El crimen de la Calle Fuencarral (FINAL)

Benito Pérez Galdós





III

Hace unos días tomó cuerpo la creencia de la culpabilidad de Varela, cuyas salidas de la cárcel parecían probadas, aun en el día mismo del crimen. No he visto nunca mayor excitación en Madrid por un asunto de esta naturaleza. Por las noches, un gentío inmenso aguarda la salida de los periódicos en las inmediaciones de las oficinas de estos. No se habla de otra cosa en círculos y cafés. La prensa consagra al proceso la mayor parte de sus columnas, y no puede negarse que ha prestado alguna ayuda a la justicia.

Lo más importante que debe consignarse es que no resulta nada contra el amante de Higinia, que es aquel personaje misterioso a quien se buscaba y que al fin pareció en Oviedo. Fernando Blanco, que así se llama el tal, ha probado que no se hallaba en Madrid el día del crimen. Sus declaraciones comprometen gravemente a Higinia, pues esta le manifestó en mayo o junio sus proyectos de un arriesgado negocio que le produciría bastante dinero.

Pero el suceso de más sensación es el testimonio de un empleado de la cárcel llamado Ramos, el cual manifiesta que Varela salió el 1.º de julio con consentimiento del director de la cárcel, señor Millán Astray, y añade haber oído de labios del mismo Varela el relato del crimen. Muchos consideran falso o exagerado este testimonio, y otros lo dan como artículo de fe. Examinada imparcialmente la manifestación de Ramos, no puede negarse su inverosimilitud. Según este individuo, Varela entró en la cárcel borracho en la madrugada del día 2 de julio. De buenas a primeras, refiere a otros presos el asesinato de su madre, perpetrado por él mismo, con ayuda de sus amigos, y con circunstancias tan atroces y repugnantes que no parecen caber dentro de los límites de lo posible. Además, la relación atribuida por Ramos al desnaturalizado hijo está en contradicción manifiesta con lo declarado por Higinia Balaguer al acusar al hijo de la víctima.

Se generaliza bastante la creencia de que Higinia y Dolores Ávila fueron únicas autoras del crimen. No se concibe, en efecto, que si consumó el atroz delito un hombre avezado a estos horrores, dejara viva a la criada. Ni es creíble que esta, si no estaba en connivencia con el asesino, presenciara con tanta tranquilidad la escena, saliese a la calle en busca del petróleo y volviese a la casa sin temor de que el autor de la muerte de doña Luciana matase también a la criada para hacer desaparecer el único testigo presencial del caso. La relación de la Balaguer, así como la que Ramos atribuye al propio Varela, tienen todas las apariencias de cosa fantástica y mal compuesta para salir del paso.

¿Pero qué motivos pueden haber inducido a Ramos para inventar semejante historia? Esto no se lo explica nadie; este es otro de los misterios que envuelven al horroroso crimen. La complicación personal del director de la cárcel en este asunto le da los más dramáticos caracteres. La manifestación de Ramos es considerada por algunos como un arma que dirigen contra Millán Astray sus enemigos. La rivalidad entre el último director de la cárcel y su predecesor parece que es una de las principales fuerzas que secretamente actúan en la doble instrucción del proceso, la instrucción judicial y la de la prensa. Convendría que se depurase este punto, averiguando si las declaraciones de los empleados de la cárcel son sugeridas o no por alguna entidad desconocida que desee salvar o se proponga perder a toda costa al señor Millán Astray, quien se halla en las prisiones militares y cuya situación es bastante comprometida. Levantada la incomunicación a todos los presos, los periodistas se han apresurado a departir con ellos, interrogándoles con febril ardor. Todos los periódicos traen extensos coloquios con Higinia, Varela y Millán Astray, en los cuales cada uno de los procesados se mantiene en la posición en que parece presentarle el sumario. La criada repite ante los periodistas su cuarta declaración, añadiéndole algunos pormenores, y Millán Astray protesta de su inocencia, dando a entender que es víctima de maquinación infame.

Por fin el juez da por terminado el sumario y lo eleva a la Audiencia. Aún no lo conocemos; pero por las referencias que del voluminoso escrito se hacen, parece que no resulta nada contra Medero, Lossa y Gallego. Quedan presos, a disposición de la Audiencia, la Balaguer, Dolores Ávila, Varela y Millán Astray. En cuanto a las dos primeras, no cabe duda de su participación en el crimen; sobre el hijo de la víctima recaen vehementes sospechas de complicidad moral o material; pero con respecto a Millán, no sabemos si su culpabilidad se relaciona con el crimen o está simplemente circunscrita al caso de infidencia por el levantamiento de condena.

El interés que esta célebre causa despierta en el público de Madrid y de toda España, lejos de enfriarse, aumenta y se acalora de día en día. Nadie habla de otra cosa. Desearíamos todos que la luz se hiciese y que desaparecieran todas las sombras que envuelven el sangriento suceso. Pero las sombras no se disipan y hemos llegado al fin del sumario después de cuarenta días de indagaciones y aún no podemos fundar nuestro juicio en nada sólido. Todo se vuelve conjeturas más o menos razonables, cálculos y estudios psicológicos de los personajes del drama, sin llegar nunca a desentrañar el argumento.

***

Terminado el sumario, produce cierta excitación el hecho de ser puestos en libertad Medero, Lossa y Gallego, quedando presos y sujetos a las resultas del proceso Higinia, Dolores Ávila, José Vázquez, Varela y Millán Astray. Contra los primeros parece no resultar nada fundado. Respecto a los segundos, no se ha puesto en claro la culpabilidad de algunos, pero tampoco está demostrada su inocencia.

Apenas levantada la incomunicación de los cuatro procesados, apresúranse los periodistas a conferenciar con los presos, siendo Higinia la que con más afabilidad se presta a contestar a cuantas preguntas se le hacen y a referir pormenores del crimen en que tomó parte. Esta singular mujer no abandona un momento su sonrisa complaciente y bondadosa, su serena actitud y la expresión de conformidad que en otros caracteres son señales de una conciencia tranquila. En ella es quizás el arte del disimulo llevado a sus mayores refinamientos.

Lo más digno de notarse, después de la terminación del sumario, ha sido el propósito de ejercer la acción pública que el Código autoriza. Los periódicos que desde la perpetración del crimen vienen trabajando con más o menos éxito por su esclarecimiento son los que toman la iniciativa en este asunto. La asociación de todos los periódicos para este fin no ha sido completa, ni el propósito de ellos unánime, pues algunos diarios, entre ellos dos o tres de mucha circulación, dejaron de asistir a la reunión preparatoria con tal motivo celebrada en la redacción de El Liberal. Verdaderamente, las personas que juzgaron este asunto con imparcialidad no se explican el ejercicio de la acción pública. Antes del establecimiento del juicio oral, la eficacia de dicha acción habría sido quizás notoria en determinados asuntos. Pero la vista pública y oral excluye de una manera absoluta todo amaño que intentarse pudiera. Por mucha que sea la desconfianza tradicional de la imparcialidad de los Tribunales, no es posible que esa desconfianza persista ante el procedimiento que hoy se emplea para el esclarecimiento de los hechos. Al juicio han de ir los cuatro procesados con sus respectivos letrados, los cuales, en defensa de los contrapuestos intereses que representan, han de buscar la verdad. El debate contradictorio que las cuatro partes, el fiscal y el acusador privado han de entablar sobre los hechos conocidos; los testimonios de innumerables testigos de cargo y descargo tienen que producir la luz al cabo, y es dudoso que el representante de la acción pública, por grande que sea su habilidad, consiga más de lo que el mecanismo del juicio oral ha de dar por sí.

Lo peor en este asunto es que se ha querido darle carácter político, por más que lo nieguen reiteradamente los iniciados de la acción popular. Se trata de hacer atmósfera en contra de la justicia que han dado en llamar historia, de motejarla y rebajar su prestigio, considerando que el descrédito de la justicia ha de traer el de todos los altos poderes del Estado. Los defectos que indudablemente tiene aún el procedimiento judicial no se corrigen inculcando en el pueblo la idea de que la propiedad, la vida y el honor de los ciudadanos están a merced de una curia viciada y perezosa, que no persigue a los criminales y a veces los ampara.

En la primera reunión de la prensa se ofreció la representación de la acción pública a uno de los más ilustres letrados de España, don Francisco Silvela. Como este es además importantísimo personaje del partido conservador, lugarteniente del señor Cánovas del Castillo, la simple designación de letrado implicaba ya una tendencia política. El señor Silvela aceptó con júbilo, pero como indicara que deseaba consultar con su jefe, bastó esta insinuación para que los periódicos le retirasen su representación. Los conservadores simpatizaban, pues, con el movimiento un tanto anárquico de la prensa criminalista y han dejado entrever que habrían coadyuvado a la campaña, si los hubieran dejado, error grande que purgarán en su día. El estado de la cuestión nos es por demás confuso. Eliminado el señor Silvela, y habiéndose clareado que en el fondo del asunto no hay más que una coalición más o menos bien encubierta contra el partido liberal, es dudoso que se encargue de sostener la acción popular un abogado de nota. Casi todos los que se pueden clasificar en primera línea son políticos, diputados o senadores y más o menos ligados con los partidos en pugna. Lo más probable es que el plan de la prensa fracase, primero, por la no cooperación de diarios muy importantes; segundo, por la facilidad con que el asunto se convierte en político, contra la voluntad quizás de sus iniciadores.

A medida que el tiempo pasa, se va conociendo que el papel de la prensa en este célebre proceso es muy discutible. Cierto que los periódicos prestaron ayuda eficaz en la indagatoria referente al quebrantamiento de condena, pero las versiones fantásticas que del sumario publicaban, las reseñas de casos y declaraciones puramente novelescas, lejos de aclarar el sumario judicial, lo han oscurecido y prolongado más de lo necesario. El descubrimiento de la verdad es asunto que afecta al honor y a la vida de las personas y, aún siendo estos presuntos criminales, no es cosa que se puede conducir con la impaciencia y el ardor insano que la prensa pone comúnmente en los asuntos que excitan a la opinión. En vez de ser esta la inspiradora de la prensa, era por ella inspirada y guiada a determinadas conclusiones. La justicia histórica no puede proceder de esta manera, y hace muy bien. Tiene que despojarse de toda pasión y examinar fríamente los hechos. La prensa, por el contrario, obligada cada día a sostener y apacentar la curiosidad del público, no puede ejercer de fiscal ni menos de juez en asuntos criminales sin exponerse a cometer grandes e irreparables injusticias. Bueno que trabajen en aquilatar los hechos, en depurarlos y en la investigación de pormenores que arrojen luz sobre ellos; pero reservando la facultad de sentenciar a quien tiene de la sociedad el encargo de hacerlo.


***

Pasado el verano, y cuando ya se habían enfriado los ánimos y esperábamos el completo esclarecimiento del enigma en el juicio oral, una nueva declaración de Higinia Balaguer devuelve a este olvidado drama todo su interés.

La célebre criada de la infeliz doña Luciana Borcino se ha declarado única autora del crimen, mostrándose arrepentida y exculpando sin género alguno de atenuación al hijo de la víctima y a los demás sobre quienes caían sospechas de complicidad. Ya antes de esta declaración, había ganado mucho terreno la idea de que Higinia era la única culpable.

Son ya muy pocas las personas que persisten en acusar a Varela.

Después de la manifestación de la criada, casi no hay nadie que crea en el horrible parricidio. Esto no quiere decir que se dé completo crédito a lo dicho últimamente por aquella diabólica mujer, y cuesta en efecto trabajo creer que ella sola consumara tan atroz tragedia. Queda, pues, en opinión de muchos, parte del enigma por aclarar, y el velo que lo encubre no se ha descorrido por entero todavía. Lo que robustece esta sospecha es que Higinia declara haber procedido por arrebato y en defensa propia, en cuyo caso no hubo premeditación, y como en el sumario constan una porción de hechos que corroboran la premeditación, algunos suponen que la criminal ha dado esta nueva declaración para embrollar y despistar más a la justicia.

El abogado defensor de esta mujer presentó un escrito en la Sala haciendo constar las últimas manifestaciones de la procesada.

Pero al propio tiempo publicó un periódico la interview celebrada por uno de sus redactores con Higinia, y de la cual parece que esta no hizo tal declaración y que obedeció a sugestiones de un abogado para tener un buen terreno en que apoyar la defensa. A consecuencia de esto el letrado señor Galiana ha demandado por injuria y calumnia al periódico, el cual, dejando a salvo la consecuencia del defensor de Higinia, sostuvo en el juicio de conciliación sus afirmaciones.

Tal es el estado de la cuestión. Gana terreno la idea de la no complicidad de Varela; se cree que Higinia es autora del asesinato; pero son pocos los que entienden que pudo consumarlo sin ayuda de algún criminal de cuenta. El juicio oral, que según dicen, se celebrará en el mes próximo, lo aclarará todo, seguramente.

Marzo 31 de 1889

IV

El juicio oral del crimen tristemente célebre de la calle de Fuencarral sigue despertando enorme interés. He asistido a las cuatro vistas celebradas y pienso asistir a las restantes. El espectáculo del tribunal, el desarrollo de la causa son por todo extremo interesantes. Las enseñanzas que de ella se desprenden, grandes y provechosas. La aparición lenta de la verdad, en medio de tantas declaraciones contradictorias, y tras los embustes manifestados por los criminales, produce en el espíritu del oyente un placer saludable que le desquita del sufrimiento causado por el desfile de tantos horrores. Creo que la luz completa se hará en este misterioso crimen, y que sabremos pronto toda la verdad. A medida que el juicio avanza, gana terreno la convicción moral de que el crimen no tiene las proporciones extraordinariamente dramáticas que le dio en aquellos días la exaltada imaginación popular. Destácase en primer término en este hecho sangriento la figura de Higinia Balaguer, autora material del asesinato, según confesión propia, y de esta figura principalísima quiero trazar un breve retrato.

Si moralmente es Higinia un tipo extraño y monstruoso, en lo físico no lo es menos. Creen los que no la han visto que es una mujer corpulenta y forzuda, de tipo ordinario y basto.

No hay nada de esto: es de complexión delicada, estatura airosa, tez finísima, manos bonitas, pies pequeños, color blanco pálido, pelo negro. Su semblante es digno del mayor estudio. De frente recuerda la expresión fríamente estupefacta de las máscaras griegas que representan la tragedia. El perfil resulta siniestro, pues siendo los ojos hermosos, la nariz perfecta con el corte ideal de la estatuaria clásica, el desarrollo excesivo de la mandíbula inferior destruye el buen efecto de las demás facciones. La frente es pequeña y abovedada, la cabeza de admirable configuración. Vista de perfil y aún de frente, resulta repulsiva. La boca pequeña y fruncida, que al cerrarse parece oprimida por la elevación de la quijada, no tiene ninguna de las gracias propias del bello sexo. Estas gracias hállanse en la cabeza de configuración perfecta, en las sienes y el entrecejo, en los parietales mal cubiertos por delicados rizos negros. El frontal corresponde por su desarrollo a la mandíbula inferior, y los ojos hundidos, negros, vivísimos cuando observa atenta, dormilones cuando está distraída, tienen algo del mirar del ave de rapiña.

En los días de la vista, Higinia, a causa de una afección catarral, está completamente afónica, de modo que no podemos apreciar el timbre de su voz. Lo que sí hemos podido conocer, y, ¿por qué no decirlo? admirar, es su serenidad ante el tribunal que ha de juzgarla.

Esta mujer, de ánimo fuerte, que en el curso del sumario prestó tres o cuatro declaraciones distintas, ha hecho en el juicio oral una enteramente contraria a las demás, confesándose única autora del crimen, sin premeditación, ofuscada por los insultos que su ama le dirigía. No vacila un momento en lo que dice: lleva muy estudiado su papel, contesta con extraordinaria seguridad a las preguntas, cuya intención penetra al instante; no se turba jamás; todo lo prevé y a todos los argumentos tiene un argumento que oponer; sabe manifestar aflicción cuando la aflicción le conviene, y la frialdad cuando esta es útil a su defensa. Se expresa con exactitud de frase, impropia de su condición social, pues debe advertirse, para que se juzgue de su educación, que no sabe leer ni escribir.

Dolores Ávila, que, según todos los indicios, resulta cómplice y encubridora del delito, aunque no tuvo en él intervención material, difiere mucho de la principal procesada. Su figura es de las más vulgares, y su condición moral y física la coloca en las capas más bajas y más degradadas de la sociedad.

Varela, hijo de la víctima, es un joven de rostro poco simpático, en el cual se destacan los labios enormes, indicando un desmedido desarrollo de los apetitos y ansiedades materiales.

Se expresa en las declaraciones con bastante soltura, demostrando más inteligencia y mejor educación de la que se le ha atribuido antes de conocerle.

La cuestión batallona, la que da a este proceso inmenso interés, diferenciándolo de los crímenes más horribles, es esta: «¿Tuvo alguna participación moral o material el hijo en el asesinato de la madre?». He asistido a cuatro sesiones del juicio oral, he oído las declaraciones de los procesados, los informes de los peritos y las disposiciones de innumerables testigos, y de todo lo escuchado allí saco la impresión de que el hijo es inocente, pruébese o no se pruebe su salida de la cárcel, donde estaba preso. No afirmaré de una manera absoluta su inocencia, ni es posible afirmarla, mientras el juicio no concluya, y aún hay centenares de testigos que no han declarado: pero la misma impresión que he expuesto la sienten cuantos asisten a la vista, con raras excepciones. Con los elementos que hasta ahora aparecen, con la luz que las declaraciones verdaderas o falsas arrojan sobre tanta oscuridad, reconstruimos la realidad del crimen, y este se nos aparece como uno de los más vulgares. La infeliz señora de Varela fue asesinada por su sirvienta. El móvil fue el robo. Higinia cometió el crimen sola, con la ayuda puramente moral de Dolores Ávila.

Las sospechas recaídas sobre el hijo se fundan en los malísimos antecedentes de este, en ciertas irregularidades de la sumaria, en la excitación de la opinión pública y en una coincidencia fatal de extrañas circunstancias. Pronto sabremos si se confirma o no se confirma la versión apuntada más arriba. Hasta ahora, por el curso de la prueba, no existe más que una convicción moral, sin bastante fundamento para formular sentencia. Quizás la muchedumbre de testigos, la extraordinaria amplitud que se ha dado al sumario introduciendo en él elementos de prueba, que más bien oscurecen que aclaran el asunto, son causa de que no pueda demostrarse la premeditación y el robo. Pero aún ha de durar el juicio lo menos quince días, y es fácil que aparezcan testimonios menos oscuros y contradictorios.

En tanto es curiosísimo ver desfilar ante el Tribunal testigos pertenecientes a las distintas clases sociales, señores decentes y presidiarios, mujeres de mala vida, vagos de profesión, mozos de café, empleados de ambas cárceles. El aspecto de la sala es imponente, y desde muy temprano se agolpa a las puertas del Palacio de Justicia un público ansioso de presenciar la vista. Pero aunque la sala es grande, son relativamente pocos los que logran penetrar en ella.

Damas elegantes ocupan las primeras filas, y no vacilan en soportar los estrujones y el calor por ver de cerca la cara de la tremenda Higinia, oír su voz empañada y admirar la soltura de su mímica, digna de una consumada actriz. Las emociones del juicio interesan a las damas tanto como una buena ópera bien cantada.

Hay otro público, el propiamente popular, que presta febril atención al juicio. Gentes hay que se estacionan desde las primeras horas de la mañana a la puerta de la sala, formando cola, para conseguir un puesto, y se lo ganan con la larga espera, y lo defienden luego como si de cosa mayor se tratase. Cuando constituido el Tribunal, sentados en sus respectivos sitios el fiscal, los defensores de cada uno de los procesados, los de la acción privada y de la acción popular y manda el presidente abrir la puerta del público, este se precipita en la sala como una cascada, con ímpetu formidable, ansioso, brutal. Durante la vista expresa sus impresiones con tanta franqueza que el presidente se ve en el caso de llamarlo al orden, imponiéndole el silencio y la compostura que exige el lugar.

Toda la prensa asiste al acto, disponiendo de comodidades para hacer los extractos, que el público devora por la noche y a la mañana siguiente, pues el interés de este proceso no ha disminuido en los ocho meses transcurridos y se halla tan vivo como en los días que siguieron a la perpetración del crimen.

Abril 19 de 1889


V

No se presenta fácilmente en la historia criminal un caso tan complejo como este; quizás la oscuridad que reina en el proceso consiste en haberse dedicado tantas y tantas personas al descubrimiento de los criminales; quizás la multitud de pistas que se han seguido son causa de que no hayamos encontrado aún la verdad completa.

Pero algunos creen que estamos ya en la verdadera pista y que la verdad ha de lucir pronto.

En la sesión del juicio oral del día 4, Higinia Balaguer hizo una nueva declaración, que destruía todas las anteriores. El estupor que esto produjo en el Tribunal y en el público fue extraordinario. La célebre criminal se expresó con perfecto aplomo y todas las apariencias de la sinceridad. ¿Quién mató a doña Luciana Borcino? Pues según la nueva manifestación de Higinia, esta y Dolores Ávila fueron únicas autoras del crimen, con el fin de robar a la desgraciada señora de Vázquez Varela. Entre las dos concertaron el hecho y lo consumaron sin auxilio de varón, con cautela y saña, impropias del ánimo femenil, tomando, para la preparación, así como para despistar a la justicia, precauciones que denotan la experiencia y el instinto de la criminalidad.

Primera consecuencia de la declaración de Higinia fue un careo entre esta y Dolores, que resultó la escena más dramática que he presenciado en mi vida. Las que pocos días antes aparecían juntas en el banco de los acusados, las que anteriormente se apoyaban y sostenían recíprocamente, expresándose siempre de perfecto acuerdo, revelaron, puestas frente a frente, la inmensidad del odio que las separa. De seguro que si se les permite venir a las manos en aquel instante, no quedan ni los rabos, según la gráfica frase del cuento andaluz. Higinia es nerviosa, delgada y de buena estatura; viva de genio, fácil de palabra; Dolores es biliosa, pequeña de cuerpo, grosera y desfachatada. Higinia confirmó su acusación con frase entera y enfática; Dolores negó todo resueltamente; ambas estuvieron firmes y arrogantes. En el público quedó la convicción de que Higinia había dicho la verdad; pero no toda la verdad.

Porque el público no admite que un crimen tan atrevidamente perpetrado en pleno día y con circunstancias tan aterradoras sea obra exclusivamente de manos femeninas. La idea de que «hay pantalones» se aferra a la mente del público, y no hay manera de desecharla lógicamente.

Salvo las personas que todavía sostienen la culpabilidad de Varela, el público da crédito a la declaración de Higinia, aunque con bastante desconfianza, por haber mentido ya seis o siete veces la procesada en el curso del sumario. Hay ahora, no obstante, una razón que garantiza hasta cierto punto la verdad de lo últimamente declarado, y es que Higinia, diciendo lo que ha dicho e inculpándose como se ha inculpado, ha subido las gradas del cadalso. Pruébese o no se pruebe la culpabilidad de Dolores Ávila, Higinia no tiene ya salvación ante la ley. Se comprende que los criminales mientan para librarse del castigo; pero no es verosímil que mientan para echarse en brazos del verdugo.

Queda la gran duda. ¿Hubo hombres o no hubo hombres en el acto tremendo del 1.º de julio? La mayoría del público se inclina a creer que sí, y que Higinia no los quiere revelar. La mujer más criminal y empedernida es capaz de inmolarse sola antes que delatar al hombre que ama. La presencia de esos misteriosos hombres es corroborada por la declaración de una criada de la casa de enfrente, que, según dijo en el juicio, vio a Higinia hacer señas desde el balcón a «dos hombres». Higinia lo niega. La seña fue hecha a Dolores Ávila, que estaba en la calle y en la acera de enfrente.

¿No podía alucinarse la criada? Aquí de las conjeturas, de las discusiones y de los quebraderos de cabeza para averiguar si los hombres aquellos fueron alucinación de Gregoria Parejo, que así se llama la criada en cuestión, o si tienen existencia real y la procesada quiere a todo trance salvar de la última pena a tan respetables personas.

Apretada luego Higinia por su abogado y por el juez, amplió su declaración, señalando la intervención de criminales del sexo masculino. Pero estos no tomaron parte en el crimen. La Dolores les propuso el «negocio» y no lo quisieron aceptar. Se suspende el juicio oral y comienza la sumaria indagatoria para comprobar la declaración de la Balaguer. Al principio surgen dudas y se entablan en la prensa vivísimas discusiones sobre si es verdadera o falsa la pista que ahora se trata de seguir. La comprobación se funda en las propuestas que parece hizo Dolores a varios ladrones de profesión y en la relación de Higinia respecto a lo que hicieron ambas criminales después de cometido el crimen en la tarde del 1.º de julio.

Según la declarante, fueron a cambiar un billete de mil pesetas (de los robados a doña Luciana) a una casa de cambio muy conocida; después comieron en un restaurante popular que se llama el «Sótano H»; luego compraron bollos, y por fin, tomaron un coche simón y se fueron a dar un paseíto por la Castellana y el Hipódromo.

Antes, y esto es muy esencial, depositaron el dinero robado en una casa que alquilaron para el caso, y cuyas llaves les entregó el portero después de cobrar el importe de dos mensualidades.

Pues la comprobación abrazó, como he dicho, estos extremos. Gentío inmenso seguía a Higinia y al Juzgado cuando la llevaron a reconocer la casa de cambio, el «Sótano H» y la bollería. Sin la custodia de la Guardia Civil, la famosa criminal habría recibido más de un arañazo de la irritada muchedumbre. Hay mucha gente que no ve en esta desdichada Higinia sino una gran embustera, una consumada histrionisa, que antes acusó a Varela y Millán Astray y ahora los exculpa, para arrojar toda la infamia del crimen sobre Dolores Ávila. Hay quien cree a esta inocente, y por esto los trámites de la comprobación han sido seguidos con tan vivo interés por el público. No falta quien califique de farsa la declaración afirmativa de los porteros de la casa alquilada para ocultar el robo, y la de los ladrones que confirman la proposición hecha por Dolores, y aún la del cochero que condujo a las dos mujeres al Hipódromo. Pero, al fin, en el ánimo de la mayoría del público ha ido ganando terreno la formalidad de la indagatoria, y la opinión hoy da por cierta la revelación de Higinia, si bien se inclina a creer que hay algo todavía que la astuta criminal se guarda para mejor ocasión.

A pesar de lo que se ha adelantado estos últimos días en la prueba, parte de la opinión continúa preguntando: «Pero, esos hombres, ¿dónde están?» Higinia jura y perjura que «ellas dos solas» mataron a la señora. Resulta ella, de su propia declaración, menos culpable que la otra, pues cedió a sus amenazas y no hizo más que sujetar a la víctima por el cuello mientras la otra le metía en la boca un pañuelo con nudos. Cuenta que Dolores la hirió con una navaja, rematándola brevemente. Cuenta además que, sintiendo horror y repugnancia ante tamaña atrocidad, se retiró a la cocina, y que al volver a la sala vio a Dolores sentada con un gran bolso en la falda, del cual sacaba billetes y monedas de oro. Dice ignorar de dónde sacó Dolores el dinero; no sabe si la víctima lo llevaba en el seno. Una de las cosas que el público no comprende fácilmente es cómo Higinia, una vez en la calle y después de dar el paseo en coche por el Hipódromo, tuvo alma y valor para volver a la casa del crimen, para soportar la vista del cadáver de su señora, para pegarle fuego después de haberlo rociado con petróleo, para echar el cerrojo y acostarse después.

Pero ella explica esta serie de actos por la sugestión de Dolores, quien durante el paseo en coche la convenció, no sin trabajo, de que la mejor manera de borrar las huellas del crimen era incendiar el cadáver, y de que volviendo a la casa, y destruidas por el fuego las señales de las heridas en el cuerpo de doña Luciana, y acostándose luego, y haciendo el papel de que se quemaba la casa, no recaerían en ella sospechas. Verosímil es, sin duda, esta obcecación de los criminales y la facilidad con que se forjan ilusiones respecto a los medios de engañar a la justicia; pero aún así, no es extraño que subsistan dudas acerca de extremos tan importantes. ¿Pero hubo o no hubo hombres en la tragedia aquella? ¿Son capaces dos mujeres solas de consumar actos tan terribles, y el acto del incendio cabe en los medios de acción de una mujer sola? Este es el enigma que no se ha aclarado aún y que esperamos ver aclarado cuando se reanude el juicio oral, el día 24 del presente mes.

***

Difícilmente podré dar idea del interés que en Madrid despierta este asunto y del calor que han llegado a tomar las diferentes opiniones sobre el resultado probable del juicio. La prensa está dividida; parte de ella se adhiere a las diligencias practicadas por la justicia y reseña los trámites de la indagatoria sin comentarios; otra parte se revuelve airada contra la justicia histórica, censura todos sus actos, recusa todos los testimonios y no admite más prueba que la que le conviene. De la discusión entre los órganos de estas dos tendencias han salido las denominaciones de sensatos e insensatos, con que los periódicos de uno y otro bando se designan.

El público está también dividido. Hay mucha gente que se encariñó con la idea de la culpabilidad de Varela, y no se da a partido. Para estos, Varela salió de la cárcel, mató tranquilamente a su madre, ayudado por Higinia, y se volvió tan campante a su celda, protegido por Millán Astray. Los que tal sostienen se fundan en los antecedentes deplorables del desdichado joven, en el testimonio de los que aseguran haberlo visto en las calles de Madrid por aquellos días, y sobre todo en esa inexplicable adivinación del sentimiento popular, que si algunas veces acierta, otras se equivoca. Entre los varelistas los hay tan fanáticos que no vacilan en invocar testimonios y aducir pruebas de aparente fuerza. Hay que convenir en que algunos obran de buena fe, y en que la fascinación popular, ese fenómeno histórico que tanta parte tiene en las creencias y en los movimientos de la plebe, se presenta aquí con los caracteres de siempre. Para estos, Higinia miente al acusarse a sí propia con circunstancias agravantes, condenándose a muerte. Se les pregunta: «¿Qué interés puede tener esa mujer en asumir la responsabilidad del crimen, exculpando al delincuente, cuando le habría sido tan fácil aprovechar en beneficio suyo la hostilidad del público contra Varela y seguir acusándole como le acusó en los primeros días?».

A esto responden que Higinia obedece a una voluntad misteriosa que dirige todo este lío, a una entidad desconocida y poderosísima que se propone salvar a Varela, y que salvará también a Higinia. Puesta la cuestión en el terreno de lo novelesco y maravilloso, pierde, al menos para mí, todo su interés, pues no creo en tales paparruchas, ni nada contrario a la lógica ni al sentido común entra fácilmente en mi cabeza. Reconozco, y lo reconozco como un mal, que esas estupendas y maravillosas máquinas gozan, por su propia falta de lógica, de todo el favor de las imaginaciones de esta raza. Creo que es deber de todos corregir ese amor a lo inverosímil en vez de fomentarlo. Y las imperfecciones evidentes de nuestros tribunales, y nuestra defectuosísima manera de enjuiciar no se corregirán desprestigiando a los tribunales y enseñando al pueblo a ver siempre en ellos lo contrario de la verdad y la sinceridad.

Entre los llamados sensatos, también se advierten obsesiones que son el tema obligado de ardientes disputas. La idea de que necesariamente hubo mano de hombre en el crimen está tan arraigada, que no obtienen fácil crédito las pruebas en contrario. Se hacen mil cálculos respecto a quién o quiénes serían los tales individuos del sexo fuerte, y como los hombres no parecen, por más que se les busca, es cosa ya de preguntar a todo el mundo. No es de extrañar, pues, que yendo uno muy tranquilo por la calle se tropiece con un amigo de estos que están trastornados con el crimen y nos diga:

—¿Es usted por casualidad el hombre?
—¿Qué hombre?
—Hombre, bien me entiende usted: el hombre ese que necesariamente ayudó a la Dolores y a la Higinia. Porque, ¿en qué juicio cabe que dos mujeres solas, la una delgada y de poca fuerza, la otra de menguada estatura, pudieran…? Ha llegado el momento de la sinceridad, y de despejar la incógnita, y de pronunciar la clave del enigma. Toda persona honrada que en conciencia crea ver al tal hombre que la justicia busca, debe declararlo. Ayudar a los tribunales es deber de todo buen ciudadano. Y si por casualidad es usted el asesino, ¿por qué no decirlo y sacarnos de dudas?
—Le prometo a usted que si llego a descubrir que soy yo el infame cómplice de esas malvadas mujeres y tengo plena conciencia de que mojé, he de tener también valor para delatarme a la justicia.

Hay, además, personas en quienes la sugestión obra prodigios. De tanto hablar del crimen y de tanto leer declaraciones de testigos llegan a creerse también testigos, sueñan que han visto algo y concluyen por creérselo. De aquí proceden esas afirmaciones vagas y nebulosas que corren de boca en boca por los cafés y por todos los lugares donde la única ocupación de las gentes es hablar y hablar mucho.

A lo mejor sale un individuo diciendo que en la tarde del primero de julio vio a un hombre en la calle de Fuencarral esquina a la del Divino Pastor, y que le pidió fuego para encender el cigarro y se lo dio. ¿Quién era aquel hombre?… A esta pregunta siguen los puntos suspensivos, que encienden la curiosidad y llevan la imaginación de los oyentes al campo inmenso de las más extrañas conjeturas.

Otros cuentan que vieron un grupo de hombres en cierto café, grupo sospechoso se entiende, con la particularidad de que las caras de aquellos hombres revelaban la más viva ansiedad. Al grupo se acerca una mujer que dice algo como «ya está hecho todo», y les entrega un bulto, que debe de ser el dinero de doña Luciana.

Sobre esto de la fortuna de la infeliz víctima, la imaginación popular emula con la del fecundo creador de las Mil y una noches. De la sumaria se desprende que la fortuna heredada por Vázquez Varela asciendo a 150 000 duros próximamente, y que puede disfrutar de una renta de cuarenta y cinco a cincuenta mil reales. Pues hay quien asegura y ofrece probarlo que doña Luciana tenía en su casa el día del crimen 70 000 duros en metálico. Claro es que tal cosa no se prueba, pero la especie corre, y muchos la creen, porque estas hipérboles de dinerales escondidos en casa del avaro tienen siempre gran aceptación.

¿Que mucho que la novela de los 70 000 duros guardados por doña Luciana en guantes viejos haya servido de fundamento a su otra novela folletinesca de la mano misteriosa que dirige en el misterio toda esta máquina de la poderosa influencia que hace declarar a Higinia hoy una cosa y mañana otra con el fin de embrollar la causa y obtener al fin la mayor de las oscuridades?

Pero en medio de estas confusiones de la opinión, hay un rastro, un orden de hechos probables: la declaración última de Higinia. Si se comprueba plenamente, todas las novelas se disiparán como el humo. En cuanto a Dolores Ávila, es mujer de carácter entero, muy práctica en el crimen, muy conocedora de las triquiñuelas del Código Penal, y no confesará nunca su culpabilidad. Higinia, su cómplice y amiga, que la conoce bien, decía hace pocas tardes en un coloquio que tuvo con varias personas: «Esa no dirá nunca la verdad; irá al palo diciendo que es inocente».

Mayo 30 de 1889

VI

Ya se ha dictado sentencia en el célebre crimen de la calle de Fuencarral. Varela y Millán Astray han sido absueltos libremente por no resultar nada contra ellos, sin perjuicio de abrirles nuevo proceso por quebrantamiento de condena. Higinia es condenada a muerte por estar convicta y confesa del asesinato de doña Luciana, y Dolores, a diez y ocho años de reclusión por cómplice y encubridora.

Sabido es que la versión de la culpabilidad de Varela ha sido popular, y aun lo es todavía, aunque no tanto como en los pasados meses. El juicio no ha hecho luz completa sobre todos los pormenores del crimen.

Para algunas personas la curiosidad sigue siendo completa. A mi juicio, se sabe lo esencial, aunque ciertas particularidades no se vean claras. La famosa declaración de Higinia culpándose a sí misma en unión de Dolores Ávila me parece, si no verdadera en todas sus partes, de una gran verosimilitud. Dolores se ha encerrado en tenaz negativa, y como no se le ha podido probar la participación en el hecho material del asesinato, la Sala ha creído que debía aminorar la pena pedida por el fiscal, que era la de muerte.

Pero la sentencia está fundada en la declaración de Higinia; la confesión de esta resulta severamente castigada, y el silencio de Dolores premiado, porque gracias a él ha podido salvar la pelleja. He aquí un veredicto que no satisface a nadie, pues los que negaban veracidad al relato de Higinia llevan a mal que esta sea condenada, y los que creían en él no hallan justo que la iniciadora del crimen quede sin castigo mientras lo tiene tan cruel la que fue a él sugestionada por su compañera. Veremos si el Supremo confirma la sentencia. Aún hay quien dice que este proceso dará mucho que hablar todavía; que ofrecerá nuevas peripecias; que ha de abrirse un nuevo periodo de prueba; que Higinia o Dolores o las dos juntas han de hacer, cuando menos se piense, nuevas e importantes revelaciones. Yo no lo creo. Pero si así fuere no faltará a mis lectores relación exacta de lo que ocurra.

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