Invasión (I)

Maxence Van Der Meersch






PRIMERA PARTE


CAPÍTULO I


I

Jean Sennevilliers, el calero, salió de su casa para dirigirse a la cantera.

Su casa estaba construida en lo alto del monte Herlem, desde donde se divisaba hacia el Este el pueblo del mismo nombre, formando una aglomeración dispersa de casas rojizas y blancas, agrupadas todas ellas en torno a un alto campanario de pizarras. Más allá se extendía en suntuosas masas oscuras el esplendor de un amplio bosque dorado por el otoño, del que emergían las torres de un castillo señorial. Era la residencia del barón Des Parges, propietario de las nueve décimas partes de las tierras y de las granjas del país. Hacia el Sur, sobre un promontorio, el Fort d’Herlem, vetusta mansión, de taludes llenos de hierba, rodeados de altas hileras de álamos. A su lado, achaparrada, enorme, con sus muros desnudos y sus tejados puntiagudos, la granja de Lacombe agrupaba sus establos, sus patios y sus gallineros. Lacombe, el granjero, era el alcalde de la aldea. Detrás de la granja y del castillo, lejanas, brumosas, envueltas en una siniestra niebla de hollín, se divisaban las ciudades de Roubaix y de Tourcoing, humeantes, erizadas de chimeneas, de depósitos de agua y de gasómetros.

Hacia el Norte, al pie del monte, se abría en la piedra blanquecina un gran barranco abrupto, una especie de zanja profunda, alargada, sinuosa, en forma de inmensa caracola. Era la cantera de los Sennevilliers, Un estanque de aguas tranquilas se destacaba verde entre la piedra blanquecina, con un verde de esmeralda entre el follaje espeso de los sauces pequeños y de los vigorosos juncos que crecían en sus orillas. Al lado, se distinguían los hornos de cal, especie de torres cuadradas cubiertas de apagadores y que humeaban suavemente en el aire tranquilo. Desde aquel lado, se distinguía la perspectiva hasta el infinito sobre la llanura flamenca. A lo lejos, se divisaban, sobre el fondo azul y violáceo del cielo, unas ondulaciones apenas perceptibles; el monte de Messines y el monte Kemmel. Y había también otras dos siluetas, casi imperceptibles: la torre de Halles y el campanario de la catedral de Yprés.

El paisaje era pacífico y no dejaba traslucir nada relacionado con la guerra. A los alemanes ya se les había visto en el mes de septiembre. Un grupo de ulanos vestidos con amplios capotes grises, con el chapska negro de cuero cincelado sobre la cabeza, la larga lanza de gallardete rojo hundida en la silla y el revólver en la mano, que avanzaban al paso, conteniendo a sus caballos inquietos y esbeltos con atalajes de cuero oscuro, muy nuevos, y obligándoles a una marcha más bien lenta. Eran todos hombres robustos, rubios, con el rostro sonrosado, de aspecto sano y constitución atlética. Unas largas charreteras horizontales sobre el capote aumentaban aún más su prestancia.

Encerraron a todos los hombres en la iglesia y registraron la casa de Marelli, el recaudador, para apoderarse del dinero. Reservistas llegados de Lille les persiguieron, matando a dos de ellos. Lacombe, el alcalde, clavó los capotes de los muertos en la puerta de la Alcaldía, repartiendo luego, entre el pueblo, las túnicas ensangrentadas.

A partir de entonces, los ulanos no habían vuelto a aparecer.

Jean Sennevilliers descendió hasta la cantera. Acababa de llegar de Lille la orden de partir todos los hombres. Era a últimos de octubre. Los alemanes habían invadido todo el Norte. Desde primeros de septiembre, el prefecto pedía en vano instrucciones del Estado Mayor de Boulogne con respecto a los movilizables. La única respuesta que recibió fue recomendaciones de espera. Por fin, el 6 de octubre, el Estado Mayor envió al prefecto de Lille la orden de concentración de todos los movilizables. Se hubiera podido mandar la orden por un medio rápido, utilizando un coche, por estafeta militar o por telegrama. Y sin embargo, se envió por correo. El prefecto la recibió a los tres días, cuando los alemanes estaban a las puertas de Lille. El prefecto puso en movimiento a todos los agentes de policía, a los ciclistas, a los voluntarios civiles para llevar la orden de partida en todas direcciones. Las gentes dudaban, porque se adivinaba el peligro. Pero, a pesar de todo, la mayoría de los hombres se puso en marcha. Fue un nuevo éxodo, después del de septiembre, hacia Dunkerque, de miles y miles de hombres lanzados hacia el sur de Francia, hacia lo desconocido.

Jean tenía que partir, al día siguiente; pero, antes, quería terminar su trabajo en la cantera. Trabajó en los hornos de cal hasta el anochecer. Su hermana menor, Lise, le ayudó. Cargó los hornos para que se terminaran de cocer las piedras cuando él se hubiese marchado y dispuso alternativamente una capa de piedra calcárea y otra de carbón. De los hornos salía un vapor blanco carbónico, sofocante. Lise, con la horquilla, escogía los bloques de piedra.

—Cuando vacíes este horno —dijo Jean—, te dará unas veinte toneladas de cal… Vigila la cocción. Con ellas podréis vivir hasta mi regreso. Si encuentras algún hombre que te ayude, puedes volver a cargarlo. Aprovecha la sequía para sacar la creta del fondo de la cantera. Las aguas del estanque están bajas y todo eso es piedra ganada.
—No te inquietes —dijo Lise.
—Dejo también a tu cuidado a Fannie y al niño. Tú sabes que ella no es fuerte. Necesita ahorrarse esfuerzos. Sobre todo, que no pase hambre, ni el pequeño tampoco… Pasaremos cuentas después de la guerra.

Trabajaron hasta el filo de la medianoche en cargar los hornos bajo el escaso resplandor de las lámparas de aceite.

Jean volvió a su casa del monte Herlem, cuando se hizo de noche. Fannie le esperaba, llorando y preparando el equipaje. Ya en aquel instante vio en sus rasgos los estragos de la angustia y la tristeza. ¿Cómo soportaría la prueba que la aguardaba si ya estaba así?

Había repartido entre su madre y Lise todo el dinero que tenía y dio seiscientos francos más a Fannie.

—No hace falta que gastes más de veinte francos por semana —dijo—. Lise te guiará cuando tú no sepas salir del atolladero.

Tenía la costumbre de tratarla como a una niña. Era él quien lo dirigía todo en el hogar. ¿Qué sería de ella durante su ausencia? Hubiera querido preparar de antemano todo el trabajo, para que pudiera seguir su vida de siempre. Esperando, limpió el establo de la cabra y las jaulas de los conejos. Lamentaba marcharse dejando tantas cosas por hacer: las remolachas por arrancar, los techos por blanquear, un cristal por poner en el lavadero… Trató de aprovechar las horas que le quedaban para hacer lo más urgente y subió de la bodega algunos sacos de carbón, cortó leña menuda y serró algunos troncos. Después, recomendó a Fannie:

—No hagas la colada de las mantas de lana, son muy difíciles de retorcer. Y ahora que me acuerdo, voy a aclarar la ropa de la tina… Sobre todo, no levantes nunca el caldero de la lejía. Procura que Pierre vaya a la escuela y que sea bueno. Si no tienes suficiente autoridad sobre él, Lise te ayudará.

Estuvo trabajando hasta las dos de la madrugada. A aquella hora se fue a descansar. La certeza de que era indispensable en aquella casa le hacía ver bien hasta qué punto iban a notar su falta.

—Por lo menos, trataré de descansar una hora —dijo.

Subieron al piso superior. Pierre dormía ya. Fannie y Jean se acostaron. Jean escuchó los gemidos sordos de su mujer. No tuvo el valor ni el deseo de gustar un último instante de placer carnal antes de la separación. Se sentía sometido a un dolor acongojante, a un sentimiento que era más de padre que de esposo. Estuvieron despiertos hasta que clareó el día.

Era muy temprano cuando Jean se levantó. Antes de marcharse, salió una vez más a contemplar la cantera sumergida en una tenue neblina de octubre. Miró largamente aquella larga fosa blanca, aquel barranco en forma de extensa caracola sonora donde el silbido del viento se hacía más intenso en invierno. En el fondo el agua del estanque despedía un vapor ligero. Y los jirones de niebla parecían estar prendidos de las ramas de los sauces bajos y de los matorrales.

Para Jean era la cantera una buena parte de su obra. Aquel surco era un hilo de su paso por la tierra. La cantera tenía también necesidad de él, de su inteligencia y de su fuerza. Conocía todos sus rincones, sus menores repliegues, sus propiedades, sus defectos, sus recursos y sus peligros. La cantera no era más que él y nadie podría reemplazarle allí, sin una larga experiencia, sin una paciente familiaridad. El solo pensamiento de que si no volvía pasaría a manos de otro y que acaso dejara de existir, permaneciendo allí, como una grieta inservible, como una oquedad de piedras agreste, lentamente invadida por las zarzas y las aguas de las fuentes y de las lluvias, le apenaba como la muerte de un ser querido. Volvió lentamente a su casa y terminó de hacer los preparativos de marcha.

A las nueve echó a andar. Hizo el camino con Marelli, el recaudador, que no sabía si tenía que abandonar su puesto y que iba a Lille en busca de instrucciones.

En la estación de Lille, en medio de una increíble agitación, se tropezó súbitamente con Marc Sennevilliers, su hermano mayor, capellán en el liceo de Tourcoing. Marc había acudido a Lille a despedirse de él. Se abrazaron. Y, como no podían decidirse a separarse tan bruscamente, fueron juntos hasta los andenes. Reinaba un gran tumulto. Un solo tren estaba dispuesto para la marcha. Cientos de hombres habían invadido los compartimientos, amontonándose como bestias. Una enorme multitud asediaba el tren. Los empleados hacían descender a los hombres que iban colgados de las barras de las portezuelas, instalados en los topes o encaramados en el techo de los vagones. Nada más lejos de ellos que sentir entusiasmo por la movilización. Aquella confusión daba, por el contrario, una sensación de pánico.

Jean, maleta en mano, corrió a lo largo del tren, buscando en vano un sitio donde acomodarse. Llegó así hasta la locomotora. Y cuando ya iba a renunciar, una voz lo llamó:

—¡Jean!

En aquel hombre que estaba sobre el ténder reconoció con sorpresa a su amigo Simón Donadieu, el herrero de Herlem. Donadieu había pasado la noche en Lille, como tantos otros, durmiendo sobre la acera, al aire libre. Por milagro, había encontrado a un compañero, que era maquinista de la locomotora, y gracias a él, pudo Jean subir también al ténder.

Aquel éxodo fue el punto de partida de la siniestra aventura de los cuarenta mil movilizados que los alemanes aprisionarían o asesinarían luego. Pues el enemigo era ya dueño de su país. Una vez más, los inocentes tenían que pagar con su vida la incuria y la negligencia de los que gobernaban.


II

Tres días después, los alemanes bombardearon Lille. Desde Roubaix se veían cada noche las llamas del incendio. Samuel Fontcroix corría, como todos, hacia los suburbios para contemplar desde lejos, en el fondo del horizonte, aquella línea sangrienta y movediza, que se destacaba sobre el fondo negro del cielo. El infierno parecía estar muy próximo. Salpicaduras rojas surgían entre una barahúnda lejana de fragua, y se oía un estrépito metálico en el que se creía escuchar también un clamor desesperado de voces.

Samuel Fontcroix pensó en su mujer y en su hija que resistían allí aquel horror. Y, con aquel pensamiento, se acrecentó su angustia, y una congoja le ahogó la garganta.

Era un hombre de unos cuarenta años. Vivía en Roubaix, en el barrio de L’Epeule, donde explotaba un negocio de carbones. Desde hacía dos años, su mujer y él estaban separados.

Su casamiento había sido estúpido. Samuel trabajaba en casa de su padre, y Edith era costurera. Un encuentro trivial los había unido. Él era demasiado ingenuo, y ella, Edith, asociaba extrañamente la mezquindad y el sentimentalismo. Ambos habían considerado amor lo que no era más que una pasión de los sentidos. Samuel era alegre, optimista, poeta a ratos, pronto al entusiasmo; ella era materialista y amarga. Sus continuas discusiones les hubieran obligado a separarse mucho antes, de no haber sido por el nacimiento de sus hijos que, a pesar de todo, no hicieron volver la concordia. El matrimonio siguió sin avenirse. El carácter agrio y perverso de Edith provocaba la exasperación de Samuel. No había en su hogar ni un rato de felicidad. Tuvo la ligereza de buscarla fuera de él y cometió algunas calaveradas. Las relaciones entre el marido y su mujer terminaron por enfriarse, entonces, definitivamente.

Luego, Samuel se enamoró de una mujer que se decía desgraciada y que era en realidad como él. Aquello duró tres años. Los amantes ocultaban bien sus relaciones. Todo el barrio de L’Epeule las ignoraba. Ellos vivían confiados en el porvenir. Samuel tenía el propósito de pedir el divorcio e iba aplazando la felicidad, pero un buen día, Edith tuvo conocimiento de aquella aventura. Se vengó cruelmente y sin nobleza advirtiendo al marido de la desgraciada y rompiendo otro hogar al mismo tiempo que el suyo.

Fue entonces cuando los esposos Fontcroix se separaron. Samuel, aburrido y desesperado, prefirió poner fin a aquella vida estúpida. Se separaron amigablemente, sin estrépito judicial ni nada semejante. Edith se quedó con la hija, Antoinette, que tenía trece años, y abrió en Lille una tienda de comestibles.

Samuel se quedó con el niño Cristophe, que tenía cinco años, y, de vez en cuando, iba a Lille a ver a la niña y llevarle algún dinero.

Y en aquel momento, Edith y Antoinette estaban sufriendo el bombardeo. Samuel lo pensaba, una y otra vez, extrañándose de sentir también angustia por su mujer. No en vano habían llevado, cualesquiera que hubiesen sido las diferencias, quince años de vida en común.

El asedio de Lille duró tres días, durante los cuales la población vivió en las bodegas.

En la mañana del cuarto día, Samuel Fontcroix corrió hacia Lille y logró penetrar en la ciudad, donde los alemanes habían hecho su entrada entre las ruinas. El espectáculo que se ofreció a sus ojos le aterró.

Lille acababa de arder y derrumbarse. Los barrios del centro y de la estación estaban destruidos. La población parecía volver en aquellos instantes a la vida, saliendo de las bodegas y corriendo a ver el incendio y la devastación. La ciudad estaba llena de humo, de vapor y del polvillo rojo de los incendios. Hacia la estación y el Teatro se veía un gran espacio libre, como un campo de batalla, donde se alzaban, aquí y allá, grandes esqueletos negros de hierros y piedra, de aspecto siniestro, con sus grandes ventanas abiertas al vacío y al incendio. Ni una señal quedaba de lo que habían sido calles. Montañas de ladrillos, de vigas y de vidrios rotos era todo el panorama. Aún se alzaban al cielo algunas llamas y crepitaban algunas hogueras. Un humo sofocante lo llenaba todo. Sobre toda aquella ruina andaba una multitud con la mano sobre los ojos, lagrimeando, tosiendo, medio ahogada. Bomberos improvisados formaban cadenas, y, de vez en cuando, descubrían bajo los cascotes el rostro de un amigo. Largos cortejos de fugitivos huían de la ciudad, cargados de informes paquetes y completamente abatidos; gentes medio vestidas, mujeres en camisa, apenas cubiertas por un abrigo; chiquillos desnudos bajo las mantas. Se veían muchos ladrones también, hombres con alpargatas y un saco a la espalda hundiéndose entre las ruinas. Aquí y allá se evacuaban algunas tiendas amenazadas por las llamas y los tenderos distribuían sus mercancías: comestibles, juguetes, tejidos y maletas, con la obligación de pagarlos cuando el peligro hubiera pasado. Un hedor de lana y madera carbonizada llenaba el aire. Algunos hombres vaciaban cubos de agua sobre las llamas o sobre las ruinas todavía humeantes y se escuchaba el chasquido del agua al evaporarse en nubes sucias. Las casas, partidas en dos, mostraban al aire sus habitaciones, con los muebles balanceándose sobre el vacío y sus camas colgando en el aire. Por el suelo quedaban esparcidos pedazos de vigas de madera y… de hierro, muebles rotos, cacerolas y vajillas y cascotes. No se distinguían ni los adoquines, ni lo que había sido calle. Para transitar por la ciudad había que escalar montañas de escombros. En torno a un derrumbamiento, los grupos de gente se detenían, contemplando a los equipos de salvamento voluntario que separaban los escombros, tratando de sacar a los desgraciados que habían quedado enterrados. Se sacaban heridos, asfixiados, muertos. Por un tragaluz despejado con gran trabajo salió un gran perro blanco que huyó, desapareciendo entre las ruinas, loco de miedo… Sin duda no había quedado otro ser vivo en aquella cueva. Por el suelo se encontraban a cada paso fusiles, uniformes de soldados franceses y albornoces de árabes. Los cazadores del comandante De Pardie, para escapar del enemigo, se habían despojado de sus armas y de sus ropas, refugiándose entre los habitantes, donde se ocultaban, y los soldados árabes de caballería habían degollado a sus caballos sobre el adoquinado.

En el campamento de Saint-Maurice y sobre la torre de la nueva Bolsa flotaban aún las banderas blancas, signo de la derrota y la capitulación. Y, en seguida, dejaron paso al inmenso e inmóvil símbolo del pabellón del Imperio.

La gente se lo mostraba llorando y lamentándose. Y entre las calles obstruidas por las ruinas, las llagas vivas de las paredes, los blancos desconchados de la piedra, los vapores negros y sucios del incendio, el hormigueo de una multitud desesperada, la huida de los siniestrados, la agitación de los bomberos y los equipos de salvamento, los esqueletos bamboleantes de los edificios, los amasijos de hierros retorcidos, la polvareda extensa de los derrumbamientos, semejantes a las humaredas que los cañonazos ocasionaban sobre el campo de batalla.

En un extremo de la calle de Saint-Sauveur, bruscamente, entre la multitud, Samuel tropezó con su mujer y su hija, errantes en medio de aquella devastación. Y los tres se abrazaron, sin poder pronunciar una sola palabra.



CAPÍTULO II


I

Fue un curioso experimento de socialización el que intentaron en Herlem, como en todos los pueblos del país invadido, las autoridades alemanas. Tentativa que resultaba mucho más interesante, por aplicarse en el dominio rural, habitualmente considerado como refractario a todos los ensayos de aquel género.

Apenas llegado, el coronel Von Glow, comandante de la región de Herlem, convocó en todos los Ayuntamientos a los alcaldes, adjuntos, secretarios, maestros de escuela, recaudadores de contribuciones, médicos y curas párrocos. Los representantes de los once Municipios reunidos en asamblea en la Alcaldía de Herlem recibieron las órdenes del coronel y fueron declarados responsables de su ejecución. De etapa en etapa, en el espacio de dos meses, toda la vida rural quedó bajo el dominio de la autoridad alemana.

Cada semana, se celebraba una reunión convocada por el coronel. Tenía así todo el país en su mano, ordenaba, escuchaba las quejas y formulaba sus observaciones. Ordenaba brutalmente y se le obedecía.

Comenzó por una estadística general de tierras, a cargo de los alcaldes de los respectivos Municipios. Lacombe, alcalde de Herlem, recorrió el país distribuyendo hojas a todos los campesinos. Eran unos grandes cuestionarios que decían: ¿Cuántas hectáreas de trigo tiene cultivadas? ¿Cuántas vacas y carneros? ¿Cuántos carros, útiles y aperos, arreos, cuero, aceite y esencias?

Una vez remitidas las hojas, el coronel recorrió en carretela todo el municipio en compañía de Lacombe. El resultado fueron nuevas circulares para poner en buen estado los caminos, empedrados, limpiar las balsas y las zanjas, limpiar también los alrededores de los pozos y echar ceniza, vigilar la limpieza del suelo en un radio de diez metros. Ordenaba, además, denunciar cualquier caso de enfermedad en la Kommandantur; trabajar diariamente diez horas para la Kommandantur; echar arena en las carreteras en caso de helada, tostar los frutos para conservarlos, trillar el trigo y ensacarlo, arrancar las remolachas, meterlas en silos, tener las cocinas más arregladas, maniobrar una vez al mes la bomba de incendios. Jamás Herlem había estado tan limpio.

Entretanto, un equipo de químicos analizó las tierras. A partir de enero, los campesinos recibieron abonos, y, acto seguido, se les impuso el reparto de semillas. Ante todo, se prohibió cultivar la remolacha azucarera; Alemania la producía con exceso. Se dio también orden de sembrar aquí trigo, en aquella otra parte alfalfa; de terminar las labores en febrero y las siembras para marzo; de rastrillar el heno y airearlo. Lacombe recibió del mismo modo orden de talar su seto, Humfels de limpiar sus zanjas, Bozin de reparar su segadora. Se ordenó segar las hierbas del estanque, llevar una contabilidad de los animales, indicar a la Kommandantur los nacimientos y las muertes que se producían en el establo y en la cuadra, las cantidades que diariamente se producían de leche, mantequilla y huevos; producir tantos litros de leche por cabeza de ganado y tres huevos por gallina y por semana. La autoridad alemana los pagaba a cinco peniques, y a siete el litro de leche, pero descontaba diez peniques por litro o por huevo que faltaba. Se prohibió matar conejos, gallinas o cerdos y se obligó a presentar en la Alcaldía el cuerpo de todo animal muerto por accidente.

Los campesinos comenzaron por reírse de todo aquello. Multas, registros, confiscaciones, cansaron pronto a las esporádicas resistencias. Hubo que inclinarse y que suplicar, con una rabia no exenta de admiración. ¡Decididamente, ellos eran fuertes!

Una tarde del mes de febrero de 1915, Pascal Donadieu, el hijo del herrero Simón, embarcado en Lille en una locomotora en compañía de Jean Sennevilliers, se puso en camino hacia la casa de labor de Lacombe.

Desde la partida de Donadieu, en octubre de 1914, no se había recibido noticias suyas. Pascal, que tenía dieciséis años, vivía con su madre en la fragua y se había visto obligado a abandonar los cursos de mecánica y de electricidad que seguía en el instituto de Tourcoing. El dinero se acababa, Pascal quería trabajar y se había decidido a buscar un empleo.

La víspera había nevado. El sol pálido, casi invisible, blanqueaba la bruma. Y Pascal andaba a paso rápido a través de los campos. Bajo la blancura inmensa no destacaban más que las manchas oscuras de algunos muros y las ramas descarnadas de los árboles. A Pascal le parecía una inmensa página virgen y como luminosa aquella tierra blanca, apenas moteada de negro; aquel cielo blanco. Aquella uniformidad pálida y confusa tenía algo de ligero y de puro que, a pesar de la tristeza de la hora, le llenaba de un vago regocijo. Respiró hondamente.

El pensamiento de volver a ver a Judith Lacombe, la hija del dueño de la casa de labor, le causaba una ligera turbación. Le había lanzado requiebros algunas veces; ambos habían paseado en una o dos ocasiones por las avenidas del castillo de Parges y habían llegado a hacerse algunas confidencias. Pero, antes de marcharse, Simón Donadieu había advertido seriamente a su hijo:

—Eres joven; no tienes aún situación definida. Te ruego un poco de seriedad. La hija de Lacombe no es para ti. Más adelante, ya veremos…

Esa fue la causa de que, tras la partida de su padre, Pascal se hubiera esforzado en ignorar a Judith. Desobedecerle en aquellas circunstancias le espantaba, como si con ello pudiera causar alguna desgracia al ausente. Pero con el tiempo habían cambiado las circunstancias. No iba ya a casa de Lacombe por su gusto, sino porque esperaba encontrar allí trabajo. Los alemanes exigían a todo el mundo su trabajo. Pascal había tenido también que forjar herraduras para sus caballos en la fragua de su padre y solo se había visto libre de aquel trabajo, al herirse voluntariamente de un martillazo en la mano. Estaba ya curado, pero quería escapar a aquella odiosa tarea. Y para ello había pensado en Lacombe, el alcalde, a quien conocía bien y para quien había reparado muchas veces las segadoras y los arados.

Durante la primera época de la guerra, Lacombe había ganado mucho dinero. Llegaban a Herlem masas de refugiados que huían del enemigo y se trasladaban al interior de Francia. Aquellas gentes, campesinos y granjeros en su mayor parte, llevaban consigo un número crecido de ganado, embarazoso y hambriento, que les dificultaba la marcha. Lacombe y algunos otros grandes campesinos de la región lo compraron a bajo precio y, luego, lo vendieron tres veces más caro a los carniceros de las ciudades vecinas.

Cuando los alemanes llegaron a Herlem, Lacombe, espantado, comenzó por esconderse. Tenía sobre la conciencia el reparto de los capotes de los ulanos muertos y se veía ya preso y fusilado. Se puso enfermo de miedo y creyó tener una ictericia. Pero, contra sus previsiones, los alemanes no recibieron ninguna delación sobre aquel asunto. Como era alcalde de la comarca, fue citado como los demás en la Kommandantur. Acudió tembloroso de miedo, prometió todo lo que quisieron, se mostró con una docilidad ejemplar, indicó, sin hacerse rogar, los recursos del pueblo e hizo la lista de los hombres útiles que había. Llegó hasta el punto de ser el propio Municipio quien envió a los hombres la orden de trabajo para la Kommandantur. Lacombe dio ejemplo de sumisión, dejando que se instalara en su casa un jefe de cultivo alemán con tres de los obreros que remplazaban a los peones.

Pero, pasado el primer momento de pánico, comenzó a ver de nuevo las cosas por su lado bueno y trabajó sus tierras con el jefe de cultivo, ocultando lo mejor de sus productos, en complicidad con el alemán, un mozo bávaro, al que llamaban Albrecht.

Pascal le halló en la cocina, de pie delante de la ventana, vuelta la espalda hacia la puerta, fumando su pipa mientras contemplaba sus campos. Judith, su hija menor, inclinada sobre un balde, con los brazos arremangados, lavaba la mantequilla con agua clara, y en la estancia flotaba un olor agrio.

—¡Vaya! —dijo Lacombe—. ¡Si es Pascal! ¿Qué nuevas traes, muchacho?

Pascal expuso en pocas palabras el asunto que le había llevado allí:

—El caso es, señor alcalde, que no me gusta trabajar para el enemigo. Tengo un poco de instrucción. ¿No puede usted ocuparme en la Alcaldía?
—¡Oh! —exclamó Lacombe—. Es decir… justamente ahora estaba pensando en remplazar por mujeres los empleados que han quedado. La Kommandantur necesita hombres…
—¡Ah! ¡Muy bien! ¡Muy bien! —repitió Donadieu decepcionado—. Gracias de todos modos…

Tuvo un gesto tan decepcionado que Lacombe comprendió su necesidad y quiso paliarla.

—Claro que yo no estoy de parte de ellos. Pero son los más fuertes… Hay que colaborar…
—Sí, sí —dijo Pascal.

Trataba de contener su cólera, repitiéndose interiormente que necesitaba de Lacombe y había que tratarlo con miramiento. Volvió a hablar con un tono de voz casi tranquilo:

—Por lo menos, señor alcalde…, ¿no podría usted olvidarme cuando haga la lista de hombres útiles? No me inscriba en seguida en ella…

Lacombe se echó a reír.

—¡No eres tonto, querido Pascal! Entendido, hijo mío… Haré lo que me pides. En vez de ti, indicaré al hijo de Larmiget. Me han negado su vaca. Eso les hará que aprendan… ¡Salud, hijo mío!

Y siguió fumando delante de la ventana.

Fuera, junto a la puerta, Pascal volvió a ver a Judith. Había puesto su balde bajo el caño de la bomba y accionaba con presteza para hacer caer sobre la manteca amarilla el chorro de agua fresca con que enjuagarla. Sus brazos arremangados levantaban y bajaban la larga palanca de hierro.

Pascal se detuvo ante ella.

—¡Buenos días, Judith!

Judith tenía dieciséis años. Delgada y nerviosa, con el rostro alargado y pálido y el pelo negro, chocaba por su expresión forzada, algo despectiva, que dejaban adivinar en aquella muchacha, hija de unos campesinos, acaudalados pero vulgares, un temperamento exaltado, naturaleza arrebatada y quimérica.

—¡Buenas tardes! —respondió ella.

Y Pascal creyó adivinar en su voz la misma confusión que él sentía. Ella parecía estar contenta y temerosa de aquel encuentro.

—¿Sigues bien?
—Claro que sí.
—Hacía tiempo que no nos veíamos —dijo Pascal.

Pero instantáneamente se arrepintió de aquellas palabras imprudentes evocadoras del pasado.

—Sí…
—He venido para obtener una plaza en la Alcaldía, pero es imposible.
—¿Y tu padre?
—No hemos tenido ninguna noticia de él.
—¿Es verdad que los alemanes están talando los tilos de la avenida del castillo?
—Es cierto, en efecto.

Ambos quedaron silenciosos. Aun en contra de su voluntad, cada palabra resucitaba el recuerdo de aquella corta unión sentimental e inocente, de aquellos dos o tres tímidos paseos de enamorados por la avenida del gran castillo.

En aquel momento, entró en el patio un gran mocetón de treinta a treinta y cinco años, rubio, con el pelo recortado, la tez sonrosada y los ojos claros. Iba vestido como un peón de la casa de labor. Fue derecho hacia la bomba y dijo con fuerte acento germano:

—¡Buenos días! ¡Buenos días!
—¡Buenos días, Albrecht! —dijo Judith.

Pascal adivinó que se trataba del jefe de cultivo alemán que dirigía la casa de labor de los Lacombe. Se sorprendió estúpidamente de que un alemán vestido de peón se pareciera tanto a un francés. Con su ropa de faena, su cabeza de pelo recortado y su sonrisa ingenua, aquel hombre no tenía el aspecto de un enemigo.

—Sucio —dijo Albrecht—. Muy sucio… y hambre… Mucho trabajo…

Y mostraba al mismo tiempo sus manos llenas de tierra, aproximándose familiarmente al rostro de Judith.

—¡Por Dios, Albrecht! ¡Estese quieto! —dijo ella echándose atrás. Parecía molesta de que el alemán mostrara aquella familiaridad delante de Pascal.
Wasser?—preguntó Albrecht, señalando con un gesto la palanca de la bomba.

Luego, la empuñó, accionándola con una mano, sin esfuerzo y con un vigor increíble, haciendo caer sobre la pella de manteca un chorro continuo de agua.

—Ya basta, muchas gracias.

Judith volvió a emprender su tarea de enjuagar la manteca. Estaba de espaldas a Pascal y su rubor era tan intenso que parecía querer ocultarse. Albrecht contemplaba a Pascal dirigiéndole guiños con un ojo, y, sonriéndole, hacía ademán de querer accionar la bomba para que el chorro de agua cayera sobre la cabeza de Judith.

—¡Hasta la vista! —dijo Pascal.
—¡Hasta la vista! —respondió Judith, siguiendo inclinada sobre su balde.

Pascal se marchó. Regresó a la plaza de Herlem por el sendero que pasaba tras el fuerte, acortando camino a campo traviesa. El tiempo seguía estando brumoso, su luz pálida y velada caía desde el cielo sobre la tierra amortajada. Sobre aquella inmensidad blanca y desnuda reinaba un silencio que, en aquellos instantes, oprimía el corazón de Pascal. Todo aquello se había vuelto de una tristeza acongojante.

Apresuró el paso para llegar cuanto antes a la fragua. Mientras andaba iba pensando en su padre, descubriendo en sus últimos consejos una profunda sabiduría, que hasta entonces no había sospechado. Había en él un dolor confuso y hondo que no se sentía capaz de sondear.

Al anochecer, después de la tarea, los obreros alemanes volvieron a la casa de labor en compañía de Albrecht. Era ya casi noche cerrada. Judith les había calentado un balde de agua de lluvia para que, a pesar del frío que hacía, pudieran lavarse fuera en el patio de ladrillos.

Se desnudaron, sin quedarse más que con el pantalón atado a la cintura. Judith les llevó el agua caliente y ellos comenzaron a lavarse, a rociarse, a frotarse. Judith y su hermana Estelle los contemplaban.

Seife?.

Estelle fue a la cocina y volvió con el jabón negro. Era una muchacha delgada y de aire vulgar, que se parecía a su madre. Hacía siempre la devota y guardaba una compostura hipócrita. Pero le gustaban los hombres. Muchas veces Judith la había encontrado en los trojes con uno u otro de los alemanes. Era una viciosa que ocultaba su juego, cuyo marido, Louis Babet, movilizado desde hacía varios meses, era, sin saberlo, la risa del pueblo.

Apoyada en la puerta, miraba cómo los tres hombres se lavaban. La oscuridad era ya casi completa. Del muro habían colgado un farol cuyo resplandor rojizo se extendía en un círculo reducido, acariciando y poniendo sus tintes en los torsos desnudos de aquellos tres atléticos mocetones.

—¡Estelle! —llamó la vieja Lacombe desde la cocina.

Estelle tuvo que marcharse, y Judith se quedó sola. Pero no se fue. Aquel espectáculo la divertía siempre. La vista de aquellos tres hombres robustos, insensibles al frío y acostumbrados a una vida más amplia y más pura que la de las gentes del pueblo, le satisfacía. Un valor semejante y una limpieza tan escrupulosa la asombraban. Nunca había visto que los peones de la casa de labor se asearan más que una sola vez, y muy superficialmente, los domingos.

Los hombres se secaron. Entraron en la cocina, resoplando y dándose fuertes palmadas en el pecho. No quedó más que Albrecht, enjabonándose la cabeza convertida en una enorme bola de espuma.

Wasser…!

Se acercó a la bomba.

—¡Por favor, Judith! Accionar…, accionar fuerte…

Se irguió y corrió a abrigarse del aire a la entrada del granero, frotándose con una vieja toalla. Desde lejos, mostró la toalla a Judith.

—¡Frotar! ¡Como caballo! ¡Fuerte, fuerte, como caballo!

Judith, cogió la toalla y se puso a frotar con todas sus fuerzas la extensa espalda hasta arañarla. Albrecht reía.

—¡Más fuerte! ¡Más fuerte!

Se volvió hacia ella con los brazos en cruz, ofreciéndole el pecho. Por donde pasaba la toalla quedaba una señal rojiza, y, sin saber por qué, Judith se sintió turbada ante aquel enorme torso desnudo. Quiso reír. Su risa sonó falsa y sus movimientos se hicieron más lentos.

Los brazos de Albrecht se cerraron brutalmente en torno de ella. Cayó sobre el lecho de paja, espeso y traidor. Sobre ella, el cuerpo de Albrecht casi la aplastó. Un olor de paja, de hierba seca, de jabón, de sudor, que se subían a la cabeza, y el contacto dulce y tibio de aquel robusto cuerpo desnudo la embriagaron. Se sintió sin fuerzas…

En aquel instante, le acudió a la mente el recuerdo de Pascal. En un movimiento instintivo de defensa quiso evadirse, pero se sintió sujeta. Albrecht la paralizaba…

Ya calmada, él le habló, le murmuró en alemán al oído palabras dulces que no comprendía y que le hicieron daño. Sintió calor bajo su cuerpo. Él buscó su pelo con sus labios, le mordió el lóbulo de la oreja, jugó como un perrillo joven. Ella se abrazó de nuevo, apretándose a su cuerpo con fuerza, en una especie de desesperación. Y él no se dio cuenta de que se echaba a llorar.

Judith se apretó a Albrecht con frenesí. Se sentía literalmente loca, presa hacia aquel hombre de una pasión que no era, por otra parte, ni con mucho, exclusivamente carnal, experimentando la necesidad de consagrarse, de entregarse a él. Volcaba sobre él, sin que por su parte Albrecht hubiera hecho nada para merecer aquel espléndido don, todas sus ansias de consagración, todas las posibilidades inadvertidas que hasta entonces habían dormido en ella. Judith se había esforzado en ignorar su carácter, creyéndose preocupada, sobre todo, por ella misma y regularmente egoísta; pero, súbitamente, se sintió capaz de soportar por Albrecht los mayores sacrificios. Era un mocetón completamente falto de idealismo y que solo veía en el amor una ocasión de felices y frecuentes diversiones.

Hubiera querido hallar en él todo lo que había entrevisto del amor en su breve idilio con Pascal; los largos sueños comunes, los pensamientos nobles, la tierna y divina comprensión de las almas… Pero Albrecht no iba tan lejos. Y ella lo aceptaba, valerosamente tal como era, porque él había violado su alma exactamente igual que su cuerpo.

Encontraba natural pasearse por el pueblo en su compañía. ¿Para qué ocultar sus relaciones si le amaba? ¿Qué mal había en ello?

Estelle, la hermana mayor, no tardó en darse cuenta de todo aquello. No dijo nada, contenta en el fondo de que su hermana se hubiera vuelto igual que ella.

La vieja Lacombe se dio, asimismo, cuenta del manejo. Pero guardó también silencio. Tuvo miedo de su marido y del escándalo y dejó que las cosas siguieran como estaban.

En cuanto a Lacombe, nadie hubiera podido saber si veía o no claramente. Albrecht y él eran buenos camaradas, se entendían como gitanos en feria para vender subrepticiamente los productos de la casa de labor y hubiera sido desastroso provocar una disputa.

Además, nada daba a entender que sospechara de algo. Siempre preocupado de sí mismo, tiránico, egoísta, hasta unos límites inconmensurables, atravesaba la existencia como si la tierra tuviera puestos los ojos en él. Solo se preocupaba de sí. Y acaso fuera también el estar convencido del disgusto que provocaría en los suyos lo que le hacía descartar la posibilidad de que sus hijas cometieran la menor falta.


II

Una noche de finales de marzo, Judith, que dormía con Estelle en la habitación de encima de la cocina, se despertó sobresaltada por unos gemidos. Escuchó unos segundos. Los gemidos se reprodujeron. Procedían de la cama de Estelle.

Judith saltó de la cama. Con los pies descalzos y en camisón de dormir, se precipitó sobre la cama de su hermana.

—¡Estelle! ¡Estelle!

Con el rostro lívido, los ojos cerrados y bañada en sudor, Estelle tenía un estertor de agonía. Atemorizada, con un gesto desesperado, Judith apartó las sábanas. En medio de la cama había una gran mancha oscura, casi negra: era sangre.

Judith no tardó en comprender.

—¡Estelle! ¡Estelle! ¡Dios mío!

Estelle entreabrió los ojos. Con un inmenso esfuerzo pudo hablar y murmuró en voz muy baja:

—¡Cállate! Mamá…, ve a buscar a mamá…

Volvió a cerrar los ojos y, echando la cabeza hacia atrás, dijo con un esfuerzo supremo:

—No despiertes a nuestro padre… ¡Ah! ¡Me muero!

Judith corrió a la alcoba de sus padres. Estaban dormidos. Tocó ligeramente el brazo de su madre, que se despertó en seguida.

—¿Estelle? ¿Qué? ¡Ah…, sí! ¡Oh, Dios mío!

Se levantó, se puso las zapatillas y dijo con voz suplicante:

—¡No hagas ruido! ¡Por Dios, no despiertes a tu padre…!

Siguió a su hija en la oscuridad y no encendió la vela hasta estar en el pasillo.

Reanimaron a Estelle con vinagre. Al resplandor tembloroso de una vela, vieron el rostro pálido y demacrado esbozar una mueca… Volvió a abrir los ojos y reconoció a su madre y a su hermana. La madre la cogió por los hombros para sentarla en la cama, levantándola suavemente. Estelle pareció, entonces, desmayarse. Un reguero de sangre corrió sobre las sábanas cayendo en el suelo con un horrible chapoteo.

—¡Cielos! ¿Qué es lo que has hecho, Estelle? —gimió la vieja Lacombe.
—Has sido tú —murmuró Estelle—. Tú lo has querido…

Puso en aquel murmullo un odio indecible, el odio terrible de quien se siente morir y acusa. Luego, se dejó caer hacia atrás, como muerta.

Vinagre, agua fría y friegas en las sienes la hicieron volver a recobrarse del síncope. Judith descendió a la cocina, encendió el fuego y preparó café, al que echó un chorro de ginebra. Estelle lo bebió y aquello pareció hacerle recobrar sus fuerzas. Cambiaron su ropa y la transportaron a la cama de Judith. Allí se durmió con un sueño desmayado.

—¿Dónde está Estelle? —preguntó Lacombe, al día siguiente.
—Se ha purgado y está en cama —respondió la madre.
—Bien.

No siguió insistiendo. En el campo se acostumbra ayunar y permanecer en la cama los días de purga. Lacombe cogió su pipa y su bastón y se fue a dar su vuelta cotidiana por los campos.


III

El 9 de abril de 1915, Lacombe el alcalde fue convocado a una reunión de todos los alcaldes de la región por el C. R. B. (Committee for relief in Belgium), que deseaba acudir en socorro de la población. Por fin había obtenido de los alemanes la autorización para poder entrar en la Francia invadida víveres y carbón.

En cada municipio tuvo que constituirse su correspondiente comisión. En Herlem se compuso del alcalde; de Humfels, el adjunto; de Premelle, el secretario del Ayuntamiento; de Marelli, el recaudador de contribuciones; del cura Limard; de Serez, el maestro, y de M. Hérard, un rentista del pueblo, nombrado directamente por el Committee para ostentar su representación. Aquella comisión tenía que recibir las mercancías, revenderlas a los habitantes y remitir el importe de las ventas al Committee. Para los indigentes serían abiertas cuentas corrientes especiales que cada Municipio liquidaría después de la guerra. Estaba prohibido hacer ningún comercio con los géneros, y todas las funciones, tenían que ejercerse gratuitamente.


Marelli, el recaudador de contribuciones, y Serez, el maestro, se cuidarían en adelante de la distribución de víveres. Marelli hacía gala de una gran actividad. Era funcionario y tenía la vanidad un poco ingenua de su título. Acudía a su empleo de recaudador con gran solemnidad, y sus palabras de siempre eran: «Nosotros, los funcionarios…». Escrupuloso, minucioso casi, representaba, precisamente por aquello, por su rígida honestidad, su preocupación de equidad y su celo en defender el interés del Estado, un tipo precioso para el bien público. Al producirse la invasión todo el mundo le aconsejó que huyera, como muchos de sus colegas.

—Soy funcionario —respondió Marelli— y no puedo marcharme sin recibir una orden. —Pero la orden no llegó y Marelli permaneció en su puesto.

Bloqueado en el Norte, incluso allí había cumplido con su deber, escondiendo su caja y sus archivos y negándose a cobrar, a ejemplo de ciertos colegas, los impuestos que irían a engrosar la cuenta del enemigo. El espectáculo del pueblo le repugnaba. Todos se inclinaban dócilmente ante los alemanes. Los dueños de las casas de labor no habían pensado siquiera en la posibilidad de ofrecer resistencia. Demasiado ávidos de ganancias, demasiado atados a sus tierras y a sus animales para aceptar perderlos. Se mostraban sumisos, adaptados a la nueva forma de vida con una resignación humillante. Después de ser elegido como miembro de la comisión encargada de repartir los víveres, su indignación había aumentado mucho más. Lacombe, Premelle y Hérard, abusaban de sus funciones. Marelli anotaba facturas de trescientos sacos de carbón, es decir: quince toneladas, cuando el pueblo no recibía más que siete u ocho. Se repartían los restos de los abastecimientos y para que fueran más numerosos, se hacían más pequeños los racionamientos de la población. Se «olvidaban» de anunciar los productos raros, como la leche condensada, el queso gruyère que las gentes no reclamaban y que quedaban para los distribuidores. Había chanchullos, reventa de tarjetas y de vales. Los indigentes estaban libres de la obligación de pagar su abastecimiento, y Lacombe se aprovechaba de ello para repartir tarjetas de indigentes a todos sus amigos. La mayoría de los obreros que trabajaban para los alemanes y a quienes la caja del Municipio pagaba un salario de siete francos diarios recibía su suministro con el mismo título de indigentes. Lacombe no llevaba ningún libro de entradas de dinero, y todos los ingresos del suministro iban a parar a la caja comunal, no sirviendo ese producto para liquidar las facturas con el Committee, sino para pagar las multas e impuestos sancionados por los alemanes. Lacombe evitaba así a sus amigos, los demás dueños de casas de labor, las intervenciones en las cosechas. La Kommandantur imponía a los Municipios la compra de las harinas alemanas llamadas «Κ. K.» para la confección del pan. Dos panaderos las recibían, la mitad cada uno. El pan de Baille era comestible; el de Orchon, infecto. Pero Orchon revendía a escondidas una buena parte de la harina y apenas cocía el pan para ganar así en el peso. Como era amigo de Lacombe, no se podía protestar, y así envenenaba impunemente a la mitad de la población. A cada reparto, se producían verdaderas batallas para ser servido primero y recibir así el pan de Baille.

Para un hombre escrupuloso y meticuloso, como era Marelli, apasionado por los balances exactos, los libros bien llevados, la contabilidad ordenada y clara, semejante embrollo era causa perpetua de estupor y de exasperación.

Aquel sábado, como todas las semanas, se celebraba la «reunión del coronel», después de la cual se reunían los miembros de la comisión de abastecimientos con el fin de discutir las medidas necesarias para la semana siguiente. Marelli, que había pasado la tarde contando los sacos de carbón, observando que faltaba, como de costumbre, una cantidad escandalosa, llegó con retraso a la reunión del coronel.

Se recibieron, como de ordinario, las órdenes oportunas para la administración del pueblo. La atmósfera era la de una reunión de vasallos recibiendo órdenes del soberano. El coronel hizo su entrada, dejó la espada sobre la mesa y ordenó:

—¡Silencio, señores!

Todos se callaron. Y comenzó diciendo:

—Ordeno… Ordeno… Ordeno…

Las palabras salían cortantes de sus labios.

Preguntó primero al alcalde sobre la calidad de la harina alemana «Κ. Κ.», que servía para hacer el famoso pan «caca». Lacombe afirmó, como es natural, que era excelente.

El coronel enumeró las sumas que la Kommandantur pagaría a los granjeros por sus abastecimientos de manteca, de huevos y leche. Puso multas al Municipio por suministro insuficiente de artículos de consumo, por la mala limpieza de los retretes, por estar los pozos mal abrigados. Dio órdenes referentes a los cultivos y sobre la recolección de alfalfa. Se le escuchaba dócilmente. Lacombe tenía que matar una ternera. Humfels tenía que poner rodrigones a sus manzanos. Bozin tenía que trabar a su toro demasiado bravo. Y, luego, siguieron algunas nuevas órdenes, que sumieron a todos los presentes en el máximo estupor.

—Ordeno:
»Habiéndose dado casos de contagio en el Ejército alemán, todos los hombres deberán pasar, de ahora en adelante, una revisión médica.
»Las mujeres indicadas en la lista presente y sospechosas de malas costumbres se presentarán, en lo sucesivo, semanalmente, a la revisión médica del mayor. La lista será fijada en la puerta de la alcaldía.
»Los alcaldes de cada Municipio vendrán obligados a hacer, en el plazo de ocho días, una lista de enfermos, ancianos, niños y bocas inútiles en general, con vistas a su evacuación hacia Francia.
»Queda levantada la sesión, señores. Dentro de una semana, volveremos a reunimos, como de costumbre. Buenas tardes.

Cogió su espada de encima de la mesa, se inclinó y salió. Incluso en aquella manera de marcharse, se echaba de ver que era el dueño.

—Por lo tanto —decía Marelli una hora más tarde—, los señores granjeros o dueños de una casa de labor tienen una cuenta corriente con la Kommandantur. Compran y venden, recibiendo dinero de ella. Y, además, la propia Alcaldía va a confeccionar las listas de proscripciones…

La Comisión de abastecimientos de Herlem se había reunido, al salir de la acostumbrada convocatoria del coronel. Marelli representaba a la oposición.

—Estamos aquí para hablar de la cuestión, del ministro —dijo Premelle, el secretario del Ayuntamiento.
—¡Muy bien! —gritó Marelli—. ¡Hablemos! En primer término, sigo esperando las cuentas que hemos de dar al Committee. ¿Dónde están? ¿Hay siquiera un estadillo de gastos, de ingresos? ¡Nada de eso! Todo lo que se recauda de la población va a parar a la caja de la Alcaldía y sirve para pagar las multas y a los obreros que trabajan para el enemigo. ¿Y el Committee qué recibirá? ¿Y las cuentas separadas que nos reclaman, quién se las dará?
—¡Para los ingresos que se tienen no vale siquiera la pena llevar libros! —exclamó Lacombe.
—¡Pardiez! ¡La mitad del pueblo no paga su suministro! ¡Los obreros enrolados por el enemigo tampoco pagan! Guégain, el peluquero, tiene una tarjeta de indigente. El barón De Parges no paga tampoco, con el pretexto de que no recibe nada de sus arrendatarios. Y el poco dinero que aportan los ingenuos es ingresado en los fondos municipales para que los alemanes se apoderen de él… ¡Los abastecimientos hacen el juego al enemigo; eso es todo!
—No puede obligarse a pagar a las gentes que tienen poco dinero —dijo Premelle.
—Pero, al menos, se puede descontar del salario de los obreros, porque somos nosotros quienes les pagamos. ¡Y, además, hay tantos que pueden pagar…!
—¿Es que Monsieur Premelle paga su suministro? ¿Y Monsieur Hérard? — interrumpió Serez, el maestro, que estaba de parte de Marelli.
—¡Esto no le importa a usted! —gritó Hérard, que era un rentista—. Uno trabaja, se preocupa de todo…
—Y coge la manteca y el queso, así como los cajones donde vienen los víveres, para utilizarlos para hacer fuego —completó Serez.
—¿Y el carbón? ¿Qué pasa con el carbón? —preguntó Marelli, volviendo a tomar la palabra—. He contado cuatrocientos veinte sacos. Y en la factura constaban setecientos cuarenta. ¿Qué ha sido de los trescientos veinte sacos que no han llegado a nuestro poder?

Lacombe tenía el rostro violáceo. No había visto a Marelli contar los sacos. Farfulló:

—El vagón… durante el camino…, no sé…
—¿Y la manteca y el queso? —repitió Serez, implacable.
—Ya le he dicho que se trata de la merma natural —protestó Premelle—. No se puede pesar todo al centígramo.
—Y, refiriéndonos a lo que todos hemos oído, ¿cómo se ha atrevido usted, señor alcalde, a asegurar al coronel que el pan «Κ. K.» es bueno?
—Yo lo encuentro bueno —dijo Lacombe.
—¡Usted no come de ese pan! ¡Tiene su existencia de trigo propio!
—En realidad, podría corregírsele —intervino el cura—. Sin duda el pan de Baille es mucho mejor que el de Orchon.
—¡Eso no tiene nada de sorprendente! Orchon vende su harina de tapadillo, apenas cuece el pan, echa demasiada agua a la masa…
—¿De modo que prefiere usted el favoritismo? —dijo Premelle—. ¿Quiere que se favorezca a un panadero en detrimento del otro? Sin embargo, si ese es su deseo, se hará lo que se pueda. ¿Ha terminado la discusión?
—No —dijo Serez—. Hay algo más grave que todo eso. Es esa cuestión de los posibles evacuados. La Alcaldía ha llamado ya a los obreros a sus puestos de trabajo, haciéndoles rendir un esfuerzo para el enemigo. Va a ayudar ahora a expulsar a nuestros niños y nuestros viejos, a hacerse nuevamente auxiliar de los alemanes. Señor alcalde, ¿dará usted esa lista de personas que quieren evacuar?
—Supongo que nadie pretenderá que pase el resto de la guerra en la cárcel, ¿verdad? ¡Qué diablo! ¡El alcalde soy yo y no será usted quien pagará si yo desobedezco! Haga lo que le venga en gana; en cuanto a mí, pienso obedecer.
—A propósito —interrumpió Hérard—, existe esa lista de mujeres sospechosas de contagio…
—¡Ah, sí! —exclamó Lacombe, satisfecho de ver que la conversación se desviaba—. Lo había olvidado.

Se sacó la lista del bolsillo y leyó en voz alta:

—Quedan obligadas a la revisión médica semanal las siguientes habitantes del pueblo: Agustine Godeaux…
—No me sorprende —dijo Serez.
—Las dos hermanas Debraine…
—¿Las de la mercería? ¡Imposible!

Todos se echaron a reír. Aquello era muy divertido.

—Houez, casada; Lacombe; Norel…

Había leído maquinalmente. Se interrumpió, en medio de un silencio consternado. Volvió a mirar el papel, releyó, soltó la hoja y contempló a los demás con un aire alucinado. Su rostro tenía un tinte ceniciento. Se llevó la mano al cuello y aspiró el aire como un hombre que se está ahogando. Hubiera podido creerse que iba a caer abatido por una súbita congestión. Pero, luego, se precipitó sobre la puerta y a través de los cristales le vieron encaminarse hacia la Kommandantur.


En la cocina de la casa de labor de los Lacombe, las dos hermanas amasaban la masa para el pan. La levantaban y la dejaban caer una y otra vez sobre la artesa, con los brazos arremangados y enharinados hasta el codo. Un polvo de harina cubría las baldosas azules del suelo. Delante del fogón, la madre daba vueltas a la leche. No se escuchaba otro ruido que el del cucharón, al rascar el fondo de la marmita, y el golpe sordo de la masa, al caer en la artesa. Afuera soplaba un viento fuerte. Se acercaba el crepúsculo y el cierzo era helado.

La puerta se abrió bruscamente. Entró Lacombe. Se quitó el sombrero, lo arrojó con ímpetu sobre las baldosas con un gesto furioso y soltó un juramento.

Las mujeres se sobresaltaron. Seguramente habría bebido. Pero Lacombe repitió insistente sus juramentos.

Luego, dio un paso hacia su mujer y acercó a su rostro su cara congestionada preguntándole:

—¿Cuál de tus dos hijas ha tenido un chiquillo de los boches?

La vieja Lacombe soltó un gemido involuntario.

—¿Qué estás diciendo, Héctor? ¡Tú estás loco! ¿Dices…?

Los gritos de Lacombe no impresionaron demasiado a la madre. Buscaba perdidamente el medio de salvarlo todo, la excusa salvadora, en seguida… ¡Estelle estaba casada! ¿Qué diría Babet, el yerno, cuando regresara? ¡Escándalo! ¡Deshonor! La otra era soltera, estaba libre…

—¿Responderás de una vez? —gritó Lacombe, levantando una mano formidable.

Ella murmuró:

—Ha sido… ha sido…

Contempló a Estelle y, luego, a Judith. Ellas comprendieron. Las tres tenían el mismo pensamiento. El honor… Aquella extraña y grotesca concepción del honor de la familia.

—¿Cuál ha sido?
—¡Judith…!
—¿Judith…?

Lacombe palideció intensamente. La impresión había sido muy fuerte. Nunca había perdido la confianza en su hija menor. Su furor se acrecentó.

—¡Judith! ¡Ramera! ¡Mujerzuela!

Dio unos pasos hacia ella. Judith se tapó la cara con las manos aún llenas de masa y soltó un grito de terror.

—¿Y con quién, carroña? ¿Con quién? ¡Responde o te desnuco…!
—Albrecht… —murmuró Judith.

Y en aquel instante le pareció a ella misma que era verdad lo que estaba diciendo. Sentía una especie de sombría alegría, de dulzura inexplicable en confesar aquel crimen que no había cometido.

—¡Vas a largarte de aquí! —repitió Lacombe.
—¡Héctor! —gritó la madre.
—¡Cállate!

Se volvió hacia ella con la mano levantada. La vieja Lacombe se echó hacia atrás y no volvió a despegar los labios.

Judith se limpió lentamente los dedos sucios de masa. Se quitó el delantal con el ademán de un criado, lo puso sobre el respaldo de una silla y salió de la cocina. Algo contuvo a Lacombe y no se atrevió a pegarle.


Se fue a vivir a una casita que encontró libre, en el monte Herlem, dando vista a la cantera de los Sennevilliers, a un centenar de metros de la casa de Fannie. Albrecht la ayudó. Hizo que le llevaran algunos muebles robados en casas deshabitadas y casi cada noche iba a verla después del trabajo. Él continuaba aún en la casa de labor de los Lacombe, pues, como era natural, el alcalde no se había atrevido a decirle nada. ¡Nunca se sabía lo que pensaban aquellos pícaros de alemanes! ¿Y quién le remplazaría si Albrecht se marchaba? Siempre es mejor lo que se pierde que lo que se halla. Albrecht dirigía la casa de labor con mano maestra, y Lacombe y él se entendían admirablemente en la participación de los pequeños beneficios. Además, el honor estaba ya a salvo. La culpable había sido expulsada de la casa paterna y el ultraje estaba lavado a los ojos del pueblo. Lacombe, alcalde de Herlem, podía ir de nuevo con la frente bien alta entre sus administrados.

Estaba a punto de confeccionar la lista de los ancianos, los enfermos y los indeseables que la Kommandantur quería devolver a Francia. Era una espada de Damocles que tenía suspendida sobre todo pueblo aquella amenaza de éxodo, lejos de la familia, del hogar… Lacombe podía elegir a quienes quisiera con la seguridad de que sus decisiones no serían discutidas. Y por ello, todos le testimoniaban la mayor consideración.


IV

Con la prosperidad de los Lacombe, Humfels y otros acaudalados labradores, contrastaba la miseria de los Sennevilliers.

En el pueblo, estos eran objeto de la enemistad general. El viejo Sennevilliers no había sido más que un modesto albañil. Pero había tenido la audacia y cometido el crimen de adivinar y explotar una fuente de riquezas que todo el mundo desdeñaba.

La cantera de creta existía desde hacía largo tiempo. Había sido explotada por Vauban en el siglo XVII. De ella se había extraído cal para las fortificaciones de Menin, y su actividad había durado hasta la Revolución. Luego, abandonada, se había transformado en un profundo estanque donde abundaban los peces, y de poca utilidad, que las gentes frecuentaban poco, porque corrían sobre él las más oscuras leyendas. Aquella agua dormida, enclavada en el fondo de una especie de fosa salvaje, causaba gran impresión sobre las imaginaciones.

Sennevilliers, el padre, compró el hoyo al barón De Parges, para hacer un vivero, según dijo. Pagó un cuarto de su valor al contado, hipotecó el resto y construyó con sus propias manos un horno de cal de ladrillos y una cabaña para que le sirviera de alojamiento. En diez años había rembolsado la hipoteca, edificado la posada y comprado en torno a la cantera las tierras suficientes para atraerse la enemistad de todos los dueños de las casas de labor de los alrededores. Herlem, donde la casi totalidad de la tierra pertenecía al barón De Parges y el resto a algunos labradores acomodados, había permanecido, en medio del extraordinario impulso industrial del Flandes francés, como un islote atrasado, reaccionario, donde lo forastero, lo nuevo y lo desconocido eran rigurosamente puestos aparte. El barón De Parges, propietario de una inmensa fortuna en tierras, acrecentada lentamente por el fluir de los acontecimientos, afectó al orgullo de casta de los antiguos aristócratas, despreciando la industria y la actividad de un hombre como Sennevilliers. Los labradores vieron con odio cómo el calero se hacía con la mano de obra de la ciudad, cómo pagaba grandes salarios, reclamaba la electrificación, una vía férrea, instalaba maquinaria diversa, bombas, tornos de mano, grúas. Intentaron ahogarlo, le rehusaron la tierra y el anticipo que necesitaba cada año para modernizar la explotación de las capas de yacimiento. Pero el viejo Sennevilliers, sin haber frecuentado la Facultad de Derecho, no estaba falto de una malicia retorcida que le ayudaba a conseguir por astucia lo que se le negaba de buen grado. Compras bajo garantía del documento donde constaba el nombre del verdadero comprador, arriendos bajo promesas de compras, opciones, maniobras por terceros interpuestos; utilizó todas las estratagemas y se hizo célebre entre todos los notarios del país, prestó bajo hipoteca, compró parcelas en todos los lugares para intercambiarlas luego por aquellas que le hacían falta, pasó toda su vida en una especie de guerra paciente y sorda, de política feudal, de crecimiento y de adquisiciones, de alianzas, de cambios y de cercos. Al morir dejó a Jean, el más joven de sus hijos y continuador del negocio, una maquinaria moderna, tierras suficientes para una explotación casi ilimitada y el odio de casi todos los potentados del pueblo.

Tras la partida de Jean, los Sennevilliers estuvieron tres o cuatro días llenos de agobio y congoja. La madre y su hija Lise habitaban la posada, y Fannie, la mujer de Jean, ocupaba con Pierre, su hijo de corta edad, la choza familiar, en lo alto del monte Herlem, donde los Sennevilliers habían vivido en un principio. Desde allí pudieron ver la destrucción de Lille. Y ante la irrupción de las legiones alemanas que buscaban el camino del mar, Herlem se vio anegado. Hordas de bávaros y de sajones llegaron un día; invadieron la posada, la saquearon, rompieron las mesas y las sillas, vaciaron las despensas y se alejaron, luego, hacia el Oeste, dejando en ruinas la gran posada de la cantera, tan limpia y alegre, hasta la víspera.

Apenas la vieja Berthe y su hija Lise habían acabado de limpiar los escombros, cuando una nueva ola inundó la casa y volvió a comenzar el pillaje y la destrucción. Aquella vez los alemanes no se marcharon, y Herlem fue ocupado definitivamente.

Lise y su madre comenzaron, entonces, a sufrir verdaderamente el odio de los grandes labradores. Lacombe, el alcalde, y Humfels, el adjunto, envidiaban a los Sennevilliers, cuya prosperidad les inspiraba desconfianza. Lacombe, rico campesino al estilo de otros tiempos, bebedor, jugador de cartas, participante asiduo de las carreras de caballos, cazador, fumador y gustador de todos los placeres de la vida, llevaba una existencia que le empujaba lentamente a la quiebra. Marelli, el recaudador, lo sabía perfectamente. Lacombe pagaba muy penosamente sus impuestos, había hipotecado sus tierras hacía largo tiempo, devorando incluso dos molinos de aceite, un pequeño bosque y un tostadero de achicoria, que su mujer le había aportado como dote. Y Humfels, por su parte, perdido por su afán desmesurado a la ganancia, colocaba ridículamente su dinero en valores sin ningún beneficio. En una refinería había perdido parte de sus bienes y el resto en un proceso. Había alquilado en arriendo unas tierras, poniéndolas en estado de producir y preparándolas con abonos químicos a largo efecto. Luego, el arrendador se había negado a la renovación del contrato de arrendamiento, y Humfels había perdido el proceso y su dinero. Nueve labradores de diez estaban en aquel estado de ruina. Los linos rusos, la remolacha alemana, los trigos americanos, las patatas argelinas, los huevos de Marruecos y las mantecas danesas, producciones de países donde los cultivos habían tomado un aire de cosa científica y se operaban a gran escala, constituían la muerte de insignificantes núcleos rurales como aquel. Los Sennevilliers, con su horno de cal, con sus chimeneas cuyo blanco penacho se destacaba a todas horas contra el cielo, eran la vanguardia, a los ojos de todas las gentes, del progreso, la máquina, la evolución: todo lo que estaba siendo causa de su hundimiento.

Por eso fue para ellos la guerra un desquite. Los hornos estaban paralizados, pero la tierra seguía produciendo. Cierto que los alemanes se habían apoderado de ella, pero no por eso dejaba de producir y de hacer posible hacer fortuna con ella.

Pero tal venganza no satisfizo a Lacombe. Como alcalde del pueblo, era él quien designaba los alojamientos de la tropa. Indicó el albergue de los Sennevilliers como lugar apropiado para alojar a cincuenta hombres. Cincuenta soldados invadieron la posada arrinconando en la cocina a Lise y a su madre, utilizando las bodegas como sentinas, saqueándolo todo, encendiendo fuego con el entarimado de las habitaciones, con las puertas y los batientes de las ventanas, mofándose de la vieja Berthe, invadiendo por la noche el reducto donde dormía Lise, hasta el punto que ella tuvo que ir a pedir protección a sus jefes, ofendida, herida y humillada en todo su pudor de doncella. A cada instante llegaban de la Kommandantur policías, «diablos verdes», portadores de órdenes imperativas: remitir diez sábanas, veinte botellas de vino y dos colchones para los heridos. Para su diversión o su acomodo, los oficiales necesitaban mil cosas. Preguntaban a Lacombe el lugar donde hallarlas, y este indicaba siempre el hogar de los Sennevilliers. Y si rehusaban entregarlo, si les era imposible conseguirlo, tenían que sufrir un arresto de dos o tres días o bien recibían bofetadas de la mano fuerte de un policía a quien llamaban «Puerro espigado», por lo largo y delgado que se le veía dentro de su uniforme verde de gendarme.

Al mismo tiempo, la cantera había sido rápida y metódicamente devastada. Lacombe la había indicado como una fuente preciosa de material, y los alemanes no tuvieron necesidad de que repitiera dos veces sus informes. Motores, rieles, tornos de mano, vagonetas, cobertizos, carretillas, caballos, arreos y guarniciones, dinamos, líneas eléctricas, útiles de todas clases, cables, cuévanos, gatos, tablones; todo fue saqueado.

Sin embargo, Lise y su madre supieron resistir todas las acometidas. Desgraciadamente, Jean no había dejado apenas dinero y los alemanes se habían llevado todas las existencias de cal, dejando por todo pago un bono de requisa. En torno de ellas, se hacían los más escandalosos negocios y las más humillantes capitulaciones. Lacombe y los demás trataban abiertamente con el enemigo. Muchos obreros trabajaban para los alemanes, recibiendo un salario de siete francos que pagaba el municipio. Las mujeres del pueblo acogían a los invasores en su lecho, y solo por medio de los alemanes era posible encontrar comida. Pero rehusaban capitular, simbolizando en el pueblo la resistencia, la ligazón al deber, al país ausente. «Puerro espigado», el gran «diablo verde», conocía aquella obstinación indómita y por ello las eligió como sus víctimas propiciatorias. Hizo llover sobre ellas las multas y las indagaciones. A cualquier hora del día o de la noche, llegaba y revolvía de arriba abajo toda la casa, llevándose lo que le venía más a mano. Imposible guardar o esconder nada. «Puerro espigado» llevaba su crueldad al punto de quitarles la parte que les tocaba en el suministro general del pueblo, o bien, después de inspeccionar las cacerolas del fogón, a llevarse la comida ya cocida o engullírsela delante de ellas con aire socarrón. En una ocasión, por un pan de soldado hallado bajo un colchón, les impuso la multa de cien marcos. Al marcharse, vio en el patio seis grandes conejos en el fondo de las conejeras. Los fue cogiendo por las orejas y metiéndolos en un saco.

—Mi coger conejos —dijo—; ustedes no pagar multa.

Lise aceptó, satisfecha en parte, por haberse ahorrado aquella cantidad. Pero al día siguiente, recibió la orden de pagar la multa. Era imposible resistir.

Por espíritu de venganza, Lacombe juzgó conveniente incluir a Lise en la lista de personas capaces de trabajar en el campo. «Puerro espigado» fue a buscarla, una buena mañana. Pero Lise se resistió. La vieja Berthe acudió en socorro de su hija y «Puerro espigado» la abofeteó de tal modo que la hizo caer contra la pared. Lise cumplió tres semanas de cárcel en Roubaix.

Al regresar, halló a su madre en la cuadra de la cantera. Ciento cincuenta hombres ocupaban la posada y habían expulsado a Berthe. No pudieron entrar de nuevo en su hogar hasta tres semanas después, hallando una casa vacía y en ruinas, una bodega llena de excrementos, las habitaciones sin entarimado, las ventanas sin batientes, y basuras y suciedad llenándolo todo. Apenas habían terminado de poner un poco de orden entre toda aquella devastación, cuando Lise recibió la orden de prepararse para ser evacuada. Lacombe había señalado a Lise Sennevilliers como mujer de malas costumbres e indeseable para la moralidad de las tropas alemanas. Y los alemanes, con la mayor prisa posible, enviaban a Francia a aquellas personas peligrosas. Fueron necesarias muchas súplicas desesperadas, gestiones interminables en la Kommandantur, el apoyo del cura del pueblo y los testimonios de algunos hombres de buena fe, como Marelli y Serez, el maestro, para que Lise no fuera embarcada para Francia, dejando sola a la vieja Berthe en medio de la desolación.


Entre todo este desorden, Fannie, la mujer de Jean Sennevilliers, era la que sufría menos. Su casa estaba bastante alejada de la cantera. Los alemanes no la habían englobado en su venganza contra los Sennevilliers y además habitaba en una pequeña y vieja choza, cuya apariencia tosca y casi sórdida había alejado de allí a los soldados en busca de alojamiento. Tan solo llegó un único alemán, mocetón robusto de una treintena de años, que se llamaba Paul y que trabajaba en la fragua de Donadieu en herrar los caballos y reparar los herrajes de los furgones y los cajones. Era bastante simpático, rubio, corpulento y bondadoso. Trabó amistad con Pierre, que pronto se familiarizó con él y a los pocos días de estar en su nuevo alojamiento abandonó el uniforme, cambiándolo por un traje de tela azul y un gran delantal de cuero, atavíos de herrero que le habían mandado de Alemania. Vivía en Francia como hubiera vivido en su país, acudiendo regularmente al trabajo y regresando a casa de Fannie al mediodía y al anochecer. A aquella hora, se ocupaba de menudos menesteres, criando aves de corral, ocupándose del jardín, cortando leña, remplazando al hombre de la casa y fumando por la noche su pipa al calor de la lumbre, mientras Pierre, con una pierna encima de la otra, lo contemplaba mientras lanzaba al aire volutas de humo. Muy pronto se acostumbraron tanto a él que, de haber faltado un día a la comida, no se hubieran atrevido a comenzar sin esperarle.

Lise se dio pronto cuenta de que Fannie se distanciaba de ella. Hubiera podido decirse que sentía vergüenza de no poder compartir los sufrimientos y el infortunio de su familia. Nunca descendía a la cantera y huía incluso de las gentes del pueblo. Parecía que se sintiera culpable de ser menos desgraciada que los demás, pues Paul llevaba muchas cosas a su casa.

Pero su extrañeza aumentó al darse cuenta de que tampoco el pequeño Pierre acudía nunca a visitarla como antes. Hasta entonces, la cantera y el estanque habían sido sus dominios, todo su universo. Allí encontraba la montaña, el llano, el océano, la selva y la aventura. Pero, súbitamente, había abandonado todo aquello y él, que pasaba todo el día en la posada, no acudía a visitar a su tía y a su abuela. Se había vuelto extrañamente indómito y taciturno. Lise lo vio una mañana en el camino del pueblo y lo llamó. Él la reconoció de lejos, echó a correr, como una liebre, y desapareció. Lise se sintió apenada. Y transcurrió algún tiempo antes de que se explicara aquella actitud, de que adivinara las verdaderas razones que la animaban.


Hacia el mes de agosto de 1915, el abate Sennevilliers, hermano mayor de Lise y de Jean, llegó a Herlem. Había visto a Pascal Donadieu. El muchacho le había llevado una carta de Simón Donadieu, su padre, llegada por intermedio de un contrabandista flamenco. Pascal le había pagado cien francos. La carta daba algunas noticias sobre la salud de Simón y anunciaba que Jean Sennevilliers había muerto en el tren de evacuados de Lille, en octubre de 1914. En Wavrin, fue atacado el convoy por los ulanos, y la mayor parte de los movilizados quedaron exterminados.

Pascal no se había atrevido a llevar por sí mismo la mala nueva al horno de cal.

El abate halló la posada en un estado de ruinas espantosa, sin cristales, sin puertas, sin entarimado. Montañas de inmundicias, restos de hogueras y tablas a medio consumir formaban un espectáculo de desolación que podía ser muy bien símbolo de la invasión y la guerra.

En la cocina, guarnecida como una fortaleza por barricadas de tablas y de batientes, Lise y su madre limpiaban lentejas para la cena, Berthe comía pan con leche mientras trabajaba.

El abate anunció la desgracia a su madre. Al principio, había decidido decírselo solo a Lise, dejando a su hermana la carga de aquella penosa revelación. Pero, luego, comprendió que no tenía derecho a ocultar nada.

Berthe Sennevilliers recibió el choque con pasividad. El largo tiempo transcurrido sin recibir noticias de su hijo parecía haberla preparado. Sus sufrimientos habían sido tantos que lo esperaba ya todo. Sacó el pañuelo, se enjugó las lágrimas y echó de nuevo en el saco las lentejas que había comenzado a limpiar en su delantal. Luego, se levantó y llevó el saquito al armario, así como su plato de sopas de leche.

—¿Qué haces, mamá? —preguntó el abate—. Hace falta comer, hay que continuar el trabajo…

La vieja Berthe movió la cabeza.

—No vale la pena, pequeño… No vale la pena.

Hubiera podido decirse que, una vez muerto su hijo, ya no había necesidad de seguir andando, sufriendo, alimentándose, viviendo…

Lise acompañó a su hermano hasta la mitad del camino que conducía al monte.

—Voy a prevenir a Fannie —dijo el abate—. O tendrás tú el valor…
—Es inútil —dijo Lise.

Explicó lo que ella sabía, lo que nadie había llegado aún a comprender. ¿Qué causa había obligado a Fannie a ceder? Ni el vértigo de los sentidos, ni la necesidad de evasión y de liberación, como había sido el caso de tantas mujeres, libradas súbitamente de la tutela marital demasiado pesada. Quizás había obedecido más a una lenta costumbre, a la presencia constante, apacible y obsesionada del hombre que remplazara al otro, a la necesidad de algo que la sustentara en su debilidad…

En el fondo, casi valía más que Jean Sennevilliers hubiera muerto.

(Continuará…)

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