podido despertar a alguno y obligarlo a escuchar su conversación; pero su interlocutor habría puesto esa cara estúpida, característica de quien acaba de despertarse, y a tenor de su cara habrían sido sus réplicas.

Tal idea arrancó al káiser un mueca de desagrado; pero a poco vino otro sentimiento a anegarle el alma, en una oleada de ternura y de cálido afecto; huyeron en el acto sus enojosos pensamientos y empezaron a desfilar ante su fantasía, como emocionantes estampas, las batallas de los últimos días, aquellos terribles combates, llenos de dolor y fatiga, para gloria del káiser y de Alemania. ¡Cómo han luchado! ¡Deben de estar rendidos! ¡Qué necesitados debían de estar de reposo y sueño aquellos valientes soldados! ¡Y cómo dormían después de tanto sufrimiento físico y moral!

—¡Oh mis bravos soldaditos! —dijo Guillermo en voz alta, como si pusiera una apostilla al margen de un expediente que acabaran de presentarle.

Y se le ensanchó el pecho y se le abombó de repente, como a impulsos de una oleada de conciencia de la propia fuerza y de satisfacción. «¡Mis soldaditos valientes!»

Se fue intensificando luego aquel sentimiento de satisfacción, creciendo por momentos, agrandándose como una nube, que parecía levantar en vilo al propio káiser. Lágrimas de beatífico gozo asomaron a sus ojos. Experimentó la sensación de una grandeza extraordinaria y una majestad sin límites; le parecía su persona algo infinitamente excelso, sublime, al modo de una encarnación sintética de la genialidad de todos los grandes soberanos del mundo, de cuantos reinaban sobre todos los tronos de las tierras y todos los mares. En él, en el káiser Guillermo II, parecía reconcentrarse todo el misterioso poder de las largas generaciones de césares y reyes que lo habían precedido en el mundo. Venía a ser aquello como la fulgente escala bíblica de Jacob, sobre la cual, en el peldaño más cimero, que con el mismo cielo parecía confundirse, se erguía él, emperador de Alemania y de todo el globo terráqueo.

«Hay que buscar el texto adecuado —dijo en su exaltación, y abrió la Biblia, que siempre llevaba consigo a todas partes—. Tengo que encontrar aquí el pasaje propio para servirme de tema de una alocución religiosa a mis tropas…».

Y buscó y rebuscó, más no logró atinar en su Biblia con su pasaje a propósito, y eso le amargó su alegría, y la tristeza volvió a hacer presa en su espíritu, llenándolo de frío y desencanto.

Pero fue cosa de un momento; enseguida volvió la sensación de euforia, seguida, eso sí, de una nueva oleada de tristeza. Era el insomnio, con sus caprichosos vaivenes y su tedio de la vida. No se había desnudado aún el káiser remolón para meterse en la cama, pues sabía que entonces el insomnio lo acometería con más saña, se le agarraría al cuello y no le dejaría pegar ojo.

—¡Oh, qué tedio y qué tristeza! —Pero súbitamente hubo de ocurrírsele una feliz idea. A buen seguro que, entre los prisioneros hechos aquel día, habría algún individuo inteligente con el cual se pudiera hablar e incluso discutir.

¡Magnífico! ¡Eso! Le daría permiso al tal prisionero para que le expusiese con toda libertad sus ideas, y él también le expondría las suyas, y sin duda que el hombre se quedaría encantado, ya que nunca hasta entonces habría hablado, probablemente, con ninguna testa coronada. Es más: hasta lo pondría en libertad para que volviese con los suyos y le contara al mundo entero quién era aquel káiser Guillermo, tan grande, tan temido y, al mismo tiempo, tan campechano.

Ahora, eso sí, que tenía que ser un hombre inteligente, ¡un verdadero talento!


II

Resultó ser un revolucionario ruso, un emigrado político que llevaba ya muchos años residiendo en Bélgica y era profesor de la Universidad de Bruselas. Pese a no ser ya un joven, se había enrolado como voluntario en el exiguo ejército belga, tomando parte en varias batallas y distinguiéndose en ellas por su valor. Cayó prisionero en un ataque a la bayoneta, en el curso del último combate. Y por una feliz casualidad, que siempre lo favorecía, no había sufrido herida alguna.

Tampoco él, el prisionero, había logrado conciliar aún el sueño, y ni siquiera había empezado a desnudarse, cuando recibió la invitación, por cierto muy cortés, de presentarse en el Gran Hotel convertido, por el momento, en palacio imperial. Quienes no supieran que era ruso, podían tomarlo por un belga o un francés del norte. Pero su diminuta perilla rubia y sus ojos oscuros, fatigados de tanta lectura, eran típicamente rusos y acusaban netamente los caracteres de su raza. Aún no lo habían incluido en las listas de prisioneros, y los ayudantes de campo de Guillermo ignoraban totalmente su nacionalidad, cosa nada chocante, pues hasta sus propios camaradas lo tenían por belga. Y con esa creencia lo llevaron a presencia del káiser. Aunque, después de todo, había dicho aquel que la nacionalidad del prisionero le era indiferente, con la sola condición de que no fuese inglés, que con los ingleses no quería nada.

Al entrar en la cámara del soberano, saludó el prisionero con toda cortesía, y no menos cortés respondió a su saludo el káiser. El cual, según su costumbre, examinó al hombre midiéndole de arriba abajo con una larga mirada escrutadora, y también el prisionero le miró a él con despaciosa atención, pues, naturalmente, le inspiraba un interés extraordinario.

Ni que decir tiene que, antes de conducirlo a presencia del káiser, cachearon minuciosamente al prisionero, el cual, como es de suponer, no llevaba encima ningún arma. Lo sabía así de sobra el káiser, y ordenó que los dejasen solos.

—¿Estará usted cansado? ¡Siéntese! —mandó Guillermo.

El prisionero se sentó.

—¿Un cigarrillo? —preguntó Guillermo, sonriendo.
—Sí, gracias —repuso el prisionero, sonriendo también, y sin apartar la mirada del rostro pálido y nervioso del soberano.

Con su propia mano le ofreció el káiser un cigarro puro.

—¡Ya está cortado; puede encenderlo sin más!

Bebió luego Guillermo un sorbo de champaña y tomó asiento, remangándose cuidadosamente los faldones de su uniforme.

«Debe de estar bebido», pensó el prisionero, sin dejar de examinarlo.

Hubo un breve silencio, y después Guillermo inquirió:

—¿Es usted belga?
—Soy catedrático de la Universidad de Bruselas y doctor en Derecho.
—¡Oh! ¡Mucho gusto, señor catedrático! Pertenecerá usted a la reserva, ¿no?
—No, soy voluntario.

A los labios del káiser asomó una sonrisa.

—¡Oh, muy interesante! ¿De modo que se ha enrolado usted por su propia voluntad para combatirme?
—Sí, también para combatiros.

«No me da tratamiento de majestad; por lo visto, es hombre de ideas firmes», pensó Guillermo. Y tras reflexionar un momento, preguntó:

—¿Y cómo sigue el rey Alberto?
—¡Oh, no sé cómo seguirá el rey Alberto! Me figuro que no muy bien.

Sencillas y tranquilas eran las contestaciones del prisionero. Pero, contrastando con aquella serenidad en las palabras y la voz, la mano en que tenía el cigarro, su rostro y sus pies, calzados en unas sucias botas, llenas de agujeros, temblaban levemente, de un modo casi imperceptible.

«Está tan nervioso como yo», se dijo Guillermo, y aquello no le hizo maldita la gracia.

—¿Está usted herido? —le preguntó en tono brusco, que dejaba traslucir su mal humor.
—No… Simplemente cansado y algo descompuesto… ¡Es lógico!
—¿Duerme usted mal?
—Generalmente, sí. A veces logro conciliar el sueño, pero en seguida se me va.

Guardó silencio un instante, y luego dijo:

—¿Me permitís una pregunta?
—Hable usted.
—El fusilamiento de los rehenes, ¿se llevó a cabo por orden suya? A nosotros así nos lo dijeron, y nos obligaron a presenciar la ejecución. Yo fui testigo de ella.
—Sí, orden mía fue. La sangre del último soldado prusiano es tan preciosa como la de Bélgica entera —repitió Guillermo.

Y luego de reflexionar un momento añadió:

—¡Para mí, claro! Que en Bélgica pensarán, probablemente, lo contrario.
—No, en Bélgica no piensan así.
—No es posible. Lo piensan, sólo que no se atreven a decirlo alto. ¡Me los sé de memoria! ¡Y también a su reyezuelo! No les tengo ni pizca de lástima. Ese heroísmo estúpido no concuerda con el talento mercantil de los belgas. ¿No cree usted, señor profesor, que el heroísmo, a veces, puede ser estúpido?
—No comprendo bien.
—¿Admira usted a Nansen? —exclamó el emperador, cambiando bruscamente de tema—. Yo siento por él verdadera idolatría. ¡Ése es un hombre! Ni los noruegos ni los británicos han sabido apreciarlo en todo su valor. A mí su libro me entusiasma. Cualquier idiota tiene en su mano hacer el viaje al Polo Norte; pero la cosa está en saberlo preparar como lo preparó Nansen. ¡Fue admirable! Pues bien: sólo yo tengo hoy un ejército digno de tal nombre, mientras que ustedes no tienen más que voluntarios o pandillas de gente que no valen nada. Por eso los derroto y seguiré derrotándolos. Sí, señor; los seguiré derrotando a ustedes.

Y otra vez se adueñó de Guillermo la sensación de una extraordinaria complacencia. Sonrió y quiso decir algo halagüeño a aquel prisionero, tan quebrantado por la fatiga y por todo cuanto acababa de sufrir. Pero, de pronto, atrajo su mirada el cigarro que el prisionero tenía en su mano temblona, y con voz azarada exclamó:

—¡Eh, cuidado, que va usted a dejar caer la ceniza en la alfombra!

Le corrió al prisionero por el cuerpo un leve escalofrío, frunció el ceño y se puso como la grana. Volvió a acordarse del fusilamiento de los rehenes; uno de ellos lloraba, implorando merced; sin duda era un hombre que no entendía nada de guerras ni de heroísmos.

—¿Y para qué derrotar y más derrotar? —preguntó el prisionero, poniéndose todavía más encarnado.
—¿Cómo que para qué? —exclamó el káiser, asombrado y sin comprender—. ¡No sé qué quiere usted decir! ¡Exprésese con más claridad, señor profesor!
—Sí, dijisteis: «Los derroto y seguiré derrotándolos». De ahí mi pregunta: «¿Para qué derrotar y más derrotar?».

Comprendió entonces el káiser y lanzó al prisionero una mirada despectiva.

—¡Ah, por lo que veo es usted pacifista! Pero eso que usted dice es una necedad. ¡Acaso por pacifista lo habrán hecho prisionero!

No reparó el profesor en la ofensa que tales palabras implicaban. Y, además, apenas si las había oído. También él se sentía anegado súbitamente en una oleada de satisfacción, como quien muerto de sueño se acuesta en un lecho muelle y calentito. Estiró sus largos miembros, como si allí no hubiese nadie; dejó aflorar a sus labios una sonrisa de bienestar y se quedó mirando a su interlocutor con sus ojos cansados, con la misma afectuosidad con que se mira a un ser querido.

—¿Qué le pasa a usted? —preguntó, asombrado, el káiser—. Cualquiera diría que está soñando.
—Y, después de todo, ¿no es todo esto un sueño?
—No, eso es una necedad. Esto no es ningún sueño.
—Pues a mí me pareció hace un momento que estaba soñando, y quise… Por lo pronto, debo deciros que no soy belga.
—¿Cómo?
—Pues eso, que no soy belga, sino ruso, emigrado político. Me condenaron a muerte en mil novecientos seis, pero logré escapar. Desde entonces vivo en Bélgica, y ahora, pues, aquí me tenéis. Sí, señor, soy ruso.
—En ese caso —dijo Guillermo con frialdad—, la cosa varía… Ha sido un error. Puede usted retirarse, señor…
—Profesor. Pero ¿por qué no queréis ya hablar conmigo? Tenéis ganas de hablar y yo también…, podríamos seguir charlando un rato.
—Temo que quiera usted hacer conmigo el papel de marqués de Posa, y ese marqués de Posa es una invención alemana en la que yo no creo.
—¿Made in Germany?
—Sí, pero con miras a la exportación y no al mercado interior… Un revolucionario, un emigrado político, un ruso, no es precisamente lo que yo necesito. Lo que yo deseo, señor mío, es un hombre de orden, de buena y roja sangre latina, con la que pueda enfrentarse mi sangre germana. Un hombre de rancia y flexible cultura occidental, y no un bárbaro ruso. Con un ruso, yo no puedo discutir, como tampoco discutiría con un turco. ¿Qué son, en fin de cuentas, los rusos? Pues cero. Yo los bato con mi frente… trasero.

Y el káiser, muy satisfecho de su gracia, soltó una carcajada ruidosa y repitió, recalcando las palabras:

—Sí, señor; con mi frente… trasero.

Aún reflejaban sus ojos una zumbona ironía, pero ya una honda tristeza se iba adueñando de su alma; tristeza y frío, empacho, sensación de la vanidad de todas las cosas: de la guerra y la paz, de la vida y la muerte.

Se irguió con un fuerte dolor en la espina dorsal y se puso a pasear, nervioso, por la sala. La fatiga y el insomnio empezaban a hacer su efecto. Y fatiga e insomnio son muy exigentes; aspiran a dominar al hombre como reyes absolutos y se rebelan contra cualquier idea atrevida y vivaz; emponzoñan con su veneno la voluntad y la paralizan, invocando el sueño, el descanso y la muerte. Pero él, el káiser Guillermo, no se avenía a someterse a semejante poder. Al otro día se iría al frente, allí dormiría y descansaría, y todo volvería a ser bello, sublime, grandioso…

Recobró como por ensalmo el buen humor, se volvieron sus pasos más rápidos y firmes, y más claro y vibrante el repicar de sus espuelas. Sacudió la cabeza como para ahuyentar definitivamente el poder del cansancio y el insomnio, y se volvió a escuchar lo que el prisionero decía.

—Soy doctor en Derecho y profesor belga —decía el prisionero—. Podéis hablarme como a un belga y a un científico. Por si fuere poco, estoy casado con una belga.
—Eso está bien —aprobó el káiser—. Puede usted hablarme como si estuviese soñando… Sí, eso será lo mejor. Podrá expresarse así con toda la franqueza: A la guerre, comme à la guerre. ¡La guerra! Ustedes, los revolucionarios rusos, pacifistas, doctores en Derecho, etcétera, abominan de la guerra y truenan contra ella y, sin embargo, a no ser por la guerra, ¿habría tenido usted ocasión de hablar con el emperador de Alemania? ¡Fíjese usted, profesor, en este hecho singular: en plena noche, uno frente a otro, un revolucionario ruso y el mismísimo emperador de Alemania! ¿Verdad que es extraordinario? ¿Que no tiene nada de vulgar? ¡Oh! ¡Fuera la vulgaridad y cuanto huele a rutina! ¡Váyanse al diablo! Aquí ni usted se sienta en su cátedra ni yo en mi trono. ¡Vea usted! Mi palacio es ahora este ridículo hotel belga, donde vienen a hospedarse todos los tenderos. ¿No es esto algo al margen de todas las leyes naturales?
—Padecéis de insomnio, ¿verdad?
—Oiga… De mis achaques hablo yo con mi médico. Demos de lado la rutina, señor profesor. ¿O es que echa usted de menos su sillón de madera en la Universidad, y su plataforma con escalones? ¿O acaso a sus lampiños oyentes, con sus cuadernillos de apuntes? Pues por esta vez seré yo su auditorio. Dedique usted su lección de hoy al emperador; aproveche usted la ocasión para hacer propaganda de sus ideas; no se cohíba, hombre, y proceda con absoluta libertad…

Soltó otra carcajada el káiser y se sentó cruzando las piernas. Luego bebió más champaña y, levantando la copa vacía, señaló en dirección a la ventana.

—¿No oye usted? Son mis cañones. Sus soldados huyen en desbandada, y los míos los persiguen. Mañana tendremos buenas noticias… Y dígame: ¿Ha sido la de hoy la primera batalla en que usted ha tomado parte?
—No. ¡Ya antes estuve en otras muchas!… No recuerdo cuántas. ¡Como no paramos nunca!
—Claro… Son ustedes tan pocos… Y… otra cosa: ¿tiene usted alguna medalla?
—Sí, dos.
—¡Bravo! ¡Muy bien! Yo estimo mucho a los valientes, aunque sean enemigos. Lo que no me hace gracia es… ese estúpido heroísmo. ¿Por qué? ¿Acaso no comprenden aquí, en Bélgica, que yo voy infaliblemente —y recalcó la palabra— a aplastar a este pequeño país? Le concedo, de buen grado, que no llegue a comerme los huevos, pero de todos modos, quedarán hechos tortillas. ¿No es cierto, señor profesor?
—¿No sentís el olor a sangre?
—¿Lo dice usted con ironía? ¿Es que ya empieza usted su conferencia?
—No, era sencillamente una pregunta. Es que llega hasta mí un olor a sangre muy particular y muy claro. Hasta cuando duermo, hasta cuando como, en todas partes. Si salgo con vida de esta guerra, creo que en todo el resto de ella no se me quitará este olor. Un olor a sangre y a cadaverina. Allá, en tiempos, cursé el preparatorio de Medicina y estudié Anatomía; así que ese olor a cadáver no es para mí ninguna novedad, pero es que aquí hay demasiados muertos, y hasta a docenas de kilómetros apesta la atmósfera el hedor de su putrefacción. Comarcas enteras se han convertido en anfiteatros anatómicos y en salas de operaciones y de vivisección, en las que los hombres sufren náuseas tremendas. Claro que vos no las sentiréis, por estar ya habituado… También yo empiezo a estarlo…, así que a ninguno de los dos me refiero. ¿No habéis observado que en el hedor de un cadáver putrefacto hay algo de sacrílego? Con los animales no ocurre así; el cadáver de un animal hiede y nada más, basta con taparse las narices y se acabó; pero el cadáver del hombre que empieza a pudrirse tiene algo de imponente. Y es espeluznante pensar que un ser de la misma especie, tan afín a él, pueda acostumbrarse a eso. ¿No tengo razón?

Sonrió el káiser y comentó irónico:

—¡En vez de una conferencia sobre temas jurídicos, me está usted dando otra sobre perfumes!
—¡Ah! ¿Os reís? Pues precisamente eso era lo que yo quería preguntaros: ¿cómo podéis reír? A nosotros, los simples mortales, nos repele, nos causa horror el olor a sangre y a cadaverina. Pero a vos, emperador, ¿qué efecto os hace ese perfume? ¿Lo percibís? ¿Ahora, por ejemplo? —dijo el prisionero, y respiró varias veces e hizo una mueca de asco—. ¿Os dais o no cuenta de cómo huele? ¡Es algo que no hay quien lo aguante!
—Sí, algo infectado está el ambiente —confirmó, con leve mueca, el káiser—; pero no podemos abrir las ventanas porque el aire de la calle es todavía peor. ¿Quiere que le diga lo que pienso? Pues que yo estoy por encima de todo… ¿Entiende usted? Por encima de todo. Vamos a ver, ¿por qué resulta tan difícil habituarse al olor de los cadáveres, que a los sujetos nerviosos les inspira pavor y sentimientos supersticiosos? Pues porque, según las tradiciones consagradas, hay que enterrar los cadáveres, es decir, ocultarlos bajo tierra. ¡Figúrese usted, profesor, el enorme hedor que apestaría el aire si, de pronto, se abriese la tierra y dejase al descubierto tantos miles de millones de cadáveres en ella sepultados! ¿Qué sería de nosotros si no nos diésemos esa prisa a enterrar los muertos bajo una densa capa de tierra? Suerte que a los muertos se los tapa bien, y gracias a eso podemos respirar.
—Pero ¡cuántos cadáveres hay en torno nuestro! —dijo el ruso, pensativo—. Yacen tendidos en tierra, envueltos en el sudario de la noche. Pero a mí me parece que a todos los veo…
—Pues a mí no… Además, mañana mismo quedarán enterrados. ¿No ha oído usted hablar de mis cavadoras mecánicas que abren zanjas para los muertos? Hay majaderos que se ríen de ellas y dicen que son un horror. Echan de menos al tradicional sepulturero de Shakespeare, que cava las huesas a mano, lanzando al mismo tiempo una sarta de estupideces. Todo eso es, simplemente, romanticismo de pacotilla, sensiblería de la vieja Europa, chocha, beatona, insoportable, que de puro vieja y decrépita ha perdido el seso. Pero yo le daré el golpe de gracia a esa vieja lela. ¿Qué razón hay para creer que eso de quemar los cadáveres, rociándolos antes con petróleo como hacen sus amigos los franceses, es más moral y estético que enterrarlos en fosas, como se siembran las simientes en los surcos? ¿O es que va usted, señor profesor, a ser tan niño que salga preguntándome si no me dan lástima los caídos? ¡Confiese usted que es así…, dígalo con toda franqueza!
—Pues sí, es verdad que iba a preguntaros eso. Uno de los rehenes fusilados esta noche, un anciano, lloraba…
—¿Lloraba?
—Sí, lloraba, implorando que no lo matasen. Era un viejo, uno de tantos viejos del montón… Y no comprendía nada de aquello; puede que nunca hubiese pensado en la guerra. Pues bien: a mí me dio lástima.
—¡Bah! ¿No le da a usted vergüenza, profesor? Supongo que lo fusilarían a pesar de todo ¿no?
—Sí.
—¡Oh mis soldaditos valientes! Calle usted… Ya sé lo que quiere decir: que él no tenía culpa alguna. ¡Claro! ¿Qué crimen habría podido cometer un pobre viejo, uno de tantos, que jamás en su vida pensó en la guerra? Pero ¿no era, en verdad, culpa suya el que otro, un mocito de temperamento exaltado, hubiese disparado un tiro de revólver contra uno de mis soldados…? Y, además, ¿es que eran culpables de algo aquellos mártires que, bajo el emperador Trajano, sucumbieron? ¿Es que razonando como usted lo hace, tampoco son culpables mis soldados, contra los que usted, no obstante, no ha tenido reparo en disparar? Pues, ¿por qué entonces no los llora? ¡Ande y llore por su mala suerte, señor profesor!

La voz del káiser sonaba ahora agria y destemplada.

—Todos los hombres humanitarios me están dando siempre la lata con eso de la compasión. ¡La compasión, la compasión…! Pero eso es una necedad, profesor, una sandez. ¿Por qué he de tenerle compasión al cadáver de hoy y no al cadáver de hace trescientos años? ¿En qué se diferencian el uno del otro? ¡Vaya! ¿Cuántos cientos de miles de hombres no habrá habido, en el curso de cinco mil años, que hayan pasado hambre, perdido hijos y muerto asesinados en el campo de batalla o achicharrados en la hoguera? ¿Y quiere usted que me eche a llorar por todos ellos? Porque, ya puestos a tener compasión de los difuntos, no veo que haya ninguna diferencia entre los de ahora y los antiguos.

Hizo Guillermo una pausa, bebió un poco más de champaña, y luego prosiguió.

—Pero usted es ruso y no puede comprenderlo. Los rusos no tienen la mentalidad del adulto; viven de emociones, como las mujeres y los niños. Tienen una vista muy perspicaz, pero les falta inteligencia. Sus lágrimas no valen nada. Son capaces de verterlas ante un perro aplastado por un auto y de escuchar al mismo tiempo el relato de la Pasión de Cristo fumándose tranquilamente un pitillo… Dígame: ¿No será usted quizá judío?
—No.
—¡Ah!, que sea enhorabuena. Pero ¿qué me dice usted de las matanzas de judíos? ¿De esa costumbre de hincarles clavos en la mollera a los judíos?

Fijó el prisionero una grave y profunda mirada en los ojos grises y fríos del káiser, y después bajó la cabeza en silencio.


III

Callaba el prisionero. Miró su puro apagado y sacudió con el dedo la ceniza fría. Se había alejado el cañoneo, o puede que hubiera cesado. Reinaba en la cámara silencio absoluto. El ambiente no era ya tan pesado.

Guillermo contemplaba con adustos ojos el rostro del prisionero y adivinaba bajo aquella cabeza una obstinación que se sentía incapaz de vencer. Sus botas destrozadas y enlodadas le daban un aire lamentable. «¡Bah!… ¡Un ruso!», pensó el káiser despectivo.

—Coja otro habano. Aquí tiene la caja y las cerillas. Fume usted, que si no, le va a entrar sueño. ¿No quiere beber nada?
—No, gracias.
—Sí, más vale que no beba; se le podría subir a la cabeza. ¿No sabe usted que en Rusia han prohibido el alcohol? ¡Oh, y qué cabezas tan poco firmes! Esa gente me hace la impresión de esos borrachos que juran no volver a beber en su vida, ni siquiera vinagre, y para que cumplan su juramento hay que echarles la llave a la bodega, pues no tienen por sí la suficiente fuerza de voluntad para abstenerse. Pero en cuanto acabe esta guerra, que tanto los ha asustado, volverán a empaparse de alcohol, igual que los esquimales. Sí, más vale que no beba usted.

Y, sonriendo, irónico, bebió unos sorbos más de champaña.

Callaba el ruso, y eso irritaba al emperador, el cual volvió a sonreír y dejó la copa en la mesa, con tanto ruido, que el prisionero dio un respingo y lo miró asombrado.

—Este champaña no lo he pagado yo —dijo Guillermo—, no estoy dispuesto a dar por él ni un solo pfenning. A usted también esto le parecerá mal, ¿no es verdad, profesor? Pues peor para usted. De todos modos, hace bien en reservarse su opinión. Así como también en no contestar a lo que antes le dije acerca de Cristo. ¿Qué iba usted a contestarme? ¿Qué habría podido contestarme Europa entera? Todos los días leo la prensa francesa y británica, y le juro que me retuerzo de risa. La rusa no la puedo leer; pero me figuro que dirá lo mismo. Los consabidos chistes sobre mis bigotes, con la pluma y el lápiz. Elucubraciones sobre el humanitarismo, ensalzando a la Cruz Roja y poniéndome a mí de pirata y bandido; ellos, que roban siempre y dondequiera que pueden, en el pan, en la leña, en el avituallamiento del ejército, hasta en el mismo papel en que escriben sus divagaciones. No discuta usted, me consta que es así. Dígame: ¿tienen ustedes todavía en Rusia casas de lenocinio? ¿Todavía no las han cerrado?… De sobra me consta que no. No tienen valor para prescindir de ellas… ¡Por vida de Cristo, eso es repugnante! ¡Siempre la misma hipocresía! Esta dichosa Europa es una partida enorme, inaudita, de tunantes. ¿No piensa usted lo mismo, señor profesor?
—Hasta cierto punto, sí. Pero supongo que en esa apreciación irá comprendida también Alemania.
—¡Oh, nosotros los alemanes, somos algo muy diferente! Somos bandidos, piratas… Usted me hablaba antes del tufo a cadaverina, que usted percibe con tanta finura de olfato como elevación del espíritu… Pero ¿por qué no habla también del hedor que exhala esa enorme mentira que sobre todo se cierne? Tiempo hace ya que la verdad murió en Europa y su cadáver se está pudriendo lentamente, lo que produce una peste irrespirable. ¡Oh, y cómo hiede la mentira del uno al otro polo! ¡Es horrible! ¿Cómo no lo nota usted con su sensibilidad tan delicada? ¿Por qué ustedes, los señores profesores y humanistas, no se han dado cuenta todavía de la muerte de su agotada cultura y continúan sosteniendo su cadáver putrefacto y pestilente? ¿O es que en toda Europa no hay más que bribones e imbéciles? No, señor profesor; yo no soy ningún monstruo ni ningún asesino; sólo se puede matar aquello que tiene vida. ¿Sabe usted lo que yo soy? Pues se lo voy a decir: soy el sepulturero de la vieja Europa: tengo la misión de enterrar su maloliente cadáver y salvar al mundo de la peste horrible. Y si mis profesores, que tan apasionados son de Shakespeare (al que yo también admiro mucho, dicho sea de paso), pretenden ser unos sepultureros como el de Hamlet y dicen tantas bobadas a cuenta de la calavera de Yorik; y si mis demócratas por otra parte, se dedican a elaborar utopías, dorando la píldora con vacuos y grandilocuentes discursos sobre la Humanidad y citas de Carlos Marx, yo, Guillermo II, el Grande, soy, por el contrario, sincero y rectilíneo como la propia muerte. Sí, señor, yo soy el sepulturero mayor. Soy una cavadora de un millón de caballos que abre para los muertos un inmenso osario o, mejor dicho, toda una serie de osarios. Y cuando todas estas fosas queden debidamente cortadas y profundas y cubran toda Europa, usted mismo, señor profesor, tendrá que adjudicarme el epíteto de Grande.
—Sí, desde luego… Pero decidme una cosa: ¿de qué proviene vuestro insomnio?
—¡Ah! ¿Todavía con esas? Usted, indudablemente, se figura que son los remordimientos de conciencia los que me quitan el sueño, ¿no? ¡Bah, qué sandez! Todo se debe simplemente a que trabajo demasiado. Usted no tiene en cuenta la vida que llevo. Pero póngase la mano en el corazón y dígame: ¿Quién, en Europa, habría podido soportar lo que yo, y luchar con tanta energía con los obstáculos como estoy luchando yo, el emperador de Alemania? ¡Sola está contra el mundo entero! ¡Sola y, sin embargo, victoriosa! ¿Qué otra nación, antigua o moderna, habría podido resistir tamaña lucha? ¡Solamente Alemania! ¡Y Alemania soy yo! ¡Oh, y que dichoso sería si estuviese en su lugar, señor profesor!
—¿Por qué?
—¡Usted ha visto y oído a Guillermo en el transcurso de estos días! ¡Y eso vale cualquier cosa! ¡Por eso se puede dar con gusto, no digo la libertad, sino la propia vida!
—¡Delirios de grandeza!
—Sí, todos los alemanes, empezando por mí, tienen derecho a sentirse megalómanos. Ustedes, en cambio, no. Ustedes podrán tener otros complejos psíquicos. De buen grado se los cedo… Ya ve usted si soy generoso.

Rió Guillermo, y hasta le dio al prisionero unas afectuosas |palmaditas en el hombro. En aquel momento hubo de fijar la mirada en el revólver que había encima de la mesa, junto al profesor. Era el revólver del soberano, que alguien, cargado y todo, dejara sobre la mesa.

—Hermosa noche, ¿verdad? —siguió diciendo el emperador, en tono jovial—. No hermosa desde el punto de vista poético o artístico, sino en el sentido de interesante. Esto es algo que vale más que su cátedra y su tarima de madera, señor profesor. De sobra abundan en Europa esos mezquinos escenarios para los histriones del humanitarismo. Pero ¡usted ha podido ver y oír a Guillermo II en persona!… y ahora que me acuerdo, quería hacerle una preguntita sobre un tema muy raro y que yo no comprendo. Quizá usted me lo pueda explicar. Mire: yo también fui alumno de una Universidad, y sé que todos los profesores enseñan razón, justicia, derecho, bondad, belleza, etcétera. ¡Todos, desde el primero al último! Jamás ninguno de ellos ha enseñado a sus alumnos a ser granujas y canallas. Y, no obstante, ¿cómo se explica que todos los alumnos salgan luego unos granujas y unos canallas? ¿Es qué ustedes enseñan mal, o que ellos no los entienden bien y escriben en sus cuadernos de apuntes lo contrario precisamente de lo que ustedes les dicen?
—¿Y vos? ¿Qué fue lo que aprendisteis de vuestros profesores? Algo daría por ver vuestros cuadernos de apuntes. Sería curioso.

Guillermo soltó la carcajada.

—¡Oh, mis apuntes son inmejorables, señor profesor! Mi mujer está la mar de hueca con ellos. Pero ¿sabe usted lo que yo aprendí de mis profesores? Pues a no tomarlos en serio. ¿Es que usted toma en serio a un actor, o llora escuchando un gramófono? Todo en el mundo, señor profesor, es teatro; todo papeles desempeñados por comicastros sin talento, y hasta el público del gallinero se empieza ya a reír de ellos y a acogerlos con silbidos. Usted, por ejemplo, representa el papel de doctor en Derecho; pero ¿quién que esté en sus cabales llegará a creer que es usted de veras un doctor en Derecho? Ahora está usted haciendo un papel diferente: cambió la casaca y se endosó un uniforme de soldado belga; pero…

Guillermo lanzó una rápida ojeada al revólver.

—… pero no puedo decir que en su nuevo papel demuestre mucho genio. Usted dispense, pero el papel de soldado lo hace bastante mal. ¡Ja…, ja…, ja…, ja!

Parecía poseído de una jovialidad extraña y pesada. No podía refrenarla, a pesar de saber de sobra que, tras aquella alegría, vendría una oleada de tristeza. Incluso hasta le parecía ver ya su sombra, aguardando en un rincón el momento de echársele encima.

—Sí, querido profesor; es usted doctor en Derecho; pero ¿quiere usted que le revele un importante secreto de Estado, que guarda precisamente relación con el Derecho? Pues oiga usted: ¿sabe quién ha querido y empezado la guerra?

Hizo una breve pausa, y luego, en tono solemne, exclamó:

—Pues yo. ¿Está usted satisfecho? Alemania y yo. ¿No es esta una confesión sumamente principal para la ciencia del Derecho, para todas las tarimas de madera con dos escalones y para todos los gramófonos?
—Ahora ya no tiene la menor importancia.
—¿Cómo que no? Claro que la tiene, aunque no en el sentido que usted se figura. ¡La tiene, y grandísima! El juicio final vendrá, no cuando quieran los hombres, sino a la hora designada desde arriba, ¡por Dios!

Frunció el káiser el ceño y miró adusto al prisionero.

—Yo fui quien declaró la guerra; yo quise la guerra y yo hago la guerra. Yo y mi joven Alemania. Ustedes por el contrario, no hacen más que defenderse. Claro que, desde el punto de vista del Derecho que ustedes sostienen, eso es admirable, y confiere títulos a la santidad, aun a sus políticos más rapaces, y aroma de incienso a sus cañones. Pero en este mundo hay algo que vale más que todo eso, y es la fuerza. No les consienta usted, señor profesor, a los beatos, ignorantes, o canallas de sus alumnos que le planteen el problema de quién debe prevalecer, si la Fuerza o el Derecho. De sobra sabe usted que el Derecho es la Fuerza. Usted será revolucionario o, por lo menos, demócrata ¿no?
—Sí, soy demócrata.
—¡Ya me lo suponía! Bueno, pues dígame, como hombre honrado y no como actor: ¿respeta usted las leyes vigentes?
—No, todas, no.
—¡Claro! No fue usted tan idiota como para respetar aquella ley que le condenaba a pena capital, creyéndose usted totalmente inocente. Como tampoco iba usted a respetar la ley contra las huelgas ni esas otras que protegen la propiedad, que, según ustedes, es simplemente un robo. Pero siendo así, ¿dónde está su respeto por el Derecho, señor doctor en Derecho?
—Es que las leyes vigentes no son la expresión del verdadero Derecho.
—¡Claro, para ustedes! Porque las leyes que hoy rigen no son más que la expresión de la voluntad del más fuerte, que se las impone a ustedes, y contra el cual luchan. Pero el día que ustedes triunfen y sean entonces los más fuertes, serán también los que fabriquen leyes, y aunque no sean malas, no faltarán quienes no las encuentren de su gusto y con una bomba en cada mano afirmen, como ustedes ahora, que esas leyes no tienen nada de común con el verdadero Derecho. ¿No es así? Pues si así es, ¿por qué no voy a poder yo, que tengo ahora la fuerza en mi mano, dictarle leyes a Europa? No hay razón para que el Código de Guillermo II, el Grande, suene peor y menos imponente, desde lo alto de las cátedras universitarias, que el Código de Napoleón. De modo, pues, señor profesor, que sus alumnos no tendrán más remedio que rectificar sus cuadernos de apuntes.
—Pero ¿estáis seguro de tener de vuestra parte la fuerza?
—He ahí una pregunta discreta, y voy a contestársela con mucho gusto. ¿Otro purito, señor profesor?
—No, gracias.
—Ande, acépteme el obsequio. Son unos cigarros magníficos. Esto de que un emperador, motejado de criminal, le ofrezca amablemente un cigarro a un prisionero, que es un revolucionario y acaba de disparar contra sus tropas, y que el revolucionario lo acepte, se llama, si no estoy equivocado, civilización. ¿No es eso?

Y Guillermo soltó una alegre carcajada, sin por ello dejar de seguir lanzando furtivas miradas al revólver.

—No haga caso de mis bromas y fume con toda tranquilidad. Yo lo único que deseo es que no se duerma y encuentre buenos mis habanos… Pues, como iba diciendo, señor profesor, la fuerza está conmigo, porque soy yo quien ha querido, declarado e iniciado la guerra. «¿Qué por qué quería yo la guerra?», me preguntará usted, y yo le digo: Pues porque el único Estado que tiene hoy una idea motriz es Alemania. ¡Una idea! ¿Comprende usted? Un pueblo sin idea es un cuerpo muerto; usted debe saberlo bien.
—Hace ya mucho tiempo que lo dijo un escritor nuestro: Dostoyevski.
—No sé, en mi vida lo oí nombrar… Pero bien, señor profesor; ustedes tenían también cañones, soldados y toda clase de pertrechos de guerra. ¿Por qué no la iniciaron? ¿Por no derramar sangre? Eso no es cierto. Porque no es la primera vez, ni mucho menos, que ustedes han agredido a otros pueblos, solo que a los más débiles. Eso hicieron los franceses con los árabes, los ingleses con los bóers, los rusos con los japoneses, los italianos con los turcos… ¿o es verdad que ustedes, los rusos, salieron trasquilados al declararles la guerra a los nipones, que resultaron ser los más fuertes? Si no recuerdo mal, los belgas son los únicos que no han atacado a nadie; pero, en cambio, han estado fabricando armamento para todos. ¿Por qué no agredían ustedes a Alemania? Pues porque para eso era menester tener una idea, y ustedes, los rusos, al igual que los demás pueblos de Europa, no tienen ninguna. Su única y exclusiva preocupación se reduce a tener buen apetito y con qué satisfacerlo. Pero yo he venido a alteraros vuestras ganas de comer: a comerme a los que se comen a otros. Porque Alemania, ¿Sabe usted?, tiene un corazón de león y un hambre de león.

Rió de nuevo el káiser, muy satisfecho de sí mismo, y, miró con benevolencia al prisionero. Sabía que, debido al insomnio, sus ojos lanzaban un brillo especial, un fulgor regio. Y, en efecto, el prisionero lo notó.

—¿Es usted de sangre noble? —preguntóel káiser.

Y sin aguardar contestación, siguió diciendo:

—¡Hacerle la guerra a Alemania! Para eso no basta con tener un puñado de inválidos, de mercenarios y soldados bisoños, que ni siquiera saben hacer unas maniobras de simulacro. Con Alemania sólo puede luchar un pueblo entero, sin exceptuar a los viejos, las mujeres y los niños. ¿Y quiere usted decirme qué pueblo de esta Europa corrompida sería capaz de sostener lucha semejante? ¿Qué pueblo sería capaz de tal energía y tamaña audacia? Declarar la guerra equivale a provocar una tempestad espantosa, a remover hasta el fondo mares, cielos y tierra. Declarar la guerra significa tanto como echarse en la balanza de la justicia divina: no tenerle ningún miedo a nada, ni a la anarquía, ni a la muerte, ni a la propia conciencia, ni a Dios. ¡Y yo he sido quien ha declarado la guerra, quien ha atacado y sigue atacando! ¡Yo, Guillermo II, el Grande, el corazón de león de la joven Alemania!

Sacó el pecho con orgullo, y echando chispas por los ojos, prosiguió:

—¿Dónde está la idea que anima a Francia? ¿Dónde la idea que inspira a Inglaterra? Sólo defienden el pasado, no aspiran más que al ocio y la hartura, a la paz de los merca-chifles y los canallas. Hasta los rateros está ahora indignados con Guillermo porque no les deja seguir adelante con su industria. ¿Qué es lo que defiende Francia? ¿La ideología de mil setecientos noventa y tres? ¿La Estética y la Libertad? ¡Yo, señor mío! Lo que defiende son sus cajas de ahorro, sus usureros y sus prostitutas, su sagrado derecho a la degeneración refinada y pomposa. Ustedes, los revolucionarios rusos, no me perdonan el haber yugulado con mi influjo su mezquina revolucioncilla, su neurótico esfuerzo por la libertad; y, sin embargo, yo, como buen alemán, ecónomo y contable concienzudo, me limité a dar consejos, siendo Francia la que dio el dinero para que el Gobierno ruso pudiese levantar cadalsos. «¡Tome usted…, para que ahora la defiendan ustedes!» Y luego que la hayan ayudado a salvar sus cajas de caudales, les pagará levantando nuevos cadalsos, y así les demostrará su gratitud por la sangre que por ella vertieron. Pues bien: eso es precisamente lo que yo no estoy dispuesto a consentir. Escuche usted mi plan, si le interesa. Pienso quedarme con el litoral de Francia y declarar el resto país neutral. ¿Sabe usted lo que es un país neutral? Pues un plato que está todavía en la cocina, mientras en el comedor ponen la mesa. Un plato que me reservo yo para más adelante, cuando esté bien sazonado. Pero no se apure usted: les dejaré a ustedes su París. Puesto que ya existe una timba mundial como Montecarlo, ¿por qué no hemos de tener un París como ciudad libre de prostitutas, mujeres sin hijos, hombres decadentes y gandules del mundo entero? Sí será un gran centro de placeres exquisitos, de deliquios sensuales y cháchara huera sobre temas artísticos… Allí se reunirán los eunucos de uno y otro sexo, y yo mismo me cuidaré de fomentarlo. Tendrá por misión la de absorber la podredumbre universal, como el algodón hidrófilo absorbe el pus y los productos de descomposición de un organismo enfermo. Sí, que viva en hora buena ese París perverso y corrompido, hasta que venga el anarquista ruso y lo vuele con dinamita.

La voz de Guillermo se volvió irritada y chillona

—Un pueblo en el que las mujeres no quieren ser madres y los hombres no quieren tener hijos, no tiene derecho a existir. Los eunucos está bien en un serrallo. Peor ¿ha visto usted jamás un Estado de eunucos o una nación de prostitutas? Ocho hijos tengo yo, y de ello me ufano. Yo estrecho con fruición la mano de todo buen alemán que, de día, fabrica cañones y fusiles y de noche soldados para engrosar nuestro magnífico ejército. ¿Qué habría sido de vuestra Rusia miserable si los rusos no hubiesen hecho tantos hijos, creando así esas masas humanas imponentes, contra las que nada pueden todavía nuestros cañones del cuarenta y dos?

Con voz cansada y flemática, respondió el prisionero.

—Pero también en Alemania empiezan ya a practicar el control de la natalidad.
—Esa no es Alemania —atajó el káiser, rojo de cólera—. Es sólo una ínfima minoría del pueblo alemán, contagiada por el contacto con ustedes. Sus soldados, juntamente con sus piojos, han traído a nuestro país toda clase de inmundicias. Pero la verdadera Alemania no tiene nada que ver con la decadencia europea. Y justamente por eso es por lo que me urge aniquilar Francia, porque sus ideas de la crápula impune, y todas las vituperables costumbres de ese pueblo decadente, está infectando la atmósfera de toda Europa y pueden llegar incluso a contagiar a mi buen pueblo, tan sano y tan pletórico de energías vírgenes. ¡Ni me hable usted de exceso de natalidad! ¡Eso es un absurdo! ¡En esa materia nunca puede haber exceso! ¡Eso es estúpido! ¿Tiene usted hijos?
—Sí, cuatro. No defiendo el punto de vista francés, al menos por ahora. Pero lo que no veo claro es en qué consiste esa que llamáis idea motriz del Estado alemán.
—Pues no puede estar más claro: consiste en hacerse grande.
—Ese es el anhelo de todos los pueblos.
—!No hay tal cosa! De eso solo hablan los oradores, los profesores y los periodistas; pero el pueblo, lo que se llama propiamente el pueblo, está dormido. Por el contrario, cuando todo el pueblo, desde el primero hasta el último hombre, hasta el último ¿lo oye bien?, empieza a aspirar a la grandeza de la nación; cuando la noble pasión del dominio se impone y avasalla todas las demás, incluso en los viejos y los niños; cuando todas las voluntades individuales tienden a esa idea de la grandeza del pueblo y no hay cerebro que en ella no piense, y sólo en ella, entonces, el sueño de los idea-listas, se convierte verdaderamente en idea nacional. Pues bien: Alemania quiere ser un gran pueblo; de ahí tiene usted su idea motriz. Esa idea constituye su fuerza, que a todos ustedes los hace temblar.
—!Bah! El dominio por el dominio no es gran cosa.

Fijó el káiser la mirada en su interlocutor y luego en el revólver, y sonrió

—!Bien! Si eso le parece a usted poco, aún hay algo más, señor profesor. ¿Qué me dice usted de la idea de la regeneración? ¿Qué piensa usted, profesor, de… la vuelta a los tiempos bárbaros?
—¿Es broma o ironía?
—Ni lo uno ni lo otro. Lo mismo cabría decir de su afirmación de que toda Europa está impregnada de olor a cadáver. No, señor, hablo en serio. ¿Olvida usted que soy un teutón? ¿Un bárbaro? Pues sí, señor, el mismo bárbaro que en los bosques de Teutoburg venció, allá en tiempos, a los civilizados romanos. De entonces acá, algo hemos aprendido de la raza latina; pero, al mismo tiempo, nos hemos contagiado también de su cochambre, y nos vemos en la precisión de lavarnos bien lavados, señor profesor.
—¿Con sangre?
—Si tanto le gustan las frases altisonantes, sí señor, con sangre. ¿No sabe usted que la sangre deja más limpio que el mejor jabón? Yo soy un bárbaro; represento una raza joven y fuerte, y detesto las seniles arrugas de su caduca Europa, impotente y trapalona. ¿Por qué mentirá tanto? ¿Por qué no acaba de morirse, como Sarah Bernhardt, y sigue haciendo visajes en escena? ¡A morir, señores, a morir! Han tragado ustedes demasiado y no pueden digerirlo; está pletóricos de contradicciones históricas; son ustedes algo absurdo que clama al cielo. Muévanse ustedes, y yo seré su heredero, porque, al fin y al cabo, algo podrán ustedes dejarme, por ejemplo, sus museos y sus bibliotecas. Mis sabios rebuscarán en ese baturrillo de trastos viejos, y puede que en él encuentren algo digno de conservarse. Pero aunque llegaran a tirarlo todo, no lo sentiría mucho. Que, bien mirado, no me conviene cargar con una herencia demasiado llena de trampas. Con que lo dicho, ¡a morir! ¡A la fosa!

(Continuará…)

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